Adrián, no quiero hacerte daño, cariño.
Adrián se sentó en el alféizar de la ventana y contempló la calle de Madrid a través del cristal empañado. Esperaba a su padre, mientras los pensamientos le daban vueltas. Ya habían pasado dos años desde que su madre los dejó. Se había hecho, para sí, otra vida y otra familia, le oyó decir a papá una vez, con un cansancio que dolía. ¿Por qué lo abandonó a él, su hijo? Nadie lo sabía. Para Adrián, nunca quedó claro. Poco a poco empezó a olvidarla. La familia seguía adelante.
Su padre hacía lo imposible por él. Ya tenía diez años el chico; a esa edad, mucho se entiende y casi nada se puede ocultar. Aunque vivir sin madre parecía no tener sentido. Había aprendido a fregar los platos y a mantener ordenado su pequeño cuarto. Las canicas y los soldaditos ya no le decían nada.
Ahora casi parecía un hombrecito. Pero, a la vez, Adrián se sentía profundamente solo. Soñaba con tener un perro que le hiciera compañía. Sin embargo, su padre siempre le negaba aquel deseo.
¿Quién va a cuidarlo? Yo trabajo a todas horas y tú, hijo, tienes clases y aún eres muy pequeño.
En lugar de un perro, un día su padre llegó a casa acompañado de una mujer. Se llamaba Carmen. Muy pronto empezó a compartir el piso con ellos. Adrián apenas le dirigía la palabra; la veía como una extraña, alguien fuera de lugar. Sin embargo, su padre la llamaba mi esposa y deseaba que Adrián aceptara una nueva madre en su vida.
No la necesito sentenció Adrián con frialdad. Así fueron pasando los días. Adrián veía a su padre feliz con Carmen: reían juntos, se abrazaban, compartían confidencias. Pero él sentía una herida que no sanaba, como si una espina doliera en su interior cada vez más.
Papá, quiero que ella se vaya.
Adrián, yo quiero que se quede. Es duro vivir sin una mujer, sin una esposa ni una madre en casa.
Con la llegada de la primavera, Adrián empezó a jugar en la plaza con otros chavales del barrio. Unos nuevos amigos le contaron, entre risas y medias verdades, que su padre y la nueva esposa acabarían llevándolo a un internado.
Aquella idea le heló la sangre. ¿Y si de verdad lo abandonaban? Quizá querían tener un hijo propio, y él sólo estorbaba. Decidió prepararse para el peor escenario posible.
Un día, entreabierta una puerta, escuchó un retazo de conversación: Allí estará bien, deberíamos llevarlo.
Aquello fue la gota final. No pegó ojo en toda la noche, y por la mañana decidió que Carmen debía irse. Empezó a hacerle la convivencia imposible: echó sal en el té, dejó el gas abierto con la sartén vacía, le contestaba con mal genio. Ella pronto adivinó quién estaba detrás de aquellas pequeñas maldades. Lo llamó una noche al salón, con voz suave y grave.
Tenemos que hablar, Adrián. Sé que estás enfadado.
No estoy enfadado por nada intentó zafarse él, mirando al suelo.
Adrián, jamás quisiera herirte, mi corazón
Cogió aire y siguió:
He alquilado una casita cerca de la sierra, para pasar el verano. Íbamos a darte una sorpresa, pero creo que hay que hablar claro. Tu padre ha encontrado un cachorro en adopción; hoy lo recogeremos juntos. ¿Quieres venir?
¿¡De verdad!? Adrián apenas podía creerlo, pero empezó a abrazarla con todo el ímpetu de un niño.
A Carmen se le escapó una lágrima y le acarició la cabeza.
Venga, ahora tienes motivos para sonreír. Todo va a salir bien, no llores, cielo.
Cuando su padre regresó esa tarde de la oficina, los tres salieron juntos rumbo a la protectora. Adrián, de la mano de Carmen, sentía cómo su resentimiento se deshacía, transformándose en una tímida ternura. El perrito, pequeño y alegre, se quedó dormido en los brazos de Adrián. Por primera vez desde hacía mucho, toda la familia estaba en paz y sonreía de verdad.







