Sin instrucciones
Ayer recibí un mensaje de mi abuelo Isidro. Me lo mandó mi madre por WhatsApp, una foto de una hoja cuadriculada escrita con bolígrafo azul, la letra inclinada y firme. Abajo, la firma: «Tu abuelo, Isidro». Mi madre añadió un mensaje escueto: «Ahora escribe así. Si no quieres contestar, no pasa nada».
Amplié la foto para leer mejor.
«Rodrigo, buenas.
Te escribo desde la cocina. Aquí tengo un nuevo compañero: el glucómetro. Por las mañanas protesta si mojo mucho pan en el café. El médico dice que tengo que pasear más, pero ya me dirás, ¿dónde voy a ir si todos los míos están ya en el cementerio y tú, allá en tu Madrid? Así que paseo por la memoria.
Hoy, por ejemplo, me he acordado de cuando, en el setenta y nueve, descargábamos cajas en la estación de tren. Nos pagaban cuatro duros, pero podíamos llevarnos un par de cajas de manzanas. Eran cajas de madera, con grapas a los lados. Las manzanas, verdes y ácidas, pero nos sabían a fiesta. Nos sentábamos sobre sacos de cemento y comíamos allí mismo, las manos grises, las uñas llenas de polvo, los dientes crujiendo de arena. Y aun así, era delicioso.
Te cuento esto, pero la verdad, no tiene un porqué. No creas que te escribo para darte lecciones de vida. Tú tienes tu historia y yo, mis análisis.
Si te apetece, cuéntame cómo anda el tiempo y tus exámenes.
Un abrazo, tu abuelo Isidro».
No pude evitar sonreír con lo del glucómetro y los análisis. El mensaje marcaba «enviado hace una hora». Llamé a mi madre al momento, pero no contestó. Así que debe ser verdad que «ahora escribe así».
Repasé el chat. La última vez que me había escrito el abuelo era hacía más de un año: audios cortos de felicitaciones y un «¿cómo va la uni?». Yo respondí con un emoticono y luego nada.
Un buen rato me quedé mirando la foto de la hoja cuadriculada hasta que decidí contestar.
«Abuelo, buenas. Por aquí, llueve y hace tres grados. Los exámenes, a la vuelta de la esquina. Las manzanas, a dos euros el kilo. No tenemos suerte con ellas últimamente.
Rodrigo».
Lo pensé un segundo, borré «Rodrigo» y escribí solo «Tu nieto, Rodrigo». Envié el mensaje.
A los pocos días, mi madre me reenvió otra foto.
«Rodrigo, buenos días.
Leí tu mensaje tres veces. Me ha hecho ilusión. Aquí el tiempo anda igual que allí, solo que sin esos charcos modernos vuestros. Nieva por la mañana, agua al mediodía, hielo por la noche. Me he resbalado un par de veces, pero parece que aún no es mi hora.
Ya que hemos sacado el tema de las manzanas, te contaré de mi primer trabajo de verdad. Tenía veinte, entré en un taller de piezas para ascensores. Era un ruido tremendo y todo olía a metal. Mi pantalón gris de faena no había detergente que lo dejara limpio. Los dedos llenos de cortes y las uñas negras de grasa. Pero me sentía orgulloso; tenía mi pase y cruzaba la puerta como un adulto de verdad.
Lo mejor no era el sueldo, sino la hora de comer. Nos sentábamos juntos y apenas hablábamos, no por falta de ganas, sino porque estábamos rendidos. Aquella cuchara de aluminio pesaba más que una llave inglesa.
Pensarás desde ahí, delante del portátil, que todo esto es historia antigua. No sé si era feliz entonces o solo no me daba tiempo a pensar en otra cosa.
¿Tú trabajas, aparte de estudiar? O ahora estáis todos con esas cosas de start-ups.
Un abrazo, abuelo Isidro».
Leí el mensaje en una cola para comprar bocadillo de calamares. Todo era ruido, voces, un anuncio berrear desde los altavoces. Me di cuenta de que volvía a releer lo de la cuchara y el cocido.
Terminé escribiéndole de pie, apoyado en la barra.
«Abuelo, buenas.
