¿Y usted sabía que su marido tiene una amante?

¿Sabías que tu marido tiene una amante?
¿Sabías tú que ese marido tiene esposa? contesté yo con más mala leche que simpatía.
¡No me digas! protestó la voz al otro lado. ¡No soy yo!
Pues yo tampoco.
¿Entonces quién? tartamudeó la voz, ahora más perdida que una cabra en un garaje.
Un burro con gabardina contesté, mascullando los nombres y colgué.
Marido no tenía, pero el día había sido como una tortilla sin sal, así que ¿por qué no divertirse un rato?

Un par de horas después volvió a sonar el teléfono.
Sí, sí, la amante, le ayudé yo, mientras troceaba un muslo de pollo como si eso resolviera mi existencia.
¿Cómo que lo sabes? se le trabó la lengua.
Qué indecisa eres para ser amante, le solté, mezclando ketchup con mayonesa, porque en mi casa se llama salsa rosa y punto.
¿Y qué haces? preguntó la pobre, ya totalmente desorientada.
Comiéndome una pierna.
¡¿De quién?!
De la amante anterior.

El teléfono se rindió y colgó solo. Yo rematé el muslo y una alita entre ruidos y carcajadas, mientras tragaba el té de frutos rojos como si fuera Ribera del Duero.

Esta vez la amante no esperó tanto, justo lo suficiente para dejarme terminar el último sorbo.
Me has mentido, protestó con aires de drama de culebrón español.
Buenas de nuevo, amante.
¿Por qué no lloras? tras pensárselo mucho, preguntó.
¿Y por qué debería?

¡Las esposas normales lloran! se indignó la amante.
Yo no soy normal. Cuando el marido se va, la mujer va más ligera.
Pues la mujer que se va… masculló ella.
Igual tú eres mujer, pero yo soy señora, le espeté, llevándola a la confusión total.
¿Entonces le dejas? dijo ya sin voz.
¿Yo lo tengo atado?
Pues no sé…
Yo tampoco.
¡Mira, chica, no me calientes la cabeza! ¿Le dejas o no?
Llévate lo que quieras, gesticulé como reina por un día. Y de paso a Víctor, Valeria, Vanessa y Valentín.

¿Quiénes son esos? se le atragantó la pregunta.
Dos hijos, el loro y el gato. Adivina dónde está el gato. Y casi me parto de la risa.
¿Por qué todos con V? preguntó ella, como si se le hubiera cruzado el WiFi.
Si te gusta más, te puedo dar con la A, le contesté, tirando de sarcasmo.
Pero es raro…
Nada de raro, mi marido los eligió. Dijo que en mi casa todo iba con V.
Pero si tú eres Carmen, protestó la amante.
Exacto, repuse yo, que en realidad soy Ángela. ¿Sabes cómo me llamaba él? la dejé picada.

¿Cómo? susurró ella, pegada al teléfono.
Me devanaba los sesos buscando un nombre con V y grité con voz de diva:
Virginia.
Pues a mí me llamaba veranito, murmuró ella, totalmente fuera de juego.

En ese momento yo ya me desternillaba y el mal humor se evaporó como los churros en feria.
Me alegré de no tener marido, así no tendría que escuchar estos culebrones en serio.

La amante me despertó pasada la medianoche.
Sabes qué, dijo con todo el morro, si eres tan mala esposa, quédate con ese marido que está igual de mal. ¡Sois tal para cual! y colgó con un portazo digital.

Luego vi que me había bloqueado el número.
Y así, un sábado cualquiera, sin querer, salvé un matrimonio. Espero que la señora lo valore.

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