Elena se sorprende cuando su marido la invita a una cita tras diez años de matrimonio. Pronto descubre que no es por casualidad.

Elena se quedó mirando su reflejo en el espejo, ajustando el cuello de su blusa blanca como la nieve. En la casa flotaba el aroma del café recién hecho y un leve perfume a lavanda, olor que la acompañaba desde los años de juventud en Salamanca. Fuera, la lluvia fina de enero mezclada con algunos copos de nieve caía sobre las calles silenciosas; daba la sensación de que toda la ciudad tan antigua, de piedra, con sus tejados rojizos contenía el aliento, esperando que algo importante sucediera.

Diez años de matrimonio. Diez años de rutinas compartidas, de días previsibles, de una vida tan medida como una receta de cocido.

Y, de pronto, una cita.

Su marido, Javier, esa mañana mientras desayunaban, sin mirarla siquiera, dijo con voz baja:

A las siete paso a por ti. Ponte guapa esta vez.

Elena estuvo a punto de atragantarse con la tostada de aceite.

¿Una cita? preguntó, incrédula por lo que oía.

Algo así contestó él mientras recogía su maletín.

Se quedó en la cocina, con el café enfriándose, preguntándose si aquello era una broma, una trampa, o acaso Dios no lo quisiera una despedida.

A las siete en punto, Javier cumplió su promesa. Vestía un abrigo oscuro y traía un ramo, no de rosas, sino de lirios blancos y finísimos, los mismos que tanto gustaban a Elena cuando era joven. Recordaba que en su primer aniversario de boda le regaló exactamente ese tipo de flores.

¿Vas en serio? le preguntó cuando tomó el ramo.

¿Por qué no recordar a tu mujer que sigue siendo hermosa? sonrió él, pero en sus ojos no había el brillo de siempre.

El trayecto hasta el restaurante lo pasaron en silencio. Fueron a un local antiguo, con cortinas de terciopelo y una luz tenue, justo adonde cenaron la noche de la pedida de mano.

El corazón de Elena golpeaba en su pecho como si quisiera huir. Sabía que algo no estaba bien: Javier no la miraba a los ojos, sus manos temblaban apenas, y cuando el camarero dejó las cartas de menú, Elena sintió que aquello era menos una cena y más una ceremonia.

¿Tienes que decirme algo? no pudo aguantar, en cuanto quedaron solos.

Javier respiró hondo.

Sí. Pero dejemos que pase la cena primero.

Accedió, aunque no tenía hambre. Lo miraba: cómo hojeaba el menú, cómo bebía un sorbo de agua, cómo parecía estar lejos de todo lo que ocurría.

Cuando llegó el postre su favorito, un suflé de mango, aunque en ese Madrid de entonces no era fácil encontrarlo, y por eso se lo sirvieron especialmente Javier por fin habló.

¿Recuerdas cómo nos conocimos?

Por supuesto. En aquella exposición de arte contemporáneo. Tú intentabas convencer al comisario de que la abstracción no es talento sino huida de la forma.

Y tú me saliste con que quizá la forma es una cárcel.

Sonrieron los dos recordando, aunque la sonrisa de Javier era amarga, torcida, como si llevara dentro de sí un grito ahogado.

Elena empezó, la voz rota tengo que decirte algo.

Ella apretó el tenedor.

Dilo.

Estoy saliendo con otra mujer.

Las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas, densas. Elena sintió un nudo subiéndole por la garganta. Quiso gritar, romper los platos, salir corriendo. Sin embargo, se obligó a quedarse sentada, mirando a los ojos a aquel hombre con el que había compartido diez años de vida.

¿Desde cuándo? logró preguntar, procurando no temblar.

Cuatro meses.

¿Y decides decírmelo en una cita?

Quería hacerlo de la manera correcta. Sin esconderme.

¿La manera correcta? rió ella, amarga ¿Pensabas que los lirios y el suflé iban a suavizar lo que ibas a decirme?

No, Elena. Sólo no quería que te enterases por un mensaje o una nota en el frigorífico.

Apartó la mirada, con una sola idea retumbándole en la cabeza: ¿había dejado de ser una mujer? ¿O simplemente había dejado de serle interesante?

¿Por qué? susurró.

No es que tú hayas hecho nada mal. Sencillamente contigo siento que he perdido una parte de mí.

¿Y nuestra hija, Lucía?

No voy a irme. Aún no. Quiero arreglarlo.

¿Arreglarlo? repitió Elena ¿Quieres repartir tu vida entre nosotras? ¿Entre mí y ella?

No. No quiero eso. Estoy perdido, Elena.

Ella se levantó de la mesa.

Necesito aire.

Javier no trató de detenerla.