Trabajo de repartidor. Llevo comida, a veces papeles. No tengo pase, solo una app que siempre va lenta. Como a salto de mata, en el portal o en el coche de algún compañero. También en silencio.
Sobre si soy feliz, no lo sé. No pienso mucho.
Pero el cocido en la cantina suena bien.
Tu nieto, Rodrigo».
Pensé en añadir algo sobre las start-ups, pero lo dejé. Ya que imagine él.
La siguiente carta fue sorprendentemente corta.
«Rodrigo, buenas.
Ser repartidor es serio. Ahora te imagino ya no sentado frente al ordenador, sino andando deprisa con deportivas, siempre con prisa.
Ya que me cuentas lo tuyo, te cuento yo cuando echaba horas extra en la obra, entre turnos en el taller, cuando el dinero escaseaba. Subíamos ladrillos hasta un quinto sin ascensor, por una escalera de madera envuelta en polvo. Llegaba a casa, me quitaba las botas y salía arena. Tu abuela protestaba que le estropeaba el suelo.
Pero más que el cansancio, recuerdo a un tipo apodado Paco el Canario. Llegaba el primero, se sentaba en un cubo y pelaba patatas que echaba a una olla vieja que traía de casa. Al mediodía ponía la olla sobre una hornilla y todo el piso olía a patatas cocidas. Las comíamos con sal, a manos. Nada sabía mejor.
Ahora veo la bolsa de patatas del súper y no es igual. Quizá no sea la patata, sino la edad.
¿Tú qué comes cuando andas reventado? No el pedido, algo de verdad.
Abuelo Isidro».
No contesté de inmediato. Pensé en qué decir sobre «de verdad». Recordé una noche de invierno, tras doce horas trabajando, que compré raviolis en el veinticuatro horas y los cocí en una cazuela mugrienta de la residencia. Los raviolis se deshicieron, el caldo quedó turbio, pero me los comí de pie junto a la ventana, sin mesa.
Dos días después, escribí.
«Abuelo, buenas.
Cuando vuelvo hecho polvo, suelo hacerme huevos fritos. Dos o tres y, a veces, con algo de chorizo. La sartén que tenemos da miedo, pero cumple. En la residencia no hay Paco el Canario, pero sí un vecino que siempre quema la comida y acaba a gritos.
Hablas mucho de comida. ¿Tenías hambre entonces o ahora?
Tu nieto, Rodrigo».
Nada más enviarlo, me arrepentí de esa última frase. Sonaba brusca, pero ya estaba hecho.
Su respuesta fue más rápida que de costumbre.
«Rodrigo.
Lo de pasar hambre, buen apunte. Era joven y siempre tenía hambre. Y no solo de sopa o patatas. Quería una moto, zapatos nuevos, mi cuarto propio donde no escuchar la tos de mi padre. Quería respeto. Entrar en la tienda sin contar monedas. Que las chicas me mirasen.
Ahora como bien, el médico dice incluso demasiado. Hablo de comida porque es fácil describir un sabor, más que la vergüenza.
Ya que la sacas, te cuento una historia. Tranquilo, sin moralejas.
Con veintitrés ya salía con tu futura abuela, aunque lo nuestro era inestable. En el taller ofrecieron ir de temporada al norte, con buen dinero. Pensé en ahorrar para un coche. Imaginaba volver, comprarme un SEAT y pasearla.
Pero tu abuela dijo que no se iba. Tenía a su madre aquí, su trabajo y sus amigas. No le apetecía ni la oscuridad ni el frío del norte. Yo le solté que me frenaba, que si me quería tenía que apoyar mis planes. Fui más brusco, pero eso me lo callo.
Al final me fui. A los seis meses dejamos de escribirnos. Volví dos años después, con el coche y ahorros. Pero ella ya se había casado con otro. Siempre conté que me traicionó, que yo por ella y ella, nada
Pero si soy sincero, elegí el dinero y el coche antes que a una persona. Luego estuve años fingiendo que era la única elección posible.
Ese era mi apetito.
Preguntabas cómo me sentía. Aquello me hizo sentirme grande y con razón. Luego pasé muchos años haciendo ver que nada me importaba.
Si no quieres contestar, lo entiendo. Sé que tus cosas de universitario ocupan mucho.
Abuelo Isidro».
