Agradecida al destino por la separación
En el tercer curso de la universidad, Eugenia conoció a Javier de la forma más absurda: él apareció en el piso de estudiantes, buscando a su prima, que era compañera de cuarto de Eugenia. Alto, delgado, con una mirada tan oscura y un porte elegante, atrapó su atención enseguida. Al sentir un leve temblor en el pecho, Eugenia sospechó que estaba soñando despierta.
Vaya, qué guapo, pensó, y entonces él se acercó en silencio y le ofreció la mano con una sonrisa casi desdibujada.
Javier, presentó, bajando un poco la cabeza, como si estuviera saludando a una estatua, o tal vez a un maniquí. ¿Y tú cómo te llamas?
Ella, conteniendo el aire, respondió en un susurro:
Eugenia…
Javier le sostuvo la mirada, como si no recordara cómo se usaban las palabras. Quebrada la timidez, conversaron un rato, y al irse, él lanzó una pregunta como quien deja caer una piedra en un pozo:
Eugenia, ¿quieres venir conmigo esta noche al cine? Paso a buscarte.
Ella apenas pudo decir “de acuerdo”, temerosa de que la ilusión la hiciera flotar y salir levitando entre las baldosas del pasillo.
Aquella noche los encontró juntos bajo farolas parpadeantes. Javier, tres años mayor, siempre elegante y con detalles flores, dulces, baratijas, destilaba cosmopolitismo. Hablaba sin pudor de su padre, funcionario de alto rango en el Ayuntamiento de Valladolid, y de su madre, una economista con amigos importantes. En los sueños, los linajes pesan como anclas y las familias se parecen a castillos sobre nubes.
¿Y tus padres, Eugenia?
Los míos son gente sencilla. De un pueblito en la provincia; papá conduce tractores y mamá lleva cartas en la estafeta de Correos. Son buena gente, muy queridos, contestó ella.
Javier torció una mueca.
¿Y cómo pagas la universidad? ¿Las tasas son caras aquí en Salamanca?
Saqué plaza de beca. Fui buena estudiante y aquí estoy gracias a mis notas.
Muy lista, desde luego. A mí me inscribió mi padre: todo por cuenta suya. He viajado mucho al extranjero con la familia… Los veranos en la Costa Azul, a veces San Sebastián, se jactaba, con esa voz de quien navega entremundos.
A pesar de esas fanfarronadas, Eugenia cegada por el primer amor lo veía deslumbrante, casi irreal, como si sus cualidades sólo existieran en las historias que él mismo contaba. Imaginaba su vida futura: casados, con una casa amplia y llena de risa. Se veía madre de dos hijos, niño y niña, a quienes ya había puesto nombre en secreto.
Cierta tarde, Javier no se presentó a la cita en el Cine Coliseo. No había móviles, los relojes eran viscosos y el tiempo se escurría como agua. Pasaron cuatro días hasta que él apareció de nuevo, entre sombras.
¿Te ha ocurrido algo? preguntó ella, inquieta.
A ti parece que sí, respondió él, con sorna. Te vi hablando muy animadamente con Iván. Los dos reíais como si contarais monedas de oro.
Es de mi grupo, sólo charlábamos intentó explicar ella, como si esa defensa tuviera sentido en el país de los sueños.
Javier la desenmascaró con una risa hueca.
No sé si os une solo la universidad. Prefiero creer a mis ojos. Me imagino que ya lleváis tiempo juntos, concluyó, y con gesto distante puso fin a las visitas y a la esperanza de Eugenia.
El suelo se volvió blando bajo los zapatos de Eugenia. Intentó justificarse aún, pero algo en la lógica de las pesadillas le advirtió: No tengo nada que explicar ni por qué humillarme Si él lo ha decidido así, pues así será.
Nunca supo que, realmente, no encajaba en el círculo soleado de Javier. Era pueblerina, decían en casa de él, campesinos sus padres, personas de las que una madre de Valladolid frunciría el ceño. Su prima ya lo había contado entre susurros y risas, y la madre de Javier dictó sentencia esa misma noche, arrastrando las palabras como cucharas de plomo:
¿Tú en qué piensas? Una muchacha de aldea, hija de campesinos… ¿Cómo se va a presentar tu padre ante el alcalde y sus amigos si llevas ese lastre? Déjala, Javier, no hemos criado a nuestro hijo entre burros y girasoles…
Javier, resignado, comprendió que el guión de los sueños debía cumplirse: si no la dejaba él, su madre lo haría de forma más cruel. No era una pesadilla, era sólo la comedia de la vida empapada de surrealismo, con Eugenia como espectadora más que protagonista. Siguieron caminos opuestos, y poco a poco el recuerdo dejó de doler.
