El temporizador sobre la mesa
Has vuelto a colocar la sal donde no es dijo ella, sin apartar la vista de la olla.
Él se quedó quieto, bote en mano, mirando la estantería. La sal estaba en su sitio habitual, junto al azucarero.
¿Dónde debería ir? preguntó con cautela.
No es dónde debería, es donde yo la busco. Te lo he explicado más de una vez.
Es más fácil que me digas tú dónde, antes de que tenga que adivinar respondió él con la irritación floreciendo en la voz, una sensación ya tan familiar.
Ella apagó el fuego con gesto brusco, puso la tapa y se giró hacia él.
Estoy cansada de tener que decirlo siempre todo. ¿Tan difícil es que simplemente esté en su sitio?
O sea, que otra vez lo hago todo mal concluyó él, dejando el bote en la misma balda, apenas unos centímetros más a la derecha.
Ella abrió la boca, pero optó por golpear la puerta del armario y salir de la cocina. Él se quedó allí, cuchara en mano, escuchando sus pasos por el pasillo. Suspiró, probó la sopa, y sin pensar, volvió a añadir sal.
Una hora después, cenaban en silencio. Del salón llegaba el murmullo del telediario reflejándose en los cristales de la vitrina. Ella comía despacio, casi sin mirarle. Él jugueteaba con el tenedor en la carne empanada, pensando en cómo todo seguía siempre el mismo guión: la nimiedad, el reproche, su frase, el silencio de ella.
¿Así vamos a vivir siempre? de pronto preguntó ella.
Él levantó la vista.
¿Qué quieres decir?
Que siempre es igual dejó el tenedor sobre el plato. Tú haces algo, yo me irrito, tú te ofendes. Y vuelta a empezar.
¿Y qué hacemos si no? intentó bromear él. Si esto ya parecen nuestras tradiciones familiares.
Ella no sonrió.
Leí algo dijo ella. Sobre hablar. Una vez por semana. Con temporizador.
Él parpadeó.
¿Con qué?
Con un temporizador. Diez minutos hablo yo, diez tú. Sin tú siempre, sin tú nunca. Solo yo siento, para mí es importante, yo quiero. Y el otro, mientras tanto, no puede ni rebatir, ni defenderse. Solo… escuchar.
¿Lo has sacado de Internet? preguntó él.
De un libro. Da igual. Quiero probarlo.
Él bebió agua, buscando tiempo.
¿Y si no quiero? inquirió, esforzándose en sonar neutral.
Pues seguiremos discutiendo por la sal dijo ella, tranquila. Y yo no lo quiero.
Él miró su rostro. Las arrugas junto a la boca se habían profundizado, y ni siquiera recordaba cuándo. Parecía cansada, pero no del día, sino de toda una vida.
Bueno aceptó. Pero te advierto que en esto de las técnicas modernas… no soy un experto.
No hace falta serlo esbozó una pequeña sonrisa. Hace falta ser sincero.
El jueves por la tarde, él estaba sentado en el sofá, móvil en mano, fingiendo leer El País. En el estómago sentía el mismo nudo desagradable de cuando iba al dentista.
El temporizador de cocina, redondo, blanco, con cifras en negro, reposaba en la mesa de centro. Normalmente servía para los empanados; hoy parecía un intruso entre los dos.
Ella apareció con dos vasos de té, los posó y se sentó enfrente. Llevaba un jersey de estar por casa, alargado de tanto uso, y el pelo recogido en una coleta floja.
Bueno dijo. ¿Empezamos?
¿Tenemos reglas y todo? trató él de restar hierro.
Sí. Yo primero. Diez minutos. Luego tú. Si queda algo, lo dejamos para la próxima semana.
Él asintió, dejó el móvil en el apoyabrazos. Ella cogió el temporizador, giró el aro hasta el 10 y pulsó el botón. El tictac llenó la habitación.
Yo siento arrancó ella, pero se calló.
Él se descubrió esperando el habitual tú nunca o siempre igual, y el cuerpo preparado para encogerse. Pero ella, apretando las manos, siguió:
Siento que soy como un decorado. Que la casa, la comida, tus camisas y nuestros días suceden solos. Y si yo paro, se viene todo abajo. Pero nadie lo ve, hasta que ya es un desastre.
Él tragó saliva. Quiso replicar que sí lo veía, solo que no lo decía. Que quizás era ella la que no le dejaba hacer. Pero recordó las reglas y permaneció en silencio.
Me importa ella levantó la mirada un instante y bajó los ojos que lo que hago sea visible. No por agradecerlo cada día, ni decirme siempre que la comida está buena. De vez en cuando y ya está, pero que notes el esfuerzo. Que no pasa solo.
