GOLPE DE VUELTA
Carmen, ¿quién es esa mujer? preguntó Ignacio en voz baja, asegurándose de que ningún pasajero más escuchara.
¿Qué mujer? Carmen levantó la vista de su móvil donde escribía un mensaje a una amiga.
Aquella La que está junto a la última ventana. Lleva toda la tarde mirándonos, sin ningún pudor.
Carmen se incorporó ligeramente, buscó con la mirada y, al ver a la mujer que mencionaba su marido, el rostro le cambió en un instante. Pero enseguida se recompuso, fingiendo absoluta indiferencia y encogiéndose de hombros de forma convincente.
No sé quién es.
No mientas se molestó Ignacio, he visto perfectamente cómo te pusiste cuando la reconociste. ¿Quién es?
Es mi madre respondió Carmen tras una breve pausa. Decidió, en un segundo, que era mejor decir la verdad, por si acaso.
¿Tu madre? preguntó Ignacio, sorprendido Siempre dijiste que no tenías madre.
Y así es
No entiendo nada Ignacio escudriñaba el rostro de su esposa con curiosidad ¿Puede que quieras explicármelo?
Hablemos en casa por favor
¿Y no vas a ir siquiera a hablar con ella? ¿Vive aquí, en Madrid?
Ignacio, te lo pido, hablemos en casa el tono de Carmen se quebró, los ojos se le llenaron de lágrimas.
Vale respondió el marido, girándose hacia la ventanilla, herido.
Carmen no intentó consolarlo. Agradeció, en realidad, que al menos la dejara tranquila un rato.
Paz si pudiera llamarse así. En su cabeza se agolpaban viejos recuerdos de infancia
***
A su padre, Carmen no lo recordaba. Solo sabía, por boca de su madre, que había sido «un desastre de persona».
Su madre siempre le repetía que era muy afortunada porque tenía a alguien especial en su vida: el padrastro.
Ese sí lo recordaba Carmen desde sus ocho años. Aunque no entendía qué tenía de especial.
Era tosco, malhumorado y avaro. ¿Por qué mamá le quiere tanto?, pensaba la pequeña Carmen, escondida en cualquier rincón de la casa para que don Pedro no la encontrase.
Nunca le había levantado la mano, ni la humillaba directamente.
Pero tampoco la trataba como persona. Jamás la llamaba por su nombre. La miraba como a una sombra insignificante.
Si hablaba con su mujer de Carmen, sonaban frases como:
La niña no sabe cómo comportarse
Tu hija no me deja descansar
Explícale que aún es temprano para salir con chicos.
¿Has visto su diario? Léelo. Me da vergüenza que viva en mi casa.
¡En su casa! Pero si este piso lo conseguimos mamá y yo tras fallecer la abuela pensaba Carmen, adolescente. Recordaba bien que sólo se mudaron allí después de la muerte de la abuela materna.
Un día, tras escuchar mil veces la misma frase, Carmen no aguantó más y se la soltó en la cara:
¡No es usted quien vive en esta casa, aquí vivimos mi madre y yo! Si no le gusta, ¡lárguese! Nadie le echará en falta.
El padrastro se levantó de golpe, como si fuera a taparle la boca, pero en el último momento se giró hacia su mujer y, apretando los dientes, sólo dijo:
Haz que no la vuelva a ver delante.
Su madre, obediente, le cogió la mano y la sacó del cuarto diciendo:
Claro, cariño. Será como tú quieras
Siempre miraba a don Pedro como a alguien inaccesible, servicial hasta el extremo, con un tono dulzón, poniendo todo de su parte para agradarle.
¿Por qué? Carmen nunca lo entendió.
De algo sí estaba segura: si él quería, su madre la echaría a la calle sin dudar.
¿Pero tú quién te crees que eres? ese día su madre le siseó a Carmen ¡No le hables así a TU padre!
¡No es mi padre! gritó ella ¡Ni lo será nunca!
¡Eso no importa! Él te da de comer, te viste, te cuida y tú… ¡Desagradecida!
¡Yo no pedí nacer! chilló Carmen entre lágrimas ¡Ni pedí que me criaras! ¡Habrías debido darme a alguien más, para no sufrir!
