AMAR SUFRIENDO, SUFRIR AMANDO: La historia de Iván y Daria, un matrimonio bendecido por la iglesia que afronta tormentas en su boda, la llegada inesperada de una rival enamorada, traiciones, hijos y reconciliaciones; con corazones divididos, consejos del párroco, viejos pretendientes, la enfermedad y redención, hasta encontrar perdón, segundas oportunidades y el verdadero significado de la familia en la vida cotidiana española.

AMAR SUFRIENDO, SUFRIR AMANDO

El matrimonio de Ignacio y Leonor fue bendecido con una ceremonia religiosa en Madrid.

En el mismo día de la boda, cuando la comitiva nupcial ya se acercaba a la histórica iglesia de San Andrés, una tormenta veraniega, salvaje e inesperada, se desató en pleno barrio de La Latina. Nadie entendió de dónde vino aquel viento furioso que arrancó sin piedad el velo de la novia. El velo ascendió al cielo como un globo, giró entre remolinos y, agotado, cayó sobre un charco lodoso en plena calle Segovia. Los invitados solo pudieron soltar un ¡Ay, Virgen! La tormenta, igual de repente, se calmó. Ignacio corrió tras el velo pero no alcanzó a rescatarlo.

El blanco inmaculado del velo flotaba en el lodo negro. Leonor, despavorida, gritó a su prometido:

¡Nacho, no lo recojas! ¡Ese velo no me lo pongo!

Las abuelas asomadas en las puertas de la iglesia se pusieron a cuchichear: Mal presagio. La vida de estos jóvenes será puro temporal y desventura

Rápidamente, en la tiendecita de la esquina, compraron una flor artificial y blanca. Se la prendieron en el recogido a Leonor, porque no había tiempo de buscar un velo nuevo. ¡No podía llegar tarde a su propio enlace!

Los novios, ya resignados, esperaban ante el altar del templo; sostenían las velas nupciales y pronunciaban promesas eternas bajo la bendición del sacerdote. Todo ante Dios. Pero antes, habían pasado por el registro civil y celebrado una boda con banquete, música y baile para las familias y los amigos… Por lo social.

A los tres años de matrimonio, el hogar ya rebosaba con dos hijos: una niña, Inés, y un niño, Álvaro. Llevaban vida de familia, sin dramas aparentes.

Pero, diez años más tarde, el destino tocó la puerta de Ignacio y Leonor con el rostro de una joven.

Leonor era generosa con todos los que llegaban, conocidos o no. Todos los invitados cruzaban el umbral y encontraban buena comida, té con pastas y conversaciones repletas de afecto. Aquella vez, sin embargo, la visitante era distinta. Llegó cuando Ignacio no estaba en casa.

Leonor la evaluó con la mirada sagaz de las mujeres: bien parecida, simpática, muy joven y de una belleza chispeante.

Buenas tardes, Leonor. Me llamo Alba. Soy la futura esposa de… su marido.

¡Caray! Leonor se quedó helada, pero no perdió compostura. ¿Y desde cuándo está Ignacio de pretendiente tuyo?

Desde hace tiempo. Pero ya no hay tiempo que perder. Ignacio y yo vamos a tener un hijo.

En serio ¡Qué historia más típica! Esposa, amante, hijo ilegítimo.

Chica, ¿sabes que Ignacio y yo estamos casados por la Iglesia, para siempre? Tenemos hijos…

Estoy al tanto, pero lo de Nacho y yo es amor. Para siempre también. Puedes pedir la anulación. Ya que él te es infiel

Mira, Alba, te aconsejo que no te metas en familias ajenas. Nosotros apañaremos lo nuestro, no necesito a nadie más, ¡buenas tardes!

Alba, encogiéndose de hombros, como quien avisa de lo inevitable, se marchó. Leonor cerró la puerta de golpe.

¡Todo se ha enterado! Qué ilusa ¡A Ignacio no lo ves tú! pensó Leonor, furiosa.

Empezó entonces a repasar los cambios en el comportamiento de Ignacio: menos paciencia con los niños, ausencias repentinas por trabajo, viajes improvisados, y de pronto, aficiones nuevas como la pesca o el senderismo en la sierra madrileña. No había tenido antes esos hobbies Las señales estaban todas allí. El sexto sentido de mujer nunca falla, sabía que algo no iba bien.

Aun así, Leonor rechazaba las sospechas: quizás todo era imaginación suya, quizás Ignacio era inocente.

Esa noche, cuando Ignacio regresó al hogar, Leonor lo invitó a cenar. Sabía que, primero, hay que alimentar bien al marido para encontrar el momento de abordar cualquier conflicto.

Cuando Ignacio terminó la cena, Leonor fue directa al corazón:

Nacho ¿Estás enamorado?

