Me mandaron a una residencia
¡Ni se te ocurra, Martina, ni lo menciones! doña Clotilde Gómez apartó de un manotazo el plato de gachas. ¿Me quieres encasquetar en una residencia?
¡Para que allí me pinchen cualquier cosa y me tapen la cabeza con una almohada si me pongo a alborotar!
¡Antes verás nevar en agosto!
Martina respiró hondo, aguantando las ganas de mirar las manos temblorosas de la abuela.
Abuela, ¿pero qué residencia pública ni qué nada? ¡Es privada! Está cerca del bosque, con enfermeras todo el día.
Y allí tendrás compañía, un televisor enorme…
Aquí te pasas el día sola, mientras papá está en la oficina.
Sí, sí, esa compañía me la sé yo gruñó Clotilde, acomodándose en los cojines. Te dejas timar, os quitan hasta el piso y luego me largan a dormir a la cuneta.
A tu padre díselo bien clarito: que su madre no sale de esta casa en vida. Que la cuide él, ¿o no es su hijo?
Yo le cuidé los sarampiones, sin dormir noches enteras. Ya es su turno.
Papá dobla turnos para poder pagar tus medicinas, ¡tiene cincuenta y tres y la tensión por los aires! En tres años ni pisó el cine, ni hablar de vacaciones.
Bah, cortó doña Clotilde apretando los labios. Aún es joven, puede con todo.
Y tú cierra el pico, que la gallina no aprende de los huevos. ¡Venga, recoge ese desastre de la mesa!
Martina salió al pasillo resoplando. ¿Y cómo se suponía que había que hablar con ella?
Su padre entró en casa a eso de las siete de la tarde. Ni se molestó en quitarse los zapatos, se dejó caer en el banco de la entrada y se quedó mirando a la nada un buen rato.
¿Qué tal, papá? preguntó Martina recogiéndole la bolsa de la compra.
Bien, Marti, bien. En el almacén, fatal, la auditoría es en nada. ¿La abuela qué tal?
Lo de siempre. Montó otro circo con la residencia. Dice que la queremos mandar a criar malvas.
Papá, así no se puede. He mirado los gastos este mes y para comida nos quedan doscientos cincuenta euros.
Y aún falta pagar la residencia de estudiantes, y los libros.
Ya veremos, Pablo se levantó arrastrando los pies y se quitó los zapatos. He pillado otro curro, noches vigilando, cada dos días.
¿Y cuándo piensas dormir? ¡Que te vas a desmayar en cualquier sitio!
Pablo no contestó. Se fue a la cocina, puso agua en el cazo y la dejó al fuego.
¿Ha comido?
La mitad, el resto empapó la cama. Ya he cambiado las sábanas.
Bueno, ve a estudiar, que los exámenes ya los tienes encima. Yo me encargo de darle la cena y lavarla.
Martina observó a su padre, cojeando mientras entraba en la habitación de la abuela.
Le daba una pena terrible. Veía cómo aquel hombre fuerte y bromista se había ido apagando, como una bombilla vieja.
Ya no quedaban ni chistes, ni ilusión.
***
La cosa fue a peor una semana después: volvió incluso más tarde de lo habitual, tambaleándose un poco. Martina se alarmó al instante.
¿Papá? ¿Estás bien?
Sí, hija, es que el metro parecía una sauna, me ha dado un mareo sin más.
Siéntate. Voy a tomarte la tensión.
El tensiómetro marcó 18 sobre 11. Martina sacó las pastillas sin decir nada.
Mañana no vas a ningún lado, llamo al médico.
No puedo, hay revisión en la oficina. Si falto, me quitan la prima. Y mira que justo nos ha subido el IBI del piso de la abuela…
¡Véndelo, papá! susurró Martina, no fuera a oírla la abuela. ¡Ese piso en Guadalajara son, qué, sesenta mil euros! Pagamos deudas, contratamos a alguien que la cuide.
Pablo suspiró:
Ella no da el visto bueno…
Pero si lleva cinco años sin pisarlo. ¿Para qué lo quiere ya, si no sale de la cama?
No les dio tiempo a seguir; desde la otra habitación empezó un golpeteo rítmico.
Clotilde daba con la taza en la mesita, exigiendo atención.
¡Pablito! Ven aquí, ¿con quién cuchicheas? Otra vez hablando de mí a mis espaldas, ¿eh? chilló con su voz cascada.
Pablo suspiró, tragó la pastilla que le tendía su hija y fue a atenderla.
***
Hace seis años, su padre tuvo una pareja. Elena, calmada y amable, iba a casa con bizcochos y hacían planes de irse un fin de semana a una casa rural.
Acabó todo en cuanto la abuela cayó en cama. Elena quiso ayudar pero la buena señora le hizo la vida imposible.
¡Claro! ¡Venías a por todo hecho! ¡Te crees que puedes quedarte con mi hijo así de gratis! gritaba. Cada vez que Pablo intentaba salir, ella fingía infartos y organizaba un drama. ¡Echadla de aquí! ¡Fuera!
Elena acabó por marcharse y Pablo tampoco la buscó.
Martina estaba preparando un examen una tarde, cuando sonó el teléfono. Su padre aún no había vuelto.
¿Diga?
¿Es usted la hija de Pablo Gómez? preguntó una voz masculina.
Sí, soy yo. ¿Ha pasado algo?
Llamamos del departamento de personal. Su padre se ha desmayado en la reunión. Llamamos a la ambulancia, lo han llevado al hospital general. Apunte la dirección…
Martina cogió la información con la mano temblorosa sobre el cuaderno. No había colgado todavía cuando la abuela empezó a gritar.
