No es más que una amiga — Ira, ¿piensas seguir contando las monedas en este agujero? Mira, aunque nos metamos en una hipoteca, ¿y luego qué? — preguntó Víctor con insistencia. — Hay que pagarla, por si lo has olvidado. Y con lo que ganamos, viendo lo que hemos tardado en juntar la entrada… Te lo digo en serio, esto es un chollo seguro. Kolya no recomienda tonterías. Nos conocemos desde el colegio. Irina no levantó la vista. Miraba un arañazo en el hule barato que cubría la mesa. No tenía fuerzas ni para discutir. Ninguna. Después de toda la semana laboral, solo quería caer rendida y no levantarse en un día, y ahí estaba él otra vez, con sus líos y sus planes. — Viti… — suspiró Irina, buscando coraje. — Ese es nuestro colchón de seguridad. Han sido tres años privándonos de todo. Vale, quizás acabemos hasta el cuello de deudas, pero al menos dejaremos de tirar el dinero en alquiler y por fin tendremos nuestra casa propia. Y eso es seguro. En el peor de los casos, peor no estaremos. Pero tú insistes en meter la mitad en un enredo raro de reventas… — ¡No es raro, es rentable! — replicó el marido, dando vueltas nerviosas por la cocina. — Es que no lo entiendes. Ahora el tema del “import paralelo” es oro puro. Con tanta restricción… Mira, en un mes, Kolya habrá duplicado nuestro dinero, y en seis quizás podemos permitirnos un piso sin hipoteca. Ira, piénsalo. Esto lo hago por nosotros. Quiero que seas una reina, no andar matándote por cuatro duros. Se detuvo tras ella y apoyó las manos en sus hombros: eran grandes y calientes. Antaño ese gesto la reconfortaba, ahora solo le causaba irritación y una extraña ansiedad. Pero le daba miedo decir que no. — Vale… Te traspasaré el dinero — prometió Irina. — Negocia con tu Kolya. — ¡Así me gusta! — sonrió Víctor, besándole la coronilla — Me ducho y voy a verle. Cerramos detalles, me firma un papel y vuelvo. ¡Eres la mejor, Ira! Irina quedó sentada, mirando fijamente la mesa. El móvil vibró en alguna parte tras ella. Parecía que Víctor tenía tanta prisa por su “negocio seguro” que hasta se dejó el móvil, cuando últimamente lo llevaba siempre encima. Irina dudó un instante y se decidió. Sabía la clave — se la había fijado un día, pero nunca había querido mirar nada tan íntimo. Pero esta vez tenía motivos. Y más de uno. Hacía mucho que con Víctor no había cercanía y él andaba distante y nervioso. “Han vuelto a llamar… Cariño, ¿cómo vas? ¿Saldrá bien? Tengo miedo…” escribía alguien apodada “Conejito”. No era un apodo que encajase con Kolya. Irina fue hacia arriba en el chat. Se sentía sumergida en agua helada. Aquello no era una conversación de negocios. Era el reverso de su matrimonio. Cientos de mensajes: corazones, besos, fotos subidas de tono de una chica vulgar y con labios inflados. Pero lo peor no era eso… El cinco de marzo, “Conejito” se quejaba de que no tenía vestido para la fiesta de empresa. Víctor prometía ayudar. Irina recordó ese día: Víctor volvió de mal humor diciendo que les habían quitado la paga extra y que tocaba apretarse aún más el cinturón. Ella tuvo que comer pasta sin nada dos semanas enteras. El veinte de abril “Conejito” necesitó dinero para un curso de manicura. Ese mismo día, Víctor le pidió a Irina una suma importante para medicamentos “de su madre”. Justo cuando ella quería ir al dentista por el dolor de muelas. Al final, decidió que el analgésico era más barato. Al mes se le pasó. Otro mes más y Víctor necesitaba dinero para arreglar su viejo coche. Una vez más, apenas contribuyó al presupuesto familiar. Y así, un caso y otro… Con cada mensaje, Irina iba abriendo los ojos. Su marido no era un perdedor, sino un parásito calculador. Mientras ella ahorraba hasta en el gel de baño y se lavaba con jabón de niños, él mantenía a su amante con el dinero de Irina. Volvió al chat de esa misma mañana. “Cariño, están desatados. Han llamado otra vez. Exigen toda la deuda ahora o vendrán a mi trabajo. Son casi trescientos mil. No sé qué hacer… Rezo para que no me despidan si vienen. Igual tengo que buscar un segundo empleo. Quizá no podamos vernos. Te quiero, pero no sé qué hacer.” “Vaya, ahora los Nikoláis han salido muy orejones. Y con labios — también”, pensó Irina mientras leía la respuesta de su marido. Por supuesto, él prometía ayudar a su conejito. ¿Y qué debía hacer ella, su mujer? El mundo se desmoronaba a sus pies. Pero las lágrimas ni siquiera salieron. Ya lloraría después, ahora tenía que salvarse a sí misma y a su dinero. Tenía diez minutos, quince si Víctor decidía afeitarse, practicando su “conversación de negocios” ante el espejo. Corrió al dormitorio, echó lo básico a una bolsa, se cambió a toda