No me lo esperaba de mi marido —Anita, tenemos que hacer algo… —suspiró Irene al teléfono. —¿Pero qué ha pasado? —contestó algo inquieta su hermana pequeña. La llamada de la mayor ya la había puesto en guardia. Normalmente se comunicaban con mensajes rápidos por WhatsApp, pero esta vez Irene se empeñó en hablar por teléfono. —Mamá ya no puede vivir sola. Si hablaras más a menudo con ella, lo sabrías —le reprochó Irene. —¡Ay, venga ya! ¡No empieces! Dime de una vez. ¿Qué es lo que no sé? Irene volvió a suspirar—responder de malas era típico de la pequeña, que llevaba años aireando su independencia y saltaba a la mínima crítica. —Te recuerdo que mamá ya tiene 73 años. La tensión le sube y baja todo el rato, siempre está floja. A duras penas se hace la comida y limpia la casa. —enumeró la mayor con paciencia—. Ni siquiera siempre puede ir a por pan al súper. Menos mal que la vecina, la señora Nina, le lleva cosas de vez en cuando. —¿Quieres decir que mamá pasa hambre? —preguntó Ana, preocupada. —¡No, mujer! Yo voy cada dos semanas y le llevo de todo. No hablo de eso, sino de que ya no puede apañárselas sola. ¿Y si se cae, si se rompe algo? Si con su peso ya va a ser un lío cuidarla. Ambas guardaron silencio. María Elena siempre había sido grandota y con los años había engordado aún más. A pesar de los achaques, le gustaba bien comer y se enfadaba si sus hijas le insinuaban que debía hacer dieta. —Y además se siente muy sola, casi llora cuando me voy. Dice que la tenemos abandonada… —siguió Irene—. Es que esto así no se puede. —¿Propones algo o qué? No me aclaro. La mayor tardó en contestar, reuniendo fuerzas—cada año se le hacía más difícil hablar con Ana. —Te propongo que te vayas a vivir con ella. —¡Vaya tela! ¿Y por qué no puedes ir tú? A ver, déjame adivinar… ¡Tienes a Federcito, el santo de tu marido, y el hijastro pobrecito que tiene ya 25 añitos a tu cargo! ¿Verdad? —Ana, ¿pero a santo de qué vienes con eso? —¡Pues porque siempre lo organizas todo a tu modo! ¡Y yo no te importo nada! —Ana casi gritaba. Irene también perdió los papeles: —¿Y cuando mamá estuvo rota entre papá enfermo y vosotras con Marisa? ¡Cuando iba desde el pueblo cargada con comida, cuidaba a Marisa para que tú, hija favorita, pudieras trabajar y descansar! ¿Eso no te molestaba nada, verdad? Durante un instante Ana calló. Su hermana tenía razón. Así había sido cuando terminó su breve matrimonio con el padre de Marisa, y la madre política—aquella santa mujer—les permitió quedarse en el piso hasta que Marisa cumpliese dieciocho. Doña Digna no quería mucho a su nieta y el padre pagaba una miseria de pensión… Ana tuvo que dar mil vueltas para no faltar de nada. La ayuda de sus padres vino providencial, pero ¿es que iba a tener que pagarlo toda la vida? La exsuegra cumplió y no las molestó hasta que la nieta fue mayor, cuando ya la invitó educadamente a marcharse. Marisa estaba en el instituto en la ciudad, tenía novio, y Ana decidió empezar de cero y se fue a Madrid a buscarse la vida. Llevaba años alquilando una habitación donde podía y trabajando en lo que saliera—a los cuarenta no era tan fácil conseguir un buen trabajo. Pero estaba a gusto y no pensaba volver al pueblo. —Tú qué vas a saber lo que es criar a una cría una sola, ¿eh? —soltó Ana, sabiendo que era un golpe bajo—. ¡A ver si hubieras vivido como yo y luego me dabas lecciones! Ahora fue Irene quien calló largo rato. Su vida había sido, al principio, tranquila y bien montada. Tras la universidad se quedó en la capital de provincia, encontró trabajo de contable y soñaba con casarse bien. Pero fue encadenando pretendientes: uno bebedor, uno mimado de mamá, otro vividor… Solo a los 39 encontró a Fede—tres años mayor, viudo y con un hijo de 10, Juanito. Trabajaba de electricista para una comunidad y era un manitas—siempre arreglando cosas para los vecinos menos habilidosos. No bebía, era