El trastero y las escalas
María entra en el trastero, no en busca de recuerdos, sino de un bote de pepinillos para la ensalada. En la balda superior, detrás de una caja llena de luces navideñas, asoma la esquina de una funda que hace años no debería estar en su piso de Madrid. La tela está oscurecida, la cremallera, atascada. Tira de ella y, de las profundidades del trastero, emerge el cuerpo alargado y estrecho de la funda.
Deja el bote sobre el taburete junto a la puerta para asegurarse de no olvidarlo y se sienta sobre sus talones, como si así le resultara más sencillo no enfrentarse a una decisión. A la tercera vez consigue abrir la cremallera. Dentro, reposa el violín. El barniz está apagado, las cuerdas flojas, el arco parece una escoba vieja. Pero la forma es inconfundible, y algo en el pecho le da un chispazo, como al encender un interruptor.
Recuerda cómo, en bachillerato, llevaba aquella funda cruzando todo el barrio de Chamberí y se avergonzaba, temiendo parecer ridícula. Después vinieron los estudios de técnico, el trabajo, la boda, y un día simplemente dejó de ir al conservatorio; había que llegar a otra vida. Guardaron el violín en casa de sus padres, luego se mudó con sus cosas y, ahora, ahí está, en el trastero, sepultado entre bolsas y cajas. No estaba abandonado, solo olvidado.
Levanta el instrumento con cuidado, como si fuera a desmoronarse entre sus manos. La madera se calienta bajo su palma, aunque el trastero está frío. Los dedos encuentran el mástil, y de repente se siente torpe: la mano no recuerda cómo se sostiene, como si fuera algo ajeno que ha cogido sin permiso.
En la cocina, el agua ya hierve. María se levanta, cierra el trastero, pero no vuelve a guardar la funda. La pone en el pasillo, apoyada en la pared, y va a apagar la vitrocerámica. Decide que puede preparar la ensalada sin pepinillos. Se da cuenta de que, incluso en este detalle, busca una excusa.
Por la noche, tras fregar los platos, cuando solo quedan migas sobre la mesa, trae la funda al salón. Su marido, Javier, está frente a la tele, cambiando de canal sin prestar atención. Levanta la mirada.
¿Qué has encontrado por ahí?
El violín responde ella, sorprendida de lo tranquila que suena.
¿Sigue entero? se burla, pero sin maldad; es más esa familiar ironía de casa.
No sé. Lo veré ahora.
Abre la funda sobre el sofá, colocando un trapo viejo debajo para no rayarlo. Saca el violín, el arco y una cajita de resina. La resina está agrietada como hielo al sol. Pasa el arco, apenas roza la superficie.
Afinar el violín es otro suplicio. Los clavijeros están duros, las cuerdas chirrían, y una se rompe y le golpea el dedo. María maldice en voz baja, para que los vecinos no oigan. Javier la mira de reojo.
¿No será mejor llevarlo al luthier?
Puede que sí contesta ella, tragándose la frustración que brota: no contra él, sino contra sí misma, por no saber ni afinarlo.
Busca una app de afinador en el móvil y la deja sobre la mesa. La aguja salta de un sitio a otro. Gira los clavijeros, el sonido se desvanece y luego sube demasiado. El hombro le duele, los dedos se cansan del esfuerzo olvidado.
Por fin, cuando las cuerdas dejan de sonar como cables al viento, María se lleva el violín al cuello. El apoyabarbilla está frío, y siente que la piel en su garganta se vuelve más fina. Intenta ponerse recta, como en clases, pero la espalda se niega. Se ríe de sí misma.
¿Y ahora, concierto? pregunta Javier, sin apartar la vista del televisor.
Para ti responde ella. Prepárate.
El primer sonido la hace estremecer. No es nota, sino lamento. El arco tiembla y la mano no sigue línea recta. Se detiene, respira hondo y vuelve a intentarlo. Sale algo mejor, pero aún siente vergüenza.
La vergüenza es distinta, adulta. No es como en la adolescencia, cuando parece que todo el mundo te observa. Aquí solo la ven las paredes, Javier y sus propias manos, que de pronto se sienten ajenas.
Toca las cuerdas al aire, como en la infancia, contando mentalmente. Después se arriesga con una escala de re mayor, y los dedos bailan torpes. No recuerda dónde poner cada uno. Los dedos parecen más gruesos, las yemas no atinan. Ya no hay esa punzada de dolor conocida; solo una sensación sorda de que la piel es demasiado blanda.
