Hace ya muchos años de aquello, pero aún lo recuerdo como si fuese ayer. Apenas llevábamos ocho días juntos cuando sucedió todo esto. Yo trabajaba como mecánico en mi propio pequeño taller en las afueras de Madrid. Aquel día era el cumpleaños de Inés, y la celebración se había organizado para las siete de la tarde en su casa familiar. Desde la mañana ya intuía yo que iba a andar muy justo de tiempo, pero le había prometido que llegaría puntual. Para mí era importante cumplir, sobre todo porque acabábamos de empezar a conocernos y porque se trataba de su cumpleaños.
Cuando ya iba a cerrar el taller, apareció un cliente un tanto apurado con una avería grave en su SEAT. No era algo rápido ni fácil de arreglar. Dudé un instante, pero al final acepté el trabajo porque el coche no podía quedarse en ese estado. La faena se alargó más de lo que imaginaba y, al mirar el reloj, vi que eran casi las seis y media. Si pasaba antes por casa para darme una ducha y cambiarme, era imposible llegar a tiempo.
Tenía dos opciones: llegar tarde pero arreglado y bien puesto, o presentarme a la hora exacta aunque aún llevara parte de mi ropa de faena.
Opté por ir directamente a su casa. Me aseé lo mejor que pude, me lavé bien las manos y me puse una camisa menos manchada, pero seguía vistiendo con mi pantalón de mecánico. Llegué justo a las siete. La saludé, la felicité con un beso y le di su regalo. Inés me miró de arriba abajo, sin decir palabra en ese momento.
Entramos dentro, saludé a su familia y a sus amigos, y a los pocos minutos me pidió que saliéramos un momento al pasillo.
Allí comenzó el problema. Me dijo, visiblemente molesta, cómo se me ocurría aparecer así en su cumpleaños, que le parecía una falta de respeto. Le expliqué lo que había ocurrido, que había estado a punto de llegar tarde por trabajo y que preferí cumplir mi palabra a desaparecer otra hora. Me contestó que hubiese sido mejor que ni me presentara, que tendría que haberla avisado o mandado alguna foto del taller para que viera que de verdad estaba trabajando y que así ella decidiera si me esperaba o no. Según ella, le había hecho quedar mal delante de los suyos nada más llegar.
Me sentí dolido y también respondí. Le dije que no entendía su enfado, que había hecho lo imposible por llegar a tiempo, y que si no me hubiese importado simplemente no habría ido. Añadí que venía de trabajar, no de una fiesta, y que si para ella era tan importante la apariencia quizás no éramos lo que buscaba. Inés respondió aún más seria diciendo que para ella esos detalles eran fundamentales y que no podía estar con alguien que no los cuidaba.
La discusión se acaloró, los dos nos cruzamos palabras poco amables y el ambiente se volvió tenso.
No me quedé mucho más. Me despedí con educación y me fui. Esa misma noche Inés me escribió que tenía que pensar en todo. Al día siguiente, me dijo claramente que lo mejor era dejarlo, porque sentía que éramos incompatibles. No la supliqué ni pedí más explicaciones. Simplemente acepté su decisión.
La verdad es que tampoco volví a buscarla. Comprendí entonces que si alguien se siente ofendido porque uno llega directamente de trabajar, haciendo todo lo posible por ser puntual, no valora ni el esfuerzo ni la intención. No pensaba avergonzarme de mi oficio ni cambiar quién era por agradar a nadie. Si para ella esa era razón suficiente para acabar una relación de sólo una semana, tampoco yo quería quedarme allí.
¿Vosotros qué pensáis, hice bien en no insistir?