reservado (incluso seco) y maniático del orden. Y ella se enamoró locamente. En sus catorce años juntos (se casaron al poco de conocerse) siempre se desvivió por él. No le costó ganarse al hijastro y los cuidaba como oro en paño. Quiso tener su propio hijo, pero no pudo—por eso Fede y Juanito eran toda su vida. Y no quería perderlo por nada. —Yo quería llevarme a mamá a nuestra casa —le dijo Irene con la garganta cerrada por los recuerdos—pero ni lo quiere oír. —¿Cómo? ¿Y tu Federcito no se opone a meter a su suegra en un piso de dos habitaciones? —le pinchó Ana—. O no le has dicho nada, ¿verdad? Sabías que mamá iba a negarse… —¡Ana, basta ya! ¡Habla en serio! Esto no es para bromas. —Menuda cháchara —farfulló la menor y colgó. Vaya charla, sí. Irene apretó el móvil y se quedó mirando al vacío. Lo ideal sería que Ana se mudara a casa de su madre. Ella aportaría dinero, comida e iría a ayudar. Y la menor, con internet, podría buscarse un trabajo en remoto, que en el pueblo no faltaba. Pero Ana no estaba dispuesta a facilitarle la vida… Igual de mimada que de niña. Y ya no podía mandarle nada. «He hablado con mamá. Dice que está perfectamente y que no necesita que nadie le ayude. ¡Deja ya de hacer el circo!» —al día siguiente le escribió Ana. Irene ni contestó. ¿Para qué seguir? Ana apenas hablaba con mamá una vez al mes y le mandaba algunos mensajes. La madre no le contaba nada malo—prefería alegrarse de que Anita no la olvidara, y evitar disgustarla. Con Ana mejor no discutir, podía hasta cortar la relación… Pero Irene no se ofendía y escuchaba sus lamentos mínimo una vez por semana, y luego ni dormía. Hasta Fede, que solía ignorar esos temas, le preguntó si pasaba algo. No le había contado nada—¿para qué cargar más a su marido? Pero no sabía qué hacer. ¿Contratar una asistenta? Eso era un dineral. —¡Ya está bien! —Fede dejó el vaso de té sobre la mesa—. Llevas tres meses rara, ¿qué pasa? A ver. Irene rompió a llorar, aunque intentó controlarse (¡a los hombres no les van las lágrimas!) y le resumió la situación. —¿Y por qué no me has dicho que tu madre está tan mal? —le preguntó Fede muy serio. —No quería preocuparte… —balbuceó ella bajando la vista. Quizá no debió contárselo. ¿Y si ahora él también la dejaba…? —Entiendo. —Fede se levantó de la mesa—. Gracias por la cena. Me voy a dormir. Ni las noticias vio. ¿Y ahora qué? Irene se pasó la noche dando vueltas y se quedó dormida llegando el sábado, para colmo sin oír el despertador. Era sábado y no tenía que trabajar, pero siempre le preparaba el desayuno a Fede a la misma hora. ¡Ahora fallaba también en eso! Pero su marido, tranquilo, tomaba el té en la cocina mientras miraba el móvil. —¿Te has levantado ya? —preguntó. Cara seria pero voz calmada. —Sí, Fede. Ahora mismo preparo… —se apresuró ella. —Siéntate, tenemos que hablar. Irene se sentó con cuidado en el taburete. —Lo he estado pensando. Hay que ayudar a tu madre. No se puede dejar tirados a los viejos. La mía, por desgracia, no llegó a mayor… Así que decidido, nos vamos a vivir con tu madre. He estado mirando y podría trabajar para un agricultor y seguro tú encuentras algo. Irene casi se cae de la silla. —¿Fede…? ¿Estás seguro? —Completamente. ¿O crees que olvido cómo María Elena trataba a Juanito, y cómo me mimaba cuando íbamos allí? Tengo buena memoria, Irene. Además, siempre he querido irme a vivir a un pueblo. Eso sí, si a mi suegra le parece bien. Irene lo miró, boquiabierta. Eso sí que no lo esperaba de su Fede. ¿Estaba soñando? —¿Y Juanito? —preguntó sin saber por qué. —¿Qué Juanito? —se asombró él—. Un hombretón, con trabajo y carrera. Seguro le hace ilusión que le dejemos el piso para él. —¡Fede! —Irene se le echó al cuello llorando, a pesar de que a él no le gustaban esas demostraciones. Pero no se apartó. Solo le acarició los hombros: —Tranquila. Todo irá bien. Eso esperaba Irene, con todo el alma…

