Llevaba ya varios días sin poder estar tranquilo. Iván estaba muy preocupado por su esposa Lilia, que se encontraba en la ciudad sometiéndose a unas pruebas médicas, mientras él permanecía en su querido pueblo natal, esperando noticias con ansiedad y esperanza. Lilia nunca se había quejado de nada, e Iván siempre pensó que no tenía ningún problema. Llevaban treinta años casados y habían criado juntos a dos hijos. La casa funcionaba gracias a ella: cocinar, limpiar y todas las tareas domésticas recaían sobre su mujer. Iván consideraba que así debía ser: lavar platos o ponerse ante los fogones no era, según él, cosa de hombres. Y eso que su esposa no era ama de casa: trabajaba como contable en la misma empresa que él. Al volver del trabajo, Iván solía quejarse de lo duro que había sido el día y se tumbaba en el sofá a ver la tele. Mientras, Lilia se apresuraba a la cocina para preparar la cena y la comida del día siguiente, fregaba los platos, ponía la casa en orden, planchaba la ropa… En definitiva, se encargaba de todos esos quehaceres que nunca parecen acabar. En casa siempre estaba limpio y reinaba el bienestar. La comida era siempre fresca y deliciosa sobre la mesa. Iván no soportaba comer lo mismo dos días seguidos, así que Lilia pasaba horas en la cocina. Nunca se quejaba ni pedía ayuda a su marido, y a él ni siquiera se le ocurría ofrecerse. ¿Para qué? Eso no era cosa de hombres. Cuando Lilia pidió un día libre para ir al médico, Iván se sorprendió mucho. —¿Qué te pasa? —le preguntó—. ¿No estarás enferma? —Eso espero que no —respondió Lilia—. Sólo me encuentro algo mal últimamente. —¿Quizá necesitas tomar vitaminas? —sugirió Iván—. Ya sabes, es primavera. —Puede ser —respondió ella encogiéndose de hombros. Aquella noche, cuando Iván regresó del trabajo, Lilia le anunció que tendría que ir a la ciudad para hacerse más pruebas. —¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó Iván sorprendido. —Sospechan que podría tener algo grave, así que me han dado un volante para la consulta en el hospital de la provincia. —¿Qué quieres decir con ‘grave’? No será… ¿lo mismo que le pasó a tu madre…? —De momento son sólo suposiciones —respondió ella, intentando calmar a Iván mientras por dentro se moría de miedo y ya había llorado mientras él no estaba—. Ya he comprado el billete de autobús, salgo mañana a las ocho. Cenate tú solo, ¿vale? Tienes filetes y arroz en la encimera, y la ensalada está en la mesa. Necesito preparar mis cosas e irme a dormir pronto. —¿Tú ya has cenado? —No tengo hambre —dijo Lilia, empezando a hacer el equipaje. Iván la contemplaba y no podía creerse lo que estaba pasando. ¿Podría ser que Lilia tuviera un problema serio? Ella siempre había derrochado energía y nunca se quejaba. Y ahora, de repente… —Creo que ya he metido todo lo que voy a necesitar —dijo su esposa. —No te olvides del cargador del móvil —le recordó él. —Sí, el cargador, gracias Iván. ¿Y tú por qué no cenas? —Tampoco tengo hambre… —¿Te he preocupado mucho? —Bastante —admitió él. Miró la maleta en la que Lilia guardaba sus cosas, y de pronto recordó las vacaciones que nunca tuvieron en el mar, cuando compró esa misma maleta hace cuatro años. ¡Cómo disfrutaba su mujer planeando ese viaje! Hacía mucho que no se iban a ninguna parte: las vacaciones siempre las pasaban en la casa de campo. Lilia se compró dos bañadores nuevos, un vestido bonito y un sombrero de paja. Pero nunca hicieron aquel viaje. De repente, a Iván le ofrecieron sustituir a un compañero enfermo en el trabajo. El jefe prometió un buen incentivo y él aceptó, pensando que era absurdo rechazarlo. Además, querían hacer reformas en el dormitorio y ese dinero les vendría genial. Pensó que a Lilia no le importó, incluso la notó contenta por su decisión. Pero esa noche la escuchó llorar bajito en la oscuridad. Ella le dijo que había tenido una pesadilla, pero ahora se daba cuenta de que lo que le dolía de verdad era no haber podido ir al mar tan deseado. El año siguiente tampoco pudieron ir, y después Lilia simplemente dejó de mencionar ese viaje. Para Iván, mejor así: no le apetecía ir a ningún sitio. ¿Para qué, si en la casa de campo siempre hay cosas que hacer, y puedes invitar a los amigos a una barbacoa? Además, cerca hay un río estupendo para bañarse. ¿Para qué gastar dinero saliendo de viaje si en casa se está de maravilla? Ahora, esa maleta servía no para llenarla de