—Buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella? —Y tú solo le pagas dos mil al mes. —Elena, si le hemos puesto el piso a su nombre… Nicolás se incorporó de la cama y caminó despacio hacia la habitación de al lado. A la luz de la lámpara nocturna, entrecerrando los ojos, miró a su esposa. Se sentó junto a ella y escuchó: —Parece que todo está bien. Se levantó y fue a la cocina, abrió el kéfir, pasó por el baño y volvió a su cuarto. Se echó en la cama. No podía dormir: —Tanto Elena como yo tenemos ya noventa años. ¿Cuánto hemos vivido? Pronto nos llamará Dios, y aquí no queda nadie. Las hijas, Natalia ya no está, ni siquiera llegó a los sesenta. Tampoco queda Maximiliano. Era un juerguista… La nieta, Oxana, lleva casi veinte años en Polonia. Ni se acuerda de los abuelos. Seguro que ya hasta tiene hijos mayores… No se dio cuenta de cuándo se quedó dormido. Le despertó el roce de una mano: —Nicolás, ¿todo bien? —se oyó una voz apenas audible. Abrió los ojos. Su esposa se inclinaba sobre él. —¿Qué pasa, Elena? —Nada, te veía tumbado y sin moverte. —¡Sigo vivo! ¡Vuelve a dormir! Se oyeron pasos arrastrados. La luz de la cocina hizo clic. Doña Elena bebió un poco de agua, fue al baño y volvió a su cuarto. Se tumbó en la cama: —Un día me despertaré y él ya no estará. ¿Qué haré entonces? O igual me voy yo antes. Nicolás ya hasta ha encargado nuestra misa. Nunca pensé que eso se pudiera dejar encargado. Pero visto así, mejor. ¿Quién lo haría por nosotros? La nieta se ha olvidado de nosotros. Solo la vecina, Ivanka, viene. Ella tiene la llave del piso. El abuelo le da mil euros de nuestra pensión, para que compre comida y lo que haga falta. ¿En qué vamos a gastar el dinero si no? Además, ya desde el cuarto piso no bajamos solos. Nicolás abrió los ojos. El sol se asomaba por la ventana. Salió al balcón y vio la copa verde del almez. Se le dibujó una sonrisa: —¡Hemos llegado hasta el verano! Fue a buscar a su mujer. Ella estaba sentada pensativa a la orilla de la cama. —¡Elena, ya basta de estar triste! Ven, que te enseño una cosa. —Ay, no tengo fuerzas… ¿Qué te traes entre manos? —¡Vamos, mujer, vamos! La ayudó hasta el balcón. —Mira, la almez ya está verde. Y tú diciendo que no llegaríamos al verano. ¡Hemos llegado! —¡Anda, es verdad! Y el sol brilla que da gusto. Se sentaron en el banco del balcón. —¿Te acuerdas cuando te invité al cine, en el colegio? También aquel día la almez estaba así de verde. —¿Y cómo se olvidan esas cosas? ¿Cuántos años han pasado? —Más de setenta… Setenta y cinco. El rato se les fue recordando la juventud. Muchos recuerdos se pierden con los años, a veces ni sabes lo que hiciste ayer, pero la juventud… esa nunca se olvida. —¡Uy, qué charleta! —se levantó la esposa—. Y aún no hemos desayunado. —¡Elena, haz un té de esos ricos! Ya estoy cansado de esas hierbas. —Pero el médico dice que no podemos. —Aunque sea flojito y ponle una cucharadita de azúcar. Don Nicolás saboreaba ese té claro, acompañando un bocadillo de queso, y recordaba aquellos tiempos de desayunos con té fuerte y dulzón, con bollos o tortitas. Entró la vecina. Sonrió con aprobación: —¿Qué tal estáis hoy? —¿Qué vamos a estar con noventa años? —bromeó el abuelo. —Si tienes fuerzas para bromear, bien está. ¿Os traigo algo? —Ivanka, compra carne —pidió don Nicolás. —No podéis comer carne. —Pollo sí. —Bueno, lo traigo y os hago sopa de fideos. La vecina