Al corazón no se le manda Tras recorrer animadamente el pueblo hasta su casa, Protasio empujó la cancela y entró en el patio. De la casa salió disparada su madre, que abrazó a su hijo mientras se secaba las lágrimas. —Hijo mío, ya has terminado el servicio militar. ¡Madre mía, eres el vivo retrato de tu padre! Lástima que ya no pueda verte… —decía y repetía Tatiana. —Hola, mamá, que me vas a estrujar de tanto apretarme —reía Protasio—. Anda, vamos dentro. —Protasio, hijo, esta semana no he pegado ojo, esperando que volvieras. Gracias a Dios ya estás en casa, ahora ya podré estar más tranquila yo también. Protasio regresó de la mili hecho un hombre y más fuerte todavía. Siempre fue robusto, pero ahora tenía mejor planta aún. Antes de irse no había tenido novia seria, aunque más de una tenía esperanzas. —No pienso tener relaciones serias antes de irme a la mili. ¿Y si luego ella no espera y me llevo un disgusto? Mejor después, cuando vuelva, me enamoro y me caso —le decía a sus amigos. —Pues tienes razón —le apoyaba su amigo Máximo—. Siempre te lo tomas todo muy en serio… hasta esto. —Hijo, vamos a la mesa, luego descansas, y por la noche… —no terminó porque Máximo entró como un torbellino y saltó sobre Protasio, riendo y abrazándole. —¡Estás hecho un toro! La mili te ha sentado de maravilla —reía su amigo. —Venga, Máximo, siéntate con nosotros —ofreció Protasio. —Me lo ha dicho mi madre, que estaba en el patio y te vio pasar. “Que ha vuelto Protasio”, me ha dicho, y he venido a toda prisa. Todo el pueblo pasaba a saludarlo, amigos de todas las edades, y todos querían charlar un rato con él. Más tarde, Protasio y Máximo fueron al centro social, donde la música y el baile ya estaban en pleno apogeo. Protasio, con ganas de ver a las chicas, no sabía a cuál invitar. Mientras pensaba, anunciaron un “baile blanco” y enseguida Rita se acercó. —Hola, ven a bailar, te invito yo —le dijo con toda confianza. Protasio bailó con Rita, pero el silencio reinaba entre ellos; ella le miraba a los ojos, y él, sudando, apartaba la mirada. —¿Se me habrá olvidado cómo hablar con chicas? —pensaba. Pero Rita rompió el hielo, y empezaron a hablar. La conocía bien, era tres años mayor, espabilada y guapa. Esa noche no se despegó de él y acabó acompañándola a casa. Iban callados, hasta que Protasio le contó historias de la mili… pero Rita se paró y le plantó un beso en los labios. Él se quedó de piedra, sin palabras, mientras ella reía. A Protasio le resultaba un poco incómodo: Rita era muy lanzada, y aunque no le terminaba de hacer gracia, tampoco le disgustaba la situación. —Protasio, ¡qué tímido eres! —bromeaba ella—. ¿Te has vuelto salvaje en la mili? Aquella noche, comprobó que Rita carecía de pudor y llegó a casa de madrugada. Al día siguiente, ella fue a su casa, habló con Tatiana como viejas conocidas. En los pueblos, todo el mundo se conoce. A la madre le cayó bien enseguida por su desparpajo y sus ganas de ayudar. Rita iba a menudo, barría la casa, y demostraba ser muy apañada. Tatiana estaba encantada, pero Protasio no lo entendía. —¿Para qué viene Rita de día, si por la tarde ya nos vemos y la acompaño? Un día, el vecino don Mirón, que vivía pared con pared, apareció en el patio. Cada mañana, él salía a su porche y examinaba el vecindario, contento de ver que todo seguía igual y en su sitio. Don Mirón era muy curioso. Protasio estaba liado con la paja en el granero y no notó cuando se le acercó don Mirón. —Buenos días, vecino —saludó este, y Protasio dio un respingo. —¡Qué susto, don Mirón! Me ha pillado desprevenido —reía él. —Anda ya, no te asustes por un viejo —sonreía don Mirón a través de su bigote canoso, siempre de broma—. Veo que Rita viene mucho por aquí, aún no te ha liado… Se nota que eres resistente, pero ya te digo que ella es de las que convencen rápido. Yo tuve que luchar por mi mujer, pero Rita… ¡ella se presenta y hasta le unta la oreja con miel a tu madre! Protasio escuchaba sin rechistar. Sabía que don Mirón tenía razón. Y él, cansado ya de tantas atenciones