bikinis, vestidos y sueños, sino para desplazarse a la ciudad y enfrentarse a una consulta médica… ¿Y si…? A Iván se le encogió el corazón sólo de pensarlo. Aquella noche no pudo cenar, y tardó horas en dormirse. Se tumbó al lado de su esposa y escuchó cómo ella sollozaba en silencio. Le habría gustado abrazarla, consolarla, pero por alguna razón no se atrevió. Por la mañana acompañó a Lilia a la estación. Justo antes de subir al autobús, se abrazaron, e Iván sintió que no quería soltarla… Siguió el autobús con la mirada y las lágrimas le pugnaban por salir. —Lilia… —murmuró quedo—. Mi vida, que todo salga bien… Se sintió vacío, pero tuvo que recomponerse y marcharse a trabajar. Sumergido en la rutina, consiguió apartar por unas horas los pensamientos tristes, pero al volver a casa la tristeza volvió a apoderarse de él. Sin su mujer, el piso estaba vacío y todo le resultaba hostil. Se obligó a calentar la cena de la víspera y comió un poco. Buscando distraerse, encendió la tele, pero nada le interesó y la apagó. Sacó el álbum de fotos y pasó las páginas. Ahí estaban, recién casados… Qué guapa era, tan menuda, tan especial. Claro que aún seguía siendo hermosa, pero entonces… Desde el primer instante se enamoró de ella. Si alguien le hubiera dicho que eso del amor a primera vista podía ocurrirle, hubiera pensado que era una tontería. ¿Amor a primera vista? Patrañas. Eso no existía, al menos no para él. Pero ocurrió. Esa noche discutió con su novia de entonces, Katia. Ella no pudo evitar notar cómo miraba a Lilia y, sacándolo a la calle, le montó una escena. —Pues si quieres, ya está —le dijo Iván—. Hace mucho debimos dejarlo, yo nunca te quise. Katia se fue llorando, pero a la semana ya salía con Víctor, su eterno pretendiente del colegio. Tiempo después se casó con él. A Lilia le costó más conquistarla. Aunque rompió con su novio de entonces, no cayó enseguida en los brazos insistentes de Iván. Pero finalmente le correspondió… Pasando las páginas del álbum, Iván revivía los momentos más felices con Lilia… Qué feliz había sido durante todos esos años a su lado, y qué poco lo había valorado. ¿Cuándo fue la última vez que le dijo que la quería? ¿O que estaba guapa? No lo recordaba. Seguramente ni siquiera le daba las gracias por la cena: consideraba que todo eso era lo normal. La mujer tenía que cuidar del marido, ¿no? Así había sido siempre. Ahora por fin se daba cuenta: Lilia cargaba sola con todo, mientras él pensaba que era tan fuerte que no conocía el cansancio. Cuando él se ponía enfermo, Lilia le preparaba caldo y zumos, escuchaba todas sus quejas y lo cuidaba… Si era ella la que enfermaba, se tomaba cualquier cosa y se iba a trabajar… Le aterraba la idea de perderla… Esos días, mientras ella estaba en la ciudad para los exámenes médicos, Iván vivía en automático. Hablaban cada día, pero Lilia aún no le daba noticias claras… e Iván no hallaba consuelo. Se recriminaba no haber sido un marido más atento, se veía egoísta… ¡Si pudiera retroceder y cambiarlo todo! —¡Iván, tengo buenas noticias! Al final no es nada grave. Sí que tengo algunos problemas, pero no es lo que temía… —le anunció Lilia una tarde por teléfono, cuando él no podía más del desasosiego. —¿De verdad? —gritó emocionado—. Lilia, ¡soy tan feliz de escucharlo…! Días después, Iván la esperaba en la estación con un ramo de sus flores favoritas, lirios blancos. —¿Iván, para qué te has molestado en comprar flores? —se sorprendió ella—. Pero me hace mucha ilusión, ¡gracias! —He estado tan preocupado por ti… —dijo Iván, abrazándola. —Te quiero tanto… Perdóname… —¿Por qué, Iván? —se asombró Lilia. —No he sido el mejor marido en todos estos años… —¿Por qué lo dices? ¿No habrás…? —¡No, qué va! —exclamó Iván—. Sólo que no me he preocupado por ti, apenas te he ayudado. Pero eso se acabó. Y tengo una sorpresa para ti. —¿Cuál? —He comprado billetes: en un mes nos vamos de vacaciones juntos al mar. —¿Al mar? ¿Y la casa de campo? —¡Que le den a la casa de campo! —respondió Iván, quitándole importancia—. Hasta podríamos venderla. Las verduras las compramos en el mercado. —No te reconozco, Iván… —Ni yo a mí mismo, Lilia. He tenido tanto miedo de perderte… Ahora voy a cuidarte como el mayor de los tesoros… Te amo de verdad… —¡Ay, Iván! —sonrió Lilia—. Supongo que todo esto tenía que ocurrir para que pudiera oír de tus labios esas palabras. Anda, vámonos a casa… Yo también te quiero…