recogió la mesa, fregó los platos y se fue. —Elena, vamos al balcón —propuso el marido—. Al solecito, a calentarnos. —Venga. Volvió la vecina y salió al balcón. —¿Ya os hacía falta el sol? —Aquí se está muy bien, Ivanka —sonrió doña Elena. —Ahora mismo os traigo la papilla para aquí, y empiezo a hacer la sopa para comer. —¡Qué buena mujer! —dijo él al verla marcharse—. ¿Qué haríamos sin ella? —Y tú solo le pagas dos mil al mes. —Pero si el piso está a su nombre, Elena. —Eso ella no lo sabe. Pasaron ahí la mañana, hasta la comida. Y para comer, sopa de pollo: bien rica, con trocitos de carne y patatita machacada. —Siempre la hacía así para Natalia y Maximiliano, cuando eran pequeños —recordó doña Elena. —Y ahora, mira, son manos ajenas las que nos preparan la comida —suspiró su marido. —Será nuestro destino, Nicolás. Cuando no estemos, nadie nos llorará. —Ya está bien, Elena, no más tristezas. Vamos a echarnos la siesta. —¡Ay, Nicolás, qué razón tiene el dicho: “Los viejos y los niños, todos a lo mismo: sopita, siesta y merienda.” Don Nicolás dormitó un rato y se levantó; no conseguía conciliar el sueño. Cambiaba el tiempo, o algo. Se asomó a la cocina. Había dos vasos con zumo, preparados con mimo por Ivanka. Cogió los dos y, con cuidado de no derramarlos, fue al cuarto de su esposa, que miraba pensativa por la ventana. —¿Por qué tan pensativa, Elena? —sonrió—. ¡Al zumito! Ella bebió un sorbo. —Tú tampoco puedes dormir, ¿eh? —Será el tiempo. —Yo desde esta mañana, me noto rara —sacudió la cabeza, triste—. Siento que me queda poco. Entiérrame como Dios manda, ¿eh? —Elena, no digas esas cosas. ¿Y yo qué haré sin ti? —Uno de los dos será el primero. —¡Ya vale! Vamos al balcón. Pasaron así hasta la noche. Ivanka preparó tortitas de requesón. Comieron y se pusieron a ver la tele. Siempre la veían antes de dormir. Las películas nuevas no las seguían bien; preferían las comedias viejas y los dibujos. Esa noche solo vieron un dibujo. Doña Elena se levantó del sofá: —Me voy a dormir. Estoy cansada. —Pues yo voy también. —Déjame mirarte bien —le pidió de pronto la esposa. —¿Para qué? —Solo quiero mirarte. Se miraron largo rato. Seguramente recordando aquellos años en que todo estaba por venir. —Te acompaño a la cama. Ella le cogió del brazo y caminaron despacio. Él la arropó con la manta y fue a su habitación. Se sentía extraño, no podía dormir. Creyó no haber dormido nada, pero el reloj marcaba las dos. Se levantó y fue al cuarto de ella. Estaba con los ojos abiertos: —¡Elena! Le cogió la mano. —¿Elena, qué te pasa? ¡E-le-na! Y de pronto él también notó que le faltaba el aire. Volvió a su cuarto, tomó los papeles preparados y los puso en la mesa. Regresó junto a su esposa, la contempló un buen rato. Después se tumbó a su lado y cerró los ojos. Vio a su Elena, joven y guapa, como hacía setenta y cinco años, caminando hacia una luz. La alcanzó y la tomó de la mano. A la mañana siguiente, Ivanka entró en la habitación. Los halló juntos. En sus rostros, la misma sonrisa serena. Finalmente, Ivanka llamó al servicio de urgencias. El médico que llegó los vio y negó con la cabeza, sorprendido: —Han fallecido juntos. Seguramente se querían mucho… Se los llevaron. Ivanka se dejó caer en la silla, agotada. Y entonces vio los papeles y el testamento a su nombre. Apoyó la cabeza en las manos y rompió a llorar… Pon un “me gusta” y deja tu opinión en los comentarios.

