¡Inés es joven, seguirá dando vida! susurró entre las columnas de granito blando en aquella plaza de provincia flotante, donde las campanas sonaban en horas imposibles. Al final, nadie necesitaba a la criatura.
Inés y Rodrigo crecieron bajo las sombras largas de los naranjos en un pueblo recóndito de Castilla, asistiendo juntos a la escuela, compartiendo meriendas de pan con aceite. Tras acabar el bachillerato, pusieron rumbo a Madrid, donde la ciudad les daba zarpazos de luz y ruido. Alquilaban un pisito diminuto con vistas a un reloj sin manecillas. Ambos encontraron trabajo por horas y vivieron juntos, sin firmar papeles, ni prometer nada a nadie. Cuando Inés se descubrió embarazada, Rodrigo desapareció como humo en la Puerta del Sol. Él no soñaba con bautizos ni cunas.
Inés, tocada por una tristeza de azulejos fríos, volvió a la casa solariega de su madre para criar a la niña. La madre de Rodrigo, doña Encarnación, concejala muy respetada en la villa, corría la voz entre las vecinas de mantón y misa: Inés esperaba un hijo de otro, aquel bebé no era de su estirpe. Pellejadas de familia, agravadas porque ambas familias compartían acera y panadería.
Todos en el casino del pueblo murmuraban la novela. Inés trajo al mundo a una niña de cabellos de trigo. No reclamó nada de los padres de Rodrigo. Solo anhelaba que la dejaran en paz, criar a su hija sin algarabía. Pero doña Encarnación seguía sembrando desconfianza:
¡Fíjense ustedes! decía en la tertulia, sirviéndose un vaso de tinto. La chiquilla es rubita, ¡y nosotros somos todos azabache! Esa nariz, ¡qué disparate! Todos lindos y la criatura Pues eso ¡Intenta colarse en nuestra familia! ¡Qué gentuza!
Harta del runrún, Inés sugirió una prueba de paternidad para aquietar el alma de doña Encarnación. Nadie sabe por qué cedió, pero el resultado fue inmediato, como si lo susurraran los álamos por la noche: la señora la invitó a casa para conocer a la nieta, ofreciéndoles regalos carísimos, ropita, joyitas Inés, que solo tenía la modesta pensión de su madre, casi lloró de alivio.
Con el tiempo, la abuela exigió llevarse a la pequeña de visita. Inés explicó que la niña apenas tenía un año, que era pronto para separarlas ni un fin de semana. La abuela se puso áspera, como el pan viejo.
Si insistes le advirtió, demandaré por el derecho a ver a mi nieta. ¡Si la niña estaría mejor conmigo! Aquí no le falta de nada: casa, pianos, profesora particular El juez dirá que el padre tiene piso y manutención, y tú ni trabajo ni compañía. Renuncia, que eres joven. Ya vendrán otros hijos. Todos los jueces son amigos míos; ya sabes quién ganará.
Inés se revolvió como animal acorralado. Durante años, litigaron en los tribunales: testigos, fotos, murmuraciones de pasillo, miradas que no decían nada y lo decían todo. La familia influyente vigilaba, buscaba pruebas, llamaba a abogados con corbatas de mil colores. Inés tuvo que escapar, ocultarse tras cortinas y falsas direcciones. Todo, todo era espuma. Al fin, el ruido se apagó cuando Rodrigo se casó con otra y tuvo un hijo varón. Doña Encarnación cambió de objeto de amor. La hija de Inés empezó el colegio; Inés se trasladó a Madrid. Sin embargo, regresaba a menudo al pueblo, donde seguía su madre, envejecida pero aún firme.
Allí, en la ciudad grande, el tiempo resbaló. Inés conoció a un joven amable; su madre la animó a rehacer su vida: Haz tu camino, hija. Yo cuidaré de la niña un tiempo. Podías traerla cuando todo esté tranquilo.
Inés se casó y, entre ilusiones y dudas, esperaron un bebé. Vivían en un piso de alquiler, sin raíz ni alfombra. Pero Inés, encogida ante la nueva familia, dejó que su hija siguiera con la abuela. Allí tenía amigos, colegio, seguridad. El marido nuevo no deseaba una hija que no era suya, y pronto nacería otro pequeño. Así, la abuela y la nieta se cuidaban mutuamente, pero la salud de la madre de Inés flaqueó. Ambulancias silenciosas al amanecer, estancias en hospitales soñolientos; la niña, entonces, se quedaba con los viejos vecinos del barrio, que le daban caramelos y la hacían leer en voz alta.
Mientras tanto, doña Encarnación perdió todo interés. Su nieta ya no era favores ni disputa. Al cruzar con la madre de Inés bajo las farolas tristes, musitaba con una media sonrisa:
Si me la hubieras dado, habría cuidado de ella como nadie. Ahora podría estar en un colegio de idiomas, tocando el piano, rodeada de excelencia. Pero su madre la abandonó. ¿Qué será de esa muchacha, quién la cuidará? Ahora mi nieto varón, él sí tendrá de todo: el mejor colegio, las mejores actividades. Él sí.
El padre, por su parte, jamás se preocupó de la niña, como si nunca hubiera existido para él. Y así, la niña por la que tanto lucharon en los tribunales y por la que tanta tinta corrió en las tabernas del pueblo, terminó suspendida en el aire de los sueños, como algo hermoso y ajeno, necesario para todos y para nadie. Nadie sabe cómo será su camino cuando despierte el sueño.







