Lo que recortes, no lo recuperarás: Una historia de amores, bodas y segundas oportunidades entre Kiev y Odesa

LO QUE ACORTAS, NO LO RECUPERAS

Cuando Estrella enseñaba las fotos de su boda a las amigas, suspiraba con un deje dramático en la voz:
¡Ay, lo que sufrí con este vestido! Era bonito, claro, pero tan pesado y aparatoso Cuando me case otra vez, elegiré un vestido de novia ligero, de esos que parecen hechos de suspiros.
Todos reían con ella, convencidos de que Estrella bromeaba. Y era cierto, lo hacía. Las amigas sabían de sobra que Estrella se había casado por auténtico amor. Un flechazo de verano, de los que sólo suceden en las playas españolas. Estrella tenía veintiún años, y Álvaro, veintiocho.

Agosto, el mar cálido de la Costa de Levante, una copa de cava burbujeante bajo un cielo estrellado la magia, la pasión, todo se trenzó en una única decisión y acabó en la ventanilla del Registro Civil. Antes, sí, Álvaro tuvo que divorciarse de su segunda esposa, y Estrella hacer las maletas para mudarse a Madrid, la ciudad natal de Álvaro.

Madrid-Valencia-Madrid: durante los siguientes diez años, ese recorrido se le grabó a Estrella en el alma. Al principio, la joven pareja tuvo que buscarse piso de alquiler. Álvaro había dejado su piso a la segunda esposa, una mujer que amenazaba con tomarse un bote entero de pastillas o lanzarle ácido a la tercera mujer si este se atrevía a no volver junto a ella. Al fin, con los meses, la segunda esposa se fue apagando, dejó de interferir, quizás porque Álvaro le prometió volver. De la primera esposa él prefería ni hablar; aquél matrimonio apenas duró año y medio. Después, Álvaro entregó a su exmujer a un amigo, creyéndose benefactor.

La segunda esposa duró un poco más, tres años hicieron falta para que Álvaro viera la verdadera cara de aquella elegida, una ignorante que llamaba a los niños esos bichos. Pero a Estrella, todos esos líos le resbalaban. Auténtica, ambiciosa, segura de su belleza y singularidad, estaba convencida de su destino. Álvaro la adoraba, creía haber tocado el cielo en la tierra. Si le compraba flores, eran ramos que rozaban lo extravagante, y si era un abrigo, llegaban tres distintos para que tuviera donde elegir. Lo de los zapatos ya era una locura: Estrella fácilmente estrenaba cada día. Álvaro la llevó a Londres, a París, a San Sebastián, para que viera mundo antes de que naciera su hija.

Poco después nació la niña, Lucía. Mientras Estrella la cuidaba, Álvaro compró una casita y la amuebló con todo detalle, siempre pensando en el bienestar de sus chicas. Se celebró la mudanza, Lucía empezó la guardería.

Estrella se empeñó en su formación. Pero sólo quería estudiar en Madrid: ahí tenía a sus amigas, a su madre, a toda una ciudad de gente que, aunque desconocida, le parecía entrañable. Bajo los tilos de su barrio encontraba paz. Dejaba a Lucía con la suegra, una señora que adoraba a la niña, y durante la época de exámenes, Estrella volaba a su adorada Madrid.

Álvaro, presa de los celos, la seguía constantemente, le montaba casuales y absurdos encuentros en la capital como si no fuese ridículo. En realidad, Estrella nunca le dio motivos para desconfiar, aunque probablemente solo lo parecía. Ella huía de las obligaciones de casa, prefería estudiar eternamente antes que fregar el suelo o los platos, cuidar de su marido o criar a su hija. Sentía que la vida tan breve se le escapaba. ¿Por qué una mujer lista y guapa como ella tenía que perder el tiempo en cosas banales?

En poco tiempo, Estrella acumuló tres títulos, todos con matrícula de honor, y los llevaba en su bolso como trofeos mientras buscaba trabajo con pasión. Álvaro no lo aceptaba:
¿No tenemos suficiente dinero? Pero si me volveré loco hasta que vuelvas de tu trabajo. Estrella, ¿por qué no tenemos otro hijo? Puede ser un niño, o una niña, me da igual. Pero quédate a mi lado.
Estrella no contemplaba ser madre otra vez. Creía que su misión ya estaba cumplida: había dado vida a una hija, había hecho feliz a su marido. ¿Qué más? Su suegra, al escucharle, sugirió quedarse con la niña para que Estrella pudiera crecer, más bien madurar. Decía que la niña necesitaba amor y atención, no vuelos de fantasía. Estrella, sin dudar, aceptó. Y se fue de Madrid sin avisar a Álvaro: Le llamo cuando llegue.

Pero en Madrid le esperaba Álvaro, que ya había aprendido todos sus trucos.
¿Estrella, y Lucía? ¿Por qué tú aquí y ella en Valencia? ¿Tienes un amante? preguntó, herido.
Álvaro, no te comas la cabeza. No hay amantes ni pretendientes. Es que simplemente me aburro contigo, ¿lo entiendes? Quiero libertad contestó ella, tranquila.
¿Libertad? ¿De mí y de tu hija? ¿Y el amor, dónde quedó? ¿Acaso tienes una crisis de los treinta? Pues la pasaremos juntos, cariño, las crisis pasan suplicaba él.
No la pasaremos, cerró ella la conversación con frialdad.

