Reencuentro de antiguos alumnos
Entré corriendo en el restaurante, llegaba con más de una hora de retraso. Me quité la cazadora de cuero y, al mirar al fondo de la sala, vi enseguida esas caras tan conocidas, tan inevitables en los recuerdos de mi juventud. Allí estaban Miguel Gálvez y su inseparable amigo Pedro Ramírez, llenando copas de brandy. Siempre juntos, siempre cubriéndose las espaldas, compartiendo aventuras, responsabilidades y hasta la última rebanada de pan. Sirvieron juntos en la misma compañía del ejército; volvieron del servicio militar a la vez. Una amistad de las que solo se dan una vez en la vida. Me alegro por ellos. Oí que montaron un taller de coches, aunque beben más que arreglan motores.
¿Y esa es Valentina? ¡Qué cambio! Seguro que ya es madre de tres hijos, con lo que siempre soñó con una gran familia. En el colegio, cuidaba de los más pequeños como si fueran propios, corriendo de clase en clase para llevarles al museo o leerles cuentos. La maternidad era su vocación, sin duda.
Madre mía, Marta Jurado está sirviéndose ensalada, aunque sus ojos parecen buscar algo que no está en el plato. Tan delgada y pálida, parece un personaje sacado de una leyenda gótica. En el instituto acosaba a Esteban Suárez, que de seco solo tenía el apellido: era gordito, buenazo, devorador empedernido de bollos. Marta le quitaba los dulces y le obligaba a perder peso a la fuerza.
Olga Olivares sí que merece mis respetos. La vi en la tele hace dos años, premiada como la Mejor Profesora del Año. Qué orgullo para nosotros; está formando a la próxima generación. Gente así es la que levanta el país.
Dimas Nieto cruzó por delante. Parecía más flaco y desmejorado de lo que recordaba. No me gusta nada el color de su cara. Habría que preguntar si necesita ayuda. Ay, los años no pasan en balde; es en estos reencuentros cuando uno se da cuenta de que el tiempo avanza sin contemplaciones. ¿Y esa de rojo? Por Dios, Margarita la reina del instituto, vestida con un vestido ajustado escarlata y un collar de piedras rojas, seguro que regalo de algún marido adinerado. Llama la atención, sin duda, pero no lleva anillo. Está divorciada, pobre. Solo le queda el collar, recuerdo de lo que fue. En fin, habrá que acercarse.
Tras observar el ambiente y hacer mi particular análisis, adelanté un paso con decisión.
Me acomodé el pelo frente al espejo, comprobé el nudo de la corbata, admiré mi reloj caro, ensayé dos sonrisas y fruncí el ceño antes de adentrarme en la sala.
¡Colás! ¡Colás, siempre igual de elegante! escuché. Todos salieron a abrazarme, palmadas en la espalda, apretones de mano tan enérgicos que dolían. Normal, llevaba veinte años perdido, como si la tierra me hubiese tragado. ¿Dónde te has metido, hombre? Cuenta, cuenta. No te reconocemos, ¡te has hecho todo un señor! Me agobiaban con preguntas, les costaba ver en mí al enclenque de gafas de entonces. ¡Vamos a brindar, que el brandy es excelente!
Sobreviví aquel recibimiento tumultuoso y, al poco, se acercó Margarita. Me miró con admiración apenas disimulada y dijo:
¡No me lo puedo creer! ¿Eres tú de verdad?
Como lo ves. No hay margen para la duda respondí con seguridad.
Has cambiado, para mejor entonó la reina del baile, acariciando mi corbata con uñas rojas perfectamente pintadas, y se sentó a mi lado. Ven conmigo.
Claro. Yo tampoco era el chavalito de segundo de la ESO, el que se enamoró como un tonto hasta las trancas de la reina Margarita. Perdía el norte cada vez que me dirigía una miradita burlona. En realidad, solo le hacía gracia tenerme revoloteando detrás, un patético admirador incapaz de coordinar palabra cuando ella estaba cerca. Me caían bromas de todos, insultos y alguna colleja, pero arreglándome las gafas rotas, seguía soñando con ella.
En la fiesta de graduación, le confesé mi amor. Ella, preciosa y segura, luciendo aquel vestido blanco, levantó el mentón y dijo:
Solo podría enamorarme de un hombre digno. ¿Y tú quién eres? Un don nadie de gafas. Mírate al espejo me soltó entre carcajadas, tirando al suelo el ramo de flores que había elegido con tanto esmero. Me sentí el ser más humillado del planeta. Mi orgullo hecho trizas. Me prometí a mí mismo que sería fuerte, valiente, exitoso y que algún día todo el mundo me respetaría. A los pocos meses, suspendí la selectividad y me enrolé en la mili.
Destinado en artillería, por casualidad acabé ganándome la confianza de la esposa del coronel. Le gustaba hablar conmigo, yo le ayudaba en cosas de la casa, y convenció a su marido de echarme un cable: logré entrar directamente en la facultad de Ciencias Económicas. Me machaqué entre libros, gimnasio y hasta fui campeón de judo. Ahora soy director financiero de la empresa que dirige aquel coronel junto a un socio. Quizá tuve suerte, quizá el destino le dio una oportunidad al chaval apaleado, o tal vez me lo curré mucho para merecerla. En los negocios, en cualquier reto, hasta al elegir gente y pareja, la fortuna fue de mi mano.
