Inútil
En una vieja casa de Ávila, Clotilde pasaba las tardes sentada junto a la ventana, mirando la calle y dejando que los pensamientos le hicieran cosquillas en la cabeza. Le costaba encontrarse bien; últimamente se dormía vestida, no fuera a ser que no despertara al día siguiente. No era precisamente una anciana, pero la salud decide por su cuenta. Todo se torció cuando tuvo que enterrar a su marido y quedarse sola con sus dos hijos. Por entonces aguantó el tirón, trabajó duro, pero con los años el cuerpo empezó a pasarle factura.
Sus dos hijos, el mayor, Jacinto, y el pequeño, Teodomiro (al que todos llamaban Teo), no podían ser más distintos. Jacinto era de carácter serio, reservado, de los de buen corazón aunque no digan muchas palabras. A medida que se hacía mayor, más leía, sacaba buenas notas y siempre buscaba la manera de ayudar a su madre.
Teo, en cambio, era como un ventarrón. Incansable, travieso y listo. Donde hubiera lío en el pueblo, allí estaba él: saltando la valla de los jardines ajenos, soltando la cabra del vecino o pisoteando con otros chicos los tulipanes de la plaza.
Clotilde quería a sus chicos con la misma intensidad aunque fueran la noche y el día. Eso sí, a Teo le caían más broncas:
Mira Jacinto, en el colegio los maestros sólo hablan maravillas de él. Y en cambio tú qué vergüenza, hijo, que tengo que mirar al suelo cada vez que preguntan por ti. Que nunca me han felicitado ni una vez.
Teo se encogía de hombros y salía zumbando de la casa. Jacinto, en cuanto terminó el bachillerato, se fue a estudiar ingeniería a Madrid. Sacó el título y regresó a casa para enseñárselo a su madre, que no cabía en sí de alegría.
Mamá, que me caso. Tengo novia una tal Dorotea y ya hemos entregado los papeles. No ha podido venir porque su padre está ingresado y se turnan su madre y ella para cuidarle dijo Jacinto mientras partía leña en el patio. Su madre, terca como buena castellana, intentaba llevar los troncos al leñero, pero Jacinto no la dejaba: Que yo soy un mozo fuerte, mamá, y no voy a dejar que tú te dejes la espalda con esto. Siéntate y descansa, que yo lo hago todo.
Vale, hijo, vale Qué alegría me das. ¡A ver si veo pronto a esa nuera!
Vendrás a la boda y la conocerás; será en un mes.
Al volver del trabajo, Teo se quedó boquiabierto:
Vaya, Jacinto, te has ventilado toda la leña tú solo. Llevo semanas diciendo que lo haría y nada.
Teo apenas terminó la secundaria. Pasó de los libros y se quedó en el pueblo, trabajando como tractorista. Igual que siempre: desordenado, de poco hacerse cargo y dejando todo para mañana. Clotilde tenía que insistirle incluso para arreglar la puerta o pintar la verja; nunca empezaba nada por sí solo.
El padre les había dejado dos casas. Una vieja, apartada, con el porche quejumbroso, las ventanas torcidas y telarañas hasta en las sombras; allí sólo iban las gatas del barrio. Y al lado, la casa buena, donde vivían Clotilde y Teo.
Clotilde y Teo fueron a Valladolid para la boda de Jacinto. Dorotea le cayó en gracia a Clotilde una chica simpática, dulce y siempre con una sonrisa. Al volver, todas las vecinas querían saber cómo era la nuera.
Una joya, Dorotea. Le ha tocado la lotería a mi Jacinto decía Clotilde muy contenta. Guapa, delicada y lo más importante, buena y atenta. Prometió que vendrán en verano.
Un día, Teo llegó y soltó a bocajarro:
Mamá, que me caso yo también.
Clotilde estuvo a punto de reírse, con lo ligón que era el chico, temía que se quedara soltero y la casa sin nadie.
Pues por mí, hijo, adelante. Así por fin tendré ayuda en la casa, mira que yo ya no puedo estar tirando del carro, que estoy con la pensión de invalidez ¿Y con quién te casas? ¿Es de aquí siquiera? No te he visto cortejar
Qué va, es de la aldea de al lado, se llama Encarnación. Un terremoto, pero es lo que me va rió Teo.
El pueblo entero se preguntaba cómo demonios Encarnación había enganchado a Teo. Él tampoco parecía tenerlo muy claro.
La boda fue un jolgorio. Jacinto no pudo venir ya que Dorotea estaba a punto de parir mellizos, y no se atrevía a dejarla sola.
Enhorabuena, Teo. Que seáis felices. Jacinto ha enviado un regalo y el dinero de la lista. Ya vendrá. Dale recuerdos a mamá.
Encarnación no tardó ni medio día en hacerse la señora absoluta de la casa. La suegra enferma, el marido blando… aquí mando yo y punto. Encarnación era de armas tomar: en su pueblo nadie quiso casarse con ella, tan lanzada y resuelta. La convivencia con Clotilde empezó torcida y acabó en nudo marinero.
Al principio todo parecía marchar. Amanecían pronto, ordeñaban la vaca, Teo cuidaba los animales, Encarnación se movía por la casa como una centella. Pero al poco, a Encarnación ya le supuraba el ceño cada vez más.
Mira, Teo, tu madre cada vez más torpe. Vuelve a tirar leche al suelo, y aquí estoy yo limpiando, que tampoco soy la chacha. Y se le caen las migas, y derrama el té y el azúcar. Y ni tapa la olla, van y se meten moscas. Es que así no se puede vivir. Mejor que ni entre en la cocina.
Teo sabía bien que su madre estaba enferma, temblorosa y olvidadiza.
Encarnación, mujer, es mi madre. Qué hacemos, no la vamos a echar, ¿no?