Vaya mujer, ¿eh? ¿Qué haríamos sin ella?
Y tú solo le pagas dos mil euros al mes.
Carmen, mujer, si le hemos dejado la casa a su nombre

Ángel se levantó despacito de la cama y caminó despacio hasta la habitación de al lado. Bajo la luz tenue de la lamparita, entornó los ojos y miró a su esposa.

Se sentó cerca de ella y escuchó atentamente:
Parece que todo está bien.

Se levantó y fue arrastrando los pies a la cocina. Abrió el yogur, fue al baño y luego volvió a su habitación.

Se tumbó, pero no le venía el sueño.

Carmen y yo, ya con noventa años. ¿Cuánto hemos vivido? Si es que pronto nos tocará reunirnos con Dios, y aquí no queda nadie cerca.

Las hijas, ya no están. Natalia se fue demasiado joven, aún no había cumplido los sesenta.
Y Julián tampoco está, siempre de juerga en su juventud La nieta, Laura, hace más de veinte años que se marchó a Alemania. Ni se acuerda ya de sus abuelos, con lo jovencilla que la conocimos Y seguro que sus hijos ya son mayores.

Sin darse cuenta, se quedó dormido.

Lo despertó la caricia tibia de una mano.

Ángel, ¿estás bien? susurró Carmen casi sin voz.

Abrió los ojos. Ella lo miraba inclinada sobre él.

¿Qué haces levantada, Carmen?

Te veía tan quieto, pensaba que te había pasado algo.

¡Que sigo vivo, mujer! Anda, vuelve a la cama.

Escuchó el sonido familiar de los pasos arrastrados de su mujer. Luego el clic del interruptor de la cocina.

Carmen bebió agua, pasó por el baño y se volvió a su cuarto. Se tumbó, pensativa:

Mira que será el día que despierte y él ya no esté. ¿Y si me toca a mí antes?
Ángel ya hasta encargó nuestro funeral por adelantado. Yo nunca hubiera imaginado que eso se podía dejar resuelto. Pero es lo mejor, ¿quién lo va a hacer por nosotros si no?

La nieta, ni se acuerda. La vecina, Isabel, es la única que viene. Ella tiene llaves de casa. El abuelo le da mil euros de la pensión todos los meses. Nos compra lo que hace falta, la compra, lo que sea. ¿Para qué queremos tanto dinero ya? Si ya del cuarto piso no bajamos sin ayuda

Ángel abrió los ojos cuando el sol ya asomaba por la ventana. Salió al balcón y vio la copa verde de un laurel, se le dibujó una sonrisa:

¡Mira, hemos llegado a verano!

Fue a ver a su mujer. Ella seguía sentada, abstraída.

¡Carmen, venga ya de caras largas, que te voy a enseñar una cosa!

Ay, si es que no tengo fuerzas la buena mujer se levantó apoyándose en el bastón. ¿Dónde vas?

¡Anda, que es un momento!

La acompañó despacito hasta el balcón.

Mira, ya está el laurel verde. Y decías que no veríamos este verano. ¡Y aquí estamos!

¡Es verdad! Y el sol brilla más que nunca.

Se sentaron en el banco del balcón.

¿Te acuerdas cuando te invité al cine por primera vez? En el cole. Ese día el laurel también estaba así, lleno de hojas nuevas.

¿Y cómo voy a olvidarlo? ¿Cuántos años han pasado?

Setenta y pico setenta y cinco, nada menos.

Allí se quedaron largos ratos recordando su juventud. Estas cosas no se olvidan nunca, aunque la cabeza ya no recuerde ni lo que has hecho el día anterior.

¡Madre, cómo hablamos! dijo Carmen levantándose al fin. Y ni hemos desayunado.

¡Carmen, pon un té bueno! Ya me cansa esa infusión de hierbas.

Que no podemos, nos lo dijo el médico.

¡Pues échale poca azúcar y cuélalo flojito!

Ángel saboreaba ese té clarito con un pequeño bocadillo de queso, y no podía evitar recordar los desayunos de antes, con té fuerte, bien dulce, y dulces recién hechos.

Entró la vecina. Les sonrió con cariño:

¿Qué tal vais hoy?