prisa y salió por la puerta. No recordaba ni cómo cogió un taxi. Solo cómo sacó, temblando, su tarjeta bancaria del monedero sentada en el coche. Ahí estaba. Un trozo de plástico de color al que había consagrado tres años de su vida. Tres años sin vacaciones, ni comida decente, ni alegría. Miraba la tarjeta y veía no cifras, sino sus botas sin comprar, sus muelas sin tratar, su pelo debilitado. ¿Y todo para que su marido despilfarrara el esfuerzo en una amante que le llamaba “cariño” mientras él le mandaba el dinero? ¡Pues no! Sacó el móvil. La app del banco tardaba una eternidad en cargar. En cuanto el saldo común estuvo disponible, Irina transfirió todo su dinero a su segunda cuenta personal y bloqueó la tarjeta: motivo, extravío. Irrecuperable, como su confianza. Entonces pudo inspirar hondo. Casi al final del trayecto, se dio cuenta de que había dado la dirección de su madre. Normal. Cuando uno está mal, solo quiere ir a donde le van a querer y cuidar, de verdad, sin condiciones ni ‘donativos’ forzados. — ¡Ay, Irina! ¿Pero qué te pasa, hija? ¿Ha pasado algo? — exclamó Valentina al verla. — ¿Y Viti, está bien? — Sí, sí. Muy bien. Se está acicalando para la cita con su querida. Quizás la última. Su madre alzó las cejas, pero no preguntó más. En ese momento sonó el móvil de Irina. En la pantalla, una foto de Víctor abrazándola por los hombros. Hace dos años eran felices… Ahora su marido había encontrado un prado más verde. — ¡Ira! ¿Dónde estás? — preguntó Víctor, molesto pero intentando ocultar el pánico. — He salido y no estaba. Puerta abierta, todo patas arriba, ropa fuera… ¿Dónde te has metido? ¡Que habíamos quedado con Kolya, está esperando! Irina apretó los labios. Él aún fingía. Aún pensaba que podía manejar la situación. — Viti… — respondió con inesperada calma. — Ya sé a qué “importación paralela” te has dedicado en nuestro matrimonio. Tu Kolya tiene orejas y yo tengo cuernos. — ¿Qué…? Irina, dices tonterías. — Eso sí, por lo menos no saco dinero del matrimonio para mandárselo a mis amantes. Silencio al otro lado. Víctor estaría calculando si presionar o disimular, y el cómo. — Viti, cogí tu móvil — confesó Irina. — Vi tu chat. No pienso mantener a tus queridas. — Ira, escucha… — cambió rápido de tono Víctor. — Lo has entendido mal. Es solo una amiga, necesitaba ayuda. No te lo puse porque te iba a sentar mal. Luego te devolvía el dinero. De verdad… Es complicado, hay gente muy chunga. Podrían matarla. — Pues que lo hagan — respondió Irina con frialdad. — Ya he transferido todo el dinero a mi cuenta. La tarjeta está bloqueada. No pienso volver a casa. Suerte con “Conejito”. A ver si cuando sepa que no hay dinero, te da un beso por lástima, aunque lo dudo. Colgó y bloqueó el número, sin ganas de oír insultos. Levantó la vista. Su madre la miraba conteniendo lágrimas. — Mamá, ¿te apetece sushi? — preguntó Irina tan tranquilamente como si nada. — Ya me harté de mi dieta de gafas rosas y castillos en el aire. Toca cuidarse un poco. Las dos semanas siguientes pasaron como en una nube, pero una nube cálida y envolvente. Víctor seguía intentando contactar: llamaba de números desconocidos, la esperaba en el portal de su madre, alternaba mensajes de amenaza y súplica. Irina ni los leía. Solo los borraba como basura. Aquel hombre había dejado de existir para ella en el momento en que leyó “Conejito”. Ahora solo importaba ella. De pie en el supermercado, por primera vez no esquivó la sección de cosmética, ni cogió el jabón más barato. No hoy. Hoy su mano se alargó hacia un caro acondicionador para el cabello en la estantería. Antes se habría escandalizado. “Con eso compro un pollo y un kilo de lentejas”, murmuró la antigua Irina. “¡Que les den a las lentejas!”, respondió la nueva. Hoy echó de todo al carro: exfoliante de café, champú profesional, cremas de bonitas cajitas. Irina no compraba cosmética, compraba trocitos de sí misma. Los que había perdido con Víctor. Una semana después. El avión despegó. Abajo quedaba la ciudad gris y fría. Quizá Víctor estuviese ahora peleando con los cobradores de la deuda de su amante. Quizá no. Pero a Irina le daba igual. Se recostó en el asiento. Su próximo destino: Turquía. No las Maldivas, pero suficiente. Solo quería desconectar y recordarse que era una mujer, no una hucha. Sacó su espejito del bolso. Las arrugas seguían, pero ahora, iban acompañadas de una sonrisa. El pelo, teñido de castaño oscuro, brillaba. Las uñas rojas tamborileaban impacientes en el asiento. Irina entraba en su nueva vida cuidada y fuerte. Aún tendría que luchar por un sitio propio y su felicidad, pero no volvería a traicionarse nunca más por nadie.