Álvaro intentó convencer a la madre de Estrella, pero esta solo encogió los hombros:
¿Yo qué? Solucionadlo entre vosotros. Pero a Estrella no la cambiarás, es terca como una roca.
Álvaro regresó solo a Valencia, confundido, sin saber cómo recomponer a su familia.
Los días pasaban. Estrella no volvía; respondía seca a los mensajes: Todo bien.

Al final, Álvaro, deseando restaurar lo perdido, tomó una decisión: vender la casa y mudarse con Lucía a Madrid, por el bien de su familia.
Estrella no mostró entusiasmo, intentó disuadirle, alegando que Lucía tendría que dejar el colegio, a sus amigas, que su abuela no aprobaría la decisión.
En realidad, eran excusas. Estrella estaba encantada en su libertad, vivir como un pájaro en el cielo era su lema. Montó su propio negocio de costura, alquilaba un pequeño piso, tenía pretendientes y apenas tenía tiempo para el aburrimiento. ¿Y ahora venía el marido, la hija? ¿Para qué enturbiar su nueva vida? Estaba decidida a borrar el pasado como si nunca hubiese sido suyo.

Álvaro no hizo caso a sus argumentos y se instaló en Madrid con Lucía, aún con la esperanza de recuperar su familia. Seguía amando a su esposa. Al principio pasaba a recoger y dejar a su hija (una niña idéntica a Estrella), esperando que su presencia ablandara a Estrella. Inútil. Ella se había vuelto de piedra, inalterable. Hasta que un día sentenció:
Álvaro, déjame en paz. Es hora de que nos divorciemos. Lucía puede quedarse conmigo, si quiere.
Lucía, a sus once años, no necesitaba acogida. Tenía un padre que la quería y una abuela que rezaba por ella noche y día. Lucía adoraba a su madre, aunque no podía entender por qué, así, tan fácilmente, la había dejado atrás.

El tiempo no perdona ni se detiene para nadie. La vida avanza, poniendo a cada uno en su lugar.
Álvaro dejó de pescar en tierra seca. Ya entendía que no llegaría nunca al corazón de Estrella.
El destino le regaló una mujer sencilla, con los pies en la tierra, sin aires de grandeza. Ahora viven en un pueblo manchego, ella con dos hijos de su primer matrimonio. No necesitaba viajes a Londres, ni París, ni abrigos de piel ni cien pares de zapatos. Unas botas de agua para la lluvia, un abrigo grueso para ir a cuidar al corral y, con suerte, sacar adelante a los niños. Esos eran sus deseos más nobles.
Álvaro, por fin, sintió verdadera paz y calor de hogar. (Donde hay sencillez, hay un centenar de ángeles, donde hay enredos, ni uno solo). Al poco tiempo, tuvieron juntos una niña. Álvaro, al cuarto intento, conoció la auténtica felicidad. Encontró amor sincero. Los tres primeros matrimonios prefería no recordarlos.

Estrella, mientras tanto, vive con su madre en la casa familiar. Un socio le prometió el cielo en la tierra, pero al final sólo la dejó sin nada. Su negocio de costura se vino abajo, sus admiradores desaparecieron.
En fin, pretendientes no faltaron, pero todos se esfumaron.
Ahora, Estrella trabaja de psicóloga en un colegio, al menos para algo sirvieron tantos años de estudio. No se arrepiente de nada aunque el alma humana tiene profundidades a las que ni ella llega. Quizás algún día, esa ave del cielo descubra una chispa de arrepentimiento. Nadie lo sabe
Lucía, ya mayor y casada, vive en Valencia con su abuela, la mujer que la crió. El día de su boda, Lucía lucía un vestido ligero y vaporoso de novia. Un regalo de su madre, EstrellaEl vestido flotaba como un suspiro cada vez que Lucía giraba entre las mesas, repartiendo sonrisas y recuerdos a los suyos. Saltó a la pista de baile, tomó de la mano a su abuela y juntas, entre risas temblorosas, rodaron por la nostalgia de una vida tejida entre renuncias y abrazos inesperados.

Al final de la noche, mientras la música apagaba sus últimas notas y las estrellas bordaban silencios en el cielo, Lucía sintió, por primera vez, el alivio de una vida ligera. Besó a su abuela en la frente, buscó a su padre en la multitud y lo abrazó fuerte, asintiendo a ese amor sencillo y sin medida que había aprendido tantas veces a perder y encontrar.

Lejos, en Madrid, Estrella dobló cuidadosamente la invitación de la boda que había recibido hacía meses y la guardó en un cajón, junto a otros papeles que hablaban de caminos no recorridos. Miró por la ventana la ciudad dormida y, por un instante fugaz, sintió el eco de unas alas detenidas en el aire.

Cerró los ojos y, en el silencio, comprendió: lo que se acorta jamás vuelve a crecer, pero aún quedan días por vivir y palabras por decir. Tal vez allá, en algún rincón amable del destino, aún le esperara el valor de perdonar lo perdido y, sobre todo, lo que nunca supo cuidar. Porque, en el fondo, todo corazón anhela aprender algún día a quedarse.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

one × four =

Lo que recortes, no lo recuperarás: Una historia de amores, bodas y segundas oportunidades entre Kiev y Odesa
Cuando era niño, soñaba con hacerme mayor para poder hacer lo que me diera la gana: comer lo que quisiese, acostarme cuando yo quisiera y salir sin tener que pedirle permiso a nadie.