Los niños ingenuos decidieron jugar a la independencia y terminaron endeudados y sin piso propio.

Hoy me siento especialmente reflexiva y un poco melancólica al recordar los acontecimientos de ultimii ani. Cuando nuestras hijas, Lucía y su marido Sergio, decidieron casarse, tanto nosotros como los padres de Sergio acordamos ayudarles a conseguir un hogar propio. Entre lo que teníamos ahorrado los dos matrimonios, juntamos suficiente dinero para que compraran un piso pequeño en Madrid. Nuestra intención era clara: darles estabilidad de entrada, pero ellos insistieron en que eran adultos independientes y preferían resolverlo por su cuenta.

Al principio nos pareció bien respetar su deseo, aunque nos preocupaba. Poco después, nos enteramos de que habían comprado un piso aún más grande, de tres habitaciones, en el barrio de Arganzuela. Para pagarlo, pidieron una hipoteca considerable al banco. Cuando les preguntamos cómo gestionarían las cuotas, nos respondieron convencidos de que ya lo arreglarían ellos, que les llegaban los sueldos y no teníamos que preocuparnos.

Luego vinieron con la idea de comprar un coche. El piso les quedaba algo lejos de los trabajos y decían que el Metro era incómodo. Nosotros les sugerimos buscar un coche de segunda mano, pero, una vez más, nos aseguraron que querían algo nuevo y la independencia tenía un precio. Sacaron otro préstamo para un coche recién salido del concesionario.

No pasó mucho y decidieron que querían tener un hijo, y nada menos que querían que Lucía diera a luz en Lisboa, para que, además de la experiencia, la niña pudiera obtener también la nacionalidad portuguesa. Pidieron otro crédito para costear el parto y todos los cuidados médicos allí.

Cuando por fin nació la pequeña Paula, vino la siguiente noticia: necesitaban renovar la habitación del bebé y pidieron otra vez más dinero al banco.

Cada vez que preguntábamos cómo iban a cubrir todos los pagos, la respuesta era un eco constante de podemos solos, somos autosuficientes.

Pero la suerte no les acompañó. Sergio perdió el trabajo abruptamente y Lucía seguía de baja por maternidad. De pronto, el dinero apenas llegaba para lo básico. Las letras del piso, el coche, el parto todo se acumulaba. Nos pidieron que vendiéramos nuestra casa de campo en Segovia para poder ayudarles a no caer en mora. No queríamos, pero sentimos que era nuestro deber. Lo hicimos, aunque tampoco fue suficiente para tapar todos los agujeros.

Finalmente, tuvieron que vender el piso y, al poco, también el coche. Ahora viven en casa de los padres de Sergio, entre cajas y nostalgias, lamentando que ya no tienen nada propio. Y nosotros nos preguntamos si nos habrán escuchado alguna vez de verdad. Las deudas siguen ahí, y todavía les quedan unos años para salir de ellas.

La tristeza y la impotencia nos rondan constantemente, porque al final únicamente les queda esa áspera lección que quizás podrían haber evitado. Qué duro es ver a tus hijos tropezar, cuando solo quieres que estén bien…

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