No me lo esperaba de mi marido

Bea, hay que hacer algo suspiró Inés al teléfono.

¿Pero qué pasa? contestó un poco preocupada su hermana menor, Lucía.

La llamada de la hermana mayor ya la tenía en tensión.

Normalmente solían hablarse por WhatsApp con mensajes cortos, pero esta vez Inés había insistido en llamarla por teléfono.

Mamá ya no puede vivir sola.

Si hablaras con ella más a menudo, lo sabrías le soltó Inés, con ese tonillo de reproche tan suyo.

¡Ay, venga ya! No empieces suéltalo de una vez, ¿qué es lo que no sé?

Inés volvió a suspirar. Lucía siempre iba directa al grano y muy poco receptiva a cualquier sugerencia que significara hacer algo más de lo que le apetecía.

Te recuerdo que mamá ya tiene 73 años. La tensión le sube y baja, se encuentra débil a todas horas.

Le cuesta hasta hacerse de comer y el orden lo mantiene a duras penas resumió con paciencia la mayor . Y ya ni te digo lo de ir a por una barra de pan. Menos mal que la vecina, Doña Carmen, le baja algo a casa de vez en cuando.

¿Me estás diciendo que mamá se muere de hambre? Lucía alzó una ceja, ahora más atenta.

¡No, qué va! Yo voy cada dos semanas, le llevo todo lo que necesita. Pero sin ayuda, mamá ya no puede. Y si un día se cae y se rompe algo, ¿quién la atiende después? Con lo que pesa, sería un drama.

Ambas hermanas se quedaron en silencio.

Clara Sánchez, su madre, ya de joven había sido bastante rechonchilla, y con los años había echado aún más kilos.

Y eso que la salud no la acompañaba y sus hijas intentaban ponerla a dieta. ¡Menuda se liaba cada vez que lo sugerían!

Además, está muy sola. Cuando me voy, se le saltan las lágrimas. Se queja de que la hemos abandonado, que nadie la quiere continuó Inés . Yo ya no soporto esta situación.

Entonces, ¿qué quieres que haga? No lo pillo Lucía se hizo la tonta.

La mayor dudó un instante; cada año resultaba más complicado razonar con la benjamina.

Te propongo que te vayas a vivir con ella.

¡Qué bien! Por supuesto ¿y por qué no te vas tú? Ah, ya sé. Tienes a tu Luis, tu marido, ese santo varón. Y a su hijo, Juanito, el pobre chaval con sus 25 añitos, que hay que cuidar. ¿No? ironizó Lucía.

Lucía, ¿era necesario sacar eso ahora?

Es que siempre te las apañas para que cargue yo con todo. ¡Y encima ni te importo! gritó la pequeña, hiperventilando.

Esta vez Inés también perdió la paciencia:

¿Y cuándo mamá se desvivía entre papá y vosotras dos? ¿No te quejabas cuando se pasaba el día en el pueblo, trayéndote tuppers, cuidando de ti y de Laura para que la niña mimada pudiera trabajar y descansar? ¡Entonces no protestabas!