Esto solo es una conocida

Marta, ¿piensas seguir contando céntimos en este piso de mala muerte? Vale, supongamos que pedimos la hipoteca, ¿y luego qué? insistía Javier, mirándome con esa mezcla de reproche y angustia. Luego toca pagarla, si no lo has olvidado. Y con lo que ganamos… ¡Mira lo que nos está costando ahorrar para la entrada! Te lo digo en serio, esto que me propone Daniel es seguro, ¡segurísimo! Nos conocemos desde el instituto, nunca me aconsejaría algo malo.

Yo evité su mirada y me quedé observando una grieta en el hule barato que cubre nuestra mesa. No me quedaban energías para discutir, ni una sola. Después de la jornada laboral, sólo quería tirarme en el sofá y no levantarme en veinticuatro horas. Pero ahí estaba él, de nuevo, con sus planes y sus apuros.

Javi… dije al fin, suspirando. Ese dinero es nuestro colchón de emergencia. Son tres años privándonos de todo. Si nos endeudamos hasta el cuello, bueno, al menos será para dejar de tirar el dinero en alquiler. Eso sí que es seguro. Como mucho, nos quedamos como estábamos. Pero lo que tú planteas es jugársela en un negocio turbio de reventa…

¡No es turbio, es rentable! interrumpió él, nervioso, dando vueltas por la cocina. No lo entiendes, ahora el rollo este de traer cosas de fuera es oro puro. Con tantas restricciones… Daniel doblará nuestro dinero en un mes. ¡En seis, igual nos compramos el piso sin hipotecarnos! Marta, piénsatelo. Lo hago por los dos. Quiero verte como una reina, no currando por un sueldo de risa.