y de lo insistente que era Rita, sentía que el corazón seguía cerrado. Un día, le dijo a su madre: —Mamá, voy a hablar con Rita, ya no quiero seguir con esto. —¿Te has vuelto loco? ¡Rita es buena chica, trabajadora, lista! ¿A quién quieres tú? —Mamá, quiero una mujer que me intrigue, que me despierte curiosidad… no que ya me tenga todo claro. Tatiana no lo entendía. Por la noche, Rita volvió a liarse a besos, sin dejarle hablar. Pero antes de despedirse, él le dijo que era la última noche. Dejó de ir al centro social, se quedaba en casa leyendo. Si Rita venía, él salía o se iba con Máximo a pescar, a veces incluso al pueblo de su compañero de mili. Pasaba junto a Rita y apenas la saludaba. Pero ella seguía detrás. Pasó un tiempo y al pueblo llegó una nueva joven enfermera, Paulina. Sencilla, sin maquillaje, modesta y delicada, pero con decisión y firmeza. Sus ojos eran como dos lagos azules; quien los miraba, se perdía. No acudía al centro social, aún no tenía amigas. Don Mirón fue a verla, por unos dolores de espalda, y salió enamorado de la muchacha. A todo el mundo le contaba maravillas de la nueva enfermera, su mirada, su seriedad y ternura. Protasio aún no la conocía, siempre andaba con la cosecha en el campo; sólo volvía agotado para dormir. Pero un día se fastidió la espalda y apenas podía moverse. Don Mirón pronto se enteró y fue presto a avisar a la enfermera. Paulina llegó como prometió. Protasio se sorprendió: parecía una niña. Tenía duda de que supiera lo que hacía, pero cuando le tocó la espalda con sus manos firmes y delicadas, quedó paralizado. —Muy bien, le recetaré pastillas y pinchazos. Vendré cada día —dijo seria. Protasio empezó a esperarla con impaciencia. Un día, sintiéndose mejor, intentó besarla, pero recibió tal bofetada, que por un instante se quedó sordo. Los ojos de Paulina lanzaban rayos, recogió sus cosas y se marchó sin decir nada. —¿Por qué he hecho esto? —se reprochaba—. Me creía que sería fácil, pero Paulina le había enseñado que no todo era tan sencillo. Paulina, enfadada, apenas le dirigía la palabra los días siguientes. Protasio se disculpó, pero ella guardó silencio. Y aunque veía lo que sentía por ella, le resultaba igual de evidente que ella tampoco era indiferente a él. Sus miradas decían mucho más. Terminados los pinchazos, Protasio se recuperó y retomó su trabajo. Con la cosecha acabada, por la tarde decidió ir al centro social. Allí estaba Rita de inmediato junto a él, pero vio a Paulina y se sorprendió. Se armó de valor, la invitó a bailar. Ella, con su figura delicada y su sonrisa tímida, parecía flotar como una pluma. Los ojos de Protasio no podían dejar de contemplarla. Tras bailar, le susurró: —¿Nos escapamos juntos? —Ella sonrió y asintió. Poco después, todo el pueblo celebraba la boda de Protasio y Paulina. Todos felices, menos Rita, que intentó desacreditar a la novia, pero nadie la tomó en serio. Hoy, Protasio se levantó temprano, salió al porche, sintió el aire fresco en sus músculos, dudó si correr descalzo por la hierba, pero regresó a acurrucarse con su mujer, que exclamó al sentir el cuerpo frío y se apegó aún más a él. Él la apretó fuerte y, riendo, ella le dijo: —¡Cuidado, no vayas a romperme ahora…! —¿Qué pasa? No temas, no soy tan bruto… —Pues que ya no estoy sola… Vamos a tener un bebé. Protasio, al oírlo, se quedó boquiabierto: —¿De verdad? ¿Lo dices en serio? —Claro —reía Paulina, mientras él seguía sin creérselo—. Anda, levántate, que yo ordeño la vaca y tú la llevas al pasto. Después, sobre la mesa, le esperaban una pila de tortitas con nata y té humeante. Tras desayunar, le dio un beso y le insinuó entre risas que aún quedaba tiempo antes de empezar el día. Paulina le acompañó al patio y, de repente, él la levantó en brazos y giró con ella por todo el corral. Don Mirón, desde su porche, les miraba divertido. —¡Vaya vida dulce la de Protasio con la joven esposa…! Y Protasio, feliz, pasó el día trabajando con un ánimo imparable, con ganas de abrazar al mundo y gritar que pronto sería padre.