Ya llevaba varios días que Iván no encontraba consuelo. La inquietud lo devoraba pensando en su esposa, Lucía, quien estaba sometiéndose a unas pruebas médicas en Madrid. Iván, mientras tanto, permanecía en su casa del pequeño pueblo de Ávila, esperando con una mezcla de esperanza y temor noticias de su mujer.

Lucía jamás se había quejado de nada, e Iván se había acostumbrado a pensar que su esposa era inquebrantable. Llevaban treinta años casados y habían criado a dos hijos juntos. Era Lucía el pilar de su hogar. Cocinaba, limpiaba, lo organizaba todo. Iván pensaba que ése era el orden natural de las cosas. Lavar los platos o cocinar, eso no era faena de hombres.

Sin embargo, Lucía tampoco era ama de casa. Era contable en la misma empresa donde trabajaba él. Al volver de la oficina, Iván siempre se quejaba del cansancio y se tumbaba en el sofá a ver la televisión, mientras Lucía, sin demorarse, se metía en la cocina a preparar la cena y la comida del día siguiente; después lavaba los platos, ponía la casa en orden, planchaba la ropa Las tareas domésticas parecían multiplicarse sin fin.

La casa, gracias a ella, rebosaba limpieza y calor. Siempre había algo fresco y delicioso sobre la mesa. A Iván le desagradaba comer lo mismo dos días seguidos, así que Lucía pasaba horas en la cocina. Nunca protestaba ni pedía ayuda. Y a Iván ni se le pasaba por la cabeza ofrecerla. ¿Para qué? Eso no era cosa de hombres.

El día que Lucía pidió en el trabajo un día libre para hacerse una revisión, a Iván le cogió completamente por sorpresa.

¿Qué pasa? le preguntó, sin ocultar la preocupación. ¿Te encuentras mal?

Espero que no respondió Lucía, intentando quitarle hierro. Pero llevo un tiempo sintiéndome rara.

Igual lo que necesitas es un poco de vitaminas ¡Si es que la primavera siempre nos deja blandos! sugirió Iván.

Puede ser respondió Lucía encogiéndose de hombros.

Aquella noche, al volver él del trabajo, Lucía le anunció que tenía que irse a Madrid para pasar las pruebas.

¿Cómo? ¿Tan grave es? Iván miraba a su esposa, incrédulo.

Tienen sospechas sobre mi salud. Por eso me han dado cita en el hospital de la capital.

