Despedida traicionera: la nueva compañera que quiso quedarse con mi puesto tras veinte años en la empresa

Doña Carmen Esteban, le presento. Esta es Jimena, nuestra nueva compañera. Trabajará en su departamento.

Carmen alzó la vista de la pantalla y se encontró con una joven de poco más de veinte años. El pelo castaño recogido en una coleta impecable, el rostro iluminado por una sonrisa tímida y honesta. Jimena cambiaba el peso de un pie a otro, aferrando una carpeta fina contra el pecho.

Encantada dijo la muchacha, inclinando ligeramente la cabeza. Me alegro mucho de que me hayan elegido. Prometo dar lo mejor de mí.

El jefe, don Luis Romero, ya se dirigía hacia la puerta, pero se detuvo un instante.

Carmen, llevas veinte años en logística. Enseña a Jimena todo lo necesario. Muéstrale el sistema, las rutas, el trato con los transportistas. En un mes tendrá que gestionar su sección de forma autosuficiente.

Carmen asintió mientras analizaba a la recién llegada. Veintitrés años tendría, más o menos; podría haber sido su hija, si es que Carmen hubiese tenido hijos. A sus cincuenta y cinco, hacía mucho que se había resignado a que la familia quedara solo en una ilusión incumplida. Su vida eran el trabajo, un piso con geranios en la ventana y el gato Félix.

Siéntate indicó Carmen, señalando el escritorio vacío a su lado. Vamos a empezar.

La primera semana Jimena mezcló los códigos de los transportistas y olvidó registrar datos en el sistema. Carmen, con paciencia, volvía a explicarle, le dibujaba esquemas en papeles sueltos.

Mira, aquí pusiste Sevilla, pero la carga va a Salamanca. ¿Ves la diferencia? Son quinientos kilómetros, Jimena.

La chica se sonrojaba hasta las orejas, pedía disculpas y corregía enseguida. Volvía a equivocarse, pero en otra parte.

A mitad de la segunda semana, empezó a mejorar. Jimena aprendía rápido, anotaba todo lo que Carmen decía en una libreta gastada, con dibujos de gatos en la cubierta.

Carmen, ¿por qué ya no trabajamos con ese transportista? Los precios son buenos.
Porque ya nos fallaron dos veces con los plazos. La reputación es más valiosa que cualquier descuento, recuérdalo.

Jimena asentía y lo apuntaba. Luego preguntó, casi en voz baja:

¿Hace usted misma las empanadillas? El olor en su táper es increíble.

Carmen sonrió. Al día siguiente trajo media docena de empanadillas de acelga, suficientes para compartir. Jimena las devoró en la pausa del mediodía como si fueran un manjar exótico.

Mi abuela las hacía igual Jimena recogía con esmero hasta las migas. Se fue hace dos años. La echo mucho de menos.

Carmen, sin pensar, apoyó la mano sobre los finos dedos de la joven. Jimena no se apartó, sino que le regaló una sonrisa agradecida.

Después llegaron la tarta de manzana, las pastas de requesón, y el bizcocho de miel que Jimena declaró el mejor que había probado nunca. Carmen cocinaba ya de más, solo para poder compartir lo hecho. Le surgía en el pecho un calor antiguo, casi olvidado.

¿Le puedo pedir consejo? preguntó Jimena una tarde. No es del trabajo.
Dime.
Mi chico me ha pedido matrimonio. Llevamos juntos medio año. ¿Cree que es pronto?

Carmen apartó los papeles y se quedó un rato mirando a la joven, a esos ojos asustados.

Si dudas, es pronto. Cuando llegue la persona indicada, no vas a preguntarle a nadie.

Jimena suspiró, aliviada, como si Carmen le hubiese quitado un peso de encima.

Al final de la tercera semana ya negociaba ella sola con los transportistas, revisaba rutas, localizaba fallos ajenos. Carmen la observaba con un orgullo callado: lo había conseguido.

Es usted casi como una madre para mí dijo una tarde Jimena. Mejor, incluso. La mía siempre me critica y usted nunca.

Carmen parpadeó y se giró hacia la ventana.

Anda, sigue trabajando.

Pero no pudo borrar la sonrisa en toda la tarde.

Jimena floreció aquel mes. Carmen notaba cómo la joven se manejaba con soltura entre llamadas y pedidos, cómo encontraba soluciones con agilidad, cómo apenas necesitaba ayuda. La alumna superaba toda expectativa.

…En la reunión de los viernes, don Luis estaba más serio de lo habitual. Sentado a la cabecera, giraba su bolígrafo entre los dedos y tardó en empezar a hablar.

La situación es complicada miró a todos. El mercado está flojo, tres clientes importantes se han marchado a la competencia. La dirección ha decidido recortar plantilla.

Carmen se cruzó miradas con sus compañeros. Sabían lo que recortar significaba: despidos.

En un mes daremos noticias a cada departamento continuó don Luis. Por ahora, a trabajar con normalidad.

Carmen regresó a su puesto y miró de reojo a Jimena, que tecleaba rígida, con los dedos congelados sobre el teclado.

