Mi cuñada se fue de vacaciones a un resort mientras nosotros renovábamos la casa, y ahora quiere vivir cómodamente aquí

Mi cuñada se fue de vacaciones a Benidorm justo cuando nosotros estábamos metidos hasta el cuello en reformas, y ahora resulta que le urge vivir “cómodamente”. Menudo morro.

Le propuse, más lanzada que otra cosa, que podíamos poner dinero a medias para renovar la casa antigua que heredaron mi marido y su hermana. Ella, muy digna, respondió que ni falta le hacía. Claro, ahora nos pide santuario porque su mitad está hecha un asco, sin ni un mísero radiador. ¡Pues haberlo pensado antes!

La casa era de la abuela de mi marido. Al fallecer, él y su hermana se la repartieron amigablemente. La vivienda era realmente viejuna, pero nos entusiasmamos con el reto de renovarla para irnos a vivir allí. Tenía dos accesos, así que cada familia podía estar en paz a su bola. El patio delantero y el trasero eran compartidos igual que el mismo número de habitaciones para cada lado, pero bueno, nos parecía equitativo.

El reparto fue con paz, sin cuchillos volando. Mi suegra no quiso ni oír hablar de quedarse con nada, ciudadana consumada ella, y les largó: Haced lo que queráis.

Mi marido y el esposo de mi cuñada hicieron piña para arreglar el tejado y reforzar los cimientos con unos ahorrillos. Queríamos seguir las obras, pero ahí mi cuñada, Lucía, montó el drama: que si eso es una casucha de cuento de terror, que ni loca mete un duro. El marido, Javier, agachó las orejas y calló, acostumbrado ya a que Lucía mande.

Nosotros ya veíamos la independencia a tiro. El pueblo estaba cerca de Valladolid y teníamos coche, así que la idea de dejar aquel cuchitril de piso de 30 metros y disfrutar un espacio propio era un sueño posible. Construir de cero era impensable con las hipotecas como estaban, así que la herencia era una bendición, aunque fuera a base de goteras.

Para Lucía, la casa sólo era el chalet de verano. Su plan era venir cuatro domingos para barbacoas e irse a la piscina municipal. Nos lo dejó clarito desde el inicio: ni un euro ni un ladrillo.

En cuatro años sudando la gota gorda, conseguimos dejar nuestra mitad como un palacio de los Reyes Católicos moderno: bañera nueva, calefacción de gas, instalación eléctrica que no chisporrotea, ventanas eficientes y la terraza pintada que daba gusto. Echamos horas y horas, incluso fines de semana y festivos, pero nos hacía ilusión nuestro hogar.

¿Y Lucía? Viajando por Europa con Javier, subiendo fotos a Instagram de escapadas a Oporto, sin interés ni por la obra ni por el barrio. Todo cambió cuando fue madre y se pilló la baja de maternidad. Las vacaciones se esfumaron y el sueldo también.

De repente, la casa del pueblo pasó a ser la solución ideal. Encerrarse en 50 metros con un bebé no es vida, pensó. Allí la criatura podría corretear en el patio y respirar fresco.

Pero, claro, su lado estaba tan deteriorado que, sinceramente, ni para refugio nuclear valía: sin calefacción, ni baño decente. Decidió plantarse en nuestra mitad con el niño armado con una mochila tamaño cabina. Primero pidió una semana; al final acepté más por pena y porque me pilló blanda.

El niño, Íñigo, gritón nivel Champions. Lucía, fiel a su estilo, campaba a sus anchas, sin respeto por los horarios ni el teletrabajo. La convivencia fue tan insufrible que me retiré a casa de una amiga en Salamanca. A ella le vino genial: regaba las plantas y tenía donde dormir gratis.

Casi un mes después volví, entre cuidar a mi madre y favores varios. Creía que Lucía habría huido aburrida, pero la encontré tan instalada como si la hipoteca fuera suya. Ya ni preguntaba, simplemente estaba allí, haciendo cónclave.

¿Y tú para cuándo piensas irte?
¿Dónde voy a ir ahora con el niño? Aquí estamos fetén me soltó.
Mañana mismo te llevo a la ciudad le dije.
Yo no quiero volver al piso.
Pues ya podrías haber limpiado en todo el mes, esto no es el Meliá le solté, medio en broma medio en serio.
¿Y tú quién eres para echarme? Esta también es MI casa.
La tuya acaba en el otro lado del tabique, campeona. Adelante, buenas noches y gracias por visitarnos.

Intentó poner a Javier rebelde, pero él, con tono de resignación sevillana, le dijo que ya iba siendo hora de largarse. Se marchó ofendida, lo que duró dos horas, porque enseguida mi suegra, Doña Carmen, me empezó a llamar a todas horas:

No puedes echarla, es SU casa también.
Puede quedarse en SU lado, que arregle ella su techo le explicó mi marido.
¿Y cómo va a criar ahí al niño? Si no tiene ni váter dentro, que sólo hay gallinas y corriente. Podríais ayudarla un poco, digo yo.
Ya quisimos ayudar hace años, pero ella, que no, y ahora toca pringar nosotros… tururú.

Finalmente nos plantamos: le propusimos a Lucía vender su mitad a mi madre. Lucía, más lista que el hambre, pidió un pastón, como si el casoplón estuviera frente a la Sagrada Familia, lo que nos dejó pasmados.

Desde entonces, la tensión está que arde. Mi suegra indignadísima, Lucía un incordio y encima vienen de vez en cuando en modo fiesta mayor, armando escándalo y fastidiando las plantas del patio.

Nos hemos puesto a construir una valla de esas que ni en la frontera, para marcar territorio como dos perros madrileños. Lo de ceder y hacer favores, se acabó. Es justo, ¿no? Si es lo que la reina del verano quería.

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Mi cuñada se fue de vacaciones a un resort mientras nosotros renovábamos la casa, y ahora quiere vivir cómodamente aquí
A mis 52 años, me encuentro vacío: sin esposa, sin familia, sin hijos, sin trabajo… sin nada.