¿Sospechas de qué? ¿Me estás diciendo que puede ser lo mismo que le pasó a tu madre?

De momento no son más que suposiciones intentó tranquilizarle Lucía, aunque la congoja le apretaba el pecho y ya había llorado a solas antes, cuando Iván no estaba. Ya he comprado el billete de autobús, salgo mañana a las ocho de la mañana. Cena lo que hay hecho, ¿vale? Te he dejado albóndigas y arroz en la encimera, y ensalada en la mesa. Necesito terminar de preparar la maleta y quiero acostarme pronto.

¿Tú ya has cenado?

No tengo hambre dijo Lucía mientras doblaba ropa y la metía en la bolsa de viaje.

Iván la miraba, sintiendo una inquietud desconocida. Lucía, siempre vital, nunca se quejaba ¿Cómo era posible que ahora estuviese así?

Creo que ya lo tengo todo dijo ella cerrando la cremallera de la bolsa.

No te olvides del cargador del móvil susurró él, casi como un niño.

Sí, tienes razón. ¡Gracias, Iván! ¿Tú no vas a cenar?

No tengo ganas

¿Te he dejado preocupado?

Ajá murmuró Iván.

Su mirada se detuvo en la bolsa de Lucía y recordó cómo, cuatro años atrás, la habían comprado juntos para por fin ir de vacaciones al mar. Ella estaba tan ilusionada Habían pasado todos los veranos en el chalet familiar de Ávila. Lucía se había comprado dos bañadores coloridos, un vestido precioso y un sombrero de paja. Pero la escapada se frustró: en el trabajo le ofrecieron a Iván sustituir a un compañero enfermo y el jefe prometió una buena paga extra. Iván aceptó pensando que sería absurdo desperdiciar esa oportunidad, que llevaban tiempo queriendo reformar su dormitorio y ese dinero vendría genial.

Por entonces, creyó que Lucía lo entendía, incluso parecía contenta. Pero aquella noche, la escuchó llorar en silencio. Cuando él le preguntó, Lucía murmuró que había tenido una pesadilla. Ahora, revisando todo aquello, Iván comprendía por fin que su esposa había llorado por no poder hacer aquel viaje con el que tanto soñaba.

No fue solo ese año, al siguiente tampoco pudieron, y Lucía dejó de mencionarlo. Iván se sentía incluso aliviado; no le apetecía salir. Si en el chalet había leña que cortar, unas chuletillas que asar, amigos que invitar ¿Qué falta hacía marcharse lejos, gastarse dinero, si se podía descansar en casa?

Ahora, Lucía preparaba la bolsa no para irse al mar, sino para acudir al hospital de Madrid. ¿Y si? El miedo se le instaló en el estómago como una piedra.

Esa noche no cenó y, aunque se metió en la cama, le costó conciliar el sueño. Escuchó a Lucía sollozar suavemente, pero algo lo retenía para abrazarla y consolarla.

Por la mañana, acompañó a su esposa a la estación de autobuses. Antes de subir, se abrazaron. Iván sintió en el pecho unas ganas tremendas de no soltarla nunca.

Se quedó allí viendo cómo el autobús desaparecía en la carretera, con las lágrimas a punto de brotarle.

Lucía murmuró, casi sin voz. Mi vida que todo salga bien

Se sentía vacío, pero no le quedaba otra que sobreponerse y marcharse al trabajo. Allí, intentando sumergirse en los números y el papeleo, logró distraerse durante unas horas. Sin embargo, en cuanto entró de nuevo en la casa, un golpe de tristeza le recorrió el cuerpo. El piso, sin Lucía, parecía tan frío y oscuro Calentó la cena de la noche anterior, comió un poco, pero el apetito había desaparecido.

Intentando serenarse, puso la televisión, pero nada le resultó interesante y la apagó enseguida.

Se levantó y sacó el álbum de fotos del armario. Pasó las páginas con los dedos temblorosos, deteniéndose en la imagen de ellos recién casados. ¡Qué bonita era Lucía! Delgada, radiante Ahora también lo era, pero entonces entonces su sonrisa le había robado el juicio.