Pues sí, debí hacerlo lanzó la madre de vuelta ¡Pero a nadie le interesaste! Y tu padre salió corriendo cuando naciste. ¡Me arruinaste la vida!
Tras oír aquellas palabras, el odio de Carmen fue tan fuerte que empujó con todas sus fuerzas a su madre y salió corriendo del piso.
Nadie la siguió. Y durante toda aquella semana que estuvo fuera, nadie preguntó dónde estaba ni qué le pasaba.
Entonces tenía quince años
¿Qué podía hacer? Nada.
Amigas la acogieron a ratos, pero eso no solucionaba el problema. Tuvo que volver.
Con manos temblorosas, Carmen abrió la puerta del piso
¿Ahora sí apareces? soltó su madre Métete en tu cuarto y no asomes la nariz hasta que yo lo diga
“Seguro que ella le convenció”, pensó Carmen y se metió deprisa en su habitación.
Desde ese día, don Pedro nunca volvió a hablarle. Se comportaba como si no existiera
Su madre, por supuesto, le seguía el juego: no la llamaba a la mesa, no preguntaba por su vida ni intentaba hablar con ella.
Carmen lo entendía bien: ya tenían decidido qué hacer con ella. Seguramente solo esperaban que terminara el bachillerato
Y acertó. En cuanto recogió el título, su madre le insinuó que ya era hora de emanciparse.
En cuanto cumplas los dieciocho, te buscarás la vida sola dijo, desapareciendo después tras su muro de silencio.
Carmen lo pensó bien. Decidió intentar entrar en la universidad. Al menos así dejaría de molestar en casa, y además, siendo forastera, le darían plaza en una residencia. Cinco años asegurados de vivienda
Pero no logró sacar plaza gratuita. Fue admitida, sí, pero el pago era alto. Sabía que nadie en casa soltaría un euro, aun así lo comunicó:
Mamá, felicítame, soy universitaria.
Su madre la miró sin emoción:
¿Y?
Bueno, hay que pagar la matrícula no es mucho…
Ni se te ocurra. ¡No verás ni un céntimo para tus chiquilladas! ¿No te invertimos ya lo suficiente entre tu padre y yo? ¡Solo nos diste disgustos! ¿Y ahora encima debo pagar tus estudios?
Lo siento. Tenías razón, no debí decirte nada.
Justamente: no debiste. Busca piso.
Pero mamá, no tengo con qué pagarlo
Pues a trabajar. Venga, levanta el ánimo y ponte a buscar empleo. Te doy un mes Y luego, fuera.
¿Un mes solo? Carmen intentó enternecerla ¿No puedo quedarme medio año al menos?
¿Seis meses? ¡Ni pensarlo! Bastante convencí a Pedro para que aguantara tu presencia. Además, vamos a reformar toda la casa. Queremos instalar nuestra habitación allí. Solo tienes un mes
Carmen acabó alquilando lo que apenas podía considerarse un piso: un cuarto cutre, en un barrio perdido, sin comodidades. Solo una estufa, pero era barato
Cuando se fue, su madre le entregó un tenedor, una cuchara, un plato, una taza, un cuchillo y una cacerolita. Dudó y añadió: una toalla y un juego viejo de sábanas.
Toma dijo sin mirarla, pasándole una bolsa pequeña suerte, hija. Espero que madures y me entiendas algún día.
Gracias, mamá respondió Carmen ¿Puedo venir otro día a por la ropa de invierno?
Pero no retrases mucho, que igual ni la encuentras
¿La tirarás?
Yo no, pero eso no le gustaría a Pedro. Ya sabes
Entiendo Carmen abrazó a su madre bueno, me voy
Así, con dieciocho años, Carmen salió al mundo por sí sola.
Con la bendición maternal
El dinero que recibió le alcanzó hasta el primer sueldo. Carmen ahorraba cada euro, renunciando al metro y yendo a la fábrica caminando.
Cuando le dieron el pago, se sintió millonaria. Compró arroz y pasta para semanas, una botella de aceite y un saco de patatas.
Quedaba comprar champú, jabón, pasta de dientes
Tras hacer la compra, revisó lo que le quedaba y decidió guardar un poco en un sobre bonito. Por pequeña que fuera, era su fondo para el futuro.
Un mes después fue a ver a su madre, convencida aún de que recibiría alguna muestra de alegría, y para recoger las prendas de abrigo. El verano había terminado, y Madrid se volvía frío.
