Mira, te voy a contar algo que me pasó y que todavía le estoy dando vueltas. Verás, hace ya unos años que falleció mi suegra, y me prometí a mí misma dos cosas. Primera, que con los muertos solo hay que hablar bien o no decir nada, como dice el refrán. Y segunda, que si algún día tuviera nuera, jamás me iba a comportar como mi suegra lo hizo conmigo.
Bueno, ya sabes que podemos jurar una cosa y luego la vida se encarga de recordarte que nada es tan sencillo.
Mi hijo único, Jacobo, ya tiene 25 años y este verano se presentó en casa con su novia. Yo, fiel a mi decisión de no meterme en sus cosas, la recibí con los brazos abiertos y, siendo sincera, también con la cautela de quien no quiere repetir viejos errores.
Me repetí que no iba a mirarla por encima del hombro, que no iba a estarle sacando defectos, ni dándole la chapa con consejos absurdos. Todo eso ya lo hice con mi suegra, y acabamos tan mal que ni nos soportábamos.
No pretendo ahuyentar ni a Jacobo ni a su chica. Te soy franca, disfruto preparándoles el café, sé quién toma el pan con tomate y quién no soporta la mermelada en el desayuno, y los fines de semana hasta me esmero con algún caprichito, porque entre semana ni tiempo tengo.
A veces, mi truco es desaparecer y largarme con mi marido a pescar a un embalse, a charlar con alguna amiga o me tiro a casa de mi madre a preparar mermeladas y encurtidos. Así se quedan ellos tranquilos y yo también.
Pero mira, el otro día me llevé una sorpresa de esas que te hacen reír y al mismo tiempo pensar. La novia de Jacobo, que se llama Inés, me enseñó una blusa preciosa que se compró de oferta volviendo del trabajo. No le costó casi nada, y encima más barata porque le faltaba un botón.
La verdad es que le quedaba de maravilla, pero al día siguiente, que íbamos a salir juntas de compras, le propuse que se la pusiera y me dijo que no podía porque ¡no sabía coser el botón!
Mira, se me escapó un ¡Ay madre! y no es que la juzgue, pero me dejó loca imaginar que una chica de 22 años no tiene ni aguja, ni hilo, ni sabe cómo va ese asunto.
Y yo pensando: Pues si no es capaz de coser un botón, ¿cómo va a cuidar de sí misma, de una casa o tomar decisiones importantes cuando la vida la ponga a prueba?
Y ahora estoy hecha un lío, sin saber si simplemente coserle el botón y tirar para adelante, enseñarle cómo se hace, o dejarlo estar y que si quiere llevar la blusa que la lleve y si no, que se la deje en el armario sin botones.
De lo que sí estoy segura es de que no quiero convertirme en la suegra mala del cuento; esa ya la conocí y no me gustó nada el papel.