¿Cómo vamos a estar con noventa años encima? bromeó Ángel.

Bueno, si tienes ganas de bromear, no va tan mal. ¿Qué os traigo hoy?

Isabel, cómpranos algo de carne, anda pidió él.

Que no es bueno para vosotros.

Pollo sí podemos, mujer.

Vale, os hago una sopita de fideos, ¿qué os parece?

Isabel lo recogió todo y dejó la cocina reluciente antes de irse.

Carmen, vente al balcón, propuso Ángel. A ver si nos calienta un poco el sol.

¡Vamos!

Más tarde, Isabel apareció de nuevo y asomó al balcón:

Ya teníais ganas de solecito, ¿eh?

Se está muy bien aquí, Isabel sonrió Carmen.

¡Voy a traeros un poquito de gachas, y me pongo con la sopa!

Qué buena mujer, ¿eh? dijo Ángel mirándola mientras salía. ¿Qué haríamos sin ella?

Y tú solo le pagas dos mil euros al mes

Carmen, si le dejamos la casa a su nombre.

Pero ella no lo sabe.

Tras comer, se sentaron un rato más al sol antes de comer la sopa de pollo con su pollo y patata chafada:

Esta siempre la preparaba para Natalia y Julián de pequeñitos recordó Carmen con ternura.

Y ahora, ya ves, son otras manos las que nos la hacen suspiró Ángel.

Será nuestro destino, Ángel. Cuando ya no queden viejos como nosotros, ni una lágrima se derramará por nosotros.

Nada de penas, Carmen, mejor echamos la siesta.

Dicen bien: Lo mismo da un viejo que un niño. Todo igual: la sopita triturada, la siesta, la merienda

Ángel dormiteó un rato pero, con la tarde rara y algo de humedad, no podía pegar ojo. Fue a la cocina y vio dos vasos de zumo ya preparados por Isabel.

Cogiéndolos con ambas manos, fue al cuarto de Carmen, que miraba el cielo tras la ventana.

¿Qué pasa, Carmen, que te has puesto tan pensativa? le dijo sonriendo mientras le daba el zumo. ¡Venga!

Ella lo probó.

Tú tampoco puedes dormir

El tiempo está raro hoy.

Y yo que hoy me he despertado floja. Siento que me queda poco, Ángel. Solo te pido que cuando me toque, me despidas bien.

No digas tonterías, ¿cómo voy a vivir yo sin ti?

Uno de los dos se irá antes, Ángel.

¡Nada de eso! ¡Al balcón, que es lo que nos manda el cuerpo!

Se quedaron allí hasta el atardecer. Isabel les trajo unas tortitas de queso fresco para la merienda. Después, como cada noche, se pusieron con la tele. Las películas modernas ya no las entendían, así que siempre veían comedias y dibujos antiguos.

Hoy apenas vieron un episodio antes de que Carmen se levantara cansada:

Me voy a la cama, Ángel, hoy sí que estoy agotada.

Pues yo también, mujer.

Deja que te mire bien pidió ella de pronto.

¿Y eso?

Simplemente déjame mirarte.

Se quedaron así, mirándose largo rato, como si aún fueran aquellos chicos del cine, todo el futuro por delante.

Anda, te acompaño a la cama.

Ella se agarró de su brazo y avanzaron despacito.

Él la arropó con mucho cuidado y fue a su habitación.
No conseguía dormir, el corazón lo tenía inquieto.
Parecía que no había dormido nada cuando miró el reloj: las dos de la mañana. Se levantó y fue al cuarto de ella.

Estaba tumbada con los ojos abiertos.

¡Carmen!

Le tomó la mano.

Carmen, mujer, ¡Carmen!

Entonces le faltó el aire y tuvo que volver a su habitación. Preparó los documentos, los dejó sobre la mesa.

Regresó al lado de su esposa. La miró largo rato, luego se tumbó a su lado y cerró los ojos.

En sueños vio a su Carmen, joven y guapa como hacía setenta y cinco años, caminando hacia una luz al fondo. La alcanzó, le cogió la mano.

