Con el corazón palpitante, Lucía llamó a la puerta. El silencio fue su única respuesta.
Con la misma incertidumbre, Lucía sacó la llave de su bolso y abrió la puerta… ¡Dios mío, cuánto tiempo había pasado desde la última vez que estuvo allí! Todo seguía igual, nada había cambiado en aquella casa antaño tan acogedora y querida, pero ahora todo se sentía frío y ajeno.
Había pasado casi un año desde la discusión con Alejandro. Antes, también solían pelear, y Lucía, con lágrimas en los ojos, agarraba a su hija Pilar y se marchaba a casa de su madre. Generalmente, al día siguiente, Alejandro la echaba de menos y acudía para reconciliarse. Todo volvía a la normalidad, y la paz traía un aire de renovación a su relación. Sin embargo, aquella última vez fue distinto…
Intentando dejar atrás los recuerdos, Lucía se dirigió directamente al armario en busca de unos papeles importantes. Todo estaba tal y como lo había dejado, perfectamente ordenado en una carpeta. Hacía ya dos meses que un joven, que desde hacía tiempo sentía algo por Lucía, la cortejaba con perseverancia. Aunque entre ellos no había surgido nada aún, la semana anterior él le había pedido formalmente su mano.
Durante toda esa semana, Lucía no había conseguido pegar ojo, como si algo pesado la oprimiese. No era capaz de tomar una decisión. Al principio, creyó que la ruptura con Alejandro se solucionaría pronto. Imaginaba que él volvería, llamaría a la puerta como siempre, mirándola hasta el alma y le susurraría: ¡Cuánto te he echado de menos!
Pero los días pasaban, los meses se deslizaban sin que nada cambiase. Cada vez veía menos a Alejandro, y él se mostraba más frío y distante; entre los dos había surgido un abismo. Solo venía a buscar a Pilar, la cogía de la mano en silencio y se la llevaba. Luego la traía de vuelta, también en silencio. Pilar charloteaba alegre, presumiendo de los regalos de su padregirando frente al espejo con un vestido nuevo o estrenando zapatos. Y Lucía recordaba cómo le brillaban los ojos a Alejandro cuando le hacía regalos a ella… Ahora, en cambio, ni siquiera la miraba. Les resultaba incómodo estar juntos, y Lucía solía refugiarse rápidamente en su cuarto. Su madre, que nunca se preocupó demasiado por Alejandro, solía repetir: Lo que Dios da, siempre es lo mejor. Poco a poco, Lucía empezó a creerlo.
Después de un profundo suspiro, Lucía posó una última mirada al salón yde pronto, quedó paralizada al ver a Alejandro dormido en el sofá. Seguramente, recién salido de su turno de trabajo. Quiso marcharse sin hacer ruido, pero algo la detuvo, obligándola a quedarse. Cada facción de su rostro le resultaba dolorosa y querida: la mandíbula sin afeitar, las ojeras oscuras… Lucía se sentó junto a él, despacio. ¿Qué sabía realmente de este hombre con el que compartía su vida desde hacía años? ¿Qué pensamientos se ocultaban tras su ceño fruncido? Rememoró al joven Alejandro, con su mirada limpia y su sonrisa clara y cálida… Siempre había pensado que se enamoró precisamente de esa sonrisa que le dio la vuelta a su mundo por completo. ¿Podía ser que aquel joven alegre y este hombre cansado fuesen el mismo? Y, sin embargo, no había pasado tanto tiempo. Aquella sonrisa volvió a tintinear en su memoria, tan viva y real que parecía un reproche para ella, Lucía.
¿En qué momento todo aquello se perdió? Miró alrededor, casi buscando un culpable de su vida rota. El corazón le latía dolorido, llenándose de tristes recuerdos. Su pequeño y mágico mundo, antaño lleno de cuentos, se fue ahogando poco a poco en reproches y desencuentros, en lágrimas y malentendidos. Alejandro, siempre agotado, trabajando en tres empleos para que nada faltara en casa, para que ella y Pilar tuvieran lo que necesitaban y nunca dependieran de nadie… Lucía tuvo tiempo de pensar y comprender que, en realidad, le había faltado paciencia, flexibilidad y sabiduría femenina…
Y sin embargo, un día fueron inmensamente felices. No era solo una ilusión o un sueño pasajero. Lucía se levantó de golpe, deseando convencerse a sí misma de esa verdad. Sus ojos se posaron en la mano de Alejandro, descansando sobre su… álbum de bodas, en cuya foto brillaban de alegría…
De pronto, su mano tembló, haciendo que las fotos cayeran suavemente al suelo. Al mirar a su alrededor, Lucía se quedó sin aliento… Alejandro la estaba mirando.
¿Lucía, has vuelto? sus ojos relucían de alegría, y ella sintió insoportable la idea de haber estado a punto de marcharse para siempre apenas media hora antes.
La vida, entendió Lucía en ese instante, no es la ausencia de conflictos sino la capacidad de recordar, aún en los momentos oscuros, la luz que un día unió dos corazones. Aprender a mirar al otro con comprensión y una sonrisa, hace que lo perdido pueda volver, si uno lo acoge de nuevo con el alma.