No hace falta echarla a la calle, hombre contestaba Encarnación con tono de listo de bar, pero ahí tenéis otra casa. Que se mude, total, el tejado no se cae y nosotros le llevamos comida o la ayudamos. Tú remiendas la estufa y listo.
Teo protestaba con desgana, pero Encarnación se imponía:
En invierno hace frío.
Tú arregla la chimenea, revoca un poco aquello y ya está. Que no está peor que muchas casas de aquí.
Clotilde intuía que algo tramaban, pero no acababa de comprenderlo. Vio a Teo prepararse con el hacha y los martillos y cruzar al otro lado. En un par de semanas, el antro era casi habitable bueno, tal vez más propio de las ratas, pero con techo al fin y al cabo.
Mamá, hay que hablar dijo Teo. Prepárate tus cosas y te mudas a la otra casa. Ahora está bien; la he arreglado y puedes calentarla. Dos cocineras en una cocina es demasiado y te visitaré a diario, te traeré la comida. Es por tu comodidad.
Clotilde no contestó, recogió en silencio sus cosas. Teo la instaló y se despidió:
Vas a estar cerca, mamá. Somos vecinos, no te va a faltar nada.
En realidad, Teo se pasaba a cuentas gotas. Clotilde se encargaba sola de la estufa y de hacerse la comida. Eso sí, él le traía patatas, leche, pan y algo de azúcar y poco más. A Clotilde no le apetecía corretear por el pueblo; le avergonzaba que la gente hablara, así que mejor en casa, sin dar que hablar.
Siempre estaba tras la ventana, esperando algún ruido, alguna visita. Llegó el otoño de Castilla, lluvioso y desapacible. La salud de Clotilde empeoraba; le fallaba el corazón y el pulso era impredecible. Empezaba a olvidar cerrar la puerta por la noche, avivar la estufa, o qué demonios hacía en el patio.
¿Será posible? rumiaba. ¿Seré tan mala madre que mi propio hijo me echa de casa? ¿He hecho algo mal? Si ni siquiera discutía con Encarnación
Pensaba mucho en Jacinto y en que seguramente Dorotea ya habría tenido los nietos. Pero hacía tiempo que no sabía de él. Antes llamaba al móvil de Teo, y así podía oírle.
Jacinto, mientras tanto, no daba abasto en Madrid con los mellizos, pero insistía en llamar a su hermano:
Teo, ¿cómo está mamá?
Bien, sale a pasear y todo.
Pásamela, que quiero contarle cómo crecen los niños.
No está, ha salido mentía Teo como quien pide un café.
¿Seguro que no le pasa nada? Mira, le puedo mandar un móvil con teclas, te envío euros
¿Para qué? Si yo ya tengo uno. Que no le hace falta. Aquí todo va fenomenal.
Teo mentía sin despeinarse, igual que de pequeño. Y su conciencia, ni cosquillas. Encarnación, por supuesto, le daba la razón:
Muy bien hecho, Teo, si es un estorbo.
Clotilde continuaba tras la ventana, esperando en vano. Teo sólo aparecía fugazmente. Mientras, Jacinto mascullaba en Madrid, cada vez más nervioso.
Ay, Jacinto, vete tú a verla y sales de dudas. Con los niños ya me apaño, y además mi madre me echará una mano. Ve y tranquilízate.
Tienes razón, que no consigo hablar con mamá. Siempre es que duerme o que hay mala cobertura.
Teo ni se olía la que se venía encima. Un día, un coche frena frente al portón y de él sale Jacinto. Teo palidece al verle.
Hola, ¿dónde está mamá? pregunta Jacinto, los labios apretados.
En la otra casa susurró, como si el aire le faltara.
¿¡Cómo!? ¿Has dejado a mamá en el cuchitril ése? ¡Tanto que te pedí que la cuidaras y sólo me echabas cuentos! ¡Encima con el dinero que te mandé!
Encarnación saltó a la batalla, despeinada y con su genio habitual:
¿Y qué quieres, Jacinto? ¡La vieja sólo molesta aquí! Tira y tira y ahora está tranquila allí. Que no la hemos echado a la calle, eh.
¡Cállate ya, mujer! Jacinto, furioso, no admitía discusión.
En un arrebato contenido, amago de levantar la mano, pero Teo se escabulló tras Encarnación.
Tú no eres mi hermano le espetó Jacinto. Tú eres un traidor. Corazón, lo que se dice corazón, no tienes.
Teo, derrotado, bajó la mirada. Jacinto entró en la casita a por su madre. Clotilde, viendo a Jacinto por la ventana, temió que acabara sacudiendo a Teo, pero al final sólo recibió el abrazo fuerte de su hijo mayor.
Jacinto, ¿qué haces aquí? Con todo lo que tendrás en casa, los niños y Dorotea
Discúlpame, mamá. No he estado atento. Siempre confié en Teo y me decía que estabas bien. Perdóname.
¿Y los niños? ¿Cómo están los nietos?
Genial, mamá. Los tienes que conocer, se llaman Miguel y Antonio. Te van a encantar.
En poco más de una hora, Jacinto embarcaba a Clotilde en el coche para llevársela a Madrid. Ni Teo ni Encarnación salieron a despedirse.
Ahora Clotilde cuida de sus nietos. Tiene su cama en la habitación de ellos. La alegría y los abrazos rebosan. Los mellizos le recuerdan tanto a su Jacinto de niño que se le escapa la sonrisilla. Todo está bien, o eso parece. Aun así, el alma de Clotilde anda algo inquieta, esperando de vez en cuando que el hijo pequeño venga y le pida perdón. Pero sabe, en el fondo, que eso no ocurrirá nunca.
Gracias por llegar hasta aquí. Que la vida te sonría siempre.







