Hace ya muchos años, mis padres compraron un piso de dos habitaciones para mi hermana y para mí, en pleno corazón de Madrid. Nos decían que algún día podríamos venderlo y, con ese dinero, comprar dos estudios más pequeños, para que cada una tuviera su propio espacio.
Con el tiempo, mi hermana Lucía conoció a un muchacho, se enamoró y terminó casándose con él. Me preguntó con delicadeza si me importaría que se mudaran a nuestro piso. No vi inconveniente y acepté. Al principio todo transcurría en armonía, compartiendo la vivienda como siempre.
Pero pronto llegaron los cambios. Lucía se enteró de que esperaba un hijo y desde entonces, tanto ella como su marido empezaron a insinuar primero con suavidad, luego sin tapujos que tenía que dejar el piso. Que el bebé necesitaba mi habitación, que el pequeño debería dormir allí y que podían pintar las paredes de azul celeste o verde menta, como si yo no llevara ya años viviendo en aquella casa que era tan mía como de ellos.
No dejo de preguntarme si esto es, de verdad, lo habitual. ¿Acaso tengo que marcharme de un sitio que también me pertenece? Sigo estudiando en la Universidad Complutense y apenas tengo ingresos más allá de una beca modesta y unas horas como dependienta en una librería de la Gran Vía. ¿Por qué han de pedirme, casi exigir, que alquile una habitación por mi cuenta en otra parte de Madrid, con lo carísimo que está todo? Lo que gano no me da ni para cubrir un alquiler en condiciones.
Lucía pasó de sugerírmelo de manera cariñosa a empezar a hablarme como si ya hubiera decidido mi salida. Calcula en voz alta dónde va a colocar la cuna del niño, habla sobre los cortinajes y me hace sentir como una invitada en mi propio hogar. Yo, desde luego, no tengo pensado mudarme; poseo la mitad del piso y los recuerdos que tenemos allí pesan tanto como la escritura.
Hablé con mis padres acerca de todo esto. Mi madre, entre risas, quitó hierro al asunto: Estas cosas les pasan a las embarazadas, hija, ya se le pasará. Me pidió que no me tomara a pecho las palabras de Lucía. Pero, ¿cómo puede una ignorar que la están apartando de su casa, del que fue su refugio durante tantos años?
Es curioso cómo uno puede sentirse extranjero bajo su propio techo, como si todos los planes giraran a tu alrededor y tú no tuvieras ni voz ni voto. No creo que Lucía quiera cambiar su postura y a mí sólo me queda preguntarme qué debería hacer yo en esta situación, en la que no parece haber salida fácil ni consuelo.







