Te apañas tú sola con los niños dejó caer su marido.
Viernes. Tarde. Los niños se fueron sumiendo en el sueño como pajarillos inquietos, tras la cena, unos dibujos en la tele, discusiones de dientes y tres vasos de agua para la última sed.
Javier deslizaba el dedo por el móvil, tumbado en el sofá.
Cayetana llenó los pulmones y lo dijo muy simple, sin novela:
Javier, quiero descansar este fin de semana.
Él ni levantó la mirada:
Ajá.
No, en serio. Solo dormir, estar sola. Un día. Aunque sea medio.
Pues descansa asintió él, y volvió a la pantalla luminosa.
Cayetana lo observó. Quiso explicarle el agotamiento en el cuerpo, la ausencia de un minuto de silencio en toda la semana, el trabajo con sus plazos, la casa con sus mamá, mamá, mamá, los fines de semana que eran carreras: desayuno, extraescolares, mercado, comida, deberes, cena, limpieza.
Pero él ya no escuchaba.
Se encogió de hombros. Y se metió en la cama.
Sábado
La mañana se desgranó como siempre.
Siete. El pequeño saltó sobre su cama como si fuera un barco:
¡Mamá! ¿Puedo ver los dibujos?
Cayetana entreabrió un ojo. Javier, a su lado, dormía tan ancho, adueñándose de la cama como un rey medieval.
Baja la voz susurró ella, papá duerme.
¿Me los pones tú?
Se levantó.
Puso los dibujos animados. Sirvió zumo. Preparó cereal.
Javier apareció en el desayuno fresco, con energía. Le plantó un beso en la cabeza.
Buenos días, guapa.
Cayetana sonrió cansada:
Buenos días.
Él desayunó volando. Se vistió. Cogió las llaves.
Cayetana se quedó quieta:
¿Adónde vas?
Ah, se me pasó decirte. Hoy celebramos el santo de Juan. Bueno, no es el santo en sí, pero hacemos algo con los chicos. Estaré todo el día, seguramente.
Cayetana sintió algo cerrándose dentro.
Javier. Lo hablamos ayer. Quería descansar.
Él levantó las cejas, sorprendido:
Pues descansa, mujer. Yo no te quito nada.
¿Y los niños?
La miró perplejo:
¿No te las apañas siempre tú? Esto no es nuevo.
Y se fue.
Se cerró la puerta. Cayetana se quedó plantada en el recibidor, trapo húmedo en mano.
El pequeño gritó desde el cuarto:
¡Mamá! ¡Rodrigo me ha pegado!
¡Mentira! ¡Él empezó!
Cayetana cerró los ojos.
Inspiró hondo.
Y entonces lo decidió.
Sacó el móvil. Marcó a su madre:
Hola, ¿podemos ir a tu casa? Unos días, con los niños.
Su madre no preguntó nada.
Solo dijo:
Os espero.
Preparativos
Cayetana entró en el cuarto infantil.
Rodrigo y Martina sentados entre montañas de juguetes repartidos por todo. Un sábado corriente.
Chicos, nos vamos a casa de la abuela.
Martina levantó la cabeza:
¿Mucho rato?
El fin de semana.
¿Y papá?
Cayetana se forzó a sonreír:
Papá tiene que trabajar. Irá luego.
Rodrigo puso morros:
¡No quiero! ¡Estoy jugando!
Lo llevas contigo.
Cayetana dobló con mimo pijamas, mudas, cepillos de dientes, juguetes favoritos, los cargadores de las tabletas.
Mientras ellos se vestían, ella volvió a la cocina.
Abrió la nevera.
Chorizo. Queso. Yogures. Queso fresco. Huevos. Verduras para el pisto.
Fue sacando bolsas despacio. Todo, a la bolsa térmica.
No sentía rabia. Solo recogía lo que era para los niños.
Que Javier se las apañe.
Solo quedaron las cervezas y un bote de aceitunas.
Cayetana sonrió irónica al cerrar la puerta.
Los niños en el asiento de atrás. Rodrigo ya hipnotizado por la tableta. Martina mirando las nubes por la ventana.
Cayetana encendió el motor.
La carretera avanzaba en silencio.
Martina preguntó, flotando:
Mamá, ¿por qué papá nunca viene a casa de la abuela?