Tranquila dice Javier, inesperadamente. Nadie lo hace bien a la primera.
Asiente, sin saber si ese tranquila es para él, para ella o para el violín.
Al día siguiente, María camina hasta el taller cerca del metro. Nada tiene de romántico: puerta de cristal, mostrador, guitarras y violines colgados, olor a barniz y polvo. El luthier, joven, con pendiente, toma el violín con solvencia, como quien coge una herramienta.
Las cuerdas hay que cambiarlas seguro le dice. Lubricar los clavijeros, ajustar el puente. El arco habría que reencerdar, pero eso ya sube de precio.
Al oír sube de precio se tensa. Piensa en la factura de la luz, en las medicinas, en el regalo de cumpleaños para la nieta. A punto está de decir Mejor no, pero pregunta en su lugar:
¿Y si solo cambiamos las cuerdas y ajustamos el puente?
Por supuesto asiente el chico. Podrá tocar.
Deja el violín, recoge el recibo y lo guarda en su cartera. Al salir, siente que no ha dejado un objeto en reparación, sino una parte de sí que espera recuperar en condiciones.
En casa, enciende el portátil y busca clases de violín para adultos. Se ríe al leerlo. Adultos. Como si hiciera falta enseñar diferente, más lento, más suave.
Hay anuncios que prometen resultado en un mes, y otros trato individualizado. Los cierra porque esas palabras le ponen nerviosa. Pero al rato abre las ventanas de nuevo y escribe un mensaje breve a una profesora del barrio: Hola. Tengo 52 años. Quiero recuperar el violín. ¿Es posible?
Al enviarlo, se arrepiente al instante. Querría borrarlo, como si fuera una confesión de debilidad. Pero el mensaje ya ha volado.
Por la tarde viene su hijo, Sergio. Entra en la cocina, le da un beso en la mejilla, pregunta por el trabajo. María pone agua, saca unas galletas. Sergio señala la funda en el rincón.
¿Es un violín eso? pregunta, genuinamente extrañado.
Sí, lo he rescatado. Estoy pensando en retomar.
¿En serio, mamá? sonríe, pero la sonrisa es de desconcierto, no de burla. Ha pasado mucho tiempo
Mucho tiempo admite. Por eso quiero hacerlo.
Sergio se sienta, da vueltas a una galleta entre los dedos.
¿Y para qué lo quieres? Si ya acabas el día agotada
María siente cómo se activa su defensa habitual: justificar, explicar, demostrar que tiene derecho. Pero las explicaciones siempre sonaban a excusa.
No sé responde, sincera. Simplemente lo deseo.
Sergio la mira mejor, como si de repente viera no a la madre, sino a una mujer que quiere algo para sí misma.
Bueno vale dice por fin. Pero no te agobies. Y que los vecinos lo soporten.
María se ríe.
Sobrevivirán. Practicaré por las mañanas.
Cuando él se va, nota un alivio. No porque le haya dado permiso, sino porque no tuvo que justificarse.
Dos días después, recoge el violín del taller. Las cuerdas brillan, el puente está firme. El luthier le indica cómo tensar y guardar con cuidado.
No lo deje junto al radiador le advierte. Y guárdelo en la funda.
María asiente, disciplinada. En casa, coloca la funda sobre una silla, la abre y observa el instrumento largo rato, como temiendo romperlo de nuevo.
El primer ejercicio es el más simple: tiradas largas de arco sobre cuerdas al aire. De niña le parecía un castigo aburrido. Ahora es un salvavidas. Sin melodía, sin juicio. Solo sonido, solo el reto de hacerlo uniforme.
A los diez minutos le duele el hombro. A los quince, se le entumece el cuello. Para, guarda el violín, cierra la cremallera. La rabia la invade: contra el cuerpo, contra la edad, contra lo difícil que se hace todo.
Va a la cocina, se sirve agua y mira por la ventana. En el parque, unos chicos montan en patinete, riendo fuerte. Siente envidia, no de su juventud, sino de su desvergüenza: se caen, se levantan, vuelven a rodar, y a nadie se le ocurre que es tarde para aprender a buscar el equilibrio.
Regresa al salón y vuelve a abrir la funda. No porque deba, sino porque no quiere terminar su día desde la rabia.
