Querido diario:
Hoy he recordado aquel verano en el chalet de la sierra, cuando la vecina se empeñó en que mi cosecha era medio suya y aprendió a dejar de aprovecharse a mi costa.
¡Bah, anda ya, Maricarmen! ¿Qué más te da que coja un par de pepinos? Si de todas formas se te acabarán estropeando en la mata. No seas avariciosa, mujer, que vivimos pared con pared, ¡si hasta los nietos han venido a verme! Déjame cogerles unas verduras, que les hace ilusión y salud les vendrá bien
Maricruz se asomaba por encima de la valla baja de alambre que separa nuestros terrenos en aquel rincón de la sierra madrileña. Su amplia sonrisa era tan empalagosa que empalagaba de verdad. Sostenía un bol esmaltado, ya bastante lleno de fresas de mis matas, y al mismo tiempo alargaba la mano hacia la zarza de grosellas de mi bancal. Yo, de rodillas entre las zanahorias, arrancando malas hierbas diminutas, me puse en pie notando la espalda protestar y sudor en la frente. Miré a Maricruz con esa mezcla de cansancio y resignación que solo se aprende con los años.
Ese “somos como de la familia” lo llevo escuchando desde que Juan y yo compramos esta casa y transformamos el erial descuidado en un huerto ejemplar. Cada tomate, cada rama de pepino, cada mata de pimientos tiene detrás mis madrugones, mis dolores de espalda, mis noches en vilo por si helaba la madrugada.
Maricruz le dije, todo lo calmada que pude, tú también tienes fresas. Ayer vi cómo florecían.
¿Pero qué fresas son esas? resopló mientras se encogía de hombros. Si son todas pequeñas y ácidas, y encima los pájaros se las comen. Yo de abonos y historias no entiendo, y mi marido menos. Nosotros, al natural, como salga la cosa. Pero tú, hija, tienes unos frutos ¡Si parecen melocotones de gordos! ¿No te da pena dejar que se echen a perder? Además, para dos que sois, ¿qué vas a hacer con tanta comida? ¡Ni que fueras hortelana de mercado!
Suspiré hondo. Maricruz cree, de verdad, que quien tiene más debe compartir con quien tiene menos aunque la única razón de su escasez sea pura pereza. Su jardín es puro caos: manzanos torcidos, césped lleno de musgo, bancales que solo ven la azada en fiestas señaladas y diente de león hasta en la barbacoa.
Ella viene a relajarse, a rascarse la tripa en la hamaca, tostarse unas salchichas y poner la radio a todo trapo. Yo, en cambio, me levanto a las seis para abrir los invernaderos, dedico el atardecer al riego y cuento los pepinos como si fueran pepitas de oro.
Maricruz insistí, y esta vez mi voz sonó seca, las fresas las necesito para hacer mermelada. Cada fruto cuenta.
¡Anda ya, exagerada! bufó. ¡Qué agarrada eres! Si solo me llevo un poco, para los críos. ¿No me digas que se lo vas a quitar de la boca a un niño?
Sin esperar más, zampó una fresa bien gorda y, triunfante, regresó a su porche abrazando su botín.
Me quedé congelada, frustrada, conteniendo la rabia. Juan, mi marido, apareció del cobertizo con el destornillador en la mano. Lo había visto todo, pero nunca entra en disputas así.
¿Otra vez Maricruz recolectando por tu huerto? me preguntó.
Sí, como una cabra, pero en ajeno. Esto ya es demasiado, Juan. El fin de semana pasado, mientras fuimos al súper, cortó mis calabacines, y encima me soltó que se nos iban a pasar de maduros. Ahora ya se lleva las fresas casi en la cara.
Pónselo fácil, mujer: un buen murete de baldosas y a ver quién pasa sugirió él.
Sabes que la comunidad de vecinos solo permite la malla de siempre. Que si las sombras, que si la estética. Y después de la inversión en el invernadero, no nos sobra un euro, Juan.
La situación fue a peor conforme avanzó el verano. Días y días de calor, tomates enormes, pepinos crujientes, pimientos brillantes y Maricruz cada vez más pendiente de mi valla.
Un día llegó con diez invitados a su casa. Música, jaleo y cajas de cerveza. Al anochecer, justo cuando yo regaba los rosales, se acercó tambaleando con la copa en la mano:
¡Mari! gritó, mujer, échame un cable. Se han acabado los entrantes y estos no paran de picar. Déjame unas tomatitos de esos de Corazón de Buey y un poco de perejil, que ir al supermercado es un lío
Me enderecé sin dejar el mango de la manguera.