Sí, Leonor respondió Ignacio, nervioso.

Hoy vino tu amante. ¿Lo vuestro es de verdad?

Ignacio bajó la cabeza:

¡Soy un canalla! No puedo vivir sin Alba, me ahogo sin ella. Intenté cortar la relación, no lo logré. ¡Déjame, Leonor!

Te dejo La vida pondrá cada cosa en su sitio.

Ignacio se marchó. Leonor, desbordada, fue a la parroquia de la Almudena a pedir consejo al párroco. El cura la escuchó y trató de consolarla:

Hija mía, el amor es sufrido y no cesa. Son palabras sagradas. Puedes solicitar la nulidad, tu marido ha caído en pecado de adulterio. Pero también puedes perdonar, orar y esperar. Los caminos de Dios son inescrutables

Poco después, Leonor supo que estaba embarazada de Ignacio. Le dio alegría, creyó ver una señal: Ignacio regresaría algún día, pediría perdón. Así vivió los meses, esperando al bebé.

Nació un niño. La madre de Leonor propuso llamarle Juan, como Ignacio en versión castellana: Quién sabe, hija, igual el Nacho recapacita. La vida da muchas vueltas

La madre de Leonor ayudó con todo: cuidó a los niños, los alimentó, les leyó cuentos, los educó.

Ignacio no se olvidaba de Inés y Álvaro; llevaba regalos, los llevaba a la costa valenciana y enviaba sobres con euros para Leonor. Leonor les había prohibido a los niños decirle nada a Ignacio sobre el nacimiento del pequeño Juan, pero los niños nunca obedecen del todo. Inés se lo contó a su padre en una de sus visitas. Ignacio pensó que Leonor había rehecho su vida, pero jamás sospechó que aquel bebé era suyo.

Mientras, Alba atravesaba su propio calvario en el hospital de La Paz. Ignacio se desvivía por atenderla, llevaba fruta y caprichos, incluso fue a buscar tiza porque a Alba, con falta de calcio, le entró antojo de masticarla. Pero todo acabó en tragedia con el nacimiento de una niña muerta. Volvieron a sufrir otra pérdida en un segundo embarazo.

Tras aquello, Alba pidió tiempo. No quería intentar tener hijos de inmediato. Pero la vida tenía su propio guion.

Ignacio estuvo siempre a su lado, sintiéndose culpable de todo lo sufrido. Las preocupaciones de cada uno no cesaban.

A casa de Leonor, entretanto, regresó un antiguo compañero de universidad, Víctor. Había sido pretendiente de Leonor, pero resultó pesado y demasiado consentido, aunque era muy solicitado por las chicas de la facultad. Cuando Leonor conoció a Ignacio, mandó a volar a Víctor. Pero todo vuelve

Una tarde lluviosa y lúgubre en el metro de Madrid, Víctor se sentó junto a Leonor.

¿Te molesta que me siente aquí?preguntó.

No, adelante respondió ella, sin mirarle.

¿Te noto apagada, Leonor? insistió él.

Al escuchar su tono familiar, Leonor le prestó atención:

Víctor, ¡cuánto tiempo! ¿Qué es de tu vida?

Cuéntame tú, ¿eres feliz con tu marido? sondeó Víctor.

Ven a casa, anda. Tu mujer no se enfada si te retrasas, ¿verdad? le invitó Leonor.

Por el camino, Víctor compró una botella de Rioja, frutas y dulces para los niños.

Durante la cena, Leonor le confidenció todo. Necesitaba vaciar el alma. Víctor fue su paño de lágrimas, escuchó con atención y la animó. Al final, Leonor le dio un beso en la mejilla, agradecida.

Víctor nunca se casó ni tuvo hijos. La vida puede ser caprichosa.

Empezó a visitar a Leonor y siempre traía regalos a los niños y flores para ella. Leonor dejó clara su postura:

Puedes venir, pero yo sigo esperando a mi marido. Aquí no habrá confusiones.

Víctor aceptó el trato con gusto: mejor eso que la soledad absoluta. Pues te consideraré mi hermana y a tus hijos, mis sobrinitos.

Mientras tanto, la suerte de Ignacio cambió: Alba por fin tuvo una niña sana. La llamaron Bienvenida por la bendición, para que Dios la proteja.

Alba se volcó en la maternidad tanto deseada y sufrida. Recordaba la charla con Leonor, sentía el peso de la culpa, y el remordimiento la alcanzó. No hay felicidad robada que no traiga amargura. Ahora comprendía el daño causado a Leonor y pensaba en pedirle perdón de rodillas.

Ignacio adoró a su hija Bienve. Se desvivía por ella: no paraba de comprarle juguetes, de acudir a su cuna por las noches, de bañarla con ternura. Alba no podía dejar de admirar a ese padre.