Por la mañana, Isabel entró en la habitación. Estaban los dos juntos, con una sonrisa tranquila y feliz en la cara.

Llamó a emergencias.

El médico vino, los miró y negó con la cabeza, asombrado:

Se fueron juntos. Seguro que se querían muchísimo.

Se los llevaron. Isabel, agotada, se sentó a la mesa. Allí vio los papeles y el testamento a su nombre.

Apoyó la cabeza en los brazos y rompió a llorar, emocionada.

Si te ha gustado, déjame un corazoncito o cuéntame qué te ha parecido.

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—Buena mujer. ¿Qué haríamos sin ella? —Y tú solo le pagas dos mil al mes. —Elena, si le hemos puesto el piso a su nombre… Nicolás se incorporó de la cama y caminó despacio hacia la habitación de al lado. A la luz de la lámpara nocturna, entrecerrando los ojos, miró a su esposa. Se sentó junto a ella y escuchó: —Parece que todo está bien. Se levantó y fue a la cocina, abrió el kéfir, pasó por el baño y volvió a su cuarto. Se echó en la cama. No podía dormir: —Tanto Elena como yo tenemos ya noventa años. ¿Cuánto hemos vivido? Pronto nos llamará Dios, y aquí no queda nadie. Las hijas, Natalia ya no está, ni siquiera llegó a los sesenta. Tampoco queda Maximiliano. Era un juerguista… La nieta, Oxana, lleva casi veinte años en Polonia. Ni se acuerda de los abuelos. Seguro que ya hasta tiene hijos mayores… No se dio cuenta de cuándo se quedó dormido. Le despertó el roce de una mano: —Nicolás, ¿todo bien? —se oyó una voz apenas audible. Abrió los ojos. Su esposa se inclinaba sobre él. —¿Qué pasa, Elena? —Nada, te veía tumbado y sin moverte. —¡Sigo vivo! ¡Vuelve a dormir! Se oyeron pasos arrastrados. La luz de la cocina hizo clic. Doña Elena bebió un poco de agua, fue al baño y volvió a su cuarto. Se tumbó en la cama: —Un día me despertaré y él ya no estará. ¿Qué haré entonces? O igual me voy yo antes. Nicolás ya hasta ha encargado nuestra misa. Nunca pensé que eso se pudiera dejar encargado. Pero visto así, mejor. ¿Quién lo haría por nosotros? La nieta se ha olvidado de nosotros. Solo la vecina, Ivanka, viene. Ella tiene la llave del piso. El abuelo le da mil euros de nuestra pensión, para que compre comida y lo que haga falta. ¿En qué vamos a gastar el dinero si no? Además, ya desde el cuarto piso no bajamos solos. Nicolás abrió los ojos. El sol se asomaba por la ventana. Salió al balcón y vio la copa verde del almez. Se le dibujó una sonrisa: —¡Hemos llegado hasta el verano! Fue a buscar a su mujer. Ella estaba sentada pensativa a la orilla de la cama. —¡Elena, ya basta de estar triste! Ven, que te enseño una cosa. —Ay, no tengo fuerzas… ¿Qué te traes entre manos? —¡Vamos, mujer, vamos! La ayudó hasta el balcón. —Mira, la almez ya está verde. Y tú diciendo que no llegaríamos al verano. ¡Hemos llegado! —¡Anda, es verdad! Y el sol brilla que da gusto. Se sentaron en el banco del balcón. —¿Te acuerdas cuando te invité al cine, en el colegio? También aquel día la almez estaba así de verde. —¿Y cómo se olvidan esas cosas? ¿Cuántos años han pasado? —Más de setenta… Setenta y cinco. El rato se les fue recordando la juventud. Muchos recuerdos se pierden con los años, a veces ni sabes lo que hiciste ayer, pero la juventud… esa nunca se olvida. —¡Uy, qué charleta! —se levantó la esposa—. Y aún no hemos desayunado. —¡Elena, haz un té de esos ricos! Ya estoy cansado de esas hierbas. —Pero el médico dice que no podemos. —Aunque sea flojito y ponle una cucharadita de azúcar. Don Nicolás saboreaba ese té