Recuerdo aquellos años en los que Tomás comenzaba a sospechar, de manera insistente, que su esposa le estaba engañando. Temeroso y desconfiado, planeó darle una lección que acabó por sorprenderle más de lo esperado.
¿Cariño, no vas a llegar tarde?, le preguntó Inés, su esposa, mientras él hablaba por teléfono. Tu tren a Barcelona sale en poco más de dos horas.
¿No te lo he dicho? respondió Tomás, fingiendo sorpresa. El viaje de negocios se había aplazado; creía que se marcharía en unos días.
Ya veo contestó Inés rápidamente, y fue directa hacia la cocina donde había dejado el móvil. Envió un mensaje a alguien y regresó como si nada. Desde ese instante, Tomás sintió que sus sospechas crecían: ¿y si Inés realmente tenía a otro?
Su actitud siempre era comprensiva, nunca se enfadaba cuando Tomás salía de tapas con sus amigos, ni cuando regresaba tarde tras una noche de copas. Incluso al volver ebrio, ella mantenía la serenidad. Los amigos le decían que una esposa así era un regalo, que pocas mujeres conservaban tal tranquilidad, y que no había nada de qué preocuparse. Sin embargo, la intranquilidad mordía por dentro a Tomás.
Era ocho años mayor que Inés, y aquel pensamiento inevitable le asaltaba: ¿Y si mi esposa ha encontrado un hombre más joven? ¿Y si ya no le intereso? A pesar de todo, tuvo la sensatez de no enfrentarse a ella sin pruebas; sería impropio lanzarle una acusación sin fundamento. Quería asegurarse al cien por cien. Así que, ni corto ni perezoso, no ideó otra cosa que instalar cámaras diminutas en todo el piso de la calle Alcalá.
Emprendió su viaje a Valencia malhumorado. Inés, atenta a cada gesto, le notó intranquilo y estuvo a punto de ofrecerle alguna tila, como hacía su madre en Zamora en los días de tormenta. Aquellos detalles le confortaron, y durante un rato pensó que quizá estaba equivocado.
No quería ver las grabaciones a distancia, y apenas asomaba el tiempo para ello. Solo por la noche, tras la jornada, abría de mala gana el portátil y repasaba algún vídeo. Bastaban cinco minutos para cerrarlo y apartarlo a un rincón, lejos de la tentación.
La estancia en Valencia pasó veloz. El último día, tras despedir a Inés cuando salió rumbo al hospital donde trabajaba, Tomás encendió el ordenador para enfrentarse a la verdad. Repasó las grabaciones con detenimiento. Al principio, la rutina de siempre: Inés despertando, desayunando café con leche y pan con tomate, limpiando la casa. Pero a media tarde, Tomás se sorprendió al ver que su esposa, siempre impecable, estaba tumbada en el sofá con unas bermudas viejas y una camiseta de él, jugando embelesada frente al ordenador. En la pantalla, las voces de otros jugadores españoles resonaban animadamente. Descubrió que Inés era apasionada de los juegos de azar online.
No es algo ideal reflexionó Tomás, pero cada uno tiene sus aficiones y manías.
Rápidamente, revisó el resto de las grabaciones. Nada fuera de lo habitual: el portátil, tareas del hogar y soledad absoluta. En todo ese tiempo, no entró ni salió ningún hombre de la casa.
Tomás apagó el portátil y soltó un largo suspiro. Le embargó la culpa por haber desconfiado de Inés. Decidió encargarle un gran ramo de rosas castellanas y organizar una cena íntima, como las de antaño en la plaza Mayor, llena de velas y jamón ibérico. No obstante, dejó las cámaras donde estaban, aún inseguro del todo. Lo que no imaginaba era que ese pequeño secreto…







