Pero, ¿de verdad importa si es mío o no? Total, lo que no es mío está aún por demostrar.
¡Olé! ¡Ha vuelto papá! ¡Papá, papá! ¡No nos vas a dejar aquí, verdad? ¡Papá, por favor no nos dejes! La abuela Natividad ha dicho que si no nos llevas contigo nos lleva al hospicio. Ella está tan mayor, no le dejarían cuidarnos, tú eres nuestra única esperanza.
Yo y Miguelito te prometemos portarnos bien, de verdad, papá. Comemos poquísimo, podríamos pasar con solo patatas, solo llévanos contigo, no nos dejes aquí, ¡por favor! María del Pilar, una chiquilla de nueve años, balbuceaba las palabras de corrido, demasiado serias para una niña tan pequeña, tan adultas, que Juan tomó aire con un nudo en la garganta y giró la cara un segundo para limpiar esas lágrimas inoportunas de sus ojos.
Abrazando a su hija, hundido el rostro en lo alto de su cabeza, que olía dulce y familiar, Juan cerró los ojos. Le invadió un deseo infantil de acurrucarse en el regazo de su madre, de llorar un rato, de pedirle consejo, ayuda, un poco de consuelo ante la dureza de la vida.
Inspiró hondo aquel aroma de infancia y, al abrir los ojos, se topó de lleno con la mirada punzante y adulta del pequeño Miguel.
Miguel, hijo, ¿qué haces ahí escondido? Ven aquí, ven con papá Juan volvió a tragar saliva y forzó una sonrisa.
El niño avanzó, dudoso, su carita se iluminó un instante y luego se nubló de nuevo.
Miguel, ¿no me reconoces? ¡Soy papá! ¡Venga, corre! ¡Ven aquí, campeón!
¡Miguel, ven con nosotros! María del Pilar sonreía, llamando a su hermano con una voz que parecía retumbar, aunque fuese un susurro en la quietud del mediodía de un pueblito de Castilla.
Miguel dio un paso, titubeante, luego otro, y después corrió hacia el padre secándose las lágrimas, esas que caen solas.
Papá, no me dejes, ¿sí? Yo te quiero mucho, mucho, mucho. La abuelita Natividad dice que no soy tuyo, que no me quieres, que solo te llevarás a Pilar y a mí me mandarás al orfanato. Ella es mala, no le creo. ¿No me dejarás, verdad?
¿Cómo que no eres mío? ¡Menudo disparate! Eres tan mío como Pilar, llevas mi apellido, mi nombre, hasta las orejas son iguales a las mías y Juan se las tocó, divertido. ¿Cómo iba a darte a nadie? Nos vamos todos juntos a casa, a donde tía Dorotea, ya verás qué bien.
Pero la abuela dice que tía Dorotea es una bruja, que por su culpa dejaste a mamá y nos abandonaste, que te embrujó, papá…
Miguel, calla, no digas tonterías le recriminó Pilar, intentando hablar bajito aunque el silencio de la calle todo lo amplificara.
Juan les abrazó más fuerte. Mis niños, mis amores… ¿Me perdonaréis por tardar tanto en volver? ¿Me comprenderán? ¿Me entenderé yo a mí mismo? Y gracias a Dorotea, que supo ponerme en mi sitio, hacerme ver el camino, y salvarme entre tanto rumor y veneno.
La abuela bromea, hijos. Y Dorotea no es bruja, es hechicera de las buenas, una maga dulce y maravillosa. ¡Ya lo veréis!
En el portal, la abuela Natividad mascullaba, retorciéndose las manos. Juan le indicó a los niños que fuesen a prepararse. Y ellos, de mala gana, se despegaron de su padre, y antes de entrar le sacaron la lengua a la abuela, como diciendo, ¡ha venido papá, tú decías que no!
Ella amagó a darle una colleja a Miguel pero se contuvo al ver la mirada de Juan.
¿Has aparecido ya? Pensé que no volverías. Ya pensaba llevarlos yo misma al orfanato. Soy vieja, no puedo con ellos; y tú… bueno, ¿vas a llevarte a los dos? Desde luego a Pilar, que es tuya, pero el chico… ese bastardo, para qué lo quieres. Que lo críen en otro sitio.
