Diario, 30 de diciembre de 1982
La víspera de Nochevieja, mi madre y yo fuimos a El Corte Inglés de Gran Vía, en Madrid. Íbamos a por algunas tonterías: no sabía bien si eran espumillones, o una guirnalda nueva para el árbol. Pero aquel día, se me quedó grabado para siempre un vestido. Rojo, de punto, con un ribete azul intenso en el bajo y en los puños. Me enamoré de él nada más verlo y me planté ante mi madre, insistiendo entre sollozos en probármelo.
Cuando por fin me dejé convencer, sentí como si ese vestido me estuviera esperando, hecho a medida. De pronto me imaginé en la fiesta en clase: quería causar impresión a un chico que me gustaba, que me viera justo con ese vestido. Casi llorando de emoción, no quería quitármelo.
Entonces mi madre, al ver mi cara, me abrazó y me dijo: «Mira, dentro de poco cobro la paga, ¿por qué no nos lo llevamos?». Salimos de allí dando saltitos, felices como niños. Decoramos juntos el salón, adornamos el pequeño abeto que poníamos cada año. Pero en la nevera solo quedaba hielo y un trocito de mantequilla. Todo lo demás, acabado. Esperábamos la paga de mamá con mucha ilusión; recuerdo que en aquellos años, incluso el 31 de diciembre había que trabajar, solo que salían antes.
Aquella tarde, regresó mi madre del Ministerio, cabizbaja: «No han podido pagarnos, han retrasado las nóminas». Tenía los ojos llorosos; no era solo pena, sino rabia, quizás vergüenza de no ofrecerme la típica cena especial. Recuerdo perfectamente que esa noche, en vez de lamentarme, sentía que el día seguía siendo mágico. Había películas navideñas en la tele, que en esas fechas abundaban y que nunca ponían en cualquier otro momento, y no había casi canales dos, como mucho.
Mi madre puso a hervir unas patatas, les echó mantequilla, ralló un poco de zanahoria y le echó azúcar. No teníamos absolutamente nada más. Nos sentamos a la mesa; mi madre rompió a llorar y yo la acompañé enseguida, aunque no era la cena lo que me afectaba simplemente me llenó de ternura y lástima verla así, tan vulnerable.
Al final decidimos tumbarnos en el sofá bajo una manta, bien pegados, a ver el especial de Nochevieja. Cuando dieron las doce, los vecinos ya salían al rellano con copas de cava a felicitarse el año entre risas y canciones. Pero nosotras no salimos; no teníamos ni ganas ni ánimo.
De repente sonó el timbre, una llamada insistente. Mi madre fue a abrir. Era la señora Carmen, la vecina cascarrabias del quinto, que siempre me reñía por no limpiar bien las escaleras, o por corretear en el portal, o por jugar demasiado alto en la calle. Los niños la temíamos, y la mayoría apenas la soportaba.
No sé bien de qué hablaron mi madre y ella, pero la vi colarse en casa, echar un vistazo rápido a nuestra patatera humilde, y marcharse sin una palabra. A los veinte minutos, alguien aporreó la puerta; mi madre, nerviosa, me prohibió salir y fue a ver quién era. Allí estaba la señora Carmen pero esta vez, con dos bolsas llenas. De las bolsas sacó ensalada rusa, chorizo, una lata de pepinillos en vinagre, medio pollo cocido, bombones, y hasta unas mandarinas. Y, bajo el brazo, una botella de cava.
Sin mucho miramiento, le gritó a mi madre que dejara de hacer el tonta y le ayudase, le sacó una sonrisa y, antes de irse, le limpió las lágrimas con el brazo de su abrigo. Después de aquello, acabamos la noche cenando de verdad.
Con el año nuevo, Carmen siguió mandando en la escalera y en el patio; jamás volvió a mencionar aquella noche. Pero cuando, años después, todo el edificio bajó a su funeral, todos recordaban la ayuda, grande o pequeña, que alguna vez les había dado la vecina gruñona.
Esa noche aprendí que, a veces, los héroes tienen las caras menos simpáticas, y que la verdadera generosidad aparece justo cuando más la necesitas.