Se conocieron en la fiesta de cumpleaños de su amigo Paco. Lucía llegó acompañada de otro chico. Iván, por su parte, fue con una chica, Marta. Pero al ver a Lucía se enamoró al instante. Si alguien le hubiera dicho que eso del flechazo era real, se habría reído en su cara. ¿Enamorarse así, de golpe? Pamplinas. Eso no le podía pasar a él. Y sin embargo, así fue.

Aquella noche, Marta le montó una escena fuera de la casa, nada más darse cuenta de que Iván no despegaba la mirada de Lucía.

Pues muy bien le dijo Iván. Ya iba siendo hora de que cada uno tirase por su lado. Si nunca te he querido, Marta.

Ella se fue llorando. Pero, al poco, comenzó a salir con Víctor, el chico que la cortejaba desde el instituto. Y tiempo después, se casó con él.

A Lucía, sin embargo, le costó más conquistarla. Hasta después de que ella rompiese con el chico con el que había ido aquella noche, no cedió ante la insistencia paciente de Iván. Hasta que finalmente Lucía correspondió a su amor

Pasaba las páginas del álbum, reviviendo cada instante de felicidad a su lado. ¡Cuánto la había querido todo ese tiempo! Y sin embargo, ¿la había valorado de verdad? ¿Cuándo fue la última vez que le dijo un te quiero, o le hizo un cumplido? Ni siquiera recordaba si alguna vez le había dado las gracias por una cena bien hecha, dándola por sentada, como si fuese lo más normal del mundo que la esposa cuidara del marido.

Solo ahora, al enfrentarse a la posibilidad de perderla, Iván comprendía cuantas cargas había puesto sobre los hombros de Lucía. Cuando él enfermaba, ella lo cuidaba con caldos, infusiones, rodeándolo de atenciones Pero si era ella la que caía, apenas se quejaba, bebía un paracetamol y se iba a trabajar.

El pánico le invadía ante la idea de quedarse sin Lucía. Aquellos días, mientras ella estaba en exámenes médicos, se movía como un autómata. Se llamaban todos los días, pero Lucía no le decía nada concreto e Iván seguía sumido en la incertidumbre.

Se torturaba pensando en todas las veces que fue egoísta; en que podía haber sido mejor marido. Si pudiera arreglarlo todo

Una tarde, cuando no podía más con los nervios, recibió la ansiada llamada.

¡Iván, tengo buenas noticias! No era lo que temían. Tengo algunos problemas de salud, sí, pero nada grave le dijo Lucía, la voz temblando de alivio.

¿De verdad? ¡Lucía! No sabes cuánto me alegra oírlo

Cuando unos días después Iván la recibió en la estación de autobuses, llevaba en las manos un ramo de lirios blancos, sus preferidos.

Iván, ¡pero qué exagerado eres! ¿Cómo te has gastado el dinero en flores? protestó Lucía, aunque sus ojos brillaban de emoción. ¡Gracias, cielo!

He pasado un miedo terrible, Lucía balbuceó él al abrazarla. Te quiero tanto Perdóname, por favor.

¿Por qué, Iván? Lucía lo miraba sorprendida.

No he sido el mejor marido. No te he cuidado como mereces

¡Pero qué dices! ¿O acaso? ¿Has tenido algún lío?

¡No! ¡Jamás! respondió Iván casi indignado. Sólo pienso que podría haber estado más pendiente de ti, ayudarte más. Pero eso va a cambiar. Y por cierto te tengo una sorpresa.

¿Una sorpresa?

He comprado dos billetes de tren. Dentro de un mes, cuando estemos de vacaciones, nos vamos al mar.

¿A la playa? ¿Y el chalet?

¡Que le den al chalet! exclamó Iván, sonriendo. Si hace falta, lo vendemos. Las hortalizas se compran en el mercado.

No te reconozco, Iván

Ni yo mismo me reconozco, Lucía. He tenido tanto miedo de perderte Ahora pienso cuidarte como a mi mayor tesoro. Te quiero, Lucía.