claro, acompañando un bocadillo de queso, y recordaba aquellos tiempos de desayunos con té fuerte y dulzón, con bollos o tortitas. Entró la vecina. Sonrió con aprobación: —¿Qué tal estáis hoy? —¿Qué vamos a estar con noventa años? —bromeó el abuelo. —Si tienes fuerzas para bromear, bien está. ¿Os traigo algo? —Ivanka, compra carne —pidió don Nicolás. —No podéis comer carne. —Pollo sí. —Bueno, lo traigo y os hago sopa de fideos. La vecina recogió la mesa, fregó los platos y se fue. —Elena, vamos al balcón —propuso el marido—. Al solecito, a calentarnos. —Venga. Volvió la vecina y salió al balcón. —¿Ya os hacía falta el sol? —Aquí se está muy bien, Ivanka —sonrió doña Elena. —Ahora mismo os traigo la papilla para aquí, y empiezo a hacer la sopa para comer. —¡Qué buena mujer! —dijo él al verla marcharse—. ¿Qué haríamos sin ella? —Y tú solo le pagas dos mil al mes. —Pero si el piso está a su nombre, Elena. —Eso ella no lo sabe. Pasaron ahí la mañana, hasta la comida. Y para comer, sopa de pollo: bien rica, con trocitos de carne y patatita machacada. —Siempre la hacía así para Natalia y Maximiliano, cuando eran pequeños —recordó doña Elena. —Y ahora, mira, son manos ajenas las que nos preparan la comida —suspiró su marido. —Será nuestro destino, Nicolás. Cuando no estemos, nadie nos llorará. —Ya está bien, Elena, no más tristezas. Vamos a echarnos la siesta. —¡Ay, Nicolás, qué razón tiene el dicho: “Los viejos y los niños, todos a lo mismo: sopita, siesta y merienda.” Don Nicolás dormitó un rato y se levantó; no conseguía conciliar el sueño. Cambiaba el tiempo, o algo. Se asomó a la cocina. Había dos vasos con zumo, preparados con mimo por Ivanka. Cogió los dos y, con cuidado de no derramarlos, fue al cuarto de su esposa, que miraba pensativa por la ventana. —¿Por qué tan pensativa, Elena? —sonrió—. ¡Al zumito! Ella bebió un sorbo. —Tú tampoco puedes dormir, ¿eh? —Será el tiempo. —Yo desde esta mañana, me noto rara —sacudió la cabeza, triste—. Siento que me queda poco. Entiérrame como Dios manda, ¿eh? —Elena, no digas esas cosas. ¿Y yo qué haré sin ti? —Uno de los dos será el primero. —¡Ya vale! Vamos al balcón. Pasaron así hasta la noche. Ivanka preparó tortitas de requesón. Comieron y se pusieron a ver la tele. Siempre la veían antes de dormir. Las películas nuevas no las seguían bien; preferían las comedias viejas y los dibujos. Esa noche solo vieron un dibujo. Doña Elena se levantó del sofá: —Me voy a dormir. Estoy cansada. —Pues yo voy también. —Déjame mirarte bien —le pidió de pronto la esposa. —¿Para qué? —Solo quiero mirarte. Se miraron largo rato. Seguramente recordando aquellos años en que todo estaba por venir. —Te acompaño a la cama. Ella le cogió del brazo y caminaron despacio. Él la arropó con la manta y fue a su habitación. Se sentía extraño, no podía dormir. Creyó no haber dormido nada, pero el reloj marcaba las dos. Se levantó y fue al cuarto de ella. Estaba con los ojos abiertos: —¡Elena! Le cogió la mano. —¿Elena, qué te pasa? ¡E-le-na! Y de pronto él también notó que le faltaba el aire. Volvió a su cuarto, tomó los papeles preparados y los puso en la mesa. Regresó junto a su esposa, la contempló un buen rato. Después se tumbó a su lado y cerró los ojos. Vio a su Elena, joven y guapa, como hacía setenta y cinco años, caminando hacia una luz. La alcanzó y la tomó de la mano. A la mañana siguiente, Ivanka entró en la habitación. Los halló juntos. En sus rostros, la misma sonrisa serena. Finalmente, Ivanka llamó al servicio de urgencias. El médico que llegó los vio y negó con la cabeza, sorprendido: —Han fallecido juntos. Seguramente se querían mucho… Se los llevaron. Ivanka se dejó caer en la silla, agotada. Y entonces vio los papeles y el testamento a su nombre. Apoyó la cabeza en las manos y rompió a llorar… Pon un “me gusta” y deja tu opinión en los comentarios.
