Mira, te cuento una historia que pasó en Madrid, en el invierno del 87, aunque podría haber sido perfectamente en cualquier barrio de aquí en esa época. Eran aquellos inviernos en los que la gente ya no hablaba del frío o de cuánta nieve había caído, sino de las colas que había para comprar lo imprescindible. Las aceras nevadas a medio limpiar, pero la ciudad siempre iba por delante: antes de las seis, ya había gente haciendo cola frente al supermercado del barrio, esperando en silencio bajo farolas aún apagadas.
Nadie tenía muy claro qué iban a traer esa mañana. Corría el rumor de que leche y carne. La gente se plantaba allí con botellas vacías dentro de bolsas desgastadas, los abrigos viejos y las caras ojerosas, formando una fila sin prisas, con esa resignación tranquila del que ha pasado por eso mil veces.
Isabel llegó la sexta. Tenía 38 años, curraba en una fábrica textil al sur de la ciudad. Se levantó a las cuatro y media, se tomó el café a oscuras para no despertar a nadie y salió de casa sin hacer ruido. En casa quedó su marido, dormido aún, pensando que, con suerte, ese día tendrían algo más para cenar.
La cola fue creciendo rápido. Apuntes a bolígrafo en trozos de papel, alguien memorizando los números de los que iban marchándose a casa a por algo caliente; se compartía té de un termo, se decían cuatro bromas secas sólo para sobrevivir el rato. Pero nadie se quejaba muy alto, ¿para qué?
A mitad de la cola, Isabel la vio. Una figura encogida, de espaldas al muro frío de la tienda, envuelta en un abrigo raído y un pañuelo atado bajo la barbilla. Temblaba, y la bolsa le colgaba flojamente de la mano: era doña Pilar, la vecina de dos portales más allá, que, desde que enviudó hacía dos meses, salía poco de casa. Ahí estaba, en silencio, la mirada fija en el suelo.
¡Doña Pilar! le llamó Isabel.
La mujer levantó la cabeza con esfuerzo, como si no esperara oír una voz amiga, y le regaló una sonrisa tímida. Isabel comprobó su sitio en la cola: decimoquinta. Dudó sólo un instante y luego fue directa a ella.
Venga, pase usted delante. Coja mi sitio. No está la mañana para que se quede aquí helada.
Intentó resistirse, pero Isabel ya le hacía hueco. La gente entendió y se apartó sin protestar, incluso alguien dijo por lo bajo: Déjela, mujer. Así, doña Pilar ocupó el lugar de Isabel, y ella fue al final.
Pasó otra media hora larga y la cola apenas avanzaba. Cuando abrieron el súper, la noticia llegó de golpe: sólo había leche y huevos para los doce primeros.
Isabel supo al instante que esa mañana ya no iba a tocarle nada, pero se alegró por doña Pilar: al menos ella, que ahora ocupaba su lugar, sí tendría para llevarse a casa.
Pero Isabel, vuelve aquí, mujer, que este puesto era tuyo protestó la señora. Yo ya soy vieja, necesito poco, no puedes marcharte sin nada.
De verdad, doña Pilar, mejor así respondió Isabel con cariño. Yo me apaño, ya saldrá algo otro día.
Pero la señora insistía, y la gente las miraba con esa mezcla de admiración y sorpresa: en aquellos años, un gesto así, con la barriga vacía, se veía pocas veces y menos aún tan público.
Al final, Isabel se acercó, la cogió del brazo y le propuso:
Mire, quedémonos las dos juntas aquí. Lo que den, lo compartimos. Pero no se marche sin nada, por favor.
Ella asintió despacio y se quedaron pegadas, casi sólo para darse calor, agarradas y en silencio. Dos figuras pequeñas, juntas, mientras la cola avanzaba un poco más.
Cuando, por fin, les tocó el turno, sólo quedaba una ración: leche, unos huevos, y un pequeño trozo de carne. Sin dudar, Isabel propuso:
Lo repartimos.
La dependienta las miró, notó las manos rojas de frío, la forma en que la mayor se apoyaba en la joven. Calló unos segundos, luego corrió un poco la persiana del mostrador y sacó de debajo una botella de leche que tenía guardada por si acaso: la última, separada como quien guarda un tesoro para emergencias. La puso en la bolsa y, sin decir palabra, partió la carne en dos, metió una parte en cada bolsa y las ató fuerte.
Ahora sí, está bien así. Que os llegue a las dos murmuró.
Isabel quiso hablar, pero no le salieron las palabras. Doña Pilar bajó la mirada, balbuceando ese Que Dios te bendiga, hija que se perdió entre el ruido del local. La dependienta hizo un gesto con la mano:
Venga, tirad, que ya habéis aguantado suficiente frío.
Salieron juntas, sin mirar atrás. La nieve caía fina, la cola se había casi deshecho y los que quedaban miraban en silencio, pero esa escena no se les olvidaría fácilmente.
No mucha gente supo nunca de esto. Fue algo de aquel pequeño grupo, en una mañana cualquiera de invierno, en una cola de esas que formaban parte de la rutina. De esas historias que, años después, se cuentan como quien cuenta algo casi sin importancia: ¿Sabes lo que pasó una vez en la cola del súper?. Así arrancaban los relatos. Sin heroicidades, sólo recuerdos con nombre propio.
Porque en aquellos tiempos, las colas eran eso: no solo comida, sino personas. Vecinos que se reconocían con la mirada, que se guardaban el sitio, que dejaban pasar delante a quien andaba flojo o más cansado. Había una manera, casi instintiva, de mantener algo muy nuestro: el ser buena gente, aunque no sobrara de nada.
Lo que pasó entre Isabel y doña Pilar es sólo un ejemplo de muchos. En miles de colas y en muchas mañanas frías sucedieron cosas parecidas. No todas acabaron bien, claro. Pero hubo suficientes como para recordarlas. Porque, a veces, cuando no quedaba casi de nada, lo único que sobraba era humanidad.
Y si te ha venido algún recuerdo, cuéntamelo, que estas historias se quedan vivas solo si alguien las vuelve a contar.