Afuera, el frío era intenso y el suelo mojado devolvía brillos inciertos de las farolas. Elena caminó sin paraguas, incapaz de notar siquiera el frío en la piel. Los recuerdos revoloteaban como palomas en la Plaza Mayor.

Rememoró los inicios del matrimonio, cuando Javier la cargaba en brazos cruzando los charcos, se levantaba a media noche para taparla con la manta, o aguantaba pacientemente mientras ella escogía el papel pintado para el salón durante semanas.

Pensaba que el amor era eso: costumbre, seguridad, un viaje juntos a la sierra, una conversación pendiente mientras se hacía la comida.

Pero para él, al parecer, el amor se había convertido en tedio. En hastío.

Al volver al restaurante encontró a Javier cabizbajo, derrotado, como si el mundo se hubiera volcado en su contra.

Siento tanto que haya pasado esto susurró él.

El perdón no es lo que puedo darte ahora contestó ella. Necesito tiempo.

Asintió en silencio.

Volvieron a casa sin hablar.

Al levantarse al día siguiente, Elena encontró la casa sumida en un silencio denso como una iglesia despoblada. Javier ya no estaba. Preparó té y salió al balcón. Desde allí vio cómo la ciudad despertaba a un nuevo día, con la vida abriéndose paso entre los tejados mojados. Y supo en ese instante que no quería vivir en el dolor, ni fingir que no había pasado nada. Tampoco deseaba el divorcio.

Le amaba. Pero no por costumbre, sino por los recuerdos. Por el lazo de los años. O quizás, pensó, sólo porque temía empezar de nuevo.

Aquella tarde Javier regresó con un ramo distinto: flores silvestres, humildes, y una bolsa de la compra.

Hoy cocino yo anunció.

Asintió ella.

Se sentaron a cenar, presos del silencio y del desconcierto.

Se llama Marina dijo finalmente Javier. Trabaja en mi oficina.

¿Y ahora qué? preguntó Elena.

Le he dicho que no puedo seguir. Que anoche, al verte, lo entendí: he sido un imbécil.

Elena no respondió.

No te pido que me perdones hoy. Pero dame una oportunidad.

Le miró. Tenía los ojos hinchados, las mejillas pálidas. Parecía alguien que había pasado una noche en el infierno.

¿De verdad quieres quedarte? preguntó.

Sí.

Entonces empieza por la verdad. Cuéntamelo todo, sin secretos.

Javier asintió, y empezó a hablar, sin dejar nada en la sombra.

Una semana después, acudieron juntos a un terapeuta familiar. Elena no creía en los milagros, pero sí en la posibilidad de cambiar. Javier no le ocultó nada más. Incluso confesó que había intentado romper con Marina antes de la “cita”, pero no se atrevía.

Una tarde, mientras paseaban por El Retiro con su hija, Elena le preguntó:

¿Por qué aquella cena? ¿Por qué allí?

Porque quería decírtelo en persona. Porque no soportaba la idea de que lo supieras por otra boca.

¿Y si me hubiera ido?

Lo habría aceptado. Pero rezaba por que te quedaras.

Ella calló, pensativa.

No sé si podré volver a confiar en ti.

Esperaré. Un año, dos, lo que necesites.

Pasaron varias semanas. Elena apenas dormía, y a veces lloraba callada en el baño para que Lucía no la viera. Aun así, seguía haciendo la vida cotidiana, trabajando, cocinando, charlando con los vecinos en el portal.

Una noche, Javier sacó un álbum de fotos antiguo. Hojearon juntos imágenes del pasado la boda en Toledo, el primer viaje a la costa, el nacimiento de su hija.

Éramos felices dijo Elena.

Podemos volver a serlo respondió él.

Por primera vez desde todo aquello, Elena sintió no perdón, pero sí esperanza.

La historia de su matrimonio no acabó aquella noche. No se hizo perfecta. Sigueron los desafíos, la desconfianza, las conversaciones dolorosas. Pero se quedaron ambos, luchando por algo propio.

Porque el amor verdadero no es la ausencia de errores, sino la decisión de permanecer, incluso cuando el corazón tiembla y todo parece perdido.

A veces, esa decisión hay que tomarla una y otra vez, cada día.

Elena aprendió a no sorprenderse ya por las citas. Sabía que el amor no era una fecha señalada, sino un trabajo constante, a menudo arduo, pero auténticamente suyo.

Y entendió que, por ese amor, merecía la pena luchar.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

8 − 1 =

Elena se sorprende cuando su marido la invita a una cita tras diez años de matrimonio. Pronto descubre que no es por casualidad.
«Eres una fracasada», dijo el jefe con desdén al despedirme. No tenía ni idea de que esa misma noche tenía una cita con el dueño de toda su empresa.