Está ocupado, cariño.
Rodrigo apartó la tableta:
¡Porque papá es importante! ¡Tiene que ver a la gente!
Martina frunció el ceño:
¿Y mamá no es importante?
Ahí estaba, la sabiduría de los nueve años.
Cayetana buscó su reflejo en el retrovisor. Miró a su hija a los ojos.
Mamá también es importante dijo bien claro. Pero se le olvida a veces.
Martina asintió. Como si entendiera más de lo dicho.
Con la abuela
La abuela les abrazó en el umbral, entre besos y el olor de empanada.
¡Ay, qué alegría! ¡Se os echa de menos!
Los niños entraron en estampida, tirando abrigos y yendo directos al baúl de los juguetes viejos.
Cayetana se quedó en la cocina.
Su madre sirvió té. Le acercó un plato de galletas.
Cayetana exhaló:
No preguntes.
No pregunto.
Silencio.
Se ha vuelto a ir Cayetana rodeó la taza con sus manos. Se lo dije. El viernes. Quiero un descanso. Él asintió. Y hoy: Que si Juan celebra su santo, hasta luego.
Su madre apretó los labios:
¿Y qué has hecho?
He cogido a los niños. La compra. Me fui.
¿Ya?
Ya.
Su madre sonrió por primera vez.
Bien hecho.
Cayetana bufó:
¿Sí? Pensé que me dirías: Aguántalo, hija, es tu marido, está cansado.
La cansada eres tú le cogió la mano. Veinte años aguanté yo. ¿Sabes cómo acabó?
¿Cómo?
Tu padre nunca aprendió a valorar nada. Porque yo no se lo enseñé.
Cayetana la miró, asombrada.
Nunca contaste eso.
Quería que no cometieras mis mismos errores encogió hombros. Pero cada mujer lo aprende sola.
Cayetana apuró su té. Dejó la taza.
No quiero que Martina piense que ser madre es ser la sirvienta de la casa.
Enséñale otra cosa.
Noche
Cayetana se acurrucó en el sofá de su madre. Los niños dormían en la habitación azul.
El móvil no paraba.
Llamadas.
Javier.
Cayetana miró la pantalla. No descolgó.
Que sienta el silencio. Por una vez.
Llegó un mensaje:
¿Dónde estáis? ¿Por qué no contestas? ¿Qué pasa?
Cayetana sonrió.
Tecleó corta:
Descansando.
Y silencio.
El regreso de Javier
Javier volvió a casa a las ocho y media.
Cansado, pero contento, con la chispa de quien ha bebido y media sonrisa torcida.
El día fue redondo. Cervezas, barbacoa, fútbol en la tele. Juan de risas y anécdotas.
Abrió la puerta. Se descalzó.
¡Caye! Ya estoy.
Silencio.
¿Cayetana?
Nada.
Fue a la cocina. Encendió la luz.
Vacío.
Ni platos en la mesa. Ni aromas de cena. Nada.
Raro.
Abrió la nevera y se quedó quieto.
Vacía.
Del todo.
Solo sus cervezas abajo y las aceitunas.
Pero qué…
Cerró de golpe. Miró el salón.
Sin niños. Sin juguetes.
En la habitación igual.
Solo.
Buscó el móvil. Llamó a Cayetana.
Ella colgó.
Insistió.
Colgó otra vez.
Joder…
Escribió:
Cayetana, no tiene gracia. ¿Dónde están los niños?
Nadie contestó.
Javier iba de un rincón a otro, la cabeza dando vueltas.
¿Y si ha pasado algo? ¿A dónde se han ido?
Marcó a la amiga de Cayetana, Claudia:
¡Hola! ¿Sabes dónde está Cayetana?
Lo sé frío su tono.
¿Dónde?
Descansando.
Claudia, venga, que la casa está vacía, no están los niños…
Están con ella. Está todo bien.
¿Cómo que bien? ¡No contesta! ¡La nevera vacía!
Javier suspiró Claudia. ¿Tú qué esperabas?
¿De qué hablas?
De que ella solo pedía un día de descanso. Solo uno. Y tú te fuiste de juerga sin preguntar.
Javier se quedó sin palabras.
Pero… yo suponía…
¿Que lo haría todo como siempre? ¿Eso?