Al corazón no se le manda

Cruzando a paso ligero la aldea hacia su casa, Javier empujó la verja y entró al patio. De repente, su madre salió disparada de la casa y lo abrazó tan fuerte que casi lo asfixia, mientras se secaba las lágrimas.

Hijo mío, ¡ya has terminado el servicio! Ay, Señor, pero si eres igualito a tu padre Qué pena que él no te pueda ver, decía y no paraba de decir Ascensión.

Hola, mamá, que me vas a dejar sin aire, se reía Javier. Anda, vamos dentro.

Javi, hijo, llevo toda la semana sin dormir bien, esperándote Gracias a Dios que ya estás en casa. Ahora podré descansar tranquila.

Javier volvió de la mili hecho un roble, siempre había sido robusto, pero ahora además estaba más estilizado. Antes de irse apenas tuvo novias, aunque alguna esperanza había.

No quiero empezar nada serio antes de irme a la mili. Si la chica no me espera, es un disgusto Mejor después, cuando vuelva me enamoro y me caso decía a los amigos.

Quizá tengas razón, le daba la réplica su colega Tomás. Siempre has sido demasiado cabal, y claro, también para esto le daba una palmada amistosa.

Venga, hijo, siéntate a la mesa, luego descansas un poco y por la noche No llegó a terminar porque entró Tomás a toda prisa y se abalanzó sobre Javier, abrazándolo con alegría.

¡Qué barbaridad, Javi! Estás cuadrado, ¡la mili te ha sentado de maravilla! reía su amigo.

¡Hombre, Tomás! Siéntate conmigo lo invitó Javier.

Mi madre te ha visto pasar desde el patio y me ha dicho: Javi ha vuelto. Y yo, corriendo detrás

Durante todo el día pasaron a saludarle amigos, familiares y hasta los viejos vecinos. Todos querían charlar con Javier.

Por la noche, Javier y Tomás se acercaron al centro social, donde la música ya atronaba y no cabía un alfiler en la pista de baile. Javier, que ya tenía ganas de ver caras nuevas, se ponía nervioso mirando a todas las muchachas, sin saber a cuál invitar. Sin decidirse, anunciaron el baile blanco y enseguida se le plantó delante Lucía.

¡Hola! ¿Bailamos? Te invito yo dijo, agarrándole del brazo con decisión.

Javier bailó con Lucía, pero la charla no fluía; ella le miraba fija y callada, él sudaba más de la cuenta y desviaba la mirada.

¿Me habré olvidado de hablar con chicas? pensaba. Pero Lucía dominó la conversación y al final se soltaron.

La conocía de antes, era tres años mayor que él, espabilada y bastante guapa. No se le despegó en toda la noche, así que tuvo que acompañarla hasta su casa. Fueron callados, hasta que Javier se animó a contarle algo de la mili pero Lucía se paró en seco y le plantó un beso de película. Javier se quedó de piedra, sin saber ni dónde meterse, mientras ella se partía de risa.

A Javier le daba un poco de apuro lo lanzada que era Lucía. No era su estilo, pero tampoco le disgustaba del todo.