El tictac seguía. A él le apetecía contestar que él también llegaba exhausto del trabajo. Pero en las normas no cabía interrumpir.
Yo quiero suspiró ella. Quiero no ser siempre la responsable de todo por defecto: tu salud, las fiestas, los niños. Quiero poder ser débil a veces, y no solo sostenerlo todo.
Él miró sus manos; en la derecha, el anillo que él le regaló por su décimo aniversario brillaba con la piel marcada. Recordó los nervios al elegir la talla correcta.
El temporizador sonó. Ella se sobresaltó y sonrió torcida.
Se acabó anunció. Mis diez minutos.
Bueno, ahora yo tosió él. Me toca.
Ella asintió, le acercó el temporizador y lo puso de nuevo en 10.
Él se sintió como un niño de primaria frente a la pizarra.
Yo siento empezó, dándose cuenta de lo torpe que sonaba. Siento que en casa me entran ganas de esconderme. Porque si hago algo mal, lo notáis. Si lo hago bien, es lo normal.
Ella inclinó la cabeza, en silencio.
Me importa buscó las palabras que cuando vuelvo de trabajar y me siento en el sillón no sea pecado mortal. No estoy parado allí; también me canso.
Sus miradas se cruzaron. En la de ella había cansancio, pero también escucha.
Yo quiero dudó. Quiero que cuando te enfades no digas que no entiendo nada. Entiendo cosas. No todo, pero algo sí. Cuando lo dices, prefiero encerrarme y callar, porque sé que lo que conteste va a estar mal.
El pitido del temporizador le interrumpió. Dio un respingo, como si despertara de golpe.
Permanecieron callados. El silencio era solo interrumpido por el lejano runrún del frigorífico y la calefacción.
Extraño comentó ella. Es como si ensayáramos.
Como si en vez de marido y mujer buscó la palabra. Como si fuésemos pacientes.
Ella sonrió por primera vez.
Pues pacientes seremos. Vamos a probar un mes. Una vez a la semana.
Él encogió los hombros.
Un mes no es condena.
Ella asintió y se llevó el temporizador a la cocina. Él la observó, pensando que tenían un nuevo objeto de decoración.
El sábado salieron juntos al supermercado. Ella iba delante con el carro, él la seguía tachando de la lista: leche, pollo, arroz.
Coge tomates indicó ella sin girarse.
Él se dirigió a la caja, seleccionó unos y los metió en la bolsa. Se sorprendió pensando en decir: Siento que los tomates pesan, y soltó una carcajada corta.
¿De qué te ríes? preguntó ella, curiosa.
Practico respondió él. Frases nuevas.
Ella puso los ojos en blanco, aunque se le escapó una sonrisa.
En público no hace falta, replicó. Aunque quizás sí.
Pasaron junto a las galletas. Él cogió el paquete favorito de ella, pero recordó lo del azúcar y su tensión. Dudó.
Llévalo le animó ella. No soy una niña. Si no quiero, lo llevo al trabajo.
Él puso el paquete en el carrito.
Yo empezó, pero se cortó.
¿Qué? insistió ella.
Entiendo que haces mucho murmuró él, fijándose en el precio. Esto cuenta para el jueves.
Ella lo miró de verdad y asintió.
Te lo apunto dijo, tierna.
El segundo jueves fue peor.
Él llegó quince minutos tarde: trabajo, tráfico, la llamada del hijo. Ella ya esperaba, temporizador en la mesa, cuaderno de cuadros abierto.
¿Estás listo? preguntó sin saludo.
Un momento se quitó la chaqueta, la dejó en la silla, fue a la cocina, se sirvió agua. Regresó sintiendo su mirada clavada.
No tienes por qué hacerlo dejó caer ella. Si no te interesa, dilo.
Sí que me interesa contestó sin mucho convencimiento, es que ha sido un día largo.
Para mí también cortó ella. Pero he llegado a tiempo.
Él apretó el vaso.
Venga, dale.
Ella giró el temporizador a 10.
Siento que vivimos como compañeros de piso. Hablamos de facturas, la compra, la salud, pero nunca de lo que queremos. No recuerdo la última vez que planeamos un viaje de verdad, sin que nos haya invitado nadie.
Él repasó mentalmente la casa rural con la hermana de ella y el viaje al balneario del verano, cortesía del sindicato.
Me importa que tengamos planes juntos, no solo tareas. No algún día iremos al mar, sino: aquí, en esta fecha, así de concreto. Y que no tire yo sola del carro.
Sin mirarle, siguió.
Quiero que hablemos de sexo cuando también existe, no solo cuando falta. Me da vergüenza decir esto, pero echo en falta más que el acto en sí atenciones, abrazos, caricias que no sean por rutina.