Terminó la carrera. Consiguió un trabajo en una empresa de Segovia, donde el ambiente del despacho parecía tejido de hilos de silencio y relojes detenidos. Allí, un compañero, Tomás, dos años mayor, la miró como si llevara toda la vida buscándola. Era serio, sin bromas vulgares, atento de una manera que parecía de otro siglo.
Eugenia, ¿te gustaría que te acompañe a casa hoy? le dijo un mediodía, como si de repente fuera lógico revivir lo imposible.
Sorprendida, ella tartamudeó:
¿De verdad?
Claro. Hace tiempo que te observo. Creo que tenemos mucho en común…
Empezaron a salir, y pronto se casaron. Los padres de ambos compraron un piso en Segovia. Ayudaban todos cuanto podían. Y la vieja fantasía de Eugenia se convirtió en verdad: un niño y una niña, justo como imaginó mientras corría entre castillos de aire. Las abuelas y abuelos ayudaban; Tomás se desvivía por ellos, el mejor esposo y padre, como salido de una leyenda castellanoleonesa.
Pero los sueños siempre guardan una vuelta de tuerca. El año en que su hijo mayor, con siete años, debía comenzar el colegio, la tragedia rozó su vida: la casa de sus padres, en aquel pueblo recogido entre trigales y silencio, se quemó una noche, y ellos no lograron salir. Eugenia, inundada de pesadumbre, decidió ir sola al entierro porque Tomás tenía una auditoría en la empresa y no podía ausentarse. Dejó a los niños con su suegra, prometiendo volver sin mirar atrás al día siguiente.
Al llegar al pueblo, el aire olía a hollín y orégano. Caminó hacia la plaza donde los vecinos suelen reunirse ante la pequeña tienda, esperando ver caras conocidas. Una berlina negra aparcada y de ella bajó un hombre rechoncho que le resultaba al mismo tiempo lejano e inquietantemente familiar.
No has cambiado, Eugenia. Siempre tan guapa y delgada. ¿No me reconoces? dijo aquel hombre, que resultó ser Javier, aunque la pesadilla hubiera devorado su elegancia juvenil.
Javier… Sí, te reconozco, musitó ella, incómoda en este sueño en el que el tiempo es una sabana arrugada.
Javier, hinchado y algo descompuesto, se pavoneó:
Me he puesto rellenito, mi mujer me cuida demasiado. Tengo dos hijas. Y tú, ¿casada? ¿Hijos?
Sí, una vida tranquila, dos hijos, ahora voy de vuelta al pueblo… y le contó el drama familiar. Pero él ni se inmutó, ocupado en sus propias nubes.
Si quieres te llevo. Antes, pasamos por un bar, unas copas de un buen vino… Recordamos tiempos, ¿te apetece?
¿Y tu mujer? No me parece propio, contestó Eugenia, cortante, habiendo aprendido en la escuela de los sueños a deslizarse por encima de las tentaciones.
¿La mujer? No es una muralla, se aparta y ya está. Además, vive muy bien, no le falta de nada. Que no se queje…
Eugenia zanjó la conversación diciendo que su hermano la recogería. Al quedarse sola, suspiró, como si al hacerlo pudiera disipar el polvo de los años.
Gracias, destino, por separarme de Javier. Qué hombre tan cínico. No respeta a su mujer, ni valora a su familia. Si alguna vez amó, sólo se amó a sí mismo. No es capaz de sentir gratitud ni respeto.
Recordó entonces la mirada cálida y el amor completo de Tomás.
Gracias por mi Tomás, murmuró. A veces dicen que no conviene volver a cruzarse con amores antiguos, que pueden reavivar fuegos viejos. Pero también es cierto que solo así se aprende cuánto vale la persona que camina a nuestro lado.
Y en lo más profundo del sueño, Eugenia se sintió, por fin, despierta y agradecida.