Apretó los dientes:
Claudia, dime dónde está…
Está a salvo. Y los niños también. Ya no tienes que preocuparte.
Tuuut.
Javier tiró el móvil al sofá.
Darse cuenta
Se sentó en la cocina.
Nunca la casa había sido tan silenciosa.
Siempre había ruido. Voces. Cayetana en la cocina. Los niños jugando o gritando. Música. Vida.
Ahora, solo vacío.
Se frotó la cara.
Recordó la noche anterior.
Javier se levantó. Abrió el congelador.
Quedaba una bolsa de croquetas. Lo último.
Puso agua al fuego.
Esperó a que hirviese, mirando el vaivén de las burbujas.
En la mesa vio solo entonces un papel doblado.
Lo abrió.
La letra de Cayetana, clara y firme.
Tú solo te apañas.
Nada más.
Lo leyó tres veces.
Javier se sentó de nuevo.
Las croquetas se hinchaban en el agua. Se olvidó de ellas.
Por vez primera en años, lo comprendió.
Estaba solo.
No pudo dormir.
Escribió un mensaje:
Cayetana, perdóname. Fui un imbécil. Vuelve. Por favor.
Sin respuesta.
Otro:
Lo entiendo de verdad. Cambiaré.
Nada.
Sin vosotros no soy nada.
Vio leído.
Pero no hubo respuesta.
Cerró los ojos.
Ella siempre perdonaba. Pero ahora era distinto.
Sintió que algo se había roto.
De verdad.
Y por primera vez, tuvo miedo.
Domingo
Cayetana se despertó a las diez.
¡A las diez!
¿Desde cuándo?
Se estiró. Sonrió.
Fuera, su madre paseaba con los niños. Rodrigo correteaba tras las palomas, Martina recogía hojas doradas.
Cayetana preparó café.
Se sentó junto a la ventana.
El móvil, en silencio.
A Javier lo bloqueó después del décimo mensaje. No por rabia. Por agotamiento.
Que pruebe él la soledad, como yo tantas veces.
Lunes. El regreso
Cayetana volvió el domingo por la noche.
Javier la esperaba en la cocina. Blanco, con cara de mala noche.
En la mesa, los restos de su desastre.
La miró:
Has vuelto.
A por ropa dijo ella, tranquila.
¿Cómo que a por ropa?
La mía. Y la de los niños. Necesitamos más cosas.
Javier se levantó. Se acercó:
Caye. Lo siento. Me he dado cuenta de verdad. Fui idiota.
Ella pasó a la habitación. Guardó sus cosas. Pijamas de los niños.
Él la seguía:
Cayetana, dame una oportunidad. Cambiaré. Ayudaré de verdad. Con los niños, la casa, todo.
Ella arreglaba la ropa.
Javier, no tienes que ayudarme. Es tu casa. Tus hijos. Tienes que ser responsable.
¡Lo seré! ¡Lo prometo!
Ella suspiró:
Eso lo he oído. Tras cada pelea. Una semana y todo igual.
Esta vez no será así.
¿Por qué iba a ser diferente?
Porque… se le quebró la voz porque tengo miedo.
Salió hacia la puerta.
Él la agarró por el brazo:
Caye, espera. ¿Qué hago?
Cayetana le miró de frente:
Nada. Quédate. Solo. Una semana. Dos, lo que haga falta. Vive así. Siente cómo es.
Javier soltó su mano.
Cayetana se fue.
Epílogo
Dos semanas después, Cayetana estaba en la cocina de su madre.
Los niños hacían deberes. Vibró el móvil.
Javier.
Cayetana respondió:
Dime.
Hola. ¿Cómo estáis?
Bien.
Pausa.
Me he apuntado a un curso dijo en voz baja. De psicología infantil. Y he comprado un libro. Sobre paternidad consciente.
Cayetana arqueó las cejas.
¿En serio?
En serio. Prometo ser buen padre. Y marido.
Ella calló un momento.
Es un camino largo, Javier.
Lo sé suspiró. Pero quiero recorrerlo.
Cayetana sonrió.
Pero ten claro que es tu última oportunidad.
Gracias su voz tembló.
Colgó.
Y pensó: Veremos. Quizá cambie de verdad.







