La nuera que intentó aguantar a su suegra: así acabó la paciencia en un drama familiar español

¿Mellizas?! se le escapó a Irene Benítez.

La mujer intentó a duras penas disimular su disgusto, pero el gesto la delató enseguida. Lucía lo sabía bien, que de su suegra difícilmente podía esperarse un ápice de sinceridad. Irene nunca la quiso, siempre pensó que ella no era suficiente para su hijo. Aunque todo el mundo, por el contrario, decía que Álvaro era el que no le llegaba ni a la suela de los zapatos a Lucía.

Lucía era encantadora y muy preparada; a los veintitrés ya había terminado Económicas y le iba bastante bien trabajando en una red de clínicas privadas. Sí, era de un pueblillo de la Castilla profunda, pero su padre dirigía una fábrica y su madre era profesora en la universidad local. Vamos, que lo de que Lucía fuera una cateta o una maleducada nada de eso. Pero Irene seguía viéndola como alguien simple.

Bueno, pues enhorabuena Qué alegría, doble alegría murmuró Irene con voz apagada.

Pero de participar en esa alegría ni hablar. El embarazo de Lucía fue un calvario: primero amenaza de aborto, luego de parto prematuro Más de una vez tuvo que quedarse ingresada, le recomendaron reposo casi todo el embarazo. Álvaro iba a verla al hospital casi a diario, pero su madre, que vivía a dos paradas de bus, ni se asomó una sola vez.

A la salida del hospital para presentar a las nietas, Irene tampoco fue. Por mucho que Álvaro insistiera, pasaron los primeros cuarenta días y nada.

No es recomendable, ¿sabes? A ver si les voy a pegar algo. Que se pongan fuertes y ya iré, que tampoco corre prisa.

Cuando las niñas tenían tres meses, Lucía se cruzó con su suegra cerca del súper. Irene forzó una sonrisa y, entre dientes, preguntó:

¿Qué tal estáis, vosotras?

Lucía le devolvió la sonrisa, pero de verdad.

Pues aquí, dando un paseo. El carro es enorme, qué le vamos a hacer Necesitan aire las dos, no hay otra.

Irene asintió y ya se marchaba, pero justo se topó con una de sus amigas de toda la vida, que se acercó saludando efusiva.

¡Irene! ¡Pero bueno! ¿Estas son tus nietas?

Sí, Carmela Mi mayor tesoro.

Lucía recordaba a Carmen López. La saludó con timidez.

Dos de golpe Lucía, madre mía, con lo menudita que eres.

Lucía es toda una valiente, ¿verdad? añadió Irene, sin despeinarse.

La joven madre miraba a su suegra boquiabierta. No podía creer el cambio de actitud. Hacía un minuto, Irene huía de las nietas y ahora, de repente, se ponía la careta de abuela entusiasta.

Carmen e Irene no paraban de hablar. Lucía apenas escuchaba algunos trozos: que si tener mellizas es una bendición, que qué bien lo lleva Lucía, pero Irene es quien le echa una mano En fin, Lucía estaba oyendo cosas sobre su vida que ni en sueños… Finalmente, Carmen recordó que iba con prisa:

¡Bueno, chicas, que me voy! ¡Voy justa para llegar al banco! Cuidaos mucho, ¿eh?

Irene contó mentalmente hasta treinta y, cuando se despidió su amiga, la sonrisa dulce se le borró del rostro de golpe. Se despidió fríamente de Lucía y se marchó.

Esa noche, Lucía le contó todo a Álvaro, que se encogió de hombros.

Lucía, mira, es mi madre. Ya la conoces. Contar cuentos es lo suyo Decía que me daba clase y luego ni tocaba mis libros, ponía la tele y a mí ni caso. Que si paseaba con Elena, mi hermana, horas por el parque porque le hacía falta el aire Mentira, se arreglaba en el baño y el paseo lo hacía yo. No le des importancia, por favor.

Esas historias las tenía más que aprendidas Lucía. Y, sin embargo, al vivirlas siempre se sorprendía.

***

Los años pasaban y la actitud de Irene no cambiaba ni con los nietos ni con sus hijos. Pero un día tuvo la desgracia de tropezar al salir de un taxi y se rompió la pierna. Entonces se le ocurrió la brillante idea:

Me voy a quedar a vivir con vosotros una temporada, ¿vale?

Lucía y Álvaro se miraron, sabiendo perfectamente cómo iba a acabar la historia. No fueron capaces de negarse.

El caos se instaló en casa. Ellos tuvieron que mudarse al cuarto pequeño, mientras Irene ocupaba la habitación principal. Había que cocinarle, limpiar tras ella, ayudarla en la ducha, hacerle la compra como si tuvieran un tercer hijo.

Las mellizas tenían casi dos años y medio. Lucía intentaba volver al trabajo, aunque fuera a media jornada, así que las niñas fueron a la guardería. Cada mañana era otro parto: Lucía y Álvaro lidiando con las pequeñas que lloraban, pataleaban y no querían salir de la cama.

Una mañana, justo al salir de casa, el móvil de Álvaro comenzó a sonar:

¿Mamá? ¿Para qué llamas? ¡Estás en la habitación de al lado!

No puedo levantarme, tengo la pierna rota

Mamá, tienes muleta

¡Calla, Iván! Para lo que te quiero decir no me hace falta levantarme.

Mamá, dime rápido que llego tarde

Es que no soporto el escándalo que montáis cada mañana. No puedo dormir. Vais corriendo de un lado a otro, portazos, y vuestras niñas chillando sin parar

Álvaro se puso colorado de rabia. Se fue directo a la habitación y abrió la puerta de golpe:

Pues mira, ¡si tanto quieres dormir te dejamos a las niñas contigo, y ya verás!