Se detuvo a mi espalda y me puso las manos en los hombros. Solían darme calma, pero ahora sólo sentí agobio y una inquietud muy extraña. Me daba miedo decirle que no.

Está bien… Te haré la transferencia cedí, por no discutir más. Habla con tu Daniel.

¡Eso es! sonrió, plantándome un beso en la cabeza. Me ducho rápido y voy con él. Dejo hablado lo del contrato, y vuelvo enseguida. Eres la mejor, Marta.

Me quedé sola, mirando la mesa. Por el pasillo vibró el móvil de Javier. Tanta prisa tenía por su negocio rentable que ni se llevó el teléfono, pese a que últimamente no se separaba de él ni para dormir.

Dudé sólo unos segundos. Sabía la clave; se la vi una vez, pero jamás se me pasó por la cabeza mirar sus cosas privadas. Hoy sí tenía motivos. Llevábamos meses sin acercarnos y últimamente él estaba más frío y raro.

Han vuelto a llamar… Cariño, ¿cómo va todo, lo lograrás? Tengo miedo… escribía un tal Conejito.

Un apodo curioso, desde luego. No parecía de Daniel.

Empecé a repasar la conversación y sentí un escalofrío recorriéndome. Desde luego, aquello no era una conversación de negocios. Era el reverso de mi matrimonio. Cientos de mensajes, corazones, emoticonos de besos, fotos medio desnuda de una chica vulgar con labios hinchados. Pero lo más duro fue otro detalle…

El 5 de marzo, la tal Conejito se quejó de no tener nada que ponerse para la fiesta de empresa. Javier le prometió ayuda. Y por lo que vi, se la dio. Recuerdo ese día. Él llegó a casa de morros, dijo que en su trabajo les habían quitado el plus y ese mes tocaba apretarse el cinturón. Estuve dos semanas comiendo macarrones con tomate.

El 20 de abril, Conejito le pidió dinero para un cursillo de uñas. Ese mismo día, Javier me pidió una pasta del presupuesto familiar para medicamentos de su madre. Yo justo iba a pedir cita para el dentista por el dichoso dolor de muelas, pero cancelé; me salía más barato el paracetamol y así tiré otro mes.

Mes tras mes, Javier inventaba gastos para su coche viejo o vete tú a saber qué, y apenas traía nada a la casa. Era un patrón: cada mensaje iba quitándome la venda de los ojos. No era un pobrecillo… era calculador y, mientras yo me duchaba con jabón de niños ahorrando hasta en el champú, él gastaba mis ahorros en su querida amante.

De nuevo, repasé los últimos mensajes.

Amor, se están poniendo muy pesados. Han vuelto a llamar. Quieren el dinero ya, o dicen que se plantan en mi trabajo. ¡Son casi diez mil euros! No sé qué hacer, me da pánico que me echen si se presentan. Igual tengo que buscarme otro curro. No sé si podré verte tanto… Te quiero pero no puedo hacer nada.

Menudos Danieles de orejas largas hay ahora… y de labios también, pensé con un suspiro, al leer la efusiva respuesta de Javier. Por supuesto, le prometía ayudarla. ¿Y yo? ¿Qué hago yo, la esposa?

Ni siquiera lloré. Las lágrimas saldrían después; ahora sólo pensaba en salvarme y proteger mis ahorros. Me quedaban unos minutos, diez, con suerte quince si Javier decidía afeitarse antes de su charla seria. Me lancé al dormitorio, llené la bolsa de viaje, cogí lo indispensable, me cambié de ropa y salí disparada. Recuerdo poco del taxi, solo mis manos temblando al sacar la tarjeta del bolso.

Ahí estaba. Ese trozo de plástico de colores que me costó tres años de mi vida. Tres años sin vacaciones, sin comidas decentes ni alegrías. En vez de ver el saldo veía botas no compradas, dientes sin arreglar y pelo cayéndose por falta de vitaminas. ¿Y todo eso para que él lo malgastara en una cualquiera que le llama amor cuando le transfiere dinero?

