Olalla pasó el día entero preparándose para la Nochevieja: limpiaba, cocinaba, ponía la mesa con esmero. Era la primera vez que celebraba el cambio de año sin sus padres, con su pareja. Llevaba ya tres meses viviendo en el piso de Mateo, un hombre quince años mayor que ella, divorciado, pagando pensión a su exmujer y, de vez en cuando, bastante aficionado al vino. Pero eso a Olalla le parecía poca cosa; cuando una está enamorada, el resto da igual. Nadie entendía qué demonios había visto ella en Mateo: poco agraciado más bien feo con ganas, de carácter áspero, roñoso hasta límites insospechados y siempre con el bolsillo vacío. Y si alguna vez tenía algo, era sólo para darse un capricho él mismo. Pero Olalla, vaya por dónde, se prendó de aquel Engendro Extraño.
Durante esos tres meses, Olalla había alimentado la ilusión de que Mateo acabaría valorando lo mucho que trabajaba por él y por el hogar; que querría casarse con ella algún día. Mateo solía decir cosas como: “Primero hay que convivir, ver si eres buena apañada. No vaya a ser que seas igual que mi ex”. Y Olalla se preguntaba qué tendría de malo la antigua mujer de Mateo, pues él nunca contaba nada concreto. Por eso, Olalla se desvivía cada jornada: no se enfadaba si Mateo llegaba borracho, cocinaba sus platos favoritos, lavaba la ropa, barría, compraba la comida siempre con dinero propio (que no fuese a pensar que era una interesada). Incluso esa noche el menú de Nochevieja lo había costeado ella. Hasta le había comprado un móvil nuevo como regalo.
Mientras Olalla se afanaba con los preparativos y los sueños, su Asombroso Mateo tampoco perdía el tiempo y se preparaba a su manera: emborrachándose con los amigos. Volvió a casa con chispa en los ojos y anunció, como quien suelta el tiempo, que iban a venir sus colegas esa noche. Y eran sus amigos, no de Olalla, que ni siquiera los conocía. Con la mesa puesta y una hora para las campanadas, a Olalla le atacó el fastidio, pero tragó saliva; no iba a comportarse como aquélla de la que Mateo tanto huía.
Media hora antes de la medianoche, un tropel de gente entró tambaleándose en el piso: hombres y mujeres que gritaban, reían y olían a vino de cartón. Mateo se vino arriba enseguida, sentó a todos en la mesa y la jarana hizo su entrada triunfal. No se molestó ni en presentar a Olalla y parecía que nadie la veía: comían, bebían y charlaban entre ellos, ajenos a su esfuerzo. Cuando por fin la joven dijo que quedaban dos minutos para el brindis y que habría que servir el cava, la miraron como si fuera la intrusa en una novela de Buñuel.
¿Y ésta quién es? preguntó una chica con voz pastosa.
Es la vecina de cama se carcajeó Mateo, y todos le siguieron el juego, riéndose de ella.
Mientras devoraban la comida preparada por sus manos, entre risas crueles la llamaban ilusa y felicitaban a Mateo por su “gran hallazgo”: una cocinera y asistenta gratuita. Mateo, lejos de defenderla, se reía a carcajadas y seguía comiendo como si nada, limpiándose la boca con las servilletas que Olalla había colocado con esmero, y casi también sus pies en el felpudo de su dignidad.
Olalla se levantó sin hacer ruido, recogió sus cosas y se marchó del piso hacia la casa de sus padres envuelta en la noche madrileña, sintiendo que nunca había vivido una Nochevieja más horrible. Su madre, con ese aire resignado de quien todo lo ve venir, sólo le dijo: “Te lo advertí”. Su padre suspiró, aliviado. Y, tras llorar y deshacerse de todos los cristales de sus ilusiones, Olalla sintió que de pronto empezaba a ver el mundo sin el filtro rosa.
Una semana después, cuando Mateo se quedó sin un sólo euro, se apareció en su puerta como quien vuelve del mercado y, paseando la mirada por el pasillo, soltó:
¿Pero tú por qué te fuiste, mujer? ¿Te has enfadado o qué? Y viendo que Olalla no iba a ceder, se puso a atacarla. No, si te parece normal… Tú aquí, a cuerpo de reina en casa de tus padres, mientras en mi nevera haría falta un forense para encontrar músculo. Vas a acabar igual que mi ex.
La desfachatez de Mateo dejó sin palabras a Olalla. Había ensayado mil veces lo que querría decirle, pero, en ese momento, sólo supo mandarle al cuerno, cerrándole la puerta en las narices.
Y así fue como, al clarear el año, Olalla se asomó finalmente despierta a una vida nueva, con Madrid como fondo y el eco de una fiesta olvidada en sus sueños.







