¿Pero cómo has dejado que te pase esto, muchacha? ¡Nadie te va a querer ahora con un crío en camino! ¿Y cómo piensas sacarlo adelante? Que sepas que no voy a ayudarte. Yo ya te he criado, ¿tengo ahora que cargar también con tus problemas? Lárgate de mi casa, recoge tus cosas y no quiero volver a verte.
Isabel aguantaba las voces de su tía Carmen con la mirada clavada en el suelo. La última esperanza de que le dejaría quedarse, al menos hasta encontrar trabajo, se desvanecía por completo.
Si al menos viviera mi madre
Nunca llegó a conocer a su padre, y su madre había muerto hace quince años, atropellada por un conductor borracho en un paso de cebra. Las autoridades querían llevar a Isabel a un centro de menores, pero de repente apareció un pariente lejano un primo tercero de su madre que se hizo cargo de ella. Tenía casa y un sueldo decente, justo lo necesario para los trámites.
Vivían en las afueras de un pueblo al sur de Castilla, de veranos abrasadores e inviernos húmedos. Nunca le faltó un plato de comida ni fue mal vestida, y desde pequeña aprendió lo que era trabajaren una casa con corral y animales, siempre hay faena que hacer. Tal vez le faltó el cariño de una madre, pero ¿a quién le importaba?
Estudió con ganas. Después del instituto, entró en Magisterio. Los años de universidad pasaron volando y, con el título en la mano, volvía ahora a su pueblo natal. Pero esta vez, el corazón le pesaba.
¡Vete ya y no te quiero ni ver!
Tía Carmen, pero al menos
¡He dicho que te vayas!
Isabel cogió su maleta y salió bajo el sol que caía a plomo. ¿Cómo había acabado así? Humillada, rechazada y con la tripa apenas notándose no había querido mentir, reconoció su embarazo.
Necesitaba encontrar un techo. Caminaba cabizbaja, digiriendo sus pensamientos, cuando la sorprendió una voz:
¿Quieres un poco de agua, hija?
Una mujer de unos cincuenta años, robusta y con mirada vivaracha, le extendió una jarra de agua fresca.
Entra, si vienes en son de paz.
Isabel se sentó en el banco del porche y bebió con ansia.
¿Puedo quedarme un rato? Hace mucho calor
Quédate, hija. ¿De dónde vienes así? Y ese equipaje
Acabo de terminar la universidad, busco trabajo de maestra. Pero no tengo dónde quedarme ¿Conoces a alguien que alquile?
La mujer, llamada Rosario, la observó. Limpia, pero con ojeras profundas.
Puedes quedarte aquí. No te pediré mucho, pero tendrás que pagar puntual. Si te parece bien, ven que te enseño la habitación.
Feliz de encontrar compañía y un dinerillo extra en aquel pueblo casi olvidado, Rosario la llevó a un cuarto pequeño, con ventana al huerto. Cama de hierro, un armario antiguo y una mesa suficiente.
Durante los días siguientes, Isabel se instaló y empezó a buscar trabajo. Se hizo amiga de Rosario, ayudando en lo que podía en la casa. Por las tardes, compartían infusiones a la sombra de la parra, hablando de la vida.
El embarazo iba bien. Isabel le terminó contando la historia: lo de Javier, aquel chico de la universidad, hijo de profesores adinerados, que se largó en cuanto le confesó que estaba embarazada. Al menos se quedó el dinero que él le dejó sabía que lo iba a necesitar.
Escúchame, hiciste bien en seguir adelante le gruñó Rosario. El crío no tiene culpa de nada. Ya verás cómo te da alegrías.
En febrero, empezaron los dolores. Rosario la llevó corriendo al hospital y allí, Isabel trajo al mundo a un niño fuerte y sano Pedro. En la sala de maternidad, oyó hablar de otro bebé, una niña de una mujer que, nada más parir, desapareció.
¿Alguien puede alimentarla? Está muy débil preguntó una enfermera.
Isabel la tomó en brazos. Era tan pequeña, blanca como la leche.
Te vas a llamar Alba, susurró.
Cuando apareció el capitán Alfonso Martín, padre de la niña, todo cambió. El día del alta, había un coche esperándolas con globos azules y rosas. El militar las subió a las dos, dándole dos paquetes: uno azul y otro rosa.
Durante meses, el pueblo no habló de otra cosa que no fuera la boda que vino después. El capitán, emocionado por la bondad de Isabel, le pidió matrimonio. Y así, Isabel, con Pedro en brazos y Alba adoptada, estrenaba una nueva vida.
¿Quién iba a decir que un día abrasador de verano y una jarra de agua cambiarían tanto el destino de tanta gente? Así es la vida, te da la vuelta y te abre libros cuyas páginas aún no conocías.







