Mi hijo ha traído a una chica a nuestro piso y no sé cómo pedirle que se vaya

Diario personal, 18 de marzo

Sólo desde el anonimato se pueden confesar cosas como las que hoy me atrevo a dejar por escrito. Tengo amargura hasta en el alma y siento que no aguanto más. Sé que me expondré a críticas, pero confío en que me comprenderán muchas madres cuyos hijos, de repente, han dejado de ser niños y se han convertido en adultos.

Traes al mundo a un hijo, lo crías tú sola tras separarte de su padre porque la convivencia se volvió imposible, te vas con él al parque, haces todo lo imposible para que la ausencia paternal no le marque, trabajas en dos sitios distintos, vuelves a casa y toca turno extra en la cocina, compras todos esos móviles que están de moda, pagas sus estudios y, de pronto:

Mamá, Inés se va a venir a vivir con nosotros.

¿Con quién, dices? ¿A nuestro piso de apenas 44 metros cuadrados? ¿Va a dormir Inés en la habitación de mi hijo? ¿Comerá aquí, usará nuestra lavadora? ¿Ahora de repente somos dos amas de casa?

Mi hijo me lo anunció tan feliz, con esa carita de ilusión esperando que yo saltara de alegría y que me pusiera, quizá, a vaciarle el armario por si Inés necesitaba hueco… ¿pero cuándo ha pasado esto?

La chica parece maja, no lo niego, pero no significa que quiera compartir el piso con otra persona. Adultos, dice… ¡Que pidan una hipoteca o que alquilen un piso! ¿O prefieren vivir apretados para no gastar un euro más? ¿Merece la pena la salud mental de una madre?

Así me sentía, pero terminé tragando y dejando entrar a Inés en casa. En el fondo mi hijo también tiene derecho sobre el piso y querrá tener la libertad de traer a su novia. Miento, pero prometí que escribiría la verdad. Varias amigas me han reñido: “¿No piensas en el bienestar de tu hijo? ¿Qué clase de madre eres?”

Ahora llego al piso y todo me exaspera. Desde el recibidor: los zapatos tirados por el suelo, la cocina con el fuego salpicado de aceite, señal de que Inés ha cocinado algo. ¿Y qué pasa si se ha gastado la comida que yo compré? A ver, no es que yo sea la más tacaña, pero ¿qué hago cuando me pongo a cocinar y me encuentro sin harina? ¿Y esas colas eternas para entrar al baño?

Lo admito, quiero que Inés se marche de mi piso. No necesito otra ama de casa aquí.

Y empecé a pensar… ¿Y si yo también traigo a un hombre a casa? ¿Por qué he pasado tantos años cuidando al niño y ocultando mis propias historias sentimentales? A fin de cuentas, tengo mi derecho a este espacio, ¿no? ¿Por qué no probar, a ver qué tal viviríamos cuatro personas en apenas 44 metros cuadrados?

Este tipo de carta tan inusual es la que recibo y, como madre de un niño pequeño, aún me cuesta ponerme en la piel de quien la escribe, pero reconozco que me intriga saber qué opinan los demás.

¿Y vosotros, queridos lectores? ¿Os habéis encontrado ya en una situación parecida con los novios o novias de vuestros hijos? ¿Lograsteis llevaros bien con la pareja de vuestro hijo? ¿Creéis que tiene derecho una madre a pedirle a Inés que se marche de casa?

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