¡Martina! ¿Quién llama? ¿Dónde está Pablo? ¡Que me traiga el té, que tengo la boca seca!
Entró al cuarto. La abuela medio recostada, llena de cojines, fruncía el ceño.
Papá está en el hospital le soltó Martina de golpe.
¿En el hospital? Clotilde se quedó petrificada, pero enseguida dijo. Ya lo sabía yo, ¡tanto gritarme ayer! Dios le castiga. Nadie piensa en cuidarme. ¿Y ahora quién me dará de comer? Anda, pon la tetera.
Martina salió sin decir media palabra.
***
Estuvo tres días haciendo malabares entre la casa y el hospital.
A Pablo le diagnosticaron crisis hipertensiva por agotamiento severo.
Los médicos le prohibieron levantarse siquiera.
Martina, ¿cómo está tu madre? fue lo primero que preguntó al verla entrar a la habitación.
Bien, papá. La vecina entra a ratos y le lleva algo. Ocúpate de ti, mínimo dos semanas de reposo.
¿Dos semanas? Si me echan… El dinero
Descansa, le tapó Martina con la manta. Yo esto lo apaño. Te lo prometo.
Al cuarto día, al volver a casa, la abuela la recibió a gritos:
¿Dónde andabas? ¡Toda sucia y aquí estoy yo, abandonada!
Martina cerró los puños y fue más calmada de lo que se sentía.
Vamos a ver, abuela. Escúchame bien. Papá está muy mal, puede darle un ictus si vuelve a estresarse.
¡Pamplinas! bufó Clotilde. Tiene el carácter de mi padre, puede con todo. Anda, acércame, que se me ha dormido el costado.
No Martina se sentó en el borde de la silla. Ni te giro, ni te doy la cena.
Clotilde abrió mucho los ojos.
¿A ti qué te pasa? ¿Te ha dado un aire?
No tenemos un duro, abuela. Nada. Papá no puede trabajar y ya ni hablamos de pagas extra. Tu pensión no cubre ni los pañales ni las pastillas.
¡Mentira! Pablo tiene que tener algún ahorro.
Se gastó todo en tus médicos el mes pasado. Así que, o firmas los papeles para vender el piso en Guadalajara, o mañana llamo a Servicios Sociales y te llevan a una residencia pública.
¡Tendrás el valor! ¡Soy su madre! ¡Esta casa es mía!
¿Casa? Le estás robando la vida a tu hijo, le da igual todo menos tener la cama blandita y la comida caliente.
He llamado ya a la residencia que hablamos, hay plaza. Con el dinero del piso pagamos el ingreso y tendrás cuidados como una reina.
¡Que no me muevo! empezó a toser Clotilde.
Pues pásate el día sin comer. No hay dinero. Mañana yo trabajo y vuelvo tarde. Tienes agua junto a la cama. Tú verás.
Martina salió cerrando la puerta. Le temblaba todo. Nunca se vio dura, pero intuía que, si no cortaba esto ya, perdería a su padre.
La abuela… la abuela seguramente sobreviviría a todos, si se lo permitieran.
La noche pasó tranquila. Martina no entró ni cuando la oía rezongar, ni cuando la abuela lloraba o la maldecía. Solo entró al amanecer.
Dame agua… gimió Clotilde.
Martina acercó el vaso.
Bueno, ¿firmamos? El notario viene a las doce.
Vaya par de desalmados… susurró la vieja, suavemente. Os lo quedáis todo Anda, escribe.
Solo dile a Pablo… dile que venga a verme de vez en cuando.
Vendrá. Cuando esté bien. Y yo también. Palabra.
***
Pablo estaba sentado en un banco del jardín de la residencia. Incluso había engordado un poco y tenía mejor color.
Al lado, en la silla de ruedas, su madre: aseada, abrigada con un pañuelo de flores y rumiando una manzana.
¿Pablo? Oye, Pablo…
¿Sí, mamá?
¿Llamaste a Elena? ¿Ya os habéis arreglado?
Pablo la miró sorprendido.
He hablado. Dijo que vendría el sábado.
Ah… Clotilde se giró hacia el parterre. Que venga. Aquí hay una enfermera, Leonor, una borde siempre regañándome.
Que venga tu Elena a ver cómo me tratan aquí.
Y cuídala, ¿eh, Pablo? Que no está bien hacer llorar a una mujer. Lo que te diga tu padre…
Pablo sonrió, le apretó la mano. Por el paseo venía Martina corriendo y saludando con entusiasmo.
¡Papá! ¡Abuela! gritó a lo lejos. ¡Me han dado una beca! ¡Y en el trabajo me han subido las horas!
Pablo se levantó y la abrazó. Clotilde observaba entornando los ojos.
Seguía pensando que la habían desahuciado de su nido, pero ya no se quejaba.
Cuando la cuidadora vino a proponerle una sesión de masajes, la abuela alzó la barbilla.
Vamos, hija, pero con cariño, que soy delicada. La última vez me dejó el muslo echo polvo…
Dile que se lo tome con calma, que parece un oso, de verdad…
La enfermera se la llevó. Martina abrazó a su padre y se quedaron los dos mirando los pinos altos.
Por primera vez en mucho tiempo, los tres eran felices de verdad.
***
Clotilde vio nacer a su bisnieto: Martina acabó los estudios, se casó con un buen hombre, y tuvo un hijo.
Pablo se casó con Elena, y Clotilde incluso le cogió aprecio a su nueva nuera. Se llevaron francamente bien, y Leonor olvidó todo lo que la suegra le hizo pasar al principio.
Clotilde se fue en silencio, dormida, sin rencor ni para su nieta ni para su hijo.