Le abrió la puerta un chico.
¿Te has equivocado de piso? bromeó él.
Vengo a ver a mi madre balbuceó Carmen.
Ah, ¿eres Carmen? Pasa. Ella no está, pero puedes esperarla.
Claro Carmen fue directa a la cocina.
El joven intentó conversar, pero Carmen lo fulminó con la mirada y él se marchó discretamente.
Llegó la madre, sin muestras de felicidad. Cuando Carmen preguntó quién era aquel joven, respondió:
Es Óscar. Hijo de Pedro, de su primer matrimonio.
¿Y por qué vive aquí? Decías que ibas a hacer obras.
Solo está de paso. Mirando el barrio, buscará trabajo y se mudará.
Entiendo, Carmen recogió sus zapatos y chaqueta
Llévate todo. No dejes nada aquí. Me llevas meses moviendo tus cosas de un lado al otro.
¿Cuándo te hartaste, mamá? Apenas llevo dos meses fuera.
No cuestiones se enfadó la madre ven y llévate todo.
¿No vas a preguntar cómo estoy?
No me interesa aprovechaba para evitar conversación delante de Óscar.
No me sorprendes, Carmen fue directa al recibidor
¿Te ayudo con esa bolsa? apareció Óscar va a pesar
Me las apaño dijo Carmen al marcharse
Volvió pasado un tiempo, por el abrigo de invierno. De nuevo le abrió Óscar. Ahora su madre estaba en casa. Al preguntar:
¿Aún vive aquí? su madre estalló:
¡Eso no te importa! Podrá estar aquí todo lo que quiera. Vino a ver a su padre.
Yo también vivía aquí contigo aunque no me sirvió de nada.
¡No compares! ¡No es igual!
¿Por qué no es igual? preguntó Carmen firme ¿Qué diferencia hay?
No tengo que dar explicaciones gritó su madre este es mi hogar y decido quien vive o no.
Entiendo.
¿Qué entiendes ahora?
Que un extraño te importa más que tu propia hija Carmen mantuvo la calma, lo que terminó de sacar de quicio a su madre.
¡Yo ya no tengo hija! gritó ella Y Óscar es hijo del hombre que amo. Es más que un hijo para mí.
Felicidades Carmen la miró como si ya fuera una extraña absoluta En ese caso, yo tampoco vuelvo a tener madre.
Se marchó.
Convencida de que para siempre.
Cuatro años sin llamar, sin aparecer.
Y ahora este encuentro
***
Mientras Carmen recordaba, su madre se acercó a su asiento.
Ignacio se levantó, dejándole sitio.
Hola Carmen escuchó aquel timbre que tanto intentó olvidar.
Buenas apenas logró responder.
¿Quién es? preguntó la madre, mirando a Ignacio.
Mi marido.
Enhorabuena.
Gracias.
Aquí todo nos va bien. Pedro sigue trabajando, Óscar está enamorado. La chica es un encanto, tranquila. Se casan en un mes. En fin, pronto seré abuela. ¡Qué felicidad! Vamos a dar tu cuarto al bebé, ya hemos empezado obras. Empapelado de lo mejor, con dibujos infantiles. Además, Pedro y yo compraremos un chalet cerca, para que el niño respire aire puro y coma sano. Estamos buscando algo barato, que tenga casa para vivir y río cerca, o lago
Todo esto lo contaba una mujer ajena, y Carmen no alcanzaba a comprender por qué necesitaba decirle todo aquello.
¿Hace mucho que te casaste?
Dos años respondió automáticamente Carmen.
¿Tienes hijos?
Un niño, casi un año.
¿Entonces tengo nieto?
¿Tiene usted? Carmen finalmente se giró hacia su madre.
Yo, sí por un instante se turbó la madre eres mi hija.
Creo que se equivoca, señora. Mi madre falleció hace cuatro años
La madre palideció. Se levantó y salió hacia la puerta.
Carmen miró hacia la ventana, sin sentir pena por aquella mujer.
Ignacio observó a ambas durante toda la conversación, atento.
De golpe comprendió: eran totalmente extrañas.
Y decidió no preguntar nunca más sobre el pasado de su esposa. Le daba miedo asomarse a ese abismo.