Son los dos míos, abuela. De corazón.
Ay, Juan, tan cegato como siempre. La Pilar, mi nieta, es… bueno. Nunca creí que Miguel fuese tuyo, pero ella no me dejó decir nada. Ahora ya se sabe, no es culpa mía. Llévate a la niña y deja al otro, mejor será.
Me las arreglo, abuela. Como decía mi abuela, aunque el becerro sea de otro, si lo hemos criado nosotros es nuestro. He criado y querido a Miguel todos estos años, no me voy a desentender ahora.
Tú verás, Juan. Luego no quieras arrepentirte. No tomes decisiones de esas de las que luego te pesan. Más vale pensar dos veces, que a los corazones de los niños les duelen doblemente las cosas.
Ya lo he pensado todo, abuela, y ya está decidido. ¡Le agradezco todo, de verdad!
***
Juan, ¿qué ha cambiado para ti? ¿Por qué haces caso a todos menos a ti mismo? Aunque no sea tu hijo, ¿vas a abandonarlo así como así? Seis años criándolo, queriéndolo, cuidándolo… ¿y ahora te rindes por un chisme?
No son sólo habladurías, Dorotea. Ya dudé antes, y cuando Paloma me dijo que no era mío, pues lo supe.
¡Eres un necio, Juan! El niño ha perdido a su madre y tú, su padre, le desechas por orgullo. ¡Menuda hombría la tuya! Hay quien cría hijos ajenos por amor, y tú ni el propio…
¿Vamos a jugar a la margarita? ¿Es mío, no es mío? Bah, qué asco me da. ¿Y cuando nazca el mío, también vas a dudar? y Dorotea se acarició la tripa, mirándole desafiante.
No digas tonterías, Dorotea. Contigo no tengo dudas, solo que…
Solo que nada, Juan. Cuatro años de padre, seguro y feliz, amando a los dos… Dos años enviando dinero, besos y abrazos cuando los veías. ¿Y ahora? ¿Te los arrancan de un golpe? Raro es ese amor tuyo, hoy sí y mañana ya veremos.
Pues he pensado en hacerme la prueba, Dorotea, así no me como más la cabeza. Sabré la verdad.
Prueba, ¿eh? Te la haces tú y me la hago yo. Total, así también sabrás si el mío es tuyo. ¿Qué prueba te va a demostrar el amor? ¡Adorabas a Miguel! Solo hablabas de tu hijo, tu heredero. ¿Qué ha cambiado? ¿Y si te sale que no es tuyo, qué? ¿Lo tiras, lo entregas, lo olvidas? ¿Y si lo es, te vuelves a enamorar por arte de magia?
Qué vas a hacer, ¿vivir siempre con dudas? Entonces hazle pruebas a todos, a Pilar, a Miguel, al que llevo en el vientre, así no hay equívocos. Y si tienes dudas, mejor no te lleves a ninguno. Si no lo das todo, mejor déjalos aquí, que luego no haya juicios de sangre ni de nadie.
Juan meditó largo rato sobre las palabras de Dorotea, su nueva esposa. Se enfurruñó, refunfuñó por dentro. Qué se habrá creído ella, la sabia. ¿Por qué decidir, si la propia abuela Natividad lo confirma?
Nadie quiere criar la vida ajena si puede evitarlo, aunque Juan, de tonto, había criado seis años al hijo que no era suyo, dándole hasta apellido.
Pero si el amor con Paloma fue tan grande… Se casaron, enseguida nació Pilar. En el pueblo había poco trabajo y mal pagado, así que Juan se fue de temporero. Tres meses fuera, uno en casa. Al principio, Paloma le esperaba con sonrisa cálida, de las que erizan la piel. Pero las vueltas fueron tornándose frías, menos apasionadas.
Al cabo de los años, Paloma le soltó una tarde, ya estando embarazada. Que era pronto, que iría al médico. Juan adelantó el regreso para salvarla de una tontería. Y llegó a tiempo.
