Nuestros familiares vinieron de visita y nos trajeron regalos. Y pronto nos pidieron que los pusiéramos sobre la mesa.

Recuerdo cómo, hace multos años, vinieron a visitarnos unos parientes lejanos de Valladolid. No venían a menudo y, como era costumbre, nos avisaron unos días antes. Yo, ya jubilada, y mi hijo Andrés, que apenas ganaba lo justo trabajando en una pequeña librería, les explicamos sinceramente que no nadábamos en pesetas, que nuestra vida era sencilla y sin lujos.

Eso no quería decir que pasáramos hambre, pero la austeridad marcaba nuestros días. Aun así, los parientes llegaron a casa con bastantes bolsas, llenas de comida y algunos regalos. Mi hijo les dio las gracias de corazón y, con la mayor educación, guardamos sus presentes en la alacena.

Como ya les habíamos avisado de nuestras circunstancias, la comida fue modesta aquel mediodía: pan candeal con un poco de mantequilla, unas galletas y té. Sus caras reflejaban un cierto desagrado, pero nadie dijo nada. Yo internamente pensé que no podían sorprenderse; se lo habíamos advertido. Nosotros ofrecíamos lo poco que teníamos, y siempre con dignidad.

Para cenar, preparé una sopita clara, más pan, queso manchego fundido, algunos bocadillos de embutido y, de nuevo, té. Es posible que esperaran una cena más contundente, y por eso sus rostros se llenaron de desilusión.

Entonces, una de las tías, doña Pilar, preguntó por qué no habíamos servido lo que ellos trajeron. Me desconcertó su pregunta, pues creía que esos obsequios eran para nosotros, no para consumirlos ahí mismo como si fueran parte del menú que debíamos ofrecerles. Si querían disfrutar de lo traído, podían pedirlo y, encantados, lo hubiéramos puesto en la mesa o en la nevera.

Estuvieron discutiendo bastante rato, pero al amanecer ya tenían las maletas hechas y se marcharon sin despedirse demasiado. Francamente, no me preocupó adónde irían a dormir mi casa, pensaba, es lugar para quien viene con buen corazón, no con reproches ni exigencias.

Al menos, nos quedaron algunas delicias: magdalenas, paté, merengues y frutas frescas. Algo útil, al fin y al cabo. Aquella misma noche, mi hijo Andrés y yo brindamos con té caliente y saboreamos una buena magdalena, agradeciendo la sencilla paz de nuestro hogar.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

nine + ten =

Nuestros familiares vinieron de visita y nos trajeron regalos. Y pronto nos pidieron que los pusiéramos sobre la mesa.
El hermano cuidaba de su hermana mientras mamá trabajaba. Pero nadie podía imaginar lo que sucedía.