Tuve la suerte de casarme con una mujer excepcional, tan inteligente como guapa, tranquila y bondadosa. Tuvimos tres hijos y ella llevó la casa como nadie. Cuando le preguntaba qué regalo quería para su cumpleaños, siempre respondía riendo:
A ti, mi vida, eso es lo que quiero.
Juntos disfrutábamos de las vacaciones, cogíamos setas por el monte, corríamos bajo la lluvia y nos besábamos durante horas en nuestro chalé de la sierra, con los niños dormidos y el gato ya cenado. No pedía lujos, solo paz, compañía y amor. Era imposible no enamorarse de ella. Vivo por sus pecas, por su pelo pelirrojo, por sus ojos verdes. Volaba a casa solo por tener unos minutos de charla juntos, mientras ella leía poesía para mí en cualquier rincón tranquilo.
Esto, claro, Margarita no lo sabía, y por eso no dejó de mirarme en toda la noche.
Será mío decidió, y en seguida me invitó a bailar. La miré sin interés y le respondí:
Solo bailo con mi esposa. Lo siento, no eres tú.
Pero si no llevas anillo protestó en voz alta, sujetándome la mano. Todos se giraron al oírla, que chilló por encima de la música.
No llevo anillo porque me incomoda, pero sí, tengo esposa le solté, apartándome y yendo hacia el otro extremo de la mesa. Allí, discretamente sentada, estaba otra compañera, Vera Mateos. Había pasado la noche en silencio; nadie le prestaba atención, como siempre.
Le ofrecí el brazo y se levantó. Llevaba un vestido elegante, un colgante precioso y su pelo cobrizo recogido con una mariposa de plata. Solo entonces notaron todos lo guapa y sofisticada que estaba. Mientras bailábamos, el grupo se quedó sorprendentemente callado.
Bueno, compañeros, ha sido un placer veros de nuevo anuncié antes de marcharnos Vera y yo.
¿Es su mujer? preguntó una atónita Margarita. ¿La simple y tímida Vera? En el instituto me traía los libros y me hacía los deberes. Y yo la llevaba solo para resaltar a su lado. ¡Vaya jugada!
Pues sí, Vera ha organizado todo esto intervino Miguel. Ha pedido el mejor brandy. Lo ha pagado Colás, seguro que su reloj vale más que el restaurante entero. Ese es nuestro compañero de clase, caramba. Él ha pagado la cuenta.
La música siguió, pero Miguel la detuvo. Cada uno se sumió en sus pensamientos. Algunos se alegraban honestamente del destino de los demás, otros lamentaban no haber estrechado más lazos. Las chicas admiraban el matrimonio y éxito de Vera; Margarita la envidiaba con toda el alma. Recordaba al chico de gafas que la seguía como un perrillo, y no supo nunca cómo pudo transformarse en aquel hombre elegante y seguro de sí mismo.
Su primer marido, Diego, había sido un partido estupendo gracias a la fortuna familiar; casa, coche, trabajo, todo servido. Pero sus infidelidades no la dejaban en paz. Al principio montó escenas de ópera y celos, hasta agotarse. Terminó por buscar el consuelo fuera, creyendo que la herida sería menos profunda, pero solo se sumió más en la mentira y la tristeza. Tras seis años tortuosos, el divorcio fue un escándalo. Ella esperaba quedarse con todo, pero se conformó con el coche, el collar (los regalos son sagrados) y un piso pequeño. Y la nada, la soledad y la ansiedad por buscar otro príncipe dispuesto a pagar sus caprichos. Pocos caían en esas redes, y los que lo hacían se marchaban en cuanto conocían su carácter. Así seguía ella, repitiendo errores, construyendo castillos en el aire, convencida siempre de que merecía todo por su mera presencia.
Vera, por su parte, preguntó a Dimas por su salud. Buscaron juntos los mejores médicos y lograron su recuperación. En medio año, estaba mucho mejor y enormemente agradecido. Todo, gracias a aquel reencuentro
La infancia y la adolescencia nos marcan. Tuvimos grandes amistades, intensos enemigos, heridas que a veces aún supuran tiempo después. Algunos dejaron cicatrices profundas, nos hicieron daño, nos obligaron a mirar para atrás.
Y sin embargo, al recordar el colegio, lo hacemos con cierta nostalgia, contemplando nuestras heridas y sueños con otra perspectiva. El tiempo no cura, simplemente hace más llevadero lo que cargamos por dentro. Cuida tus recuerdos, deja atrás los rencores y olvida a quienes no merecen tu atención. Que cada uno construya su propio mundo, porque el camino, al final, es solo nuestro.
Hoy lo sé por fin. No hay mayor lección: los mejores tesoros de la vida no salen nunca de la venganza ni del resentimiento. La verdadera felicidad la construimos nosotros, cada día.







