Tengo 25 años y desde hace dos meses vivo con mi abuela. Mi tía Carmen su única hija que seguía viva falleció de repente hace dos meses. Hasta entonces, mi abuela había vivido con ella; compartían el piso, la rutina y hasta sus silencios. Yo iba a visitarlas a menudo, pero cada una teníamos nuestra vida. Todo cambió el día en que mi abuela se quedó sola.
La pérdida no me es desconocida. Mi madre falleció cuando yo tenía 19 años. Desde entonces he aprendido a convivir con la ausencia como si fuera parte del mobiliario, algo habitual. A mi padre no le he conocido nunca. No hay dramas, ni secretos familiares; simplemente no estaba. Así que, cuando mi tía Carmen nos dejó, lo vi todo clarísimo: solo quedábamos mi abuela y yo.
Los primeros días tras el entierro fueron de lo más extraños. Mi abuela no se pasaba el día llorando, pero la tristeza se colaba en los detalles pequeños: se levantaba con más lentitud, se olvidaba de apagar las luces, se sentaba y se quedaba mirando a la nada como quien espera que pase el tren. Me dije a mí misma que me quedaría unos días. Esos días se convirtieron en semanas. Hasta que, un día, colocando mi ropa en el armario, supe que ya no pensaba irme.
A partir de ahí, no tardaron en llegar las opiniones ajenas. Porque en España, como en todas partes, a la gente le encanta opinar.
Algunos me felicitan: Haces bien, no puedes dejar sola a una señora mayor que acaba de perder a su hija. Otros me dicen que estoy tirando mi juventud por la ventana, que con 25 debería estar de Erasmus, saliendo por Malasaña, tener novio, vivir mi vida, vamos. Me preguntan si no me pesa, si no me siento atrapada, si no temo quedarme sola algún día.
La verdad es que yo no lo veo así.
Trabajo, ahorro, mantengo la casa en orden, acompaño a mi abuela a los médicos, cocinamos juntas (¡qué bien le salen las croquetas, por favor!), y por las noches vemos juntas la tele, criticando el culebrón de turno. No siento que me esté sacrificando. Siento que estoy eligiendo. Ahora mismo no tengo pareja, ni pienso en niños, ni en irme a vivir fuera. Pienso en estabilidad, en estar presente, en no repetir la historia de soledad y abandono que me sé de memoria.
Mi abuela es lo único que me queda de mi familia directa. No tengo madre, ni tía, ni padre. Y no quiero que ella pase sus últimos años sintiéndose una carga, ni que piense que molesta. No quiero que coma sola a diario, ni que se acueste todas las noches convencida de que no tiene a nadie.
Quizá más adelante la vida me lleve por otros caminos. Puede que viaje, que me enamore, que me vaya. Pero hoy, este es mi sitio. No por obligación. Ni por lástima. Sino porque quiero a mi abuela. Y porque me quiero a su lado.
¿Y vosotros, qué haríais?







