Mi suegra falleció hace varios años y, tras darle sepultura, me prometí a mí misma cumplir con la norma de que a los muertos se les respeta, ya sea para bien o para mal.
Y también me juré no convertirme jamás en lo que ella fue conmigo, por muchas nueras que pasaran por mi casa.
Pero una cosa son los propósitos y otra muy distinta la realidad de la vida.
Mi único hijo, Ignacio, cumplió 25 años este verano y trajo a casa a su novia por primera vez.
Fiel a mi decisión de no entrometerme en sus asuntos, recibí a la muchacha con el corazón abierto y la mente alerta, aunque con cierta prudencia.
Me obligué a no juzgarla, no buscarle defectos, ni imponerle lecciones. Todo eso lo hizo mi difunta suegra conmigo y sólo consiguió que llegáramos a odiarnos mutuamente.
No quiero que Ignacio ni su pareja acaben por marcharse de nuestra casa. Reconozco que me alegra prepararles el café por las mañanas, sé exactamente cómo le gusta el desayuno a cada uno, y los mimo especialmente los fines de semana; durante la semana, con tanto quehacer, no siempre tengo tiempo para esos detalles.
Por eso procuro darme un respiro marcharme al lago con mi marido, visitar a una amiga o ir a casa de mi madre a hacer mermeladas y encurtidos, y así ellos pueden disfrutar de tiempo solos en casa.
Hasta que, hace poco, sucedió algo que me resultó curioso y a la vez revelador, y por eso lo cuento. Una tarde, la novia de Ignacio llegó enseñando una blusa nueva que había comprado de camino del trabajo a casa.
No era cara, y además estaba rebajada porque le faltaba un botón.
Se la probó, la giró delante del espejo era muy bonita y le quedaba de maravilla. Al día siguiente, viernes, íbamos de visita y le pregunté si quería estrenar la blusa nueva pero me dijo que no podía ponérsela, porque no le sabía coser el botón.
¡Vaya! No pude evitar expresarlo en voz alta, y de verdad me sorprendió que una chica de 22 años no tuviera en casa ni hilo, ni aguja, ni supiera coser un botón.
Y pensé: mañana, ¿cómo se las apañará? ¿Cómo cuidará un hogar, una familia, cómo afrontará decisiones importantes?
Ahora estoy indecisa no sé si coserle yo el botón sin mayor comentario, si aprovechar para enseñarle cómo se hace, o si dejar que lo resuelva sola: si quiere la blusa, que aprenda; si no, que la guarde sin botones en el armario.
De algo estoy segura no quiero convertirme en una suegra amargada, ya he visto el daño que eso hace y no quiero reproducirlo.
A veces, las cosas más sencillas en la vida como coser un botón son la ocasión perfecta para tender la mano, ser paciente y recordar que todos tenemos algo nuevo que aprender, venga de donde venga. La comprensión y el ejemplo dan más fruto que el juicio o la exigencia.