Miguel nació. Moreno, rizado, carnoso. ¿Y quién era así? ¿El vecino? Paloma y él, ambos rubios y Pilar igual. Ya dudó entonces, pero ahuyentó los pensamientos: Es mío, y ya.
Pero un día, adelantándose unos días para dar una sorpresa, halló a la mujer en la cama con el vecino. Los niños en casa de la abuela en el pueblo de al lado, y ella, tan tranquila, en los brazos de otro.
Juan calló. Otro se hubiera liado a golpes, él solo se marchó hacia la abuela, en busca de sus hijos. Paloma gritó desde la puerta, excusas y después verdades hirientes: que Miguel no era suyo, que tal y tal. Juan ni la oyó, sabía que en un arrebato las bocas dicen cosas.
Después se divorciaron, ella pidió pensión y Juan pagó lo que debía y más, porque amaba a los niños, a Pilar y a Miguel. La abuela Natividad, a veces, le soltaba la pulla: Miguel no es tuyo, eres más burro que Sancho. Ni caso.
Paloma se fue a vivir con su vecino, pasión y amor; los niños criados por la bisabuela Natividad, entre los muros fríos de la casa vieja.
Paloma era huérfana, sus padres quedaron perdidos en una expedición, en algún confín de la provincia, y así creció ella, sola con la abuela, y luego dejó a los suyos igual, en esa soledad.
Juan volvió a casarse, y la vida, en apariencia, le sonreía. Pero los niños seguían de sobrantes, huérfanos con padres vivos. Iban ambos a dejar regalos para después marcharse, dejándolos como gatitos a la puerta.
Pero una noche, Paloma y su amante se montaron en una moto, bebiendo en exceso, y no volvieron; dicen que Paloma iba al manillar, pero ¿cómo saberlo? Da igual, bajo las ruedas de un camión se acabó su historia.
En el funeral, Natividad confirmó las sospechas a Juan, que Miguel no era suyo. Y Juan, que quiso tomar el camino fácil, pensó llevar solo a Pilar y dejar al pequeño.
Juan había resuelto ya, pero Dorotea, con su genio, le zarandeó de tal forma que volvió en sí y fue a por los niños, porque no era cristiano, pensó, dejar a sus hijos en manos de una anciana.
Al final, ¿qué importa, mío o no? Eso que no es mío aún debe ser demostrado. Que lo demuestren quienes quieran, yo tengo en mano el libro de familia, donde pone bien claro que Miguel es hijo de Juan Sánchez Gómez. ¡Eso basta!
La abuela siempre decía: aunque el becerro venga de otra parte, si lo ha criado en tu corral es tuyo. ¡Y qué becerro más noble! Dulce, cariñoso, atento.
Al principio, Miguel desconfiaba de Dorotea, la miraba como si de bruja se tratara. Pero tras un tiempo se le arrimaba, le acariciaba la tripa con la hermana aún por nacer, Pilar llegaba incluso a poner celos, porque mamá Dorotea quería mucho a Miguel.
Pero el corazón de Dorotea es grande, alcanza para todos: Juan, Pilar, Miguel y la pequeña Catalina, que aún duerme en la barriga.
Mucho hablaron, muchas críticas, decían que era una tonta por criar hijos ajenos. Dorotea ni contestó, cerró la boca a todos con una mirada. Bastantes secretos tiene cada uno, y si los sacaran todos fuera, ¿qué sería de nosotros?
Dorotea, que pese a joven mostraba temple, imponía respeto. Pronto, la gente se olvidó y pasó a otros cotilleos.
Y ahí siguen, Juan y Dorotea, con los niños, todos juntos bajo un mismo techo. Nunca más volvió Juan a mencionar si Miguel era suyo o no. A lo sumo, en alguna noche larga le rozó el pensamiento, pero nunca la voz. El amor por Miguel nunca disminuyó; y el niño, a su vez, sólo veía en él a su padre: papá esto, papá lo otro.
¿Y decían que era ajeno? A veces lo ajeno, si lo riegas de cariño, resulta ser tuyo de verdad. Así es la vida: un sueño extraño entre campos de Castilla donde la sangre y el afecto acaban mezclándose como ríos que nunca sabes de qué fuente vienen.







