Querido diario,
A veces me sorprendo pensando en cómo habría sido mi vida si las cosas hubieran sido diferentes. Fui criada por mi abuela Carmen, en Segovia, mientras mis padres, Lucía y Álvaro, viajaban de ciudad en ciudad por toda España como artistas en un coro. Toda su vida ha sido un tren sin destino fijo, una vida bohemia. Cuando cumplí cinco años, me instalé definitivamente en casa de la abuela. Ella quería una vida sencilla conmigo, pero terminó teniendo que mudarse con unos primos lejanos para poder apañarse.
Al principio, mis padres venían a vernos dos, quizás tres veces al año, pero enseguida esas visitas se volvieron cada vez más escasas. Recuerdo que al cabo de unos años, simplemente dejé de esperar noticias suyas. Perdimos totalmente el contacto. Más adelante, cuando era estudiante de odontología en la Universidad Complutense, conocí a Daniel. Me casé en tercero de carrera.
Ahora, Daniel y yo regentamos nuestra propia clínica dental en Madrid y no nos va nada mal. Hace un año, de la nada, mis padres reaparecieron. Empezaron a llamar a la clínica, ya que ni siquiera tenían mi número de móvil. Cada llamada era para contarme sus desgracias, ahogados en la nostalgia y la autocompasión.
Yo los escuchaba, pero no podía evitar recordar que eligieron sus caminos el día que dejaron que la abuela Carmen se hiciera cargo de mí. Alguna vez enviaban unas monedas a la abuela, pero realmente nos sosteníamos con su pensión. Me lo decía muchas veces; aprendí desde niña a ahorrar hasta el último céntimo. Para poder pagar mis libros y ropa durante el instituto, trabajaba por las noches como auxiliar en el hospital. Por eso ahora siento que tengo mi vida, y ellos tienen la suya, cada uno por su camino.
Cuando comprendieron que no pensaba ayudarles, comenzaron a amenazarme con pedir una pensión alimenticia. Aquello terminó por alejarme de ellos definitivamente. Si antes aún tenía dudas sobre si hacía lo correcto y había momentos en los que casi me sentía tentada a ayudarles económicamente, ahora se me han quitado completamente las ganas. Siento que no quiero tener ningún tipo de relación con ellos.
A veces me pregunto si estoy obrando bien o si, al fin y al cabo, debería echarles una mano, aunque sea por el simple hecho de ser mis padres.