La respuesta de la profesora llega en la tarde: Hola, por supuesto que es posible. Ven a clase, empezamos por postura y ejercicios sencillos. La edad no es impedimento, pero sí pide paciencia. María lo relee dos veces. La palabra paciencia le tranquiliza.
Va a la primera clase con la funda en brazos, como si llevara algo frágil y valioso. En el metro observa miradas, alguna sonrisa. Acepta esos gestos, piensa: que miren, da igual.
La profesora, Lourdes, es bajita, de cuarenta años, pelo corto y mirada atenta. En la pequeña sala hay un piano, una estantería con partituras, una silla con violín infantil.
Veamos dice Lourdes, pidiéndole coger el instrumento.
María lo agarra, y enseguida queda claro que lo sostiene mal. El hombro se levanta, la barbilla aprieta, la muñeca está rígida.
No pasa nada le dice Lourdes. Solo ponte de pie, siente el violín como amigo, no como enemigo.
Le parece ridículo y liberador a la vez, a sus cincuenta y dos años de pie, aprendiendo a sujetar un violín. Nadie le exige que sea buena, solo que esté presente.
Al acabar la clase los dedos le tiemblan como tras una clase de gimnasia. Lourdes le apunta una tarea: cada día, diez minutos de cuerdas al aire, luego la escala, sin más. Menos es más, pero siempre constante, le remarca.
En casa, Javier pregunta:
¿Entonces?
Es duro contesta. Pero me siento bien.
¿Contenta?
Piensa. Contentar no es la palabra. Es inquietud, vergüenza, alegría y, de alguna forma, luz.
Sí dice. Es como volver a hacer algo con las manos, no solo trabajar y cocinar.
Tras una semana, María se atreve con una melodía sencilla que llevaba en el recuerdo desde niña. Encuentra la partitura en internet, la imprime en la oficina y la esconde en una carpeta de papeles para que nadie pregunte. En casa la coloca sobre una pila de libros, improvisando un atril.
El sonido sale irregular, el arco raspa otra cuerda, los dedos fallan. Se detiene y reinicia. En un momento, Javier asoma a la puerta.
Suena bonito afirma cauteloso, como temiendo romper el hechizo.
No me mientas responde, sonriendo.
No miento. Es reconocible.
María sonríe. Reconocible es casi un halago.
En fin de semana, llega la nieta. Se llama Lucía y tiene seis años. Nada más entrar ve la funda.
¿Qué es eso, abuela?
Un violín.
¿Sabes tocar?
Está a punto de decir Lo hacía antes. Pero Lucía no entiende el antes, para ella todo sucede ahora.
Estoy aprendiendo le dice.
Lucía se sienta en el sofá, las manos juntas, como en una función escolar.
Tócanos.
A María se le encoge el estómago. Tocar ante una niña es más difícil que ante adultos. Los niños oyen sin filtro.
Vale dice, y toma el violín.
Toca la melodía de la semana. En el tercer compás, el arco salta, el sonido es agudo. Lucía no se inmuta; ladea la cabeza.
¿Por qué chirría?
Porque abuela no lleva bien el arco responde, riendo.
Lucía también se ríe.
Hazlo otra vez pide.
María toca de nuevo. No mejora, pero no para por vergüenza. Simplemente termina la pieza.
Por la noche, cuando todos se han ido, se queda sola en el salón. En la mesa están las partituras impresas, un lápiz para marcar los cachos difíciles. El violín sigue en la funda, cerrada, pero nunca más guardada en el trastero. Se queda junto a la pared, recordando que ahora es parte de su vida.
Marca diez minutos en el móvil, no para obligarse, sino para no quemarse. Abre la funda, toma el violín, comprueba que tiene resina y que el arco está tenso. Lo lleva al cuello y respira.
El sonido sale más suave que por la mañana. Luego vuelve a romperse. No maldice. Solo corrige el gesto y sigue con el arco, escuchando cómo la nota se mantiene y tiembla.
Cuando el temporizador suena, no suelta el violín enseguida. Termina la tirada de arco, lo guarda con cuidado en la funda y la deja junto a la pared.
Sabe que mañana será igual: un poco de vergüenza, algo de cansancio, unos segundos nítidos por los que merece abrir la funda. Y con eso le basta para seguir.







