¿Por qué has estado toqueteando mi portátil? Un misterio ante una mirada desconocida.
¿Qué demonios haces en mi portátil? grité, poniéndome por encima de Inés. Jamás me había visto así
Inés llegó del instituto oliendo, nada más entrar en el portal del piso, ese rastro denso a alcohol. Desde el salón tronaba el zumbido de la televisión a todo volumen. Su padre estaba otra vez borracho. Ella pasó directamente a la cocina.
Allí estaba su madre, de espaldas, pelando patatas debajo del grifo. Al oír las pisadas detrás, se volvió. Inés, con esa mirada seria suya, se dio cuenta enseguida: el pómulo rojo, inflamado.
Mamá, vámonos de aquí. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar? Un día te va a matar susurró, apretando los dientes.
¿Y a dónde vamos a ir, hija? ¿Quién nos va a acoger? Apenas nos da para el alquiler, y solo tengo estos euros. Tranquila, no me va a hacer eso. Es un cobarde. Solo saca los puños conmigo.
Aquel amanecer, Inés se despertó con un ruido extraño. Se levantó y asomó la cabeza a la cocina. Su padre, con la cabeza echada hacia atrás, bebía directamente del pitorro de la tetera. Ella se quedó hipnotizada mirando la nuez de Adán, subiendo y bajando, subiendo y bajando. Escuchaba cómo tragaba el agua y pensaba: Que se ahogue. Por favor, que se ahogue.
Pero no se ahogó. Dejó la tetera sobre el fuego, suspiró satisfecho, la miró con los ojos hinchados y enrojecidos y cruzó a trompicones hasta el baño.
Inés torció el gesto, acordándose de que su madre volvería a poner agua en la misma tetera, sin limpiarla del todo, con ese regusto a saliva y a su padre. Así que cogió la tetera y la restregó con el estropajo un buen rato, prometiéndose no volver a beber agua de ahí sin antes lavarla bien.
Durante las vacaciones de Navidad, Inés se fue con la clase a Salamanca durante tres días. Cuando volvió, su madre estaba en el hospital.
¿Te ha pegado otra vez? preguntó secamente, al ver la cabeza vendada de su madre.
No, hija He resbalado en la acera helada contestó.
Pero Inés sabía que era mentira.
Tantos golpes en la cabeza le habían dejado la tensión alta. Seis meses después, su madre sufrió un ictus y murió. El padre lloraba de borrachera en el funeral, a veces lamentando haber perdido a la querida Rosario; otras veces la maldecía por lo mismo.
Le repetía a Inés que era igual que ella, la amenazaba con matarla si intentaba marcharse. Inés solo podía pensar en acabar Bachillerato. No fue a la fiesta de graduación. Al día siguiente, recogió a escondidas el título en secretaría. Aprovechando que su padre estaba en el trabajo, hizo la maleta y se marchó.
El padre le daba algo de dinero para la comida, y ella iba ahorrando parte. Incluso, alguna vez, le cogía unas monedas del bolsillo mientras él dormía. No era mucho, pero le bastaba para el principio. Llevaba tiempo decidida a irse, ganarse la vida y acabar los estudios a distancia. Comida nunca faltó en su casa, pero siempre era sencilla y repetitiva, porque su madre administraba bien lo poco que había.
Inés se fue a Madrid, buscó un piso barato en la periferia y consiguió trabajo en un restaurante de comida rápida. Allí le hicieron el reconocimiento médico, le ofrecieron comidas gratis
Se matriculó en un grado medio de contabilidad. Cuando se enteraron de que estudiaba para contable, la pusieron en la caja.
Los chicos intentaban tontear con ella. Todos parecen caballeros al principio pero luego empiezan con la cerveza o engañan. No te fíes de sus palabras bonitas, hija mía. Protégete. Yo también era guapa y tu padre no bebía cuando nos conocimos. Nos queríamos ¿A dónde se fue todo eso? solía decirle su madre.
Inés recordaba esos consejos y evitaba las invitaciones de los chicos. Había visto lo que sucedió entre sus padres.
La madre siempre iba el día de pago al súper a comprar lo imprescindible: mucha pasta, azúcar, arroz, latas para que durara. El padre malgastaba sus euros en vino, pero comida nunca faltó, aunque fuera precaria. Ahora Inés seguía la misma costumbre.
Una tarde regresaba a casa, con una bolsa muy pesada que le cortaba los brazos. De frente venía un chico absorto en el móvil. Inés esperaba que la esquivara, pero acabó chocando contra ella.
Perdón dijo él, levantando la vista.
Quiso contestar enfadada, pero al ver su expresión amable se sintió incómoda de repente.
No pasa nada. Tampoco yo estaba atenta sonrió.
El chico se ofreció a ayudarla. Inés dudó, pero le entregó la bolsa. Alguien con esa sonrisa no podía ser mala persona. Se presentaron. Luis la acompañó hasta el portal, pero ella no le dejó subir.
Al día siguiente, Luis la visitó en el local de comida rápida. Dijo que había entrado por casualidad, pero ella sabía que no era verdad. Comenzaron a verse.
Luis le confesó pronto que estaba divorciado y tenía una hija a la que adoraba. Había dejado el piso a la exmujer y él vivía en casa de un amigo. Decía que se habían casado por error.
Nos dimos cuenta de que no teníamos nada en común. Podíamos estar días sin hablarnos.
Le hablaba mucho de su hija, y eso le hizo pensar a Inés que tal vez podía confiar en un hombre que quería tanto a su niña. Al mes, Luis sugirió irse a vivir juntos.
Vamos a buscar algo mejor y más cerca del centro. Todo es más fácil de a dos.
Inés aceptó. La felicidad le hacía volar. Por fin tendría una familia normal. Se mudaron a un piso amplio y celebraron su nueva vida con sencillez. No soñaba con bodas, pero Luis hablaba de tener dos hijos: niña y niño. Y ella quería creer que así sería.
Luis pagó dos meses de alquiler por adelantado. En el tercero, con tono apesadumbrado, Inés miró por última vez aquel piso en el que creía haber encontrado la felicidad. Cerró la puerta tras de sí, alguien esperaba por ella: su hijo, aún en incubadora. Susurró con determinación: Estaremos bien, cariño, lejos de todo esto.
Aquel día comprendí que no puedo permitir que el miedo decida mi vida. Lo fundamental es creer en uno mismo y luchar siempre por un futuro distinto al pasado.





