El último día de clase en el colegio: el aroma de las vacaciones de invierno, el abeto, las pieles de mandarina y la llegada de mamá con una sorpresa de Año Nuevo—¡una hermana llamada Ksenia!

Era el último día de clase en el cole.

El aire olía a vacaciones de invierno, a árbol de Navidad y a pieles de mandarina, como manda la tradición. Yo llegué del colegio muerto de hambre, comí algo y me subí al alféizar de la ventana. Tenía ganas desde hacía tiempo de sentarme ahí a mirar a la gente pasar, sin hacer nada, y por fin se había dado el momento perfecto. Así que ahí me planté, en mi rincón favorito, a disfrutar del noble arte del no hacer.

En ese preciso instante apareció mi padre en la habitación con prisa y cara de circunstancias. Me soltó:
¿Te aburres, hijo?
Respondí con mi tono más formalito:
Qué va, papá… Estoy descansando. ¿Pero cuándo viene mamÁ de una vez? ¡No está desde hace diez días!

Papá siguió con su recital:
¡Agárrate fuerte al marco de la ventana! A ver si sales volando.
Por si acaso, me agarré bien a la manilla y pregunté:
¿Pero qué pasa?
Él retrocedió, sacó un papel raro del bolsillo y me lo enseñó desde la distancia, como si fuera el mapa del tesoro.
¡Dentro de una hora llega mamá! ¡Una telegrama! He venido directo del trabajo solo para darte la noticia. Hoy no se come aún; comeremos todos juntos cuando volvamos. Yo me voy a la estación a buscarla, tú limpias la habitación y nos esperas, ¿vale?

Ni corto ni perezoso, salté del alféizar, todo entusiasmo:
¡Hecho, papá! ¡Corre y tráete a mamá deprisa!
Papá se fue disparado hacia la puerta y yo me puse a limpiar como si el salón fuera la cubierta de una fragata en plena tormenta. Limpiar, limpiar: sillas alineadas, escoba en mano, recogedor como escudero. Me recorrí el suelo como si fuera el generalísimo del ejército del orden. ¡A brillar! ¡Pavimento, que se te vea la cara! ¡Qué pedazo de hijo tienen! Yo, cuando sea mayor, voy a ser… ¡Uf! Algo grande, gigante, espectacular, estratosférico, como diríamos en casa.

Mientras esperaba, me dediqué a presumir en voz alta, para que no se me hiciera eterno el tiempo. Hasta que de pronto la puerta se abrió y entró papá otra vez, con la bufanda medio colgando y el gorro tirado hacia atrás. Parecía una banda de música y su director, todo en uno. Papá agitaba los brazos y gritaba:
¡Zum-zum! como si anunciara con bombos turcos el regreso triunfal de mamá.
¡Pshiii! ¡Pshiii! añadía unos platillos imaginarios.
Y después imitó el coro de toda la tuna universitaria de Salamanca, por lo menos.

Como papá no cerró la puerta, salí corriendo al pasillo y allí estaba mamá, junto a la percha, con un bultito en brazos. Me sonrió de esa manera que solo una madre sabe hacerlo y me susurró:
¡Hola, campeón! ¿Qué tal lo has pasado sin mí?
Le contesté:
Te he echado mucho de menos, mamá.
Ella me dijo:
¡Te he traído una sorpresa de Reyes!
Yo, con los ojos abiertos como platos:
¿Un avión?
Mamá se rio y me dijo:
¡Mira tú mismo!
Hablábamos bajo, como en la biblioteca municipal.

Mamá me pasó el bultito sin decir nada más.
¿Qué es esto, mamá? pregunté, intrigado.
Ella respondió bajito:
Es tu hermanita, Jimena.
Yo me quedé callado, sin procesar del todo.

Entonces mamá apartó la sábana bordada y vi la cara de mi hermana. Era pequeñísima y apenas se le distinguían los rasgos. Yo sostenía el paquete con toda mi fuerza como si fuera una entrega especial de Correos.

En ese momento apareció papá desde el salón, en plan presentador de gala:
¡Dzum-bum-trum! gritó, y con voz de speaker de la radio nacional soltó:
¡En homenaje al Día de Reyes, se le entrega al niño Óscar una hermana fresquita y viva, Jimena! Mide cincuenta centímetros por todas partes y pesa tres kilos doscientos cincuenta gramos, sin contar el envoltorio.

Se puso en cuclillas delante de mí y sujetó mis manos por si acaso pensaba estampar a Jimena en el suelo. Preguntó, ahora en su tono normal:
¿A quién se parece?
Mamá contestó:
A ti, desde luego.
¡Que no! saltó papá: ¡En esa mantilla parece una actriz de cine clásico español, como la querida Sra. Imperio Argentina! De hecho, los recién nacidos, nada más llegar, tienen el mismo aire de estrella de la pantalla, sobre todo de nariz.

Yo seguía ahí, feliz, con Jimena en brazos y una sonrisa de medio tonto. Mamá miró preocupada:
Ten cuidado, corazón. No la vayas a dejar caer.
Le respondí, indignado:
¿Por quién me tomas, madre? Si soy capaz de levantar una bici entera con una mano, ¿cómo voy a soltar semejante “cosita”?
Papá añadió:
¡Esta noche la bañamos! ¡Prepárate!
Él cogió el bultito, se lo llevó y todos detrás. Jimena acabó tumbada en el cajón grande de la cómoda, tan tranquila.

Papá explicó:
Es solo para hoy. Mañana compro cuna y a dormir como realeza. Óscar, tú vigila los cerrojos: no sea que alguien cierre a Jimena en el cajón y después haya que buscar “dónde está la niña”.

Nos sentamos a cenar. Yo saltaba cada dos por tres a ver a Jimena, que no hacía más que dormir. Le toqué la mejilla con el dedo, era blandita, como un buen yogur natural. Y al mirarla de cerca, me di cuenta: tenía unas pestañas largas y oscuras.

Por la noche llegó el momento de bañarla. Plantamos una bañera en la mesa del despacho de papá, sacamos ollas de agua fría y caliente, mientras Jimena nos miraba desde su trono en la cómoda. Ella chillaba como una puerta vieja, pero papá, con animosidad y bromas, se paseaba arriba y abajo, gritando:
¿Quién nada mejor que nadie? ¿Quién se sumerge con más estilo? ¿Quién hace las mejores burbujas del barrio?

Jimena, con su cara de dignidad, parecía la campeona mundial de chapuzones. Pero al meterla en el agua, cambió la cosa: se puso toda tensa, como si dijera “cuidado, que mis padres van a ahogarme”. Me metí a ayudar, dejé mi dedo cerca y, vaya, acerté de pleno: se agarró a mi dedo con tanta fuerza que pensé que me lo dejaba hecho polvo. Se aferró a mí como a un flotador y me dio sentimiento; sentía que confiaba solo en mí, su hermano mayor, fuerte y valiente, para salvarla de semejante tortura. Era su “chip” para sobrevivir: confiar en Óscar, el héroe de la familia.

Cuando lo entendí, me coroné de buen hermano mayor; me nació un cariño enorme por ella, del bueno.

Y ya muy tarde, tumbado en la cama, pensaba en cómo mañana iba a decorar el árbol para Jimena, y no podía dejar de sonreír: seguro que ningún otro niño había recibido un regalo de Reyes tan especial ese año.

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