Mirando al Vacío Dani y Ana se casaron con diecinueve años, abrazando un amor loco que ni sus familias podían contener. La boda, un derroche de flores, muñeca en el capó y gritos de “¡Que se besen!”, fue costeada íntegramente por la madre del novio, doña Sancha Sanchares, conocida por todos como Sani Sancha. Aunque siempre desaconsejó a su hijo emparejarse con una chica cuyos padres eran famosos por su afición al alcohol, Dani ignoró los avisos, convencido de que el amor vencería a cualquier herencia familiar. Durante un tiempo, todo fue felicidad: dos hijas, Tania y Sofía, y un hogar propio regalado por Sani Sancha. Pero la vida dio un vuelco cuando Ana empezó a ausentarse y volvió oliendo a ginebra. Pronto confesó haberse enamorado de otro –casado y con tres hijas– y abandonó a su familia sin mirar atrás. Las niñas quedaron al cuidado de Sani Sancha y su marido, volcados en darles todo el cariño que les faltaba. Dani, desesperado y ahogado en soledad, fue arrastrado por un amigo a una secta religiosa, donde terminó casado de nuevo y relegando a un segundo plano a sus hijas por exigencias de su nueva esposa, Clara. Siete años después, Ana regresó maltratada y con una niña pequeña, María, pidiendo refugio a su exsuegra. Fue acogida, pero en apenas un mes volvió a desaparecer, dejando a la hija pequeña atrás y volviendo con su “dulce verdugo” a un pueblo perdido. Las tres nietas crecieron unidas bajo el ala de Sani Sancha, que les enseñó amor y respeto, pero el tiempo pasó: la abuela murió, después el abuelo, y aquellas niñas siguieron su camino entre matrimonios amargos y maternidades solitarias. Ana quedó sola, repudiada en el pueblo por su afición al alcohol y señalada por los rumores. Dani abandonó la secta y la convivencia con Clara, para terminar solo, rodeado de gatos, en la fría vivienda de su madre. Y es que, aunque la felicidad llamó un día a la puerta de Dani y Ana, la vida tenía otros planes para ellos…

MIRANDO AL VACÍO

Recuerdo aquellos tiempos, tan lejanos ya, cuando Javier y Estrella se casaron con apenas diecinueve años. Eran inseparables, respiraban el mismo aire y se amaban con una pasión casi loca. Aquello era una locura de amor, tanto, que las familias de ambos no tardaron en formalizar la relación sin dejar margen a la desobediencia de la juventud.

La boda fue una celebración grandiosa en aquel Madrid de los años setenta, repleta de tradición: el coche decorado con lazos y muñecas en el capó, la lluvia de flores en la iglesia, los fuegos artificiales iluminando el cielo y el banquete con gritos de ¡Que se besen los novios!. Los padres de Estrella, más bien humildes y acostumbrados a subsistir con lo justo entre pan, sardinas y vino peleón, no aportaron dinero. Todo recayó en la madre del novio, doña Salvadora Fuentes, a la que todos llamaban cariñosamente Salva, porque decir su nombre entero era un suplicio.

Doña Salva, mujer castellana de fuerte carácter y gran energía donde ponía el ojo, ponía la bala, había intentado advertir a Javier. No le gustaba la idea de tener una nuera con padres tan dados a la bebida, pero Javier era terco. Convencido de que el amor que sentía por Estrella bastaría para superar cualquier sombra heredada, siempre lo decía: Madre, lo nuestro no tiene rival, nuestras hijas no tendrán esos fantasmas.

Doña Salva le sermoneaba de vez en cuando: Javier hijo, del olmo no nacen peras y del tronco de un chopo no cuelgan naranjas. ¡Que no resulte que vuestro amor sea más corto que un suspiro!

Aun así, Javier y Estrella se creían a un paso de la felicidad eterna, convencidos de que la dicha les aguardaba siempre a la vuelta de la esquina. El mundo era suyo entonces.

La vida, claro, tenía otros planes. Como regalo de bodas, doña Salva y su marido les entregaron un piso en la calle Toledo, con la recomendación de a vivir y disfrutar, muchachos. Al principio todo fue bien, incluso nació primero Carmen, luego Lucía. Javier las adoraba y se sentía el capitán de su castillo familiar.

Sin embargo, pasados cinco años, Estrella comenzó a marcharse de casa sin dar explicaciones claras. Cuando volvía, Javier notaba el inconfundible olor a vino barato en el aliento de su mujer. Al principio suplicó por una explicación, pero Estrella solo respondía con silencio, hasta que una noche le espetó: Nunca te quise. Lo nuestro fue sólo un flechazo de cría. Ahora he encontrado al hombre de mi vida y me voy con él. Le daba igual que ese hombre tuviera esposa e hijas; nada importaba ya.