¡Jamás!

Saqué mi móvil y abrí la app del banco. Tardó una eternidad. Pero en cuanto vi el saldo, transferí todo el dinero a mi cuenta personal y bloqueé la tarjeta. Motivo: extraviada. Así de simple. Como mi confianza.

Al fin pude respirar.

Ya cerca del destino, me di cuenta de que había dicho la dirección de mi madre. No era raro. Cuando una toca fondo, sólo quiere refugiarse donde la quieren de verdad, sin condiciones ni chantajes.

¡Ay, Martita! ¿Pero qué te ha pasado, hija? se alarmó mi madre, Rosa María, al abrirme la puerta. ¿Algo con Javi?

Sí, está bien. Se va de cita con la amante, igual la última…

Mi madre enarcó las cejas, pero no alcanzó a preguntar más. Mi móvil empezó a sonar. Era una foto de nosotros dos, sonriendo en la playa dos veranos atrás. Entonces éramos felices, o eso creía.

¡Marta! ¿Dónde estás? Javier trataba de sonar sereno, pero se le notaba el pánico. He salido del baño y no estás. La casa desmontada, la puerta abierta, tus cosas por todas partes. ¿Dónde te has metido? Teníamos lo del negocio con Daniel, ¡él te espera!

Apreté los labios. Javier seguía interpretando su papel, pensaba tener los hilos.

Javi… respondí tranquila. Ya sé en qué negocio te has metido durante nuestro matrimonio. Vaya con tu Daniel, se parece más a un conejo… y a mí me has dejado con orejas.

¿Qué…? ¡Marta, no digas tonterías!

Mejor esto que regalarle los ahorros a tus amantes.

Silencio. Supongo que Javier pensaba entre seguir presionándome o hacerse el ofendido.

Javi, cogí tu móvil confesé. Lo he leído todo. No pienso mantener a tus queridas.

Marta, escúchame… cambió de tono, suplicante. No lo entiendes, es sólo una amiga, necesitaba ayuda. No te lo conté por no preocuparte. Todo iba a volver a ti, lo prometo. Es una movida grave, está gente peligrosa de por medio.

Que le aproveche le corté, sin más. Ya moví el dinero a mi otra cuenta y bloqueé la tarjeta. No vuelvo a casa. Suerte con el conejito. A ver si además te besa por pena, cuando sepa que no queda ni un euro. Yo lo dudo.

Colgué sin escuchar sus insultos, y bloqueé su número. Luego miré a mi madre.

Ella me miraba con lágrimas en los ojos.

Mamá, ¿te apetecen unos sushi? le dije, casi con humor. Llevo tres años a dieta de fantasías, creo que es hora de mimarme un poco.

Las semanas siguientes fueron raras, como vivir en una nube. Javier intentó cualquier cosa: llamadas desde otros números, esperar en la portería de mi madre, mensajes con súplicas y amenazas. Ni los leí. Los borraba sin más, como se tira la basura.

Él desapareció para siempre en el momento en que leí Conejito. Por fin, aparecí yo. Ahora estaba en el supermercado delante del mostrador de cosmética. Antes agarraba el jabón más barato a toda prisa. Hoy, mi mano fue directa al bote más caro de mascarilla para el pelo. Jamás habría pagado ese precio, antes. Con eso compras un pollo y arroz para la semana, decía la antigua Marta. Que le dé al arroz, respondía la nueva.

Eché al carrito de todo: exfoliante de café, champú profesional, cremas bonitas.

No compraba cosméticos, compraba pedacitos míos. Los que había perdido con Javier.

Pasó otra semana. El avión despegaba y bajo el ala quedaban las calles grises, la lluvia fría. Allí, a saber, Javier se buscaba la vida con los deudas de su querida. Me daba igual.

Me recliné en el asiento. El destino era Turquía. No era el Caribe, pero servía. Sólo quería desconectar y recordarme a mí mismo que soy una persona con derecho a vivir, no solo a ahorrar.