Vaya, Javi, qué vergonzoso te has vuelto, te has asilvestrado le vacilaba ella.

La misma noche confirmaría lo evidente: Lucía era de todo menos recatada, y él apareció en casa al amanecer. Al día siguiente, Lucía fue directamente a casa de Javier, charló con Ascensión como si fueran viejas amigas. Era normal, allí todos se conocían. La madre de Javier, en un plis, captó que el asunto iba en serio y le cogió cariño a Lucía, que se ponía a barrer y a ayudar en todo, tan resuelta y con esa chispa.

Con el tiempo, Lucía iba a la casa por el día sola y Javier se preguntaba:

¿Y para qué vendrá Lucía durante el día si por la noche quedamos siempre en el centro?

Una mañana apareció don Eusebio, el vecino de toda la vida. Cada mañana salía a su portal, observaba el patio de Javier y, tras asegurarse de que todo seguía igual, soltaba un ¡Ajá! satisfecho. Curioso como él solo.

Javier estaba subiendo paja al granero cuando apareció el viejo:

Buenos días, vecino dijo, pegando un susto de muerte a Javier.

¡Anda, don Eusebio! No me aparezca así, que me da un infarto se reía Javier.

Sí, sí, asustarte a ti bromeaba el viejo entre canas y bigote, siempre con chascarrillos. Mira que veo a Lucía entrando y saliendo de tu casa, te va a tener atado en nada Si te descuidas, te mete en la cama en dos días. Es lista, no como la mía, que me costó Dios y ayuda convencerla. Pero la tuya viene, endulza a tu madre y, claro, ella tan feliz.

Javier escuchaba en silencio. La verdad, estaba ya saturado de tantas atenciones de Lucía, no le hacían gracia y no le llegaban al corazón. Don Eusebio seguía:

No pones pinta de enamorado, Javi. Si el collar aprieta, mejor quítatelo antes de que te ahogue.

Javier aceptaba que tenía razón. Le soltó a su madre:

Mamá, hoy lo dejo con Lucía; todo esto me agota, se acabó.

¡Ay, hijo! Lucía es buena chica, te ayuda, es espabilada ¿Qué más quieres?

Quiero una que me intrigue, que me haga sentir mariposas esto me huele a rutina.

Ascensión se hizo la ofendida, no entendía qué misterio buscaba su hijo. Por la noche, Lucía volvió a atrapar a Javier, pero esta vez él le dejó claro, entre beso y beso, que era la última vez.

Dejó de ir al centro social; pasaba las noches leyendo en la cama. Si Lucía aparecía, él se largaba de casa. Algunas veces iba a pescar con Tomás o pasaba el día en la ciudad visitando a algún compañero. Pasaba de Lucía, haciéndole apenas un gesto de cabeza. Pero ella insistía; no se rindió fácil.

El tiempo pasó. Llegó al pueblo una nueva enfermera, Paula, jovencísima, sin una gota de maquillaje, sencilla y menuda, pero con un brillo de decisión en la mirada. Sus ojos, grandes y azules, eran un imán. No iba al centro social, aún no tenía amigas.

Don Eusebio fue a la consulta por su espalda. Salió enamoradísimo.

¡La nueva enfermerita es una chiquilla, pero a la hora de recetar, tela! Me ha puesto deberes, medicinas y me ha dicho que o pincho cada día, o nada. Y esos ojos, chico ¡brillan como dos luceros! Da gusto mirarla.

Javier no conocía aún a Paula, pasaba el día en el campo, y por las tardes caía rendido. Hasta que, a la mañana siguiente, no se pudo ni levantar de la cama, la espalda hecha un acordeón. Ascensión, preocupada, pidió ayuda a don Eusebio y este fue corriendo a avisar a la enfermera.

Paula apareció al rato en casa de Javier.

Una niña pensó Javier, ¿sabrá curar algo? Dudaba.

Seria, pero con esos ojos chispeantes y voz suave como terciopelo. Al ponerle las manos en la espalda, a Javier se le cortó la respiración.