Javier cayó entonces en un abismo, como si una niebla espesa cubriera su vida. Sentía que todo lo bueno se volvía polvo entre los dedos. Estrella se fugó a una aldea miserable de Castilla, repitiendo aquello de Con buen amor, en cualquier rincón hay paraíso, y sin él ni en un palacio cabe el alma. Las niñas, Carmen y Lucía, quedaron en manos del azar.

Doña Salva, incansable como era, no dudó en acogerlas. El abuelo y la abuela las quisieron y consintieron cuanto pudieron, llenando la casa con juegos, risas y cariño.

Javier, derrotado y perdido tras el abandono, entró por consejo de un amigo en una secta religiosa de las muchas que rondaban entonces por los barrios obreros de Madrid. Allí, la comunidad no tardó en emparejarlo con Eulalia, una viuda con dos hijos, Pablo y Gregorio. Tiempo después, la nueva pareja fue oficialmente bendecida por aquel grupo.

El tiempo de Javier para sus hijas dejó pronto de existir; la vida se tornó una rutina de problemas ajenos. Cada vez que intentaba preocuparse por Carmen o Lucía, Eulalia zanjaba el asunto: Javier, tienen madre. Que ella se haga cargo. Ahora lleva a Pablo al colegio, da de comer a Gregorio.

El corazón de Javier seguía añorando a Estrella, aunque bien sabía que aquel camino estaba cerrado para siempre.

Pasaron siete años y una tarde, cuando menos lo esperaba, Estrella reapareció en casa de doña Salva, trayendo de la mano a una niña pequeña, de unos cuatro años. Salva la examinó con esa mirada suya de halcón: Vaya, Estrella, la vida te ha dado duro. ¿Esa es tu hija?

Sí, se llama Clara. ¿Me dejas quedarme aquí con ella?, pidió entre titubeos.

¡Menuda visita! ¿Te han echado?, insistió la abuela.

No, me he marchado yo. No podía seguir aguantando. Mi hombre bebe y me pega. Ya no tenía fuerzas, confesó Estrella.

Tú elegiste, bonita. Aquí nadie arrastra a nadie del pelo. ¿Y no vas con tus padres? preguntó doña Salva, dejando caer la puya final, Vaya, qué calor de madre ahora que te acuerdas de tus hijas.

Pero en casa, Carmen y Lucía ya eran adolescentes. Miraban de reojo a esa mujer que sabían su madre por el nombre, pero poco más; el lazo estaba roto, roto del todo. Llevaban años guardando aquel agravio dentro, y doña Salva se apenaba pensando que, aún vivos los padres, sus nietas eran huérfanas.

Aun así, doña Salva acogió a Estrella y a la pequeña Clara bajo su techo. No estaba en su carácter echar a nadie a la calle, y la compasión tenía sitio en su corazón. Sin embargo, tras apenas un mes, Estrella volvió a las andadas. Una mañana desapareció, y tiempo después supieron que había regresado, sumisa, junto a su dulce verdugo a la aldea perdida. Clara quedó a cargo de los abuelos, sumándose a las otras dos nietas bajo la protección de doña Salva y su marido.

La casa, con todo el tiempo y los pesares, siguió siendo un refugio de ternura y decencia. Los años, implacables, pasaron sin compasión. Primero se fue la abuela, luego el abuelo. Carmen se casó, pero nunca pudo tener hijos. Lucía, con el cabello ya encanecido prematuramente, optó finalmente por la soledad. Clara, a los diecisiete, tuvo un hijo cuyo padre nadie supo, y se marchó al campo con su madre.

La juventud se fue sin despedirse, la vejez llegó sin dar los buenos días.

Estrella, ya sola, vivía en la aldea. El hombre por el que lo dejó todo había sido llevado por sus hijas verdaderas de vuelta a la ciudad, gravemente enfermo y acusado por ellas de haber caído así por culpa de Estrella. Al marchar, le dejaron la consigna castiza: No metas tus narices donde no te llaman.

En el pueblo, tras muchas idas y venidas, sólo se oía hablar mal de Estrella. Decían de ella que era una mujer perdida, sin vergüenza y dada a la bebida. Porque ya se sabe, en los pueblos castellanos, las paredes tienen oídos y el aire es puro pero está lleno de chismes.

Javier acabó marchándose de casa, dejando a Eulalia y librándose apenas vivo de aquella secta. Regresó solo al piso materno de la calle Toledo; sobrevivía a base de caldo y pan duro, con el frío de la soledad por las noches como única compañía. Trató de llenar el vacío con tres gatos, su única consolación. Así quedó el amor

Y pensar que la felicidad llamó un día a la puerta de Javier y EstrellaA veces, cuando caía la noche y los gatos se acurrucaban a sus pies, Javier encendía la radio y pensaba en todo lo que se había perdido. No buscaba culpables. En algún rincón de sí mismo, sabía que la vida nunca había prometido justicia, ni amores eternos, ni retornos felices. Solo ofrecía días y noches, y todo lo demás era invento de los hombres. Recordaba con nitidez el rostro de Estrella al sol de la primavera; el olor de Lucía a jabón de heno cuando era niña; la risa traviesa de Carmen por los pasillos largos de la casa.

Cierta tarde de lluvia, Carmen tocó el timbre del piso de la calle Toledo. No traía regalos ni flores, solo una bolsa de naranjas y la voluntad temblorosa de romper el silencio de tantos años. Javier abrió la puertaen los ojos de su hija, reconoció el mismo cielo azul que siempre había creído perdido.

Hola, papá dijo ella.

No hizo falta mucho más. Ni reproches, ni preguntas. Durante horas, compartieron el pan y las naranjas. Hablaron de los abuelos, de la infancia, de las memorias sencillas. Cuando se abrazaron antes de que Carmen se fuese de vuelta a su mundo, Javier sintió por primera vez en décadas que el aire no era del todo frío.

Después, la soledad siguió llamando a su puerta, pero ya no le asustaba como antes. Aprendió a mirar de frente al vacío de su vida y, aunque no llenó ese hueco ni con hijos ni con gloria, seguía esperando cada tarde la posible visita de sus hijas. A veces solo llegaba el cartero, o el maullido de un gato, o el susurro de una canción rendida en la radio. Pero otras veces, en los sueños o en la memoria, llegaban todos: niños, abuelos, Estrella con su cara de niña perdida. Y entonces Javier sonreía, tranquilo, sabiendo que en algún rincón de la vida, incluso en el más vacío, brillan todavía las huellas tenaces del amor.

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Mirando al Vacío Dani y Ana se casaron con diecinueve años, abrazando un amor loco que ni sus familias podían contener. La boda, un derroche de flores, muñeca en el capó y gritos de “¡Que se besen!”, fue costeada íntegramente por la madre del novio, doña Sancha Sanchares, conocida por todos como Sani Sancha. Aunque siempre desaconsejó a su hijo emparejarse con una chica cuyos padres eran famosos por su afición al alcohol, Dani ignoró los avisos, convencido de que el amor vencería a cualquier herencia familiar. Durante un tiempo, todo fue felicidad: dos hijas, Tania y Sofía, y un hogar propio regalado por Sani Sancha. Pero la vida dio un vuelco cuando Ana empezó a ausentarse y volvió oliendo a ginebra. Pronto confesó haberse enamorado de otro –casado y con tres hijas– y abandonó a su familia sin mirar atrás. Las niñas quedaron al cuidado de Sani Sancha y su marido, volcados en darles todo el cariño que les faltaba. Dani, desesperado y ahogado en soledad, fue arrastrado por un amigo a una secta religiosa, donde terminó casado de nuevo y relegando a un segundo plano a sus hijas por exigencias de su nueva esposa, Clara. Siete años después, Ana regresó maltratada y con una niña pequeña, María, pidiendo refugio a su exsuegra. Fue acogida, pero en apenas un mes volvió a desaparecer, dejando a la hija pequeña atrás y volviendo con su “dulce verdugo” a un pueblo perdido. Las tres nietas crecieron unidas bajo el ala de Sani Sancha, que les enseñó amor y respeto, pero el tiempo pasó: la abuela murió, después el abuelo, y aquellas niñas siguieron su camino entre matrimonios amargos y maternidades solitarias. Ana quedó sola, repudiada en el pueblo por su afición al alcohol y señalada por los rumores. Dani abandonó la secta y la convivencia con Clara, para terminar solo, rodeado de gatos, en la fría vivienda de su madre. Y es que, aunque la felicidad llamó un día a la puerta de Dani y Ana, la vida tenía otros planes para ellos…
Cuando salí de la notaría, mis piernas temblaban. Caminaba por la calle como en un sueño — no oía el ruido de los coches ni las voces de la gente.