La vida, como la luna: a veces llena, a veces menguante Siempre creí que nuestro matrimonio era inquebrantable y eterno, como el propio universo. Pero me equivoqué… Conocí a mi futuro esposo en la Facultad de Medicina, cuando ambos éramos estudiantes. Nos casamos en quinto curso. Como regalo de bodas, mi suegra nos entregó un viaje a Yugoslavia (hoy Eslovenia) y las llaves de un piso. Y eso solo fue el principio. …Nada más casarnos, nos instalamos en un amplio piso de tres habitaciones. Mi suegro y mi suegra apoyaban a nuestra familia en todo. Cada año, mi marido y yo recorríamos Europa, gracias a sus padres. Éramos jóvenes y felices: la vida nos sonreía. Dima era virólogo y yo, médica de familia. Trabajar, sanar, amar. Nacieron nuestros hijos: Daniel y Luis. Ahora, con el paso de los años, entiendo que mi vida en aquel entonces era un río caudaloso. Sin duda, disfruté de todo lujo durante mis diez años con mi marido. Todo se vino abajo de golpe. …Llamaron a la puerta. Abrí. En el umbral, una chica guapa, afligida. —¿A quién busca? —pregunté con calma. —¿Eres Sofía? Entonces vengo a verte. ¿Puedo pasar? —titubeó. —Pasa —respondí, intrigada. Vi que la chica estaba levemente embarazada. —Sofía, me llamo Tania. Me da vergüenza, pero amo mucho a tu marido. Dmitri también me ama. Vamos a tener un hijo —soltó de golpe. —Vaya… qué sorpresa. ¿Eso era todo? —comencé a hervir. —No… —sacó una cajita de su abrigo—. Toma, Sofía, es para ti. Abrí la caja: un anillo de oro. —¿Y esto? ¿Quieres comprar a mi marido? ¡Dima no está en venta! ¡Llévate la caja! —cerré la caja indignada. —¡No quiero ofenderte, Sofía! Me siento fatal… No sé qué hacer. Sé que tú y tus hijos vais a sufrir. Mi madre siempre me decía: “¡Hija, te enamoras de un hombre casado, te perderás!” Pero no puedo vivir sin Dima. Al menos acepta el anillo… ¡Quizá así me sienta mejor! —Tania rompió a llorar. Durante un segundo me dio lástima. Pero, ¿quién me compadecerá a mí? Esta chica se llevaba mi felicidad y yo la consolaba… Recobré el sentido, rechacé su “pago” y la puse de patitas en la calle. En ese mismo instante, mi vida se precipitó por un abismo… Mi suegra me llamó: Dima dejaba la familia. Vino a por las cosas de su hijo. Se las señalé, aún sin creerlo. Lo guardó todo en la maleta que trajo ella misma. —Sofía, pase lo que pase, seguiremos siendo familia. Y Dima y Tania, como terneros: donde se encuentren, allí se acurrucan —“me consoló” mi suegra. Medio año después, Dima y Tania tuvieron una hija. Luego oí que adoptó a la hija de Tania de un matrimonio anterior. Durante ese tiempo, Dima no vino ni una vez a ver a sus hijos. Mandaba unas perras por medio de su madre, de “pensión”. Era la España de los años noventa. Yo acabé en el hospital con un cuadro de nervios. Daniel y Luis acabaron con la abuela, que los cuidaba y mimaba. Al salir del hospital, corrí a buscarles. Pero mis chicos se negaron a volver a casa: allá comían bien y no les regañaban ni les restringían los dulces. No pude rebatirlo. Abrazando a sus nietos, mi suegra me pidió: —Sofi, deja que los chicos vivan un tiempo con nosotros. Tienes que buscar