Lucía se calló un momento. Tenía razón. Tras su corto matrimonio con el padre de Laura, sólo una santa suegra le dejó quedarse con la niña en su piso de Getafe hasta que la hija se hiciera mayor de edad.

Aquella adorable suegra apenas se dignaba a ver a la nieta, y el padre pagaba lo justito. Así que Lucía, con una hija a cuestas, tuvo que buscarse la vida.

La ayuda de sus padres salvó el día muchas veces, sí, pero ¿eso era motivo para restregárselo por la cara de por vida?

La suegra cumplió: no las echó hasta que Laura fue mayor. Cuando por fin las invitó a irse, Laura ya estaba en la universidad, salía con su novio y Lucía pudo lanzarse a una nueva vida, emigrando a Madrid para buscarse un futuro mejor.

Ya llevaba años alquilando pisos por la Sierra, encadenando trabajos de aquí y allá; que encontrar trabajo decente con más de 40 tiene miga.

Pero oye, que no le iba mal. Y ni pensaba volver al dichoso pueblo.

Claro, porque tú no sabes lo que es sacar adelante sola a una hija soltó, filosa. Sabía que a Inés eso le quemaba por dentro . Vente tú a mi pellejo y luego me cuentas.

Ahora fue Inés la que se quedó callada.

Su vida había ido más institucional. Tras la carrera, se quedó en la capital de provincia, encontró un trabajo fijo de contable, y buscó maromo con futuro.

Pero todos los que le salían que si borracho, que si niño de mamá, que si vividor.

Hasta que a los 39 se cruzó Luis, tres años mayor, viudo y con un hijo de diez años.

Luis era electricista, manitas y rehacía de todo, y además: ni bebía, ni hablaba mucho, era pulcro hasta rozar lo psiquiátrico.

Inés se enamoró hasta decir basta. En 14 años de matrimonio (se casaron al año justo de conocerse) se desvivió por él.

No fue fácil, pero consiguió ganarse el cariño del hijastro, y juntos eran su joya de la corona.

Siempre quiso tener un hijo propio, pero no pudo ser, así que Luis y Juan se convirtieron en su familia total.

Y perder eso ni loca.

Quería llevarme a mamá a casa dijo Inés, ronca por la emoción, pero ni de broma. Ni oír hablar del tema.

¿Qué? ¿Y tu Luis, tan perfecto, aceptaría a su suegra en el piso de dos habitaciones? soltó Lucía con sorna . O lo de siempre ni le has preguntado, porque sabías que tu madre diría que no.

¡Lucía, basta! Hablemos en serio, anda.

Ya hemos hablado soltó la pequeña, cortando la llamada.

Menuda conversación, pensó Inés.

Con el móvil aún en la mano, se quedó mirando al horizonte. El plan ideal sería que Lucía se fuese con la madre. Así ella ayudaría con dinero y comida, y Lucía, con suerte, ¡hasta encontraría trabajo online! Si en el pueblo hasta hay fibra óptica

Pero Lucía no estaba por la labor de facilitarle la vida. Igual de caprichosa con 45 que con 15, oiga.

Y no se la puede mandar como cuando eran niñas

“Mamá dice que está bien y no necesita ayuda. Deja ya la telenovela”, llegó el mensaje al día siguiente.

Inés ni contestó.

¿Qué le iba a decir? Lucía llamaba como mucho una vez al mes y le mandaba algún WhatsApp de vez en cuando. Para mamá, eso ya era fiesta, y no le contaba penas, por miedo a molestarla.

Pero Inés ella sí tragaba con todas las quejas al menos una vez a la semana, y después noche en vela, claro.

Incluso Luis, que nunca se mete en esas cosas ni pregunta mucho, le preguntó si pasaba algo raro.

No quiso cargarle con el asunto. Bastante tenía él también.

