«¿Cuándo encontraré a esa mujer?» (humor)
Diario de Carmela Muñoz, jueves.
A veces me doy cuenta de que navego sola en este mar de la vida, aunque sólo sea temporalmente. En el piso de al lado acaba de mudarse Alfonso recientemente ha restaurado el ático y ha cambiado de barrio. Dicen que tiene un par de negocios, pero no es el típico empresario chulo. Algo más joven que yo: debe de rondar los treinta y cinco, y yo ya he cumplido los dieciocho unas cuantas veces.
El caso es que un día aparece y me dice:
Carmela, ¿te importaría hacerme un pequeño favor de vecindad y acompañarme como pareja a un evento?
Por supuesto, le respondí que antes de proponerme semejante tontería, debería ir encargando su propio velatorio.
¡No lo entiendas mal! se disculpó Alfonso rápidamente. Es que tengo una cena de gala con otros empresarios, y presentarse solo es de poco fuste. Primero, todos llevan a una dama elegante, y, segundo, va a estar mi ex. Para que vea, la muy víbora, que la vida sigue después de ella y que nadie es imprescindible.
Eso de ser dama elegante me hizo cierta gracia. Y dejarle claro a la ex de Alfonso que no es el ombligo del mundo, también tenía su morbo. Pero
Eso va a estar complicado, Alfonsito le dije. Mírame; yo no soy de las tuyas. Ni piernas eternas, ni trasero postizo de cirugía. Mejor contrata una profesional, las hay bien entrenadas y saben moverse entre esta fauna.
No sirve una profesional replicó Alfonso. Se les ve a leguas; parecen llevar la tarifa escrita en la frente. Necesito una mujer auténtica de la que nadie sepa nada.
De autenticidad, voy sobrada asentí. Pero no salgo barata. ¿Con qué voy vestida entonces? ¡Que así sólo podría ir a la convención nacional de fontaneros!
Alfonso asumió la logística: vestido, zapatos, manicura, peinado. ¿Qué vas a hacer? Hay que ayudar al muchacho. Y así, esa noche nos plantamos en el sarao, bien emperifollados.
El local se llamaba La Opulencia Azul. Si nunca habéis ido a un cóctel de alta sociedad, no lo hagáis. El ambiente, más tenso y gris que la granja de avestruces el día de la inseminación artificial. Caballeros de esmoquin, señoras de silicona, todos comiendo nada, bebiendo menos, sonriendo a la fuerza para lucir sus sesenta y un dientes de porcelana, murmurando y midiendo egos ajenos con la mirada.
Alfonso me señaló a su ex: una modelo trasnochada con escote hasta el ombligo y labios hinchados. ¿Qué le encontró? Se hace llamar Estrella, aunque seguro que de niña era Encarnita o algo así.
Un grupo de amigos llamó a Alfonso para algún asunto de negocios y me dejó junto a la mesa con un besito en la mejilla. Mi figura no es de las que lloren por la cintura, y la comida era abundante. Así que, allí me quedé degustando canapés. Cogía uno, miraba el siguiente, me metía el tercero
Al poco, las cotillas de rigor se acercaron a curiosear, y también Estrella, que escuchaba disimuladamente.
¿Vienes con Alfonso? me soltó una, presentándose como Clara. Encantada, ¿a qué te dedicas? ¿Llevas una agencia de eventos, salón de belleza, academia de baile?
Mientras masticaba, intenté hacer memoria: la última vez vendí una mesilla a una amiga Así que dije que me dedicaba al mueble. Pero era una mesilla bastante decente y poco cascada, así que añadí que sólo vendía mobiliario de alta gama.
¡Qué maravilla! exclamó Clara. Precisamente me apetece renovar el salón. ¿Cómo se llama tu tienda?
¡Ya me había cazado! Había vendido solo esa pieza. Así que improvisé que ya no me dedicaba a la venta de muebles.
El mundillo acabó saturándome y ahora me he pasado a la ropa de invierno respondí. El año anterior vendí una bufanda de perro de agua calvo (poca cosa, de verdad) por cincuenta euros a otra amiga, así que me sentí con derecho a decirlo.
Varias señoras se entusiasmaron con la idea de renovar sus abrigos de piel. Volvieron a preguntar mi dirección para ir de compras. ¿Me estaban sacando información?
Por suerte, recordé que también vendí dos ruedas que sobraron de mi exmarido. Así que volví a salir del paso:
Pues mira, el negocio de pieles tampoco compensa ya. Me he pasado a los recambios de coche. Quien necesite inyectores, tubos, culatas ¡que me lo diga!
Y, en ese momento, las señoras se esfumaron. Está visto que los tubos no son su punto fuerte.
¿Y qué tomas para la ansiedad? insistió Clara. ¿A qué psicóloga vas? Hoy es imposible ganar dinero sin estar medio drogada por el estrés.