¡Ay, Iván! sonrió ella dulcemente. Quién nos iba a decir que tenía que pasar todo esto para que por fin me digas esas palabras Vamos a casa, anda. Yo también te quiero.

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Llevaba ya varios días sin poder estar tranquilo. Iván estaba muy preocupado por su esposa Lilia, que se encontraba en la ciudad sometiéndose a unas pruebas médicas, mientras él permanecía en su querido pueblo natal, esperando noticias con ansiedad y esperanza. Lilia nunca se había quejado de nada, e Iván siempre pensó que no tenía ningún problema. Llevaban treinta años casados y habían criado juntos a dos hijos. La casa funcionaba gracias a ella: cocinar, limpiar y todas las tareas domésticas recaían sobre su mujer. Iván consideraba que así debía ser: lavar platos o ponerse ante los fogones no era, según él, cosa de hombres. Y eso que su esposa no era ama de casa: trabajaba como contable en la misma empresa que él. Al volver del trabajo, Iván solía quejarse de lo duro que había sido el día y se tumbaba en el sofá a ver la tele. Mientras, Lilia se apresuraba a la cocina para preparar la cena y la comida del día siguiente, fregaba los platos, ponía la casa en orden, planchaba la ropa… En definitiva, se encargaba de todos esos quehaceres que nunca parecen acabar. En casa siempre estaba limpio y reinaba el bienestar. La comida era siempre fresca y deliciosa sobre la mesa. Iván no soportaba comer lo mismo dos días seguidos, así que Lilia pasaba horas en la cocina. Nunca se quejaba ni pedía ayuda a su marido, y a él ni siquiera se le ocurría ofrecerse. ¿Para qué? Eso no era cosa de hombres. Cuando Lilia pidió un día libre para ir al médico, Iván se sorprendió mucho. —¿Qué te pasa? —le preguntó—. ¿No estarás enferma? —Eso espero que no —respondió Lilia—. Sólo me encuentro algo mal últimamente. —¿Quizá necesitas tomar vitaminas? —sugirió Iván—. Ya sabes, es primavera. —Puede ser —respondió ella encogiéndose de hombros. Aquella noche, cuando Iván regresó del trabajo, Lilia le anunció que tendría que ir a la ciudad para hacerse más pruebas. —¿Cómo? ¿Por qué? —preguntó Iván sorprendido. —Sospechan que podría tener algo grave, así que me han dado un volante para la consulta en el hospital de la provincia. —¿Qué quieres decir con ‘grave’? No será… ¿lo mismo que le pasó a tu madre…? —De momento son sólo suposiciones —respondió ella, intentando calmar a Iván mientras por dentro se moría de miedo y ya había llorado mientras él no estaba—. Ya he comprado el billete de autobús, salgo mañana a las ocho. Cenate tú solo, ¿vale? Tienes filetes y arroz en la encimera, y la ensalada está en la mesa. Necesito preparar mis cosas e irme a dormir pronto. —¿Tú ya has cenado? —No tengo hambre —dijo Lilia, empezando a hacer el equipaje. Iván la contemplaba y no podía creerse lo que estaba pasando. ¿Podría ser que Lilia tuviera un problema serio? Ella siempre había derrochado energía y nunca se quejaba. Y ahora, de repente… —Creo que ya he metido todo lo que voy a necesitar —dijo su esposa. —No te olvides del cargador del móvil —le recordó él. —Sí, el cargador, gracias Iván. ¿Y tú por qué no cenas? —Tampoco tengo hambre… —¿Te he preocupado mucho? —Bastante —admitió él. Miró la maleta en la que Lilia guardaba sus cosas, y de pronto recordó las vacaciones que nunca tuvieron en el mar, cuando compró esa misma maleta hace cuatro años. ¡Cómo disfrutaba su mujer planeando ese viaje! Hacía mucho que no se iban a ninguna parte: las vacaciones siempre las pasaban en la casa de campo. Lilia se compró dos bañadores nuevos, un vestido bonito y un sombrero de paja. Pero nunca hicieron aquel viaje. De repente, a Iván le ofrecieron sustituir a un compañero