¿Contratar a una cuidadora? Ni con el Gordo de la Lotería.

¡Bueno, basta ya! Luis dejó la taza de té sobre la mesa, serio . Llevas tres meses que no eres tú. ¿Qué pasa? Venga, suéltalo.

Por toda respuesta, a Inés se le saltaron las lágrimas; se rehízo como pudo (no era de esas que gustan de lagrimear delante de los hombres), y resumió la situación.

¿Y por qué no me dijiste que tu madre estaba tan mal? preguntó él, clavándole la mirada.

No quería preocuparte musitó ella, bajando la vista.

Ahora sí que se había pasado de sincera. ¿Y si ahora pensaba que su mujer era un lastre? ¿Y si le daba por largarse?

Entiendo dijo Luis, levantándose . Gracias por la cena. Me voy a dormir.

Ni siquiera puso las noticias como cada noche. ¿Qué pasaría ahora?

Inés no pegó ojo y, claro, al día siguiente ni oyó el despertador.

Por suerte, era sábado y no curraba, pero hombre, el desayuno siempre lo ponía ella a la hora en punto.

Otro fallo más.

Pero ahí estaba Luis, tan tranquilo bebiendo té y mirando el móvil.

¿Ya te has levantado? se giró serio, pero con la voz tranquila.

Sí, Luis, enseguida preparo el desayuno se puso ella nerviosa.

Siéntate, que tenemos que hablar.

Inés se sentó en la banqueta, tiesa.

He estado pensando Hay que ayudar a tu madre. Eso de dejar a los viejos tirados no está bien.

La mía, por desgracia, no llegó a mayor Así que nada, ¡que nos mudamos al pueblo!

He estado mirando; puedo trabajar allí con un ganadero, y tú seguro encuentras algo.

A Inés casi se le sale el corazón del pecho.

¿Pero estás seguro, Luis?

Seguro. ¿O crees que olvido cómo doña Clara cuidaba de Juan y me trataba mejor que a su propio hijo?

No, Inés, yo no olvido. Además, siempre quise irme al campo. Si tu madre no se opone, claro.

Inés se lo quedó mirando, boquiabierta. De su Luis, eso sí que no se lo esperaba. Esto es un sueño, pensó.

¿Y Juan? preguntó ella tontamente.

¿Y Juan qué? contestó él . Un tiarrón, con carrera, trabajo y novia. Encantado de librarse del nido y quedarse solo, seguro.

¡Luis! Inés se le tiró al cuello llorando, olvidando que esas efusividades no le iban nada.

Pero no la rechazó. Le acarició cariñoso los hombros:

Anda, tranquila. Todo va a salir bien.

Y ella, en ese momento, quiso creerlo con todas sus fuerzas.