Leí varias veces, el «vergüenza» se quedó enganchado. Buscaba, sin querer, justificaciones entre líneas, pero él no las ofrecía.
Abrí un mensaje: «¿Te arrepientes?» Borré. Escribí: «¿Y si te hubieras quedado?». También lo borré. Al final envié otra cosa.
«Abuelo, buenas.
Gracias por contarme esto. No sé ni qué pensar. En casa, siempre cuentan de la abuela como si solo hubiera existido esa versión, como si no tuviera historial.
No te juzgo. Hace poco yo también prioricé el trabajo sobre alguien. Salía con una chica justo cuando empecé a currar de repartidor y me asignaron buenas rutas. Entre faenas, casi no la veía. Ella protestaba de que yo siempre estaba con el móvil, de que llegaba quemado y contestón. Yo le respondía que había que aguantar y luego todo iría mejor.
Un día, se hartó de esperar y me lo dijo. Yo le contesté que ese era su problema. Bastante más feo, pero eso lo salto.
Ahora, al llegar reventado a la residencia, friendo huevos a las once de la noche, me pasa por la cabeza que también elegí el dinero y el curro en vez de una persona. Y también hago como que fue lo correcto.
Supongo que nos viene de familia.
Rodrigo».
El siguiente escrito del abuelo ya venía en papel rayado. Mi madre mandó un audio aclarando que se le había acabado la libreta cuadriculada.
«Rodrigo.
Eso de de familia, lo has clavado. Aquí solemos culpar a los abuelos: si bebes, es porque el abuelo bebía, si gritas, porque la abuela era dura. Pero cada quien elige, aunque a veces cuesta admitirlo y es más fácil decir que lo llevamos en los genes.
Cuando volví del norte, creía que todo era nuevo: coche, cuarto, dinero. Pero en las noches me sentaba en la cama y no sabía qué hacer conmigo. Los amigos ya no estaban, el jefe había cambiado. Solo me esperaban polvo y una radio vieja.
Cierta noche fui hasta la casa de la que pudo ser tu abuela. Desde la acera, miré las ventanas: en una luz, en otra oscuridad. Me quedé allí hasta helarme. Vi cómo salía ella con carrito de bebé, junto a un hombre que la agarraba del brazo, charlando y riendo. Yo me escondí tras un árbol, como un niño. Observé hasta que desaparecieron en la esquina.
Por primera vez supe que nadie me traicionó. Yo tomé mi camino y ella, el suyo. Admitirlo, me costó diez años.
Me dices que elegiste el trabajo antes que a tu chica. A lo mejor no fue el curro, sino salvarte tú; ahora necesitas salir del bache antes que ir al cine cada sábado. No es ni bueno ni malo. Solo es así.
¿Sabes lo que más rabia me da? Que casi nunca decimos: me importa más esto que tú ahora mismo. Buscamos palabras bonitas, y al final todos terminan enfadados.
No es para que vayas a buscarla. Ni sé si tiene sentido. Solo, quizás, un día te plantes bajo una ventana ajena y te des cuenta de que habría bastado con hablar claro.
Tu viejo abuelo Isidro».
Me reí un poco con lo de las palabras bonitas. Me imaginé su cocina: el glucómetro en la mesa, una bolsa de patatas junto al radiador, la silla vieja.
Le respondí en voz baja, sentado en la ventada del pasillo de la residencia, mirando los coches bajo la lluvia, oyendo risas y música al fondo.
«Abuelo, buenas.
Yo también estuve bajo la ventana. También me escondí al ver salir a mi ex con otro, mochilas y bolsa del Súper. Los dos riendo. Sentí que me había borrado de su vida. Ahora te leo y pienso que igual fui yo quien se apartó.
Tú dices que tardaste diez años en darte cuenta. Ojalá yo lo vea antes.
No voy a ir a buscarla. Solo intentaré dejar de fingir que me da igual.
Tu nieto, Rodrigo».
La siguiente fue sobre otro tema.
«Rodrigo.
Un día preguntaste por el dinero. No contesté entonces porque no sabía cómo encajarlo. A ver si ahora.
En casa, el dinero era como la lluvia: solo se mencionaba cuando escaseaba o caía a cántaros. Tu padre, de pequeño, me preguntó cuánto ganaba. Aquella vez cobraba extra por horas, así que le di la cifra. Abrió los ojos como platos: Vaya, eres rico. Me reí y dije que no valía nada.