enfermo en el trabajo. El jefe prometió un buen incentivo y él aceptó, pensando que era absurdo rechazarlo. Además, querían hacer reformas en el dormitorio y ese dinero les vendría genial. Pensó que a Lilia no le importó, incluso la notó contenta por su decisión. Pero esa noche la escuchó llorar bajito en la oscuridad. Ella le dijo que había tenido una pesadilla, pero ahora se daba cuenta de que lo que le dolía de verdad era no haber podido ir al mar tan deseado. El año siguiente tampoco pudieron ir, y después Lilia simplemente dejó de mencionar ese viaje. Para Iván, mejor así: no le apetecía ir a ningún sitio. ¿Para qué, si en la casa de campo siempre hay cosas que hacer, y puedes invitar a los amigos a una barbacoa? Además, cerca hay un río estupendo para bañarse. ¿Para qué gastar dinero saliendo de viaje si en casa se está de maravilla? Ahora, esa maleta servía no para llenarla de bikinis, vestidos y sueños, sino para desplazarse a la ciudad y enfrentarse a una consulta médica… ¿Y si…? A Iván se le encogió el corazón sólo de pensarlo. Aquella noche no pudo cenar, y tardó horas en dormirse. Se tumbó al lado de su esposa y escuchó cómo ella sollozaba en silencio. Le habría gustado abrazarla, consolarla, pero por alguna razón no se atrevió. Por la mañana acompañó a Lilia a la estación. Justo antes de subir al autobús, se abrazaron, e Iván sintió que no quería soltarla… Siguió el autobús con la mirada y las lágrimas le pugnaban por salir. —Lilia… —murmuró quedo—. Mi vida, que todo salga bien… Se sintió vacío, pero tuvo que recomponerse y marcharse a trabajar. Sumergido en la rutina, consiguió apartar por unas horas los pensamientos tristes, pero al volver a casa la tristeza volvió a apoderarse de él. Sin su mujer, el piso estaba vacío y todo le resultaba hostil. Se obligó a calentar la cena de la víspera y comió un poco. Buscando distraerse, encendió la tele, pero nada le interesó y la apagó. Sacó el álbum de fotos y pasó las páginas. Ahí estaban, recién casados… Qué guapa era, tan menuda, tan especial. Claro que aún seguía siendo hermosa, pero entonces… Desde el primer instante se enamoró de ella. Si alguien le hubiera dicho que eso del amor a primera vista podía ocurrirle, hubiera pensado que era una tontería. ¿Amor a primera vista? Patrañas. Eso no existía, al menos no para él. Pero ocurrió. Esa noche discutió con su novia de entonces, Katia. Ella no pudo evitar notar cómo miraba a Lilia y, sacándolo a la calle, le montó una escena. —Pues si quieres, ya está —le dijo Iván—. Hace mucho debimos dejarlo, yo nunca te quise. Katia se fue llorando, pero a la semana ya salía con Víctor, su eterno pretendiente del colegio. Tiempo después se casó con él. A Lilia le costó más conquistarla. Aunque rompió con su novio de entonces, no cayó enseguida en los brazos insistentes de Iván. Pero finalmente le correspondió… Pasando las páginas del álbum, Iván revivía los momentos más felices con Lilia… Qué feliz había sido durante todos esos años a su lado, y qué poco lo había valorado. ¿Cuándo fue la última vez que le dijo que la quería? ¿O que estaba guapa? No lo recordaba. Seguramente ni siquiera le daba las gracias por la cena: consideraba que todo eso era lo normal. La mujer tenía que cuidar del marido, ¿no? Así había sido siempre. Ahora por fin se daba cuenta: Lilia cargaba sola con todo, mientras él pensaba que era tan fuerte que no conocía el cansancio. Cuando él se ponía enfermo, Lilia le preparaba caldo y zumos, escuchaba todas sus quejas y lo cuidaba… Si era ella la que enfermaba, se tomaba cualquier cosa y se iba a trabajar… Le aterraba la idea de perderla… Esos días, mientras ella estaba en la ciudad para los exámenes médicos, Iván vivía