No puedo darte tomates, Maricruz. Los que han madurado los llevo mañana a Madrid para mi hija.
¡Uy, qué remilgada! insistió, asomándose más allá del seto. ¡Si los tienes a racimos, rojos como farolillos! ¿Qué importa compartir con buena gente? Luego te traigo una tableta de chocolate cuando baje al súper
No. Lo siento, Maricruz. No.
La sonrisa de mi vecina se borró de golpe, y su mirada se volvió dura.
¡Pues ahí te pudras tú y tus tomates! ¡Buen provecho! Aqui los vecinos no valen para nada. ¡Ni sal te pediré!
Se fue refunfuñando, y esa noche las risas y bromas de sus invitados llegaban hasta mi dormitorio: esas hortelanas de ciudad, por cuatro duros se pelean, a ver quién quiere esas verduras todas químicas. Me entraron ganas de llorar. Cerré las ventanas y puse la tele.
Al despertar y salir al porche, algo no iba bien: la nueva puerta del invernadero estaba entornada. El corazón me dio un vuelco. Fui corriendo y, efectivamente, los racimos más hermosos de tomates habían sido arrancados. Había ramas rotas y frutos aún verdes por el suelo. Faltaban pepinos y algún que otro manojo de perejil había desaparecido con raíces y todo.
No era solo robar. Era despreciar mi tiempo, mi esfuerzo; despreciarme a mí.
¡Juan! llamé con la voz temblorosa.
Él vino al momento, y al ver el destrozo resopló, furioso.
Esto ya es para denunciar. Robar comida así no tiene nombre.
¿A quién? ¿Si cámaras no tenemos y Maricruz jura ser inocente? Y si la acusamos, tendrá la cara de enfrentarse a quien sea
Miré el jardín de su lado: silencio, botellas vacías en el porche y en una fuente, lo que claramente eran rodajas de mis tomates, mis Corazón de Buey, y las hojas de mi perejil.
Ahí decidí que bastaba de buenas palabras. Ya no habría más paciencia. La solución sería inteligente y un poco teatral.
En Madrid me pasé por el vivero y compré un disfraz de protección amarillo, una mascarilla industrial, un pulverizador y colorante alimentario azul. De propina, el jabón más barato y apestoso que encontré.
Aquella tarde, coincidió que Maricruz y compañía estaban en modo resaca. Fue el momento de montar el espectáculo: me puse el mono amarillo, la mascarilla, las gafas y unos guantes descomunales. Juan también se disfrazó. Frente al invernadero, como si fuera un show, mezclé litros de agua con medio bote de colorante azul y un buen chorro de ese jabón pestilente.
¡Juan, ni se te ocurra acercarte! grité tan alto que me escuchara toda la urbanización. ¡Esto es peligrosísimo! La instrucción dice que sólo con protección…
Y me puse a rociar tomates, pimientos y repollos, hasta que quedaban tan azules como el cielo de Goya después de una borrachera. Todo olía como a hospital mezclado con pescadería.
Cuando Maricruz se acercó, intrigada:
¿Mari, qué haces? ¿Te ha caído una plaga o qué?
Peor contesté sin quitarme la máscara. Encontré por internet un virus nuevo que quema toda la cosecha en 24 horas. Esto es un anti-plaga experimental: Químicas AgroSierra Max. Sinceramente, ni sé si es seguro. Dicen que hay que esperar veintiún días antes de comer, y hasta entonces, ni tocar. Si se come antes, malo para el hígado. Yo, por si acaso, me pondré a rezar
¿¡Veintiún días!? repitió, llevándose la mano al estómago. ¿Y si sólo lo toco?
Pues lávate bien las manos, o un poco de agua fuerte nunca está de más. Si se mete en la boca ni pensarlo.
Maricruz, pálida, se alejó, y pronto sentí cómo advertía a su gente: ¡No os acerquéis! ¡Que es veneno puro!.
Durante la semana siguiente, Maricruz y sus nietos ni se acercaron a la valla. Miraba mis tomates azules como quien mira un campo radioactivo. Cuando sus nietos se aproximaban, casi gritaba de pavor.
Por las noches, Juan y yo lavábamos los pepinos a escondidas y nos los zampábamos frescos, mientras los tomates colgaban azules espantando hasta a los gorriones. Pero Maricruz, astuta como ella sola, empezó a sospechar.
¡Mari! me gritó una mañana de sábado. ¿Tú no decías que había que esperar veintiún días? Pero te veo comiendo pepinos ¿No que eran peligrosos?
Estos son comprados, mujer. De invernadero, del súper, insaboros Pero los míos ni los toco, que prefiero perderlos antes que intoxicarme.