Él sintió un rubor desde las orejas hasta el cuello. Quiso bromear con la edad, pero no pudo.
Cuando te giras en la cama, pienso que ya no te intereso. No solo como mujer, sino en totalidad.
El temporizador marcaba el paso del tiempo, y él evitaba mirarlo.
Ya está dijo ella con el pitido. Te toca.
La mano de él titubeó al girar el temporizador esta vez; fue ella quien lo acercó.
Siento que, cuando hablamos de dinero, parezco un cajero automático. Si niego algo, parece racanería; cuando es miedo.
Ella frunció los labios, pero no interrumpió.
Me importa que sepas que temo quedarme sin colchón. Recuerdo los años noventa, cada peseta contada. Cuando dices que exagere, me pongo en tensión.
Inspiró hondo.
Quiero que las grandes compras las consultes conmigo antes. No que me lo digas ya cerrado: me he apuntado, ya he encargado, ya está hecho. No es aversión a gastar, es miedo a sorpresas.
El alivio llegó con el pitido.
¿Puedo hablar? saltó ella de repente. Me salto las normas, pero no puedo callar.
Él se congeló.
Habla asintió.
Cuando dices cajero automático la voz temblorosa, siento que crees que solo sé gastar. Pero yo también tengo miedo. A enfermar, a que te vayas, a quedarme sola. Y a veces, comprar es darle sentido al futuro. Planificar juntos.
Él iba a contestar, pero se frenó justo a tiempo. Entre ambos, la mesa era frontera.
Esto no va con temporizador susurró él.
Lo sé dijo ella, pero no soy un robot.
Él sonrió sin alegría.
Igual esto no es para personas de carne y hueso murmuró.
Es para los que quieren intentarlo respondió ella.
Él recostó la cabeza, agotado.
Por hoy suficiente propuso.
Ella miró el temporizador, lo dejó más cerca del borde, como para dejar abierta la puerta a continuar.
Esa noche, él dio vueltas en la cama. Ella le daba la espalda. Él acercó la mano, dudó unos centímetros y la retiró. Pensó en lo de sentirse como vecinos.
Se giró boca arriba y miró el techo.
La tercera charla surgió en el autobús, camino del ambulatorio. Él tenía que hacerse un electro, ella análisis. Mucha gente, iban de pie, ella mirando la calle, él su perfil.
¿Estás enfadada? preguntó él.
No respondió ella. Pienso.
¿En qué?
En que envejecemos suspiró ella. Y que si no aprendemos a hablar ahora, luego no nos quedarán fuerzas.
Él pensó en justificar que aún estaba bien, pero se calló. Recordó cómo el día anterior había jadeado al subir al quinto sin ascensor.
Tengo miedo se le escapó. De acabar ingresado y que vengas con comida sin decir una palabra.
Ella se volvió hacia él.
No estaré enfadada dijo suavemente. Estaré asustada.
Él asintió.
Por la noche, sentados en el sofá, el temporizador esperaba en la mesita. Ella puso dos tazas de té y se sentó enfrente.
Hoy empiezas tú propuso ella. Yo ya hablé en el autobús.
Él suspiró y marcó el 10.
Siento que cuando hablas de tu cansancio, me lo tomo como que me acusas. Aunque no lo digas. Y empiezo a defenderme antes de tiempo.
Ella asintió atentamente.
Me importa aprender a escucharte, no sólo a protegerme. Pero no sé hacerlo. Me educaron pensando que si has hecho algo mal, toca castigo. Así que, si dices que te encuentras mal, yo escucho: tú tienes la culpa.
Era la primera vez que lo admitía en voz alta.
Quiero dejar claro que cuando hablas de ti, no tengo por qué ser automáticamente culpable. Y si hago algo mal, dilo en concreto, no con eternos siempre.
El tictac llenaba la estancia. Ella escuchaba paciente.
Ya está expiró él al sonar el pitido. Tu turno.
Ella giró el dial.
Yo siento empezó despacio que llevo años en modo aguantar. Por los niños, por ti, por mis padres. Y cuando tú callas, siento que cargo yo sola.
Él recordó el entierro de la madre de ella; él calló entonces.
Me importa que alguna vez tomes tú la iniciativa. Que vengas, preguntes, sin esperar a que yo explote. Porque si siempre empiezo yo, me siento pesada.
Él asintió.
Quiero poner dos normas. Primero: no hablamos de cosas serias si alguno está cansado, ni deprisa en el pasillo ni el ascensor. Si hace falta, lo dejamos para otro día.
Él la miraba atento.
Segundo, no gritamos delante de los niños. A veces no lo consigo, pero no quiero que nos vean así.
El pitido la interrumpió y terminó rápido.
Ya está.