Un par de años después me recortaron el sueldo. Vino y preguntó de nuevo. Le dije el mínimo y replicó: ¿Tan poco? ¿Trabajas peor?. Le grité que no entendía, que era un desagradecido. Solo buscaba cuadrar números.
Poco después, me di cuenta de que le enseñé a no preguntar nunca más por dinero. Creció y nunca lo hacía. Curtía por ahí, buscándose la vida, arreglando cosas, sin pedir. Yo creía que él debía adivinar por sí mismo lo mal que iba yo.
No quiero repetir eso contigo, por eso te digo la verdad: tengo la pensión justa, pero llega para mis cosas; para coche ya no, ni falta. Ahora solo ahorro para dientes nuevos, los viejos fallan.
¿Tú te apañas? No es para enviarte dinero ni calcetines, sólo quiero saber si no pasas hambre ni duermes en el suelo.
Si te incomoda, responde bien, lo entenderé.
Abuelo Isidro».
Me dio un vuelco el pecho. Recordé cómo le preguntaba a mi padre su sueldo y entre bromas o enfados, nunca respondía. Crecí pensando que el dinero era algo sucio de lo que no había que hablar.
Me costó escribir, pero lo hice.
«Abuelo, buenas.
No paso hambre ni duermo en el suelo. Tengo cama, hasta con colchón regular, pero tengo. Pago yo el alquiler de la residencia, acordado con papá. A veces me retraso, pero no me han echado.
Para comer me llega, si no me paso con tonterías. Cuando estoy justo, cojo más turnos y acabo hecho polvo. Pero es mi elección.
Me da cosa que preguntes y no preguntarte yo: abuelo, ¿a ti te da?. Pero ya lo has dicho.
Si te digo la verdad, preferiría que me dijeras solo todo bien y ya, pero sé que es porque me acostumbré a que los mayores no cuentan nada.
Gracias por hablar claro sobre el dinero.
Rodrigo».
Luego, añadí otro mensaje:
«Si un día necesitas algo y no llegas, dímelo. No prometo milagros, pero al menos lo sé».
Y lo envié, antes de arrepentirme.
El abuelo contestó con la letra más temblona: las líneas se iban de lado.
«Rodrigo.
Leí lo tuyo de si necesitas. Quise decir que no hace falta, que tengo de todo, que solo preciso pan, pastillas y té. Iba a bromear: si me da, te pediré una moto nueva.
Pero me di cuenta de que he pasado la vida poniendo cara de hombre fuerte, capaz de todo, y ahora soy un viejo que teme pedir ayuda al nieto hasta por una bobada.
Así que lo diré claro: si algún día necesito realmente algo, prometo no fingir que no importa. Pero mientras me lleguen el té, el pan, las pastillas y tus mensajes, me basta. Esto no es poesía, lo digo de lista.
Antes pensaba que no teníamos nada en común: tú con tus apps, yo con la radio antigua. Pero leyéndote, veo que compartimos lo de no pedir y hacer como que todo nos da igual.
Ya que vamos tan sinceros, te cuento algo que nunca dije en casa. No sé cómo lo verás.
Cuando nació tu padre, no estaba preparado. Había encontrado trabajo nuevo, nos dieron una habitación en la residencia de jóvenes y pensaba que empezábamos bien. Y de pronto, el bebé: llantos, noches sin dormir, pañales. Salía de un turno de noche y él berreando. Un día, desesperado, tiré con rabia el biberón contra la pared y se rompió. Leche por el suelo, tu abuela llorando, el crío berreando y yo pensando en no volver.
No me fui, pero muchos años fingí que fue un simple enfado, y la verdad es que fue mi mayor tentación de huir. Si lo hubiese hecho, tú no estarías leyendo esto.
No sé si necesitas saber esto. Tal vez sólo para que recuerdes que tu abuelo no es héroe ni modelo. Soy persona normal, que a veces quiso salir corriendo.
Si después de esto no me escribes, lo entiendo.
Abuelo Isidro».
Sentí frío y calor a la vez. Hasta ahora, el abuelo era para mí como una manta vieja o el olor a naranja en Navidad. Pero de repente era un hombre cansado en un cuarto pequeño, un bebé llorando, leche en el suelo.