en automático. Hablaban cada día, pero Lilia aún no le daba noticias claras… e Iván no hallaba consuelo. Se recriminaba no haber sido un marido más atento, se veía egoísta… ¡Si pudiera retroceder y cambiarlo todo! —¡Iván, tengo buenas noticias! Al final no es nada grave. Sí que tengo algunos problemas, pero no es lo que temía… —le anunció Lilia una tarde por teléfono, cuando él no podía más del desasosiego. —¿De verdad? —gritó emocionado—. Lilia, ¡soy tan feliz de escucharlo…! Días después, Iván la esperaba en la estación con un ramo de sus flores favoritas, lirios blancos. —¿Iván, para qué te has molestado en comprar flores? —se sorprendió ella—. Pero me hace mucha ilusión, ¡gracias! —He estado tan preocupado por ti… —dijo Iván, abrazándola. —Te quiero tanto… Perdóname… —¿Por qué, Iván? —se asombró Lilia. —No he sido el mejor marido en todos estos años… —¿Por qué lo dices? ¿No habrás…? —¡No, qué va! —exclamó Iván—. Sólo que no me he preocupado por ti, apenas te he ayudado. Pero eso se acabó. Y tengo una sorpresa para ti. —¿Cuál? —He comprado billetes: en un mes nos vamos de vacaciones juntos al mar. —¿Al mar? ¿Y la casa de campo? —¡Que le den a la casa de campo! —respondió Iván, quitándole importancia—. Hasta podríamos venderla. Las verduras las compramos en el mercado. —No te reconozco, Iván… —Ni yo a mí mismo, Lilia. He tenido tanto miedo de perderte… Ahora voy a cuidarte como el mayor de los tesoros… Te amo de verdad… —¡Ay, Iván! —sonrió Lilia—. Supongo que todo esto tenía que ocurrir para que pudiera oír de tus labios esas palabras. Anda, vámonos a casa… Yo también te quiero…
—¿Cómo que no quieres cambiarte el apellido? —gritó mi suegra en el registro civil Ella nunca quiso casarse, pero con 19 años se quedó embarazada de un compañero de clase con el que salía desde hacía tres años. No tuvo elección: no quería que su hijo creciera sin padre. Aunque él era mayor que ella, era inmaduro, un eterno niño de mamá. Sin embargo, no rehuyó la responsabilidad: prometió casarse y cuidar del bebé. Así que empezaron a preparar la boda. A ella le habría bastado con casarse de forma sencilla, pero la familia insistió en una gran ceremonia. No entendía por qué gastar tanto dinero en los demás cuando podrían dedicarlo a todo lo necesario para el niño. Nadie le escuchó. Eligieron por ella el restaurante, el vestido de novia, y las invitaciones. ¿Quiénes? ¡Su suegra y la hermana de su prometido! Cuando la mandaron a una prueba del vestido, se negó a ir. Imaginaba ese vestido con millones de volantes y pedrería. La hermana y la madre del futuro esposo no se caracterizaban por su buen gusto. Al enterarse de su negativa, la tacharon de desagradecida y se enfadaron muchísimo. Pero a ella no le importaba; tenía sus propias preocupaciones: terminar el instituto, examinarse y prepararse para la llegada del bebé. Fue al registro civil con un vestido blanco sencillo que le quedaba bien y le gustaba. Y ahí empezó la fiesta. Las familias de los novios no sabían que ella había decidido quedarse con su apellido. Su futuro marido sí lo sabía y no se opuso. Pero la suegra se indignó y empezó a gritar en medio de la sala: —¿¡Cómo que no quieres cambiarte el apellido!? Juegos familiares Ella sonrió y se hizo a un lado. Al día siguiente le esperaba otra ronda: la boda en el pueblo de su marido, con todos los parientes. Había que ahorrar energías. El matrimonio duró solo unos años. Él fue un mal marido y peor padre: pasaba los fines de semana frente al ordenador, ignorando a la familia. Cuando ella perdió la paciencia, hizo las maletas y se fue. La suegra no se alegró con el desenlace. Pero nuestra protagonista respiró aliviada: por fin se sentía libre y feliz.