Él sonrió de lado.
Eso no es muy de reglamento.
Pero sí de la vida.
Él apagó el temporizador.
De acuerdo. A los dos puntos.
Ella aflojó los hombros.
Y yo quiero pedido añadió él. Uno solo.
¿Cuál? preguntó ella con cautela.
Si no acabamos la charla en diez minutos, no extendemos el enfado toda la semana. Lo dejamos para el jueves siguiente. Que no se eternice.
Ella pensó.
Probamos aceptó. ¿Y si es urgente?
Si arde, apagamos, sí aceptó él. Pero con agua, no con gasolina.
Ella rió bajo.
Queda pactado declaró.
La vida siguió entre conversaciones.
Él preparaba el café, ella los huevos. Él a veces fregaba sin pedirle permiso. Ella lo notaba, aunque no siempre lo decía. Por la noche veían series y discutían los personajes. A veces ella iba a hacer el comentario de nos pasa igual, pero se lo guardaba para el jueves.
Un día, estaba ella removiendo la sopa y notó que él se acercaba por detrás y depositaba una mano en su cintura. Sin porqué.
¿Pasa algo? preguntó, sin mirar.
Nada respondió él. Practico.
¿El qué? se extrañó ella.
El contacto dijo. Sin reglas.
Ella sonrió y no se apartó.
Te lo apunto aclaró.
Al mes, se sentaron de nuevo frente al temporizador.
¿Seguimos? preguntó él.
¿Tú qué dices? replicó ella.
Él miró el pequeño círculo blanco, sus manos, sus rodillas.
Yo creo que sí afirmó. Aún no hemos aprendido.
Ni aprenderemos nunca se encogió de hombros ella. No es un examen. Es como lavarse los dientes.
Él se rio bajo.
Muy romántico.
Pero claro dijo ella.
Giró el dial a 10 y dejó el temporizador.
Hoy sin tanta rigidez propuso ella. Si nos vamos del tema, volvemos.
Sin fanatismos accedió él.
Ella respiró hondo.
Siento que todo pesa menos. No todo, pero como si dejara de ser invisible. Has empezado tú a hablar y preguntar. Lo noto.
Él apartó la mirada, algo abochornado.
Me importa que no lo dejemos cuando esto afloje. Que no volvamos al silencio hasta la explosión.
Él asintió.
Quiero que dentro de un año digamos: Somos más sinceros. No perfectos, no sin enfados, sólo más honestos.
El temporizador sonaba y él, esta vez, no tenía ganas de hacer bromas.
Listo concluyó ella al sonar la alarma. Te toca.
Él tomó el relevo y lo giró.
Yo siento que ahora tengo más miedo. Antes podía esconderme en el silencio, ahora hay que hablar. Y temo decir lo erróneo, herirte.
Ella le escuchó, ladeando la cabeza.
Me importa que recuerdes que no soy tu enemigo. Si hablo de mis miedos, no es contra ti. Es sobre mí.
Hizo una pausa.
Quiero que sigamos con esto: cada semana, honestos, sin culpas. Aunque a veces no cumplamos. Que seamos fieles a esta regla como a un pacto nuestro.
Él apagó el temporizador antes del segundo pitido.
Se sentaron en silencio. Desde la cocina llegó el chasquido del hervidor. Al fondo, se oían risas de vecinos y el portazo de un portal.
Pensaba que necesitaríamos una gran revelación dijo ella. Como en las películas. Pero resulta que
Que avanzamos a cachitos remató él.
Sí asintió. A pequeños pasos.
Él la miró. Las arrugas seguían allí, y el cansancio. Pero también algo nuevo, indefinible. Quizá atención.
Vamos a por el té propuso él.
Sí aceptó.
Ella llevó el temporizador a la cocina y lo puso junto al azucarero, sin esconderlo. Él puso agua en el hervidor, encendió el gas.
El jueves que viene salgo tarde del médico avisó, apoyando las manos en la mesa. Puedo retrasarme.
Lo hacemos el viernes entonces dijo él. No tratemos lo importante si estás agotada.
Ella le sonrió.
De acuerdo dijo.
Él cogió dos tazas del armario y las puso en la mesa. El agua empezaba a hervir.
¿Dónde coloco la sal? preguntó de repente, recordando el primer desacuerdo.
Ella se giró y vio el bote en su mano.
Donde yo la busco respondió por costumbre, y después corrigió. Segunda balda, a la izquierda.
Él la dejó en el sitio indicado.
Hecho dijo.
Ella se acercó y le tocó el hombro.
Gracias por preguntar susurró.
Él asintió. El agua hervía. El temporizador aguardaba en la mesa, silencioso, esperando el siguiente jueves.