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No me lo esperaba de mi marido —Anita, tenemos que hacer algo… —suspiró Irene al teléfono. —¿Pero qué ha pasado? —contestó algo inquieta su hermana pequeña. La llamada de la mayor ya la había puesto en guardia. Normalmente se comunicaban con mensajes rápidos por WhatsApp, pero esta vez Irene se empeñó en hablar por teléfono. —Mamá ya no puede vivir sola. Si hablaras más a menudo con ella, lo sabrías —le reprochó Irene. —¡Ay, venga ya! ¡No empieces! Dime de una vez. ¿Qué es lo que no sé? Irene volvió a suspirar—responder de malas era típico de la pequeña, que llevaba años aireando su independencia y saltaba a la mínima crítica. —Te recuerdo que mamá ya tiene 73 años. La tensión le sube y baja todo el rato, siempre está floja. A duras penas se hace la comida y limpia la casa. —enumeró la mayor con paciencia—. Ni siquiera siempre puede ir a por pan al súper. Menos mal que la vecina, la señora Nina, le lleva cosas de vez en cuando. —¿Quieres decir que mamá pasa hambre? —preguntó Ana, preocupada. —¡No, mujer! Yo voy cada dos semanas y le llevo de todo. No hablo de eso, sino de que ya no puede apañárselas sola. ¿Y si se cae, si se rompe algo? Si con su peso ya va a ser un lío cuidarla. Ambas guardaron silencio. María Elena siempre había sido grandota y con los años había engordado aún más. A pesar de los achaques, le gustaba bien comer y se enfadaba si sus hijas le insinuaban que debía hacer dieta. —Y además se siente muy sola, casi llora cuando me voy. Dice que la tenemos abandonada… —siguió Irene—. Es que esto así no se puede. —¿Propones algo o qué? No me aclaro. La mayor tardó en contestar, reuniendo fuerzas—cada año se le hacía más difícil hablar con Ana. —Te propongo que te vayas a vivir con ella. —¡Vaya tela! ¿Y por qué no puedes ir tú? A ver, déjame adivinar… ¡Tienes a Federcito, el santo de tu marido, y el hijastro pobrecito que tiene ya 25 añitos a tu cargo! ¿Verdad? —Ana, ¿pero a santo de qué vienes con eso? —¡Pues porque siempre lo organizas todo a tu modo! ¡Y yo no te importo nada! —Ana casi gritaba. Irene también perdió los papeles: —¿Y cuando mamá estuvo rota entre papá enfermo y vosotras con Marisa? ¡Cuando iba desde el pueblo cargada con comida, cuidaba a Marisa para que tú, hija favorita, pudieras trabajar y descansar! ¿Eso no te molestaba nada, verdad? Durante un instante Ana calló. Su hermana tenía razón. Así había sido cuando terminó su breve matrimonio con el padre de Marisa, y la madre política—aquella santa mujer—les permitió quedarse en el piso hasta que Marisa cumpliese dieciocho. Doña Digna no quería mucho a su nieta y el padre pagaba una miseria de pensión… Ana tuvo que dar mil vueltas para no faltar de nada. La ayuda de sus padres vino providencial, pero ¿es que iba a tener que pagarlo toda la vida? La exsuegra cumplió y no las molestó hasta que la nieta fue mayor, cuando ya la invitó educadamente a marcharse. Marisa estaba en el instituto en la ciudad, tenía novio, y Ana decidió empezar de cero y se fue a Madrid a buscarse la vida. Llevaba años alquilando una habitación donde podía y trabajando en lo que saliera—a los cuarenta no era tan fácil conseguir un buen trabajo. Pero estaba a gusto y no pensaba volver al pueblo. —Tú qué vas a saber lo que es criar a una cría una sola, ¿eh? —soltó Ana, sabiendo que era un golpe bajo—. ¡A ver si hubieras vivido como yo y luego me dabas lecciones! Ahora fue Irene quien calló largo rato. Su vida había sido, al principio, tranquila y bien montada. Tras la universidad se quedó en la capital de provincia, encontró trabajo de contable y soñaba con casarse bien. Pero fue encadenando pretendientes: uno bebedor, uno mimado de mamá, otro vividor… Solo a los 39 encontró a Fede—tres años mayor, viudo y con un hijo de 10, Juanito. Trabajaba de electricista para una comunidad y era un manitas—siempre arreglando cosas para los vecinos menos habilidosos. No bebía, era reservado (incluso seco) y maniático del orden. Y ella se enamoró