Saqué el espejito del bolso. Las arrugas seguían en los ojos, pero ahora las adornaba una sonrisa, no el cansancio. El pelo recién teñido brillaba, las uñas rojas tamborileaban alegres. Empezaba mi nueva vida, cuidadosa y fuerte. Y, aunque lucharé por mi futuro y un hogar propio, jamás volveré a olvidarme de mí por nadie.

La lección es clara: nadie vale más que tu propia paz y tu dignidad.

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eighteen − four =

No es más que una amiga — Ira, ¿piensas seguir contando las monedas en este agujero? Mira, aunque nos metamos en una hipoteca, ¿y luego qué? — preguntó Víctor con insistencia. — Hay que pagarla, por si lo has olvidado. Y con lo que ganamos, viendo lo que hemos tardado en juntar la entrada… Te lo digo en serio, esto es un chollo seguro. Kolya no recomienda tonterías. Nos conocemos desde el colegio. Irina no levantó la vista. Miraba un arañazo en el hule barato que cubría la mesa. No tenía fuerzas ni para discutir. Ninguna. Después de toda la semana laboral, solo quería caer rendida y no levantarse en un día, y ahí estaba él otra vez, con sus líos y sus planes. — Viti… — suspiró Irina, buscando coraje. — Ese es nuestro colchón de seguridad. Han sido tres años privándonos de todo. Vale, quizás acabemos hasta el cuello de deudas, pero al menos dejaremos de tirar el dinero en alquiler y por fin tendremos nuestra casa propia. Y eso es seguro. En el peor de los casos, peor no estaremos. Pero tú insistes en meter la mitad en un enredo raro de reventas… — ¡No es raro, es rentable! — replicó el marido, dando vueltas nerviosas por la cocina. — Es que no lo entiendes. Ahora el tema del “import paralelo” es oro puro. Con tanta restricción… Mira, en un mes, Kolya habrá duplicado nuestro dinero, y en seis quizás podemos permitirnos un piso sin hipoteca. Ira, piénsalo. Esto lo hago por nosotros. Quiero que seas una reina, no andar matándote por cuatro duros. Se detuvo tras ella y apoyó las manos en sus hombros: eran grandes y calientes. Antaño ese gesto la reconfortaba, ahora solo le causaba irritación y una extraña ansiedad. Pero le daba miedo decir que no. — Vale… Te traspasaré el dinero — prometió Irina. — Negocia con tu Kolya. — ¡Así me gusta! — sonrió Víctor, besándole la coronilla — Me ducho y voy a verle. Cerramos detalles, me firma un papel y vuelvo. ¡Eres la mejor, Ira! Irina quedó sentada, mirando fijamente la mesa. El móvil vibró en alguna parte tras ella. Parecía que Víctor tenía tanta prisa por su “negocio seguro” que hasta se dejó el móvil, cuando últimamente lo llevaba siempre encima. Irina dudó un instante y se decidió. Sabía la clave — se la había fijado un día, pero nunca había querido mirar nada tan íntimo. Pero esta vez tenía motivos. Y más de uno. Hacía mucho que con Víctor no había cercanía y él andaba distante y nervioso. “Han vuelto a llamar… Cariño, ¿cómo vas? ¿Saldrá bien? Tengo miedo…” escribía alguien apodada “Conejito”. No era un apodo que encajase con Kolya. Irina fue hacia arriba en el chat. Se sentía sumergida en agua helada. Aquello no era una conversación de negocios. Era el reverso de su matrimonio. Cientos de mensajes: corazones, besos, fotos subidas de tono de una chica vulgar y con labios inflados. Pero lo peor no era eso… El cinco de marzo, “Conejito” se quejaba de que no tenía vestido para la fiesta de empresa. Víctor prometía ayudar. Irina recordó ese día: Víctor volvió de mal humor diciendo que les habían quitado la paga extra y que tocaba apretarse aún más el cinturón. Ella tