En un Madrid de cielos líquidos y plazas que se deshacen como caramelo bajo la lluvia, Inés dio a luz a una niña. La pequeña era tan frágil que apenas fue rumor de vida en sus brazos; la fortuna, caprichosa, la reclamó demasiado pronto.
Su marido, Álvaro, tras enterarse, no se acercó nunca a verla ni para consolarla, ni para despedirse de aquella criatura evanescente. El día del alta, Inés solo encontró en la sala de maternidad una maleta gris, con la etiqueta a nombre suyo: era lo único que Álvaro envió, a través de un mensajero silencioso. Ni sus pasos resonaron por los pasillos, ni su sombra cruzó la puerta.
Inés esperaba cualquier cosa, menos esa traición de cuento torcido. No tenía adónde ir. Después, sentada en un banco de la estación de Atocha, encontró una nota escondida entre la ropa cuidadosamente doblada. La caligrafía de Álvaro, elegante y fría, le decía:
Solicito el divorcio. Solo me detenía tu embarazo. Hace tiempo que tengo a otra, la carta fluía como el vino derramado, mucho mejor que tú. Ni siquiera eres capaz de traer un hijo como es debido. Me alegro de que todo haya acabado así.
El eco de esas palabras le taladró el pecho. Lloró hasta que las lágrimas se escondieron debajo de la piel, y entonces, ese sol de los sueños españoles, la empujó a pensar en el después:
Lo lograré, pase lo que pase… Seré la mejor en todo y, sobre todo, ¡la mejor madre! Aunque no me salga con un hombre, sí seré madre. Solo tengo veinticuatro años. Todo está por empezar.
Álvaro y Inés se conocieron en una fiesta entre amigos en Malasaña. Inés, de belleza luminosa, enseguida le fascinó a Álvaro, quien solo veía apariencias, resplandores y siluetas; el dinero no era problema: la red de peluquerías de su madre le mantenía sin preocupaciones y se limitaba a algún transporte de productos desde Alcalá a Salamanca. Todo fue rápido: conocer a los padres, la boda, la convivencia, la promesa de una familia.
Rumores llegaban a Inés sobre las escapadas y engaños de Álvaro, pero ella, enamorada y deslumbrada por sus gestos y regalos de euros líquidos, prefería no creer. Hasta que la pura realidad la dejó sola ante el hospital, abrazada solamente a una maleta y a la sensación de que ni volver con sus padresde quienes se había alejado precisamente por diferencias y peleas de familiaera un refugio posible. Mejor dormir en la estación, en la esquina de un andén, que regresar.
Solo una tía, la tía Rosalía de Segovia, que nunca aceptó a Álvaro y le cerró la puerta de su casa desde el principio, le ofrecía una vaga línea de apoyo, advirtiendo que sitio, lo que se dice sitio, no tenía para otra alma.
Así empezó la búsqueda de trabajo. Con un diploma de veterinaria, pero sin experiencia, Inés recorría clínicas animales de barrio en barrio, de Chamberí a Carabanchel, llamando a todas las puertas hasta que, derrumbada de cansancio, se sentó en un banco a llorar detrás de una clínica cercana a El Retiro. De repente, un perrito mezcla de mil razas le saltó al regazo: pelo desgreñado y ojos como dos aceitunas negras.
¿Y tú de quién eres? Si ni casa tengo, no puedo ni adoptartesusurró.
Una voz de abuela la interrumpió:
¿Quién es la desamparada aquí? ¡Luciérnaga, ven aquí, traviesa!dijo atando la correa a la perrita.
La señora, que resultó llamarse Doña Carmen, se sentó junto a Inés al escuchar su historia.
Ay, hija, qué mala racha asintió. Vamos, coge tu maleta y vente conmigo. Ya verás, me apañas la casa y el jardín y yo te pago. ¿Tu nombre?
Inés.
Pues Inés, tráete las ganas y el alma. ¿Comida, tienes? Vamos, que seguro tienes hambre.
Doña Carmen vivía en una casa luminosa en las afueras, con jardín desbordado y olor a romero, parecido al chalé familiar de Álvaro. Luciérnaga, la perrita, no dejó de mirar a Inés, sabiendo quizás que compartían algo: la orfandad.
A la perrita le has caído bien, ¿eh? Mañana conocerás el huerto, las rosas y el establo. Yo sólo necesito que me ayudes a mantener este caos domesticado. Aquí la paga será honrada y el trato también. Esa habitación al fondo es tuya desde hoy.
En las noches, Carmen contaba sus propios naufragios. Había sido feliz: marido, negocio próspero, dos hijos. Pero la rueda giró: accidente, carretera, ciudad de sueños rotos. Viuda y heredera, la familia le dio la espalda salvo para pedir dinero. Así se fue quedando sola, agarrada al recuerdo de lo que fue hasta que decidió venderlo todo y vivir tranquila, ajena a los parásitos del linaje.
Inés se dedicó en cuerpo y ánima: plantas, animales, la casa misma revivió entre sus manos. Las rosas, que nunca florecían tan intensas, ahora teñían el aire de colores nuevos; manzanas y peras caían generosas desde las ramas.
Nunca tuve el jardín tan bonito ni manzanas dulces como éstas. Tienes mano de hada, muchacha.
Tres años y la convivencia tejió lazos más firmes que cualquier sangre. Luciérnaga seguía sus pasos a todas partes. Inés, agradecida, sentía incluso reparos por el sueldo que recibía.
Me pagas demasiado, Carmen, yo aquí como, duermo, cuido tu casa… protestó.
Es poco, muchacha. Me das vida y compañía, ¿qué más quiero? Pero dime, ¿en qué deseas gastar lo ahorrado?
Quiero montar una peluquería para animales. Ahora está muy de moda, y lo necesitan.
¿Piensas irte?
¡Jamás! Todo te lo debo. Pero necesito devolver al mundo lo que tú me diste.
Mira, Luciérnaga luce unos cortes que ya envidian todos los perros del barrio, pero veo que de aquí puede salir una artista. Has aprendido a confiar en ti.
Gracias a ti, Carmen. Contigo encontré alma gemela.
Y yo encontré a la nieta que nunca tuve. Hasta en edad encajamos.
Tres años después, el sueño creció: Inés ahora era dueña de dos salones caninos por Chamartín y Chamberí. De relaciones nuevas ni pensaba, pero el azar, vestido de joven veterinario llamado Juan, la visitaba a menudo con su bulldog Astur. Un día, Juan llegó con un ramo de peonías y una pregunta tímida; empezaron a salir y aunque Inés tenía miedo de otra traición, Juan supo esperar.
Inés, ¿qué más tengo que hacer para convencerte? Quiero que el próximo niño que se oiga reír aquí sea nuestro. Además, tengo un regalo para la boda.
Antes del enlace, Carmen le entregó a Inés las llaves de la casa y sus ahorros: un legado.
¿Y tus parientes? susurró incrédula Inés. ¿Y si…?
No vinieron jamás en estos años, ni un correo, ni llamada. ¿Dónde están? Solo esperaban mi entierro. Tú harás buen uso de esto.
Carmen acompañó a Inés en su boda, acunó a los nietos prestados y leyó para ellos cuentos cada noche, tejiendo historias con voces que danzaban en el aire de la casa grande.
El azar ese duende de los sueños quiso que Inés, ya arropada por sus hijos y su éxito, se cruzara un día con Álvaro, irreconocible: ropa arrugada, barriga hinchada de hastío. Los negocios se le habían escurrido entre los dedos como agua de lluvia; la muerte de su madre fue el último telón.
¿Inés?
¿Quién es usted? Una puerta del coche se abrió y un adolescente salió a llamarla.
Mamá, te espero, ¿vale? Venga, señor, déjenos pasar.
Tranquilo, hijo ella suspiró. Es un viejo conocido.
¿Este es tu hijo? Yo no tengo nada, ni nadie Tú sí que has tenido suerte.
Mejor digo: supe dar la vuelta al cuentodijo Inés con una serenidad nueva. Que tengas suerte, pero ahora tengo que irme.
¿No podrías prestarme algo, aunque sea poco?
No, Álvaro. Lo tuyo es trabajar, no mendigar. Contigo, nunca habría tenido nada, ahora lo sé y me alegro de tu adiós. Como tú dijiste entonces: qué suerte que fue así.
Y las calles de Madrid siguieron fluyendo bajo sus pasos, tejidas de memoria y sueños que, como en todas las noches españolas, nunca terminan del todo.







