Me voy me dijo Antonio con tono culpable. Para mi sorpresa, solo pude soltar una carcajada.
Recuerdo a mi amiga Rosario, que tras su divorcio siempre decía: Estuve veinte años casada con un fantasma. En su momento me parecía una exageración.
Pero cuando Antonio volvió a olvidarse de nuestro aniversario, mientras sí recordaba el cumpleaños de la vecina de abajo; cuando dejó de fijarse en mi nuevo corte, pero alababa el look moderno de la cajera del supermercado; cuando en las fotos de familia de los últimos años salíamos juntos pero parecíamos completos desconocidos viajando en el mismo vagón, entendí que Rosario tenía razón.
Vivía con alguien que estaba físicamente presente, pero emocionalmente ausente. Compartía mi cama, pero no mi vida. Me llamaba esposa, pero me trataba como si fuese la compañera de piso con educación, pero distante.
Y lo más triste es que, sin darme cuenta, yo también me había convertido en una sombra. Había dejado de esperar algo más de mi matrimonio que la mera convivencia y el reparto de tareas.
Hasta ese día en que soltó la frase definitiva.
Me voy repitió Antonio, sin atreverse a mirarme.
Me dio la risa, pero una risa cansada, baja.
Durante años había sido ¿cómo decirlo? Su paño de lágrimas. Si tenía problemas a mí. Si estaba enfermo a mí. Si sus amigos no entendían su genio otra vez, la siempre fiable María.
¿En serio? le pregunté, sin apartar la vista de mi taza de té. ¿Con quién, entonces?
Antonio se puso nervioso, meneándose en la silla. Cuarenta y ocho años, pero se ruborizaba igual que un chaval en su primera cita.
Con Elena. Ella sí que me comprende, tiene sensibilidad artística.
¡Ay, sensibilidad artística! En un fontanero del Ayuntamiento. Eso sí, hace dos años se compró una guitarra y, desde entonces, se esfuerza por aprender tres acordes.
Dejé la taza y lo observé. La calva, la barriga cervecera, esa cara siempre insatisfecha. ¿Dónde se escondía el chico con el que me casé?
Entiendo. ¿Cómo vamos a repartir el piso?
María se sorprendió de mi tono práctico. ¿No te has disgustado?
¿Para qué? me encogí de hombros. Hace mucho que me di cuenta de que vivo con un compañero de piso. Sinceramente, me da hasta curiosidad saber cómo te las apañarás sin mí. ¿Quién te va a lavar los calcetines? ¿Quién te va a comprar las pastillas para la tensión?
Antonio abrió mucho los ojos. Esperaba lágrimas, gritos, súplicas. Y se encontró una negociación fría del día a día.
¿Elena? empezó, inseguro.
¿Cuántos años tiene? le corté. Joven y guapa, ¿verdad? Apostaría que no le interesa casarse. ¿Para qué quiere al marido, si ya tiene entretenimiento?
Se quedó pálido: ¿cómo sabía yo la edad?
Pero yo ya me levantaba, recogiendo la vajilla.
Mañana, cuando salgas de trabajar, recoges tus cosas. ¿De acuerdo?
Me fui a fregar los platos, tarareando una tonadilla. ¡Tarareando, por primera vez en años!
Antonio se quedó plantado en la cocina, sintiéndose como un actor al que se le olvida el papel.
Al principio él pensó que sería un paréntesis, como unas vacaciones matrimoniales.
Alquiló un estudio frente a la casa de Elena ¡qué práctico! y apresuró los papeles del divorcio, por si le devolvían las ganas de dar marcha atrás.
¿Están listos los papeles? me llamaba cada semana. He decidido alquilar por un tiempo.
Bien hecho le respondía con calma. Sigue adelante.
¿Qué más darle vueltas? Veinte años de vida común pueden compactarse en un par de meses, si te lo propones.
Yo tampoco me quedé de brazos cruzados. Por primera vez en años, hacía lo que me apetecía. Tenía un montón de tiempo libre.
Me apunté al gimnasio. Me compré un vestido nuevo. Me teñí de pelirroja. Mi marido siempre decía que el pelirrojo no me favorecía.
¿Estás loca, María? se sorprendía Rosario. ¡Ya verás, vuelve! Los hombres siempre vuelven al cabo de medio año o un año.
Yo no quiero que vuelva respondía yo, mirándome al espejo.
¿Y qué nos unía en los últimos años? ¿La rutina? ¿Las facturas conjuntas? ¿Una cama en la que compartíamos noches de espaldas?
El amor se evaporó sin avisar, como el agua de una cazuela gastada. Primero gota a gota cuando dejó de darse cuenta de mis cambios de look. Luego a chorros cuando empezó a compararme con otras mujeres. Y al final se evaporó del todo.
Antonio gozaba de su libertad.
Elena no se parecía en nada a mí. No le molestaban los calcetines tirados por ahí, no le pedía que ayudase en la limpieza, no le recordaba los análisis médicos.
Antonio, eres tan especial ronroneaba ella, abrazándolo.Cuéntame más de tu trabajo. ¿Puedo ponerme tu camisa? Es tan romántico.
Él se sentía protagonista de un filme francés. Amante joven, piso propio, cero compromisos. ¡Qué maravilla!
¿Eres libre? preguntaba Elena.
Como el viento en el campo reía él.
A los tres meses, Antonio empezó a echar algo de menos. No era a mí, ¡no! Echaba en falta la estabilidad. Elena era preciosa, pero impredecible. Un finde escapada con amigas, otro día necesitaba reflexionar sobre la relación.
