Mira, te tengo que contar lo que nos pasó hace poco. Ya sabes, la boda de la niña fue preciosa, los invitados se fueron y, como es tradición, ella se mudó con su marido a su nuevo piso. De golpe en casa se hizo un silencio extraño, como si se hubiera marchado el alma del lugar. Después de pasar una semana deambulando y sintiendo ese vacío, mi mujer y yo pensamos: ¿Por qué no traernos una mascota? Algo que alivie ese hueco y mantenga activos esos instintos de padres de alimentar, educar, sacar a pasear y limpiar desastres ajenos. Además, para qué engañarnos, yo tenía la esperanza de que, a diferencia de mi hija, el animal no me llevaría la contraria, ni me robaría el tabaco ni haría excursiones nocturnas al frigorífico.
No teníamos muy claro qué animal escoger, así que decidimos ir a ver qué encontrábamos. El domingo fuimos al Rastro de Madrid, que ya sabes que allí tienes desde antigüedades hasta bichos de todo tipo. Nada más entrar, mi mujer descartó de plano las cobayas, diciendo que lo nuestro siempre había sido el campo, no el mar. Las peceras nos parecieron aburridas, y los periquitos, con tanto color y parloteo, le daban alergia a mi mujer. Te juro que estuve tentado por un mono diminuto que tenía unas caras que me recordaban a mi hija en plena adolescencia. Pero mi mujer, con esa autoridad suya, me soltó que antes se tumbaba entre nosotros muerta que convivir con un mono, y la verdad, después de tantos años, uno se acostumbra a su opinión (y a su presencia).
Quedaba elegir entre perro y gato. Los perros nos parecían demasiada responsabilidad, que si el paseo diario, que si el veterinario Y yo no me veo en la Puerta del Sol regalando cachorros. Así que nada, decidimos buscar un gato.
En cuanto lo vi, supe que era ese. Estaba el pobre en un acuario de plástico transparente, rodeado de gatitos jugando y dándole cabezazos en la barriga. El cartel ponía Fermín. La vendedora nos contó un drama de esos que te ablandan el corazón: que si la infancia difícil, que si un perro casi se lo zampa y lo acabaron echando del piso… El gato era un persa de esos grises impresionantes, pero claro, ni rastro de papeles que certificaran que esa nariz chata era de raza y no de una mala caía de pequeño. Según la vendedora, en los papeles desaparecidos era Emperador, pero respondía a Fermín tan ricamente. Lo adoptamos.
El viaje hasta casa fue tranquilo. Fermín se pasó el camino en el coche emitiendo un ronquido bajito desde su transportín. Cuando llegamos al portal, mi mujer, que sabe lo que me cuesta el tema de mutilaciones animales, me suelta, toda retorcida, ¿Estás seguro de que no está castrado?. Me quedé un poco tocado. No es que tenga nada en contra, pero un gato castrado me recuerda a Quasimodo, pobre criatura. Así que ahí mismo, en el rellano, le hago una inspección fugaz a Fermín, pero entre la penumbra y el pelaje lleno de nudos no vi nada claro. Al menos la sensación al tacto era la adecuada y el gato, bueno, protestó, pero lo normal.
Esa tarde, como le tiene radar al fiambre y a los pasteles, se presenta la niña en casa. Basta presentarle a Fermín para que se olvide del último trozo de tarta y se lance, junto a su madre, a bañar al gato. Le dieron un buen repaso con el champú de bebés, lo secaron con mi toalla para qué vamos a hablar y le hicieron un makeover con secador.
Cuando por fin se sentó triunfal mi mujer a peinarlo y quitarle nudos con las tijeras, el gato empezó a quejarse. Yo, por no entorpecer, me refugié con una caña en la cocina. De repente, todo se vino abajo: un maullido de ultratumba, algo hecho añicos, y un chillido de mi mujer. Salgo disparado y la encuentro sentada en el sofá, meciéndose con las manos ensangrentadas llenas de arañazos. En el suelo, mechones de pelo y unas tijeras. Nos acercamos con la niña y le pregunto: ¿Pero qué ha pasado aquí?.
Ella me mira con ojos de tragedia griega y empieza a llorar: ¡Los huevos!. Yo, flipando: ¿Qué huevos?. Y ella: ¡Que se los he cortado!. No soy médico, pero dudo mucho que eso se caiga así como así, y menos en un gato.
Tras un rato de llantos y pánico, mi mujer, por fin, abre las manos y nos enseña dos bolitas de pelo ensangrentado. Resulta que, al intentar cortar un nudo entre sus patas traseras, el gato se movió, y ella, a lo bruto, cortó lo que estaba en medio, que según ella, eran los huevos.
El pobre gato rugió, arañó a mi mujer y se largó bajo el sofá, no sin antes cargarse un jarrón. La verdad, lo normal, yo en su lugar habría hecho lo mismo o peor. Con una fregona y muchas croquetas intentamos sacarlo, pero el colega es más listo que el hambre. Solo conseguimos arrastrarlo cuando metió las uñas en la fregona y pudimos acercarlo un poco.
¡Menuda pinta tenía! Esas pintas de loco, los ojos amarillos como faros, toda la cara llena de telarañas y polvo de debajo del sofá pegado al pelaje En media hora de convivencia con nosotras, el persa guapo se había convertido en una especie de vagabundo malhumorado. Al final, conseguí calmarlo rascándole detrás de la oreja y el tío, poco a poco, se fue relajando hasta que se puso a ronronear como si no hubiera pasado nada. Vamos, como para ser gato castrado recién operado Mi mujer, que para el drama es la primera, se pone a hacer el paripé preocupada y quiere llamar al veterinario.
El pobre animal, al verla, se quedó quieto y callado. Así que eché a las mujeres y me lo llevé a la cocina para estar solos. Allí, cerveza en mano, le expliqué lo duro que es ser el único macho en una casa llena de mujeres. Fermín, comprensivamente, me contestaba con sus ronroneos.
Al cabo de un rato, se tumbó boca arriba en mis piernas, tan tranquilo. Y ahí, por si acaso, aproveché para revisar el asunto discretamente. No encontraba nada de lo que te puedas imaginar ni rastro de lo que mi mujer decía que había cortado. Volví a apartar el pelo y nada, ni la marca Y ahí me di cuenta: lo que tenía en el regazo era una gata persa, grandota, preciosa y con la tripa redonda ya Y mi mujer, lo único que había cortado eran mechones de pelo mezclados con sangre de sus propios arañazos.
No fuimos a por la vendedora a montar el escándalo. Al final, tantos nervios nos unieron más con la gata. Y claro, ya no era Fermín, sino Carmela. Y, fíjate, ayer mismo la Carmela tuvo cuatro gatitos preciosos. Así que otra vez tenemos la casa llena de criaturas. Como la familia, de toda la vida.