Pensé en aquel verano en el que trabajé de monitor en un campamento. Un chaval se tiró una semana llorando; un día yo grité más de la cuenta y le agarré mal del brazo. El niño lloró, yo apenas dormí esa noche, convencido de que sería un mal padre.
Me quedé quieto ante la pantalla y empecé a escribir: «No eres un monstruo». Borré. «Te quiero igual». Borré.
Envié:
«Abuelo, buenas.
No te voy a dejar de escribir. No sé qué se supone que hay que decir ante algo así. En casa, esos temas ni se cuentan: gritos, ganas de dejarlo todo. Aquí todos o callan, o bromean.
El verano pasado en el campamento tuve un niño insoportable y grité tanto que me asusté de mí mismo. Luego pasé la noche pensando que no debería tener niños.
Lo que cuentas no me hace pensar peor de ti. Te hace más real.
No sé si algún día podría contar a un hijo mío cosas tan sinceras. Pero tal vez pueda empezar por no fingir que siempre tengo razón.
Gracias por no irte entonces.
Rodrigo».
Por primera vez, envié el mensaje esperando respuesta, de verdad.
Llegó dos días después. Mi madre me mandó una nota: «Ya graba audios, pero le da vergüenza, así que he copiado la carta».
En la pantalla vi la foto de una hoja rayada.
«Rodrigo.
He leído tu carta y me doy cuenta de que tú eres más valiente que yo a tu edad. Al menos admites que tienes miedo. Yo presumía de que nada me tocaba y después, partía cosas.
No sé si serás buen padre. Ni tú lo sabes. Solo se comprueba al vivirlo. Pero que te lo cuestiones ya dice mucho.
Has dicho que me ves humano. Es el mejor piropo que he oído. Siempre me han llamado testarudo, gruñón, cabeza dura. Humano hacía tiempo que nadie. Gracias.
Ahora que hemos llegado hasta aquí, quería preguntarte algo, pero me daba apuro. Ahora lo hago: si algún día te hartas de mis historias, dímelo. Puedo escribir menos o solo en fiestas. No quiero asfixiarte con recuerdos.
Y otra: si algún día te apetece venir, así sin motivo, aquí estoy. Tengo taburetes libres y una taza limpia verificado.
Tu abuelo Isidro».
Me salió la sonrisa con lo de la taza. Me imaginé su cocina, el taburete, el glucómetro, la bolsa de patatas.
Abrí la cámara y saqué foto a mi cocina de la residencia: el fregadero con cacharros, la sartén fea, el cartón de huevos, el termo, dos tazas una con un borde roto y en la ventana un tarro con cubiertos.
La mandé y añadí texto:
«Abuelo, buenas.
Esta es mi cocina. Tengo dos taburetes y tazas de sobra. Si te apetece venir un día, aquí estaré. Bueno, casi como en casa.
No me aburres. A veces no sé qué contestarte, pero siempre leo.
Si te apetece, cuéntame algo que no sea ni trabajo ni comida. Algo que nunca hayas contado, no por vergüenza, sino porque nunca tuviste a quién.
R.»
Al enviar, comprendí que nunca le había preguntado eso a ningún mayor en casa.
Dejé el teléfono en la mesa. Al fondo chisporroteaban los huevos; tras la pared, alguien reía. Me senté tranquilo, pensé que algún día el abuelo podría estar allí mismo, en mi taburete, taza en mano, contándome historias sin papeles, ya en voz alta.
No sé si vendrá de verdad, ni lo que será de nosotros. Pero sentí que poder mandar la foto de mi cocina desordenada y la pregunta «¿y tú, qué tal?» era suficiente para llenar ese pequeño hueco apretado en el pecho.
Dejé el móvil boca abajo, por si llegaba algún nuevo mensaje.
Los huevos se habían enfriado, pero me los comí igual, despacio, como quien comparte.
En la conversación no apareció la palabra te quiero, pero entre líneas ya habitaba algo, y, por ahora, era suficiente para ambos.
Hoy aprendí que saber decir la verdad, sin adornos ni excusas, conecta a las personas más allá de la sangre o la distancia.