Y no sabía cocinar ni un huevo duro. Soy creativa, no tengo tiempo de trastear en la cocina.
El servicio a domicilio le salvaba, pero pronto notó nostalgia por las croquetas caseras de mi madre.
Para Navidad, Elena tenía un proyecto. Quería ser influencer.
Antonio, cariño susurraba. Necesito una cámara profesional, focos. Y este piso es muy oscuro para grabar.
Cada vez quedaba menos dinero: dos alquileres, restaurantes, regalos. Y Elena pedía más.
Pero el verdadero golpe vino en marzo.
En marzo sucedió lo inesperado.
A Antonio le diagnosticaron una enfermedad incurable. Fase avanzada. Los médicos le hablaban con cautela: quizás un año, tal vez dos, si le acompañaba la suerte.
Sentado en la consulta, escuchaba sobre tratamientos, operaciones, pronósticos. Las palabras flotaban en el aire como humo de cigarro.
Necesitará apoyo afectivo aconsejaba el médico. Es un proceso duro, sin ayuda es imposible.
¿Apoyo? Él tenía a Elena: joven, guapísima, luciendo como una joya en los restaurantes y repitiendo que era sensible.
Fue a buscarla a casa. Las manos le temblaban: no sabía si por miedo o por rabia.
Elena, necesito contarte algo.
Antonio apareció en bata desde el baño, el pelo empapado, dame un minuto que llevo una mascarilla ¡no me mires así de fea!
¿Fea? ¡Que mirase él su mascarilla!
Elena, siéntate. Es serio.
Se sentó muy tiesa, con ojos de que espera regalo, quizá pedida de mano.
Tengo cáncer. Los médicos dicen que me queda poco tiempo.
La sonrisa se le derritió como helado al sol.
¿Cómo? ¿Y el tratamiento? ¿Operación?
Lo intentarán. Pero nadie asegura nada.
Elena palideció. Se levantó, fue y vino. Volvió a sentarse.
Antonio, es terrible la voz le temblaba, pero no de solidaridad. ¿Y eso qué nos supone como pareja?
No sé contestó bajo. Pensé en que lo pasaríamos juntos
¿Juntos? saltó de golpe, la bata se le abrió. ¡Antonio, yo no puedo! Soy joven, quiero vivir, no aguantar pañales.
Elena.
¡No! agitaba las manos como una paloma. Nunca firmé para ser cuidadora. Tengo sueños, planes, ¿de qué voy a vivir?
En ese instante, Antonio lo comprendió. No era que ella le dejase. Es que nunca había querido a nadie.
Él era solo una fuente: dinero, diversión, seguridad. Pero un enfermo resta, no suma.
Antonio, lo siento ya sollozaba. No puedo. Por favor, entiéndeme. Yo sola no podría.
Sí podrás dijo él con calma. Pero sin mí.
Se vistió y se fue. Ella no lo detuvo. Solo lloraba por teléfono: ¿Tú sabes lo que me ha soltado?
Antonio quedó completamente solo. En aquel estudio, con el sobre de análisis y una botella de ron.
Así fue como, en noviembre, vino a buscarme.
Se quedó a la puerta delgado, con el pelo larguito. Llevaba una bolsa de la farmacia.
María, ¿me dejas pasar?
Yo no contesté de inmediato. Lo miré desde la puerta, como a un desconocido. Y en cierto modo lo era: el hombre en que podría haberse convertido mucho antes, si hubiese aprendido el valor de la familia sin que la vida le enseñase de la peor manera.
Pasa.
Se sentó en la misma mesa donde me anunció el divorcio. Esta vez, hablaba diferente:
Elena se fue en cuanto supo mi diagnóstico. Ni esperó a la operación. Había resignación, no rencor.Dijo que era demasiado joven para quedarse viuda.
Vaya yo ponía el té, con calma, sin drama.
Le acomodé una taza.
¿Qué buscas, Antonio?
Me he dado cuenta titubeó. Todos estos meses, solo con los tratamientos Me he dado cuenta de la suerte de tener a una esposa de verdad. No a una amante para pasar el rato. A una mujer.
¿Y?
Solo quería pedirte, no volver pedirte perdón.
Asentí:
Vale. Perdono.
Y tragó saliva. ¿Quizás podrías venir alguna vez a verme? No voy a exigirte nada, pero estar solo asusta.
Bebí té. Guardé silencio.
Antonio, ¿recuerdas lo que me dijiste hace un año? Que ya no te parecía interesante, que ya no era joven, que a tu lado solo te sentías viejo.
María
Espera levanté la mano. ¿Te acuerdas de esa vez que dijiste que las personas de nuestra edad necesitan cambios, novedades?
Bajó la cabeza.
Pues mira me levanté, yo también quiero novedad. Por primera vez en veinte años vivo para mí. ¿Y sabes qué? Me gusta.
Pero yo estoy enfermo.
Antonio bajé la voz, pero fui firme. Te fuiste cuando estabas fuerte y sano. Elegiste juventud y deseo antes que amor y lealtad. Y ahora, que eres vulnerable, ¿quieres que sea tu cuidadora?
María, por favor.
Te buscaré un buen médico. Te paso el contacto de servicios sociales. Pero no voy a vivir tu vida por ti.
Lo acompañé hasta la puerta.
No soy cruel, Antonio. Simplemente he comprendido que la compasión no debe costarme mi propio ser.
Por la ventana vi cómo se alejaba despacio por el patio de vecinos.
Y por primera vez en un año no sentí dolor, ni culpa. Solo una extraña, verdadera paz.







