Kira decidió relajarse con su amiga en el Retiro mientras Igor estaba de viaje de negocios. Aquel paseo cambió su destino para siempre

Clara decidió quedar con su amiga en El Retiro un día cualquiera, mientras Álvaro estaba de viaje de negocios. Aquella tarde cambiaría su destino para siempre.

Clara siempre había creído que una infidelidad era algo de película: gritos, portazos, platos hechos añicos, un par de vecinos persignándose y, por supuesto, un buen drama a las tres de la madrugada. Jamás imaginó que una traición pudiera entrar en la vida tan sigilosamente, con el mismo sigilo que la brisa al moverse las hojas de los viejos tilos.

Álvaro cogió un AVE a Barcelona aquel lunes al amanecer. Le dio un beso en la sien en la entrada, soltó un no te me aburras mucho, ¿eh, le guiñó un ojo y se marchó dejando un halo de colonia cara flotando en el pasillo. Clara quería a su marido. O al menos eso respondía automáticamente cuando alguien preguntaba ¿Sois felices, no?; convencida, rápida, sin dudar. Pero hacía ya casi dos años que esa certeza sonaba bajita, como una radio encendida muy lejos, cada vez más lenta y en sordina.

El miércoles por la mañana llamó Lucía.

Vente al Retiro, ¿no? la voz de Lucía, más animada de la cuenta, como fingiendo alegría. Hace un sol de escándalo y tú llevas una semana más claustrada que una monja en vísperas de Pascua.

Clara pensó en poner alguna excusa. Tenía ropa esperando en la lavadora, ese armario que nunca ordenaba, o esa novela que arrastraba desde noviembre. Pero lo que salió de su boca fue otra cosa:

Vale. A las dos, en el estanque viejo.

El parque olía a pino y césped recién cortado. Los tilos dejaban caer ya sus primeras hojas amarillas, que se posaban en el suelo como si alguien hubiera esparcido monedas de oro por capricho de un duende perezoso. Clara iba enfundada en una gabardina beige y zapatillas blancas, demasiado puesta para un paseo sencillo, pero aquel día le apetecía sentirse guapa. Al menos una tarde.

Caminaban despacio, casi sin rumbo fijo. Lucía hablaba sin parar de su nuevo novio, que lo entiende todo, pero no mueve un dedo, mientras Clara asentía, perdida en sus propios pensamientos: lo absurdo que es sentirse libre sólo porque tu marido está a seiscientos kilómetros, pero tú sigues revisando el móvil cada siete minutos.

Al llegar a la parte más apartada del parque, la de los bancos de madera bajo las copas de los árboles, Lucía se detuvo en seco.

Espera… ¿No es ese…?

Clara siguió la dirección de la mirada de su amiga.

En un banco, bajo la sombra de un tilo centenario, había un hombre solo. Chaqueta azul marino, portátil abierto en las rodillas, pero la mirada en el horizonte. Parecía sumido en sus pensamientos, completamente desconectado de la pantalla. La luz caía intermitente sobre su rostro a través de las ramas. Clara notó que algo se le encogía por dentro; no era miedo, ni sorpresa, era como si alguien le estrechase el corazón con una mano invisible.

Es David, susurró Lucía. David Carreño, ¿te acuerdas?

Clara no dijo nada. Por supuesto que lo reconoció. David, aquel compañero de facultad de hace quince años, el que una noche de tormenta le recitó a Machado en el pasillo de la residencia, mientras nevaba en Madrid. El mismo David que luego desapareció se mudó, se casó, se borró de las redes, evaporándose del mundo como si nunca hubiera existido.

Vamos a saludarle, y Lucía ya dio un paso adelante.

Mejor no, Clara la agarró del brazo, demasiado tajante.

Lucía la miró, desconcertada.

¿Tú estás bien?

Es que ahora no.

Pero ya era tarde. David levantó la cabeza. Sus miradas se cruzaron desde el otro extremo del paseo y por un instante el tiempo se detuvo.

Él se puso en pie, calmoso, como si temiera romper un hechizo. Cerró el portátil, lo apoyó en el banco y se acercó.

Lucía, nerviosa, empezó con su verborrea:

¡David! ¡Madre mía, cuánto tiempo! ¿Vives por aquí ahora? ¡Vaya encuentro!

Él sonrió esa sonrisa suya que a Clara una vez le ponía la piel de gallina. Pero sólo la miró a ella.

Hola, saludó bajito. No esperaba verte por aquí.

Yo tampoco, respondió Clara, sorprendida por la serenidad de su propia voz.

Lucía, comprendiendo que sobraba, se excusó balbuceando algo sobre helados y se perdió hacia el quiosco más cercano. Los dejó solos.

¿Tú Cómo estás? preguntó él.

Bien. Casada. Trabajo mucho. Lo normal.