¿Y los tomates, por qué siguen azules? clamó, mirando el huerto de reojo.
¡Magia química! exageré. Son como la henna, ni la lluvia los arrastra. Nanotecnología agrícola, dicen
Ella resopló. Pero esa semana, ni un solo dedo cerca de mi verdura.
Y llegó la gran prueba. En agosto, con la cosecha madura y el color apenas azul pálido en el tallo, Maricruz debió de pensar que ya era seguro. O pudo más el ansia que el temor.
Justo antes de marcharme a Madrid unos días, coloqué un candado en la verja y una placa plastificada en la valla, bien visible:
*Atención: Videovigilancia. Terreno tratado con agroquímicos experimentales de clase 3. El consumo sin neutralización es perjudicial para la salud digestiva. La Comunidad y la Guardia Civil han sido informadas. Se denunciará cualquier acceso no autorizado.*
Mentira lo de las cámaras, sí. Pero nunca supe si Maricruz lo creyó.
Al volver, la encontré discutiendo con Don Jesús, el presidente de la mancomunidad.
¡Pero usted ve, Don Jesús! chillaba. ¡Esta mujer nos envenena, pone experimentos, nos graba todo el día! Ayer a mi nieto le dolía la barriga y seguro que es de los vapores de ese huerto
El presidente me saludó resignado:
Doña María, buenas. Hay quejas de bueno, de química agraria y cámaras.
Don Jesús, no uso ningún veneno ilegal. Solo puse el cartel por los ladrones de fruta. Y en cuanto a lo de la barriga que si nadie entra en mi jardín, nadie se lleva sustos.
¿Quién ha entrado? Maricruz se indignó. ¿Yo? ¿Pruebas tienes?
Pues sí mentí mirándola a los ojos. Instalé cámaras reales con sensor de movimiento antes de irme. ¿Quieres que pongamos el vídeo delante de Don Jesús y veamos quién fue el martes? ¿O cómo tus nietos arrancaban las zanahorias el sábado?
Maricruz palideció. El miedo pudo con su atrevimiento.
¡Anda, quédate con tus tomates! ¡No los quiero ni regalados!
Y se marchó hecha un basilisco.
Don Jesús me miró con media sonrisa:
¿Y lo del veneno?
Colorante alimentario y jabón de los malos, Don Jesús. Para los pulgones y para los listos. Nunca he encontrado remedio mejor.
Puede dejar el cartel, Doña María. Así todos andan más listos.
Desde entonces, la relación con Maricruz pasó a guerra fría. No cruzaba palabra y contaba por el pueblo que su vecina era una bruja y envenenadora. Me daba igual: la cosecha, a salvo.
Lo más curioso fue la primavera siguiente. Nada más llegar, vi a Maricruz removiendo tierra en su terreno, jurando y sudando. Plantaba unos plantones enclenques, pero eran suyos. Me acerqué a la valla, tranquila.
Suerte, Maricruz le deseé. Por ahí abajo tienes arcilla, échale algo de arena.
Ya me apaño, gracias contestó. Prefiero mis verduras, al natural, sin tus inventos.
Sonreí.
En julio, presumía de sus primeros pepinos retorcidos y tomates diminutos. Ya nadie se atrevía a coger mis frutas. Cuando unos niños saltaron por su parcela a buscar un balón, los echó a voces.
¡Fuera de aquí! ¡Que esto es mío, no un campo de fútbol! ¡Aquí hay esfuerzo, nada de pisotear!
Juan y yo, asando sardinas en la barbacoa, no pudimos evitar la risa.
¿Ves? le dije. Mejor educación que una valla, es el trabajo propio.
En otoño, Maricruz misma me ofreció un tarro de sus pepinillos en vinagre, hechos por ella según una receta de revista.
Toma, prueba me dijo a regañadientes. Míos, este año.
Recibí el bote como un tesoro.
Gracias, Maricruz. Yo te daré semillas de las buenas, de Corazón de Buey, para el año que viene. Pero hay que sembrarlas en febrero. Si quieres, te explico cómo.
Bueno, vale murmuró, haciendo por ocultar la alegría. Si no te da reparo compartirlas.
Para quien trabaja su tierra, nunca me da reparo.
Nos quedamos las dos en silencio, húmedos los jardines de otoño. El cartel de los agroquímicos ya había sido borrado por la lluvia, pero entre nosotras quedó un límite invisible mucho más fuerte que cualquier muro.
Conservé más tomates que nunca ese año. Ni uno se perdió.
Y aprendí que nada enseña más el valor de las cosas que ganarlas con esfuerzo propio.