Cincuenta y cinco años. Carmen entendía perfectamente la lógica de las cuentas: su nómina era de las más altas, la antigüedad también, lo que suponía una indemnización elevada. Vista la cosa fríamente, era la candidata perfecta para salir. Dolía, claro, pero lo aceptaba. La jubilación no estaba lejos, tenía ahorros, y la hipoteca llevaba pagada años.

Solo Jimena… La chiquilla se había vuelto otra. Dejó de charlar en la comida, no pedía más tarta de manzana, le evitaba la mirada y respondía con monosílabos.

¿Qué te pasa, Jimena? Carmen se sentó en la orilla de su mesa. ¿Estás preocupada por los recortes?

Jimena se sobresaltó y forzó una sonrisa.

No, de verdad. Solo estoy un poco cansada.

Pero Carmen veía que no era normal. Pobrecilla. Acababa de lograr su primer trabajo serio y ya esto. Injusto.

Las siguientes semanas pasaron entre rumores y miradas preocupadas. Jimena mantenía la cabeza baja, enfrascada en su labor. Carmen notó alguna mirada extraña, pero lo achacó al nerviosismo general.

El jueves después de comer, saltó un mensaje en la intranet: Doña Carmen Esteban, pase por el despacho del director.

Carmen se alisó la chaqueta, sintió que este era el final. Veinte años en la empresa, todo a punto de acabar. Entró, resignada.

Enfrente de don Luis, sentada muy recta, estaba Jimena. La carpeta sobre las rodillas, el rostro impasible.

Pase y tome asiento indicó el jefe. Tenemos una cuestión seria que discutir.

Carmen se sentó, la mirada yendo del jefe a Jimena, que no la miraba.

Jimena ha hecho un excelente trabajo dijo don Luis, abriendo un fajo de papeles. Y ha detectado algunos fallos importantes en su gestión, Carmen.

Carmen sintió el vacío en el pecho. No podía encajar la imagen de Jimena, la chica de las empanadillas y los consejos, hablando de fallos.

He analizado los datos de los últimos ocho meses por fin se dirigió Jimena al jefe, ni un vistazo a Carmen. Encontré once discrepancias notables en los documentos. Códigos errados de ruta, errores en los albaranes, fechas de envío mal registradas.

Abrió la carpeta y sacó hojas con líneas resaltadas en amarillo. Carmen reconoció su caligrafía en los márgenes.

Creo que puedo gestionar esa sección mejor. Carmen lleva mucho tiempo aquí, sí, pero la edad pasa factura. Para la empresa es más rentable quedarse conmigo: cobro menos, rindo más. Es simple aritmética.

Don Luis se echó hacia atrás en la silla, tamborileó los dedos.

¿Qué opina, Carmen?

Carmen se levantó despacio, revisó los papeles. Eran fallos que ni siquiera lo eran.

No pienso justificarme devolvió las hojas lentamente. En veinte años he aprendido que la perfección en cada trámite es un mito. Lo importante es el resultado final. Las mercancías llegan, los clientes satisfechos, las cuentas cuadran.
Pero esos errores pueden hacer que algo se venga abajo Jimena alzó la voz, por fin mostraba algo humano. Solo quiero ayudar a la empresa, de verdad.

Don Luis sonrió, cansado.

¿Sabe a quién no necesitamos aquí, Jimena? A los que pisan a los compañeros para trepar.

Jimena se puso pálida.

Esos errores los conozco de sobra continuó. No son fallos, son trucos aprendidos tras años de pasar por entresijos burocráticos. Carmen sabe cómo evitar atascos y hacer que el proceso fluya. En el papel pueden parecer irregularidades, pero son experiencia. Le falta mucho mundo para entender la diferencia.

Jimena apretó los puños contra la silla.

Trabaja dos semanas más y luego te marchas don Luis cerró la carpeta brusco. Quiero tu carta de renuncia sobre mi mesa hoy mismo.
Por favor la voz de Jimena se quebró. Necesito este trabajo, la hipoteca, acabo de empezar…

Haberte preocupado antes. Puedes irte.

Jimena se levantó, la carpeta resbaló de sus manos, los papeles cayeron al suelo. Los recogió deprisa, sin mirar a nadie, ocultando el rostro empapado de lágrimas.
La puerta se cerró tras ella sin apenas ruido.

Casi te la cuela la chiquilla, Carmen dijo don Luis, meneando la cabeza. Una víbora has estado alimentando.

Carmen permaneció callada. Un hueco sordo le retumbaba en el pecho.

Aquí seguirás trabajando hasta que cerremos del todo añadió el jefe. No se encuentran empleados como tú fácilmente, ¿de acuerdo?

Carmen asintió y salió.

Jimena estaba en su sitio, fija la vista en la pantalla. Cuando Carmen cruzó por su lado, la joven alzó la mirada: en los ojos, un rencor húmedo y furioso. Carmen no se volvió. Se sentó ante su mesa, abrió el programa de trabajo. Las empanadillas en el táper quedaron intactas hasta bien entrada la noche…

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A un paso del altar