Yo me divorcié hace año y medio dijo él a quemarropa, sin rodeos. Por eso volví. Estaba cansado de huir.

Clara no encontraba palabras. Cada frase le quedaba pequeña entre tanta emoción desordenada.

¿Damos una vuelta? propuso él.

Ella asintió.

Pasearon por aquel sendero solitario cubierto de hojas secas, con una perrilla ladrando a lo lejos. El mundo era un susurro, un rumor entre algodones.

¿Recuerdas que aquí nos besamos? soltó él, de repente.

Un respingo la recorrió entera.

No fue aquí.

Sí, aquí, se detuvo, señalando el banco En este mismo sitio. Aquel día dijiste que nunca te casarías con alguien que no supiera guardar un buen silencio. Y yo contesté que entonces te tocaría callar sola el resto de tu vida.

Clara cerró los ojos un instante.

Me casé con alguien que habla justo lo necesario.

David le dedicó una sonrisa torcida, casi muda.

¿Y qué tal eso?

Ella no contestó.

Al final del paseo había una plazuela con una fuente sin agua. Antes sonaba un vals los domingos; hoy solo bailaban hojas arrastradas por el aire seco.

Yo no pretendía encontrarte musitó Clara. Ni pensaba en ti… Bueno, casi nunca.

Yo sí pensaba, reconoció él. Cada vez que pasaba por este barrio. Cuando veía la luz en tu ventana. Sabía que estabas ahí. Casada. Feliz. Y aun así pensaba.

La garganta de Clara se cerró en banda.

¿Por qué me cuentas esto?

Porque ya no me quedan fuerzas para fingir que me da igual.

Ella se giró hacia el desconchado de la fuente, a las grietas y el musgo entre las piedras.

Tengo marido, dijo al fin. Es bueno. Es fiable. Él nunca…

…Te hace sentir viva, ¿verdad? terminó David en voz muy baja.

Clara se volvió bruscamente. Los ojos brillando.

No te atrevas.

Perdona.

Él no apartó la mirada.

Se quedaron así demasiado rato. Hasta que Clara retrocedió un paso.

Me voy.

Espera.

Sacó el móvil del bolsillo.

No te llamaré. Ni escribiré. Ni te buscaré. Pero si alguna vez… por un segundo lo piensas… sólo llama a este número. Lo guardo aquí, una vez. Y ya.

Clara miró sus dedos marcando los dígitos, guardando el contacto, tendiéndole el teléfono con pausada solemnidad.

Lo recogió con la mano temblando.

No voy a llamarte, dijo ella.

Lo sé, contestó él. Pero yo esperaré igualmente.

Clara se dio la vuelta. Salió casi corriendo, sin mirar atrás.

Lucía la esperaba en el quiosco con dos helados en cucurucho.

¿Y entonces? ¿Hablasteis?

Hablamos.

¿Y…?

Nada.

Lucía la examinó de arriba abajo.

¿Estás llorando?

El aire… que me da en los ojos.

Se marcharon hacia la salida. Clara fue todo el camino callada. En el metro, apoyó la frente en el cristal y vio desfilar las luces del túnel.

Al llegar a casa, se quedó de pie un buen rato, sin encender la luz. Luego se miró en el espejo: una mujer de treinta y seis, arrugas minúsculas en la comisura de los ojos, alianza que de pronto parecía de otra persona.

Abrió los contactos. Encontró el número sin nombre. Solo nueve cifras con prefijo +34.

El dedo titubeó sobre “llamar”.

No pulsó.

En vez de eso, eliminó el contacto.

Se fue a la galería de fotos. Allí estaba la de ella y Álvaro en la playa, el pasado agosto. Él la abraza, ríe, ella medio entorna los ojos por el sol. Una foto cualquiera. Una foto de gente feliz.

Miró mucho rato.

Luego apagó el móvil.

Lo puso boca abajo.

Y se fue a la cocina a prepararse un té.

Esa noche se despertó a las tres. Álvaro llegaba pasado mañana. Se quedó en la quietud, escuchando el tic-tac del salón. Luego se levantó sigilosa, se asomó a la ventana.

La ciudad dormía.

En algún lugar, a pocos kilómetros, bajo la misma luna, dormía o no dormía un hombre que un día le leyó a Machado cuando caía aguanieve en Madrid.

Clara apoyó la palma en el cristal frío.

No sabía si llamaría algún día.

No sabía si él descolgaría.

Lo único que sabía era que algo dentro de ella había cambiado para siempre.

Y ese cambio era silencioso, casi imperceptible. Como el suspiro del viento entre los tilos.

Pero ya nunca desaparecería. No fue una infidelidad, pero sí algo parecido. En el fondo, Clara confiaba en que el tiempo lo curaría todo, incluso este sentimiento extraño que se le había quedado entre costilla y costilla.

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