Bueno dijo ella, te voy a poner inyecciones y dejarte unas pastillas. Volveré yo misma cada día.

Javier esperaba con ansias la visita diaria de Paula, mirando el reloj. Cuando empezó a sentirse mejor, en un arrebato, la cogió en brazos y fue a darle un beso. Pero recibió tal sopapo en la oreja que le silbó el oído.

Los ojos de Paula echaban chispas. Recogió sus cosas en silencio y se fue.

¿Y para qué habré hecho yo esto? se dijo Javier. Me lo he ganado por burro.

Desde entonces, Paula le hablaba lo mínimo, iba, pinchaba y se iba. Javier se disculpó al día siguiente, ella calló, pero en el fondo ambos se notaban el cosquilleo. Cuando terminaban los pinchazos, Paula veía que Javier estaba tan perdido por ella como ella por él, aunque ninguno lo decía.

Ya recuperado, Javier salió al campo sólo porque la cosecha ya estaba recogida. Una tarde fue al centro social. En cuanto entró, Lucía fue directa a por él, pero de reojo vio a Paula y se quedó embobado. Estaba allí, hablando con una amiga. Empezó la música y Javier se lanzó a invitarla a bailar.

Cintura de escándalo, una sonrisa tímida, y esos ojos… Javier sentía que flotaba, como en las películas. Después del baile, le susurró:

¿Nos escapamos? ella, con una sonrisa pícara, asintió.

En menos de nada, en el pueblo ya estaban de boda. Todos bailando, menos Lucía, que iba diciendo pestes de Paula, pero nadie le hacía caso.

Hoy, Javier se despertó temprano, salió y el aire fresco le abrazó el cuerpo. Iba a correr descalzo por el césped, pero cambió de idea y se metió de nuevo junto a su mujer en la cama. Paula pegó un salto del frío de su cuerpo, pero se acurrucó aún más.

Él la apretó con fuerza, y ella, riendo, le soltó:

Irás con cuidado, ¿eh?

¿Por? ¿Crees que te voy a romper? bromeó él.

¡Que no estoy sola! Vamos a tener un bebé

Javier saltó de alegría.

¿De verdad? ¿Me lo dices en serio?

Que sí, que sí se reía Paula, mientras él todavía parecía en shock. Anda, levanta, yo ordeño la vaca y tú la sacas al prado.

Más tarde, en la mesa le esperaba un pilete de tortitas con nata y té con aroma. Desayunó, plantó un beso en la mejilla a su mujer y, guiñando un ojo, le insinuó que aún había tiempo para retozos.

Paula se despidió de Javier en el patio; él, de pronto, la cogió en brazos y la hizo girar hasta marearla. Don Eusebio, desde su portal, lo contemplaba todo con una sonrisa.

¡Menuda luna de miel llevan estos!

Y Javier pasó el día con una sonrisa de oreja a oreja, con ganas de abrazar al mundo y gritar que iba a ser padre.

Gracias por el rato y por vuestro apoyo. ¡Suerte en la vida!