Irene se quedó de piedra y, nada, que en pocos días se fue de la casa, ni siquiera esperó a que le quitasen el yeso. Álvaro ni lo lamentó, pero a Lucía le carcomía la culpa, aunque tampoco sabía qué más podía hacer.

***

Lucía, los viernes, sólo trabajaba medio día. Iba a buscar a las niñas temprano, se volvían a casa, compraban algún capricho y veían una peli de dibus juntas. Ese viernes nada cambió: tiró los cojines en el suelo, encendió el proyector y entonces timbraron.

Era Irene en la puerta, de la mano de su nieto Pedro, hijo de Elena.

Irene, ¿qué pasa?

Elena me dejó aquí a Pedro hasta la tarde, pero me ha surgido algo importante y tienes que quedarte con él. Solo una horita y media, mujer, por favor.

Lucía se quedó parada. Pedro era algo más pequeño que las mellizas, y buenazo, así que se agachó y le sonrió.

¿Te quedas aquí conmigo un ratito, Pedrito?

Pedro asintió, tímido. Cuando quiso levantar la vista, Irene ya estaba esperando el ascensor.

¿Cuándo vuelves?

Dos horas como mucho.

Sin despedirse, desapareció.

***

Álvaro llegó sobre las siete y al ver a su sobrino cenando albóndigas en su cocina, flipó:

¡Hombre, Pedrito! ¿A qué has venido? ¿Y tu madre?

Pedro le sonrió, Lucía suspiró y lo soltó todo.

Tu madre lo ha traído sólo por un par de horas. Y se fue.

¿Y ese par de horas cuánto lleva durando?

Casi cinco horas

Lucía miró con miedo a su marido.

¿Y Elena?

No le he dicho nada, no quería dejar mal a tu madre. Ella le ha confiado el niño.

A Álvaro le cambió la cara.

Lucía, eres demasiado buena. Esto es un despropósito ¿Pero mi madre no te dijo dónde iba?

Sacó el móvil y marcó a su hermana. Apenas colgó Elena, prometió aparecer nada más terminara lo que tenía.

***

Casi las nueve y media de la noche. Los niños en la habitación, Lucía, Álvaro y Elena en la cocina.

¿Pero en serio la vamos a esperar? Que los niños se caen del sueño

Lucía, un día dormirán tarde. Pero con mi madre hay que aclarar cuentas.

Justo entonces sonó el timbre. Lucía abrió.

Venga, que vengo a recoger a Pedro dijo Irene como si nada.

Lucía tragó saliva. Detrás asomaron Elena y Álvaro.

¡Mamá, ¿pero tú tienes vergüenza o qué?!

Pero bueno, ¿me habláis así? Un respeto a vuestra madre.

¡Mamá, no me cambies de tema! ¡Yo te dejé a Pedro, a ti! No a Lucía… ¿Se puede saber qué haces?!

Irene se rio como si nada.

Pero, ¿qué más da, Elena? Si ella tiene dos, puede con tres. Yo tenía que hacer cosas, hija.

Álvaro se acercó, furioso:

¡¿Pero qué cosas tan urgentes, mamá?! ¿Ni siquiera le preguntas si puede? ¡Vaya cara que tienes!

Ay, por favor, tanto drama

Elena no aguantó y se echó a reír, nerviosa.

Mira, mamá seguro que primero fuiste a la peluquería, que por la mañana llevabas el pelo más largo, y luego a hacerte las uñas, que por la mañana eran rojas y ahora rosas

Irene se puso colorada y se quedó muda.

¿No te da ni gota de vergüenza? insistió Álvaro.

Ella, callada, no los miraba.

Te piden ayuda una vez en un siglo y tienes la cara de ponerle el marrón a Lucía. ¡Igual a Lucía algún día también le apetece ir a peluquería, o hacerse las uñas!

En ese momento Irene se hinchó de orgullo, se le saltó toda la vergüenza y quiso poner a todos en su sitio.

Por favor, Álvaro, ¿qué le vas a pedir a una chica de Villaseca del Barro? ¡Siempre será una pueblerina!

Durante un segundo reinó el silencio. Entonces sonó un grito seco:

¡Fuera!

Álvaro cogió a su madre del brazo y la echó de casa de una vez. Cerró la puerta y, al volverse, vio las lágrimas en la cara de Lucía. Tanto él como su hermana corrieron a consolarla.

A Lucía le dolía y le daba rabia. Pero, por otro lado, veía que Irene ni a sus propios hijos les importaba demasiado, y aquello, aunque no era un consuelo, al menos demostraba que el problema no era ella. Lucía quería ser buena persona, pero entendió que para la gente mala, nunca vas a ser lo suficientemente buena.

Desde entonces, el trato con la suegra se enfrió hasta casi desaparecer. Álvaro y Elena la ayudaban de vez en cuando, pero Irene no volvió a formar parte de la vida familiar. Se tiró semanas ofendida, hasta que pudo más las ganas de aparentar que estar sola y, con el tiempo, aceptó acercarse un poco. Eso sí, con los nietos, nunca se implicó.

Solo un día, curioseando el WhatsApp, Lucía vio una foto de los tres nietos de Irene con el mensaje: Feliz Día de las Abuelas. Para quienes crían a los nietos. Lucía suspiró y esa noche Álvaro y Elena pusieron a caldo a su madre. A Lucía no le parecía bien reírse, pero era imposible no hacerlo.

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La nuera que intentó aguantar a su suegra: así acabó la paciencia en un drama familiar español
Adopté a una niña pequeña y, 23 años después, en su boda, un desconocido me dijo: «No se imagina lo que su hija le ha estado ocultando»