locamente. En sus catorce años juntos (se casaron al poco de conocerse) siempre se desvivió por él. No le costó ganarse al hijastro y los cuidaba como oro en paño. Quiso tener su propio hijo, pero no pudo—por eso Fede y Juanito eran toda su vida. Y no quería perderlo por nada. —Yo quería llevarme a mamá a nuestra casa —le dijo Irene con la garganta cerrada por los recuerdos—pero ni lo quiere oír. —¿Cómo? ¿Y tu Federcito no se opone a meter a su suegra en un piso de dos habitaciones? —le pinchó Ana—. O no le has dicho nada, ¿verdad? Sabías que mamá iba a negarse… —¡Ana, basta ya! ¡Habla en serio! Esto no es para bromas. —Menuda cháchara —farfulló la menor y colgó. Vaya charla, sí. Irene apretó el móvil y se quedó mirando al vacío. Lo ideal sería que Ana se mudara a casa de su madre. Ella aportaría dinero, comida e iría a ayudar. Y la menor, con internet, podría buscarse un trabajo en remoto, que en el pueblo no faltaba. Pero Ana no estaba dispuesta a facilitarle la vida… Igual de mimada que de niña. Y ya no podía mandarle nada. «He hablado con mamá. Dice que está perfectamente y que no necesita que nadie le ayude. ¡Deja ya de hacer el circo!» —al día siguiente le escribió Ana. Irene ni contestó. ¿Para qué seguir? Ana apenas hablaba con mamá una vez al mes y le mandaba algunos mensajes. La madre no le contaba nada malo—prefería alegrarse de que Anita no la olvidara, y evitar disgustarla. Con Ana mejor no discutir, podía hasta cortar la relación… Pero Irene no se ofendía y escuchaba sus lamentos mínimo una vez por semana, y luego ni dormía. Hasta Fede, que solía ignorar esos temas, le preguntó si pasaba algo. No le había contado nada—¿para qué cargar más a su marido? Pero no sabía qué hacer. ¿Contratar una asistenta? Eso era un dineral. —¡Ya está bien! —Fede dejó el vaso de té sobre la mesa—. Llevas tres meses rara, ¿qué pasa? A ver. Irene rompió a llorar, aunque intentó controlarse (¡a los hombres no les van las lágrimas!) y le resumió la situación. —¿Y por qué no me has dicho que tu madre está tan mal? —le preguntó Fede muy serio. —No quería preocuparte… —balbuceó ella bajando la vista. Quizá no debió contárselo. ¿Y si ahora él también la dejaba…? —Entiendo. —Fede se levantó de la mesa—. Gracias por la cena. Me voy a dormir. Ni las noticias vio. ¿Y ahora qué? Irene se pasó la noche dando vueltas y se quedó dormida llegando el sábado, para colmo sin oír el despertador. Era sábado y no tenía que trabajar, pero siempre le preparaba el desayuno a Fede a la misma hora. ¡Ahora fallaba también en eso! Pero su marido, tranquilo, tomaba el té en la cocina mientras miraba el móvil. —¿Te has levantado ya? —preguntó. Cara seria pero voz calmada. —Sí, Fede. Ahora mismo preparo… —se apresuró ella. —Siéntate, tenemos que hablar. Irene se sentó con cuidado en el taburete. —Lo he estado pensando. Hay que ayudar a tu madre. No se puede dejar tirados a los viejos. La mía, por desgracia, no llegó a mayor… Así que decidido, nos vamos a vivir con tu madre. He estado mirando y podría trabajar para un agricultor y seguro tú encuentras algo. Irene casi se cae de la silla. —¿Fede…? ¿Estás seguro? —Completamente. ¿O crees que olvido cómo María Elena trataba a Juanito, y cómo me mimaba cuando íbamos allí? Tengo buena memoria, Irene. Además, siempre he querido irme a vivir a un pueblo. Eso sí, si a mi suegra le parece bien. Irene lo miró, boquiabierta. Eso sí que no lo esperaba de su Fede. ¿Estaba soñando? —¿Y Juanito? —preguntó sin saber por qué. —¿Qué Juanito? —se asombró él—. Un hombretón, con trabajo y carrera. Seguro le hace ilusión que le dejemos el piso para él. —¡Fede! —Irene se le echó al cuello llorando, a pesar de que a él no le gustaban esas demostraciones. Pero no se apartó. Solo le acarició los hombros: —Tranquila. Todo irá bien. Eso esperaba Irene, con todo el alma…
Sergio llevó a su esposa e hija a un pueblo apartado para poder irse al mar con su amante. Pero al regresar a casa, se dio cuenta de que lo más importante para él era la familia.