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Al corazón no se le manda Tras recorrer animadamente el pueblo hasta su casa, Protasio empujó la cancela y entró en el patio. De la casa salió disparada su madre, que abrazó a su hijo mientras se secaba las lágrimas. —Hijo mío, ya has terminado el servicio militar. ¡Madre mía, eres el vivo retrato de tu padre! Lástima que ya no pueda verte… —decía y repetía Tatiana. —Hola, mamá, que me vas a estrujar de tanto apretarme —reía Protasio—. Anda, vamos dentro. —Protasio, hijo, esta semana no he pegado ojo, esperando que volvieras. Gracias a Dios ya estás en casa, ahora ya podré estar más tranquila yo también. Protasio regresó de la mili hecho un hombre y más fuerte todavía. Siempre fue robusto, pero ahora tenía mejor planta aún. Antes de irse no había tenido novia seria, aunque más de una tenía esperanzas. —No pienso tener relaciones serias antes de irme a la mili. ¿Y si luego ella no espera y me llevo un disgusto? Mejor después, cuando vuelva, me enamoro y me caso —le decía a sus amigos. —Pues tienes razón —le apoyaba su amigo Máximo—. Siempre te lo tomas todo muy en serio… hasta esto. —Hijo, vamos a la mesa, luego descansas, y por la noche… —no terminó porque Máximo entró como un torbellino y saltó sobre Protasio, riendo y abrazándole. —¡Estás hecho un toro! La mili te ha sentado de maravilla —reía su amigo. —Venga, Máximo, siéntate con nosotros —ofreció Protasio. —Me lo ha dicho mi madre, que estaba en el patio y te vio pasar. “Que ha vuelto Protasio”, me ha dicho, y he venido a toda prisa. Todo el pueblo pasaba a saludarlo, amigos de todas las edades, y todos querían charlar un rato con él. Más tarde, Protasio y Máximo fueron al centro social, donde la música y el baile ya estaban en pleno apogeo. Protasio, con ganas de ver a las chicas, no sabía a cuál invitar. Mientras pensaba, anunciaron un “baile blanco” y enseguida Rita se acercó. —Hola, ven a bailar, te invito yo —le dijo con toda confianza. Protasio bailó con Rita, pero el silencio reinaba entre ellos; ella le miraba a los ojos, y él, sudando, apartaba la mirada. —¿Se me habrá olvidado cómo hablar con chicas? —pensaba. Pero Rita rompió el hielo, y empezaron a hablar. La conocía bien, era tres años mayor, espabilada y guapa. Esa noche no se despegó de él y acabó acompañándola a casa. Iban callados, hasta que Protasio le contó historias de la mili… pero Rita se paró y le plantó un beso en los labios. Él se quedó de piedra, sin palabras, mientras ella reía. A Protasio le resultaba un poco incómodo: Rita era muy lanzada, y aunque no le terminaba de hacer gracia, tampoco le disgustaba la situación. —Protasio, ¡qué tímido eres! —bromeaba ella—. ¿Te has vuelto salvaje en la mili? Aquella noche, comprobó que Rita carecía de pudor y llegó a casa de madrugada. Al día siguiente, ella fue a su casa, habló con Tatiana como viejas conocidas. En los pueblos, todo el mundo se conoce. A la madre le cayó bien enseguida por su desparpajo y sus ganas de ayudar. Rita iba a menudo, barría la casa, y demostraba ser muy apañada. Tatiana estaba encantada, pero Protasio no lo entendía. —¿Para qué viene Rita de día, si por la tarde ya nos vemos y la acompaño? Un día, el vecino don Mirón, que vivía pared con pared, apareció en el patio. Cada mañana, él salía a su porche y examinaba el vecindario, contento de ver que todo seguía igual y en su sitio. Don Mirón era muy curioso. Protasio estaba liado con la paja en el granero y no notó cuando se le acercó don Mirón. —Buenos días, vecino —saludó este, y Protasio dio un respingo. —¡Qué susto, don Mirón! Me ha pillado desprevenido —reía él. —Anda ya, no te asustes por un viejo —sonreía don Mirón a través de su bigote canoso, siempre de broma—. Veo que Rita viene mucho por aquí, aún no te ha liado… Se nota que eres resistente, pero ya te digo que ella es de las que convencen rápido. Yo tuve que luchar por mi mujer, pero Rita… ¡ella se presenta y hasta le unta la oreja con miel a tu madre! Protasio escuchaba sin rechistar. Sabía que don Mirón tenía razón. Y él, cansado ya de tantas atenciones y de lo insistente