un piso más pequeño. Esto es un engorro, y los niños requieren atención. Dima y yo creemos que no podrás mantener sola el piso grande. ¿Una habitación sola no te basta? Así que, sin nada, volví sola a casa. Me habían quitado al marido, y ahora tocaba a mis hijos. Tuve que cambiar el piso. Terminé en una minúscula vivienda de una habitación, sin reforma, con paredes deslucidas y muebles de la época de Franco. Mis hijos se quedaron a vivir con la abuela. Me permitían verles solo en grandes fiestas. —Sofi, no alteres la paz interior de los niños con tus visitas —me pedía mi suegra—. Haz tu vida. Mis hijos y yo nos fuimos distanciando… Se perdió el vínculo entre nosotros. Por entonces solo quería esconderme en mi rincón frío y olvidarme del mundo. Había perdido las ganas de vivir. Mi abuela decía: “La vida es como la luna: a veces llena, a veces menguante”. Sabía que no podía durar así mucho más: si no, perdería la cabeza. Estaba decidida a hacer algo… a lo loco. Me cansé de ser la buena chica a la que todos pisotean. Y, aun así, yo había sacado un sobresaliente en medicina. …El trabajo me llevó a un congreso en Francia. Allí conocí a un joven: Iván, médico serbio. Aún no sé cómo nos comunicamos, pero no lo necesitábamos. Nuestra fue una locura de amor. Pero tras los diez días tuve que volver. ¡Y no quería! Aquella relación espontánea me devolvió a la vida. ¡Me sentía viva! Después hubo otros amores fugaces. Nada serio, solo “bailes de salón”. Mi suegra comentó: —Sofía, ¡te has puesto radiante! Toda una mujer-primavera. Pero seguía sola. Mi mejor amiga, antes de irse a vivir a Grecia, me invitó a visitarla. Olga era soltera y sin hijos. —Sofi, me caso con un griego. Estoy harta de nuestros borrachos. Quiero vivir como una mujer normal —lloriqueó. —Vamos, si comienzas una nueva vida. ¡A los cuarenta todo empieza! —no entendía sus lágrimas. —Bueno, Sofía, mi Álex no sabe nada. Quiero presentártelo. Quizás logres consolarle. ¡En fin, llévatelo! ¡Es mi regalo! Pues nada, si hay novio, que no falte mesa puesta… Recogí al hombre abandonado. Así, Álex se convirtió en mi marido. Solo tenía una pega, pero lo empañaba todo: era alcohólico perdido. Pero el amor es ciego… Me enamoré locamente de él. Y empezó… …Toxicólogos, centros de rehabilitación, lágrimas. Fue inútil. Yo no me apartaba de mi marido. Y Álex me decía: —Sofía, tú quieres que yo sea abstemio, pero yo no quiero. Nunca se me pasó por la cabeza dejarle. Pensaba: “al menos tengo marido”. No podía soportar la soledad. Por extraño que parezca, decidí luchar por mi hombre, como Tania lo hizo conmigo. Pasaron siete años en la batalla… Álex entró en razón. Encontró trabajo de conductor en el tanatorio. Lo que ve cada día le ha marcado. Pero yo soy feliz: ¡por fin tengo un marido ejemplar! Llega a casa callado y reflexivo. Lo mejor: ¡sobrio! Olga, de visita desde Grecia, no podía creerlo: —¿Álex no bebe? ¡No me lo creo! Yo, riendo: —No tiene cambio ni devolución. …Mis hijos han crecido. Ahora tienen poco más de 30. Ambos solteros. De niños, después de ver tantas peripecias adultas, no quieren casarse. Aunque lo han intentado. Me temo que con los nietos será complicado. …Y de mi exmarido: su segunda y compasiva esposa, Tania, bebió hasta perderse. Su hija cría sola a su niño. Dima se casó por tercera vez con su enfermera de la consulta. Eso sí, antes preguntó a nuestros hijos: —¿No querrá mamá volver a empezar? Mi respuesta fue contundente: —¡El día de San Blas…! Es decir, ¡nunca!