Antidepresivos tengo uno: mi copita de brandy cada tarde, para ahuyentar la morriña. Y mi psicóloga es mi gata, Pelusa. Le cuento mis cosas, ella mueve la cola y se va a tirar la tierra de los tiestos. Una terapia estupenda, aunque luego tengas que barrer toda la casa. Así que aseguré que uso brandy fresco para la depresión y que mi psicóloga se llama Pelusa Gatasánchez. Nadie lo pilló. Pero coló.
En esto, Estrella se acercó abriéndose paso, para examinarme de cerca.
Hola, pajarilla dice. ¿Eres la nueva conquista de Alfonso? Te lo advierto por bien: es un hombre peligroso.
¡No más que tú! respondí, sirviéndome una bandeja de ostras.
Es imposible convivir con él, ya verás resopló, toda monísima. ¡Un tirano! Tardas cinco minutos más donde sea y te monta un número. Gastas cien pavos de más y arma la de San Quintín.
Pues a nosotros nos va de maravilla contesté. Ni broncas ni peleas, entra y sale cuando quiere y yo, igual.
Fijaos que no mentí en nada; solo omití que vivimos en pisos distintos.
Y te digo más susurró Estrella. Alfonso está algo tocado. ¡Habla solo! Yo lo llevaba de crucero, a la ópera, a mil planes y él mirando al cielo balbuceando: ¿cuándo encontraré a esa mujer?. Y yo al lado, invisible.
No respondí; ¿quién no tiene sus neuras? Todos buscamos algo.
Ya veo que no te privas a la hora de comer añadió la víbora. Y eso te va a pasar factura. Alfonso me traía por la calle de la amargura con cada gramo subido. Siempre repitiendo: ¿cuándo encontraré a esa mujer?. Y yo: ¿pero si ya me tienes aquí? Él ni caso.
Conmigo no se va a atrever a soltarme ni una palabra por la comida, ¿apuestas? le repliqué, metiéndome otra montaña de tapas.
Alfonso me saludó desde lejos, como diciendo ¡sigue, no te cortes!. Estrella se puso negra de la rabia.
Y te lo diré claro apuntó de día bueno, pero por las noches me daban ganas de estrangularlo. ¡Ronca como un león! Y entre ronquido y ronquido se lamenta: ¿cuándo encontraré a esa mujer?
Me encogí de hombros: yo nunca oí esos lamentos nocturnos aunque claro, nos separan cincuenta metros de pasillo y una puerta blindada.
En fin, por mucho que pataleó la Estrella, no pudo conmigo. Me lo pasé la mar de bien: comí, bebí, hasta acabé en la cubitera del champán. Pena del vestido nuevo, pero sabía que en una semana no iba a entrar en él de todos modos. ¿Qué más da? Para penas, Pelusa y mi copita de brandy.
***
¡Carmela, de verdad, muchísimas gracias! me felicitó Alfonso al día siguiente. Has nacido para esto, has causado sensación entre ese rebaño de esnobs; Estrella se puso verde de celos. Eso sí que es naturalidad y saber estar.
Encantada de ayudar respondí. Pero la siguiente vez, sin mí. Tanto postureo me da urticaria moral. Como esposa tuya, no iría ni dejaría que fueras.
Me dejó flores y una cesta de naranjas, y al marchar murmuró por lo bajo:
Virgen Santa, ¿será que por fin he encontrado a esa mujer?
No sé a qué se refería exactamente. Pero si él ha encontrado lo que busca, pues mira, me alegro por élEsa noche me eché en la cama, exhausta pero contenta, con Pelusa roncando a mis pies. Repasé lo ocurrido: los canapés, las señoras, la víbora, el vestido a la saca. ¿Y Alfonso? A saber lo que busca. Lo mismo espera tropiezos románticos, que chicas flexibles de calendario y sonrisas de anuncio. Quién entiende a los hombres: quieren a alguien diferente, pero les entra un repelús bárbaro en cuanto aparecen las genuinas.
Aún sonreía, medio dormida, cuando escuché sonidos en el pasillo. Era Alfonso, con un paquete en la mano y cara de conspiración. Llamó despacito, por si el alma de la comunidad se despertaba.
Carmela, he traído algo. Flor de azahar y brandy del bueno. Por si te animas a seguir siendo mi mujer auténtica de alquiler dijo, alzando la bolsa.
No sé si esa mujer que él busca existe ni falta que hace. Pero mientras yo siga acumulando historias para contar, manteles para manchar y gatos para escucharme, lo cierto es que con la vida tengo más que suficiente.
Me reí bajito y abrí la puerta. Pelusa lo miró con aires de jefa. Y yo, tan pancha, pensé para mis adentros: ¿Cuándo encontrarás a esa mujer, Alfonso? Bueno pues cuando amaine el temporal, y se te ocurra llamar, aquí me tendrás. Que para ser única, no hay manual.
Y así, entre naranjas, brandy y una gata, di por zanjado el asunto. Lo demás, que espere su turno: yo tengo la agenda muy ocupada sobreviviendo a carcajadas.