que era Rita, sentía que el corazón seguía cerrado. Un día, le dijo a su madre: —Mamá, voy a hablar con Rita, ya no quiero seguir con esto. —¿Te has vuelto loco? ¡Rita es buena chica, trabajadora, lista! ¿A quién quieres tú? —Mamá, quiero una mujer que me intrigue, que me despierte curiosidad… no que ya me tenga todo claro. Tatiana no lo entendía. Por la noche, Rita volvió a liarse a besos, sin dejarle hablar. Pero antes de despedirse, él le dijo que era la última noche. Dejó de ir al centro social, se quedaba en casa leyendo. Si Rita venía, él salía o se iba con Máximo a pescar, a veces incluso al pueblo de su compañero de mili. Pasaba junto a Rita y apenas la saludaba. Pero ella seguía detrás. Pasó un tiempo y al pueblo llegó una nueva joven enfermera, Paulina. Sencilla, sin maquillaje, modesta y delicada, pero con decisión y firmeza. Sus ojos eran como dos lagos azules; quien los miraba, se perdía. No acudía al centro social, aún no tenía amigas. Don Mirón fue a verla, por unos dolores de espalda, y salió enamorado de la muchacha. A todo el mundo le contaba maravillas de la nueva enfermera, su mirada, su seriedad y ternura. Protasio aún no la conocía, siempre andaba con la cosecha en el campo; sólo volvía agotado para dormir. Pero un día se fastidió la espalda y apenas podía moverse. Don Mirón pronto se enteró y fue presto a avisar a la enfermera. Paulina llegó como prometió. Protasio se sorprendió: parecía una niña. Tenía duda de que supiera lo que hacía, pero cuando le tocó la espalda con sus manos firmes y delicadas, quedó paralizado. —Muy bien, le recetaré pastillas y pinchazos. Vendré cada día —dijo seria. Protasio empezó a esperarla con impaciencia. Un día, sintiéndose mejor, intentó besarla, pero recibió tal bofetada, que por un instante se quedó sordo. Los ojos de Paulina lanzaban rayos, recogió sus cosas y se marchó sin decir nada. —¿Por qué he hecho esto? —se reprochaba—. Me creía que sería fácil, pero Paulina le había enseñado que no todo era tan sencillo. Paulina, enfadada, apenas le dirigía la palabra los días siguientes. Protasio se disculpó, pero ella guardó silencio. Y aunque veía lo que sentía por ella, le resultaba igual de evidente que ella tampoco era indiferente a él. Sus miradas decían mucho más. Terminados los pinchazos, Protasio se recuperó y retomó su trabajo. Con la cosecha acabada, por la tarde decidió ir al centro social. Allí estaba Rita de inmediato junto a él, pero vio a Paulina y se sorprendió. Se armó de valor, la invitó a bailar. Ella, con su figura delicada y su sonrisa tímida, parecía flotar como una pluma. Los ojos de Protasio no podían dejar de contemplarla. Tras bailar, le susurró: —¿Nos escapamos juntos? —Ella sonrió y asintió. Poco después, todo el pueblo celebraba la boda de Protasio y Paulina. Todos felices, menos Rita, que intentó desacreditar a la novia, pero nadie la tomó en serio. Hoy, Protasio se levantó temprano, salió al porche, sintió el aire fresco en sus músculos, dudó si correr descalzo por la hierba, pero regresó a acurrucarse con su mujer, que exclamó al sentir el cuerpo frío y se apegó aún más a él. Él la apretó fuerte y, riendo, ella le dijo: —¡Cuidado, no vayas a romperme ahora…! —¿Qué pasa? No temas, no soy tan bruto… —Pues que ya no estoy sola… Vamos a tener un bebé. Protasio, al oírlo, se quedó boquiabierto: —¿De verdad? ¿Lo dices en serio? —Claro —reía Paulina, mientras él seguía sin creérselo—. Anda, levántate, que yo ordeño la vaca y tú la llevas al pasto. Después, sobre la mesa, le esperaban una pila de tortitas con nata y té humeante. Tras desayunar, le dio un beso y le insinuó entre risas que aún quedaba tiempo antes de empezar el día. Paulina le acompañó al patio y, de repente, él la levantó en brazos y giró con ella por todo el corral. Don Mirón, desde su porche, les miraba divertido. —¡Vaya vida dulce la de Protasio con la joven esposa…! Y Protasio, feliz, pasó el día trabajando con un ánimo imparable, con ganas de abrazar al mundo y gritar que pronto sería padre.
Enterró a su marido, salió adelante sola, levantó la finca… y entonces la vecina empezó a hablar.