Y la vida seguía

Pasaron cinco años.

Los niños crecieron y los adultos maduraron aún más.

Entonces, Alba enfermó gravemente. Tenía solo treinta años. Ignacio andaba desesperado: hospitales, médicos, tratamientos costosos Alba, resignada, se preparaba para el final.

Ignacio intentó consolarla. La veía apagarse día tras día.

Cuando los médicos la enviaron a casa a morir, Alba pidió:

Llévame con tu verdadera esposa, por favor.

Ignacio estaba sorprendido, pero accedió.

Leonor ya sabía, por su hija Inés, que Alba estaba desahuciada. Cuando Ignacio llamó concertando la visita, ella no dudó.

Ignacio llevó a Alba cargándola en brazos. Toda la familia esperaba, inquieta.

Leonor, con los brazos cruzados, le indicó una cama. Ignacio posó a Alba con sumo cuidado.

Dejadnos a solas, por favor susurró Alba.

Todos salieron. Leonor se acercó a la enferma, observándola con compasión. Se sentó junto a ella.

Perdóname, Leonor. He pagado mis errores. Te suplico que te quedes con Bienve. Salvo Nacho y tú, no tengo a nadie. Prométeme que criaréis a mi hija suplicó entre sollozos Alba.

Leonor tomó su mano con cariño:

Alba, uno no es castigado por Dios, se castiga solo. Hace mucho que te perdoné. No te angusties por Bienve, no le va a faltar de nada. Y os quedaréis aquí todo el tiempo que necesitéis. Nacho y tú. Será lo mejor para todos. ¡Verás cómo te curas! ¡La esperanza es lo último que se pierde!

Aquella casa, como en las rondallas castellanas, era grande y acogedora; todos tuvieron su sitio.

Cuidaron de Alba entre todos, sobre todo Víctor, que desde el primer día mostró especial ternura hacia la enferma. Pasaba horas a su lado, conversando, animándola Sin darse cuenta se enamoró de Alba, e idolatraba a Bienve, a la que llamaba mi margarita.

Alba no quería morir; luchó con fuerza. Gracias al afecto de Leonor y al apoyo de Víctor, un hilo de esperanza se tejió en su interior.

Pasaron seis meses de desesperación, dolorosos tratamientos y sufrimiento; hasta que Alba pudo salir al patio, empaparse de la luz tibia del sol, sonreír entre susurros, respirar hondo el aire del Retiro. La vida volvía, poco a poco.

Alba pensaba en Víctor. A Ignacio no dejó de quererle, pero era el marido de otra. No pongas los ojos en la mujer de otro. Una lección que nunca olvidaría. Víctor era bueno, acogedor, y quería a Bienve como suya. Hay familias que viven así, con el amor de uno para los dos. Alba haría lo posible por corresponderle. Solo necesitaba sanar del todo.

Llegó un día, durante una comida familiar, Alba anunció:

Leonor, Nacho. Nos vamos: Bienve, Víctor y yo. Os agradezco la casa, el cariño y la generosidad. Nunca he conocido gente como vosotros. Me inclino ante vosotros.

Ignacio y Leonor se miraron. Sabían que entre Víctor y Alba había surgido un sentimiento puro. Amor.

Tiempo atrás, Ignacio había tenido una difícil conversación con Leonor:

Leonor, pase lo que pase, quiero volver contigo. No hay fin a tu generosidad. ¿Me perdonas? Somos responsables de nuestros tres hijos. Te lo suplico, rodillas en tierra

Y cómo no, Nacho, si yo también te he echado de menos. Tómalo como enseñanza de vida: la vida es sabia y nos corrige

¿Y qué pasará con Bienvenida? Es mi hija, la quiero, Leonor mostró su preocupación.

Bienve es mi hija, jamás le fallaré. Siempre tendrá su casa abierta conmigo acentuó Ignacio.

Víctor, Alba y Bienve se prepararon para partir. En la puerta, Alba llamó a Ignacio aparte.

Quiere mucho a tu Leonor, más que a tu vida. No la hagas sufrir. Te recordaré siempre, Nacho.

Que seas feliz, Alba contestó Ignacio, emocionado.

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AMAR SUFRIENDO, SUFRIR AMANDO: La historia de Iván y Daria, un matrimonio bendecido por la iglesia que afronta tormentas en su boda, la llegada inesperada de una rival enamorada, traiciones, hijos y reconciliaciones; con corazones divididos, consejos del párroco, viejos pretendientes, la enfermedad y redención, hasta encontrar perdón, segundas oportunidades y el verdadero significado de la familia en la vida cotidiana española.
Mi hermano hizo algo que me causó mucho dolor, pero ahora necesita ayuda. A pesar de las objeciones de mi familia, siento que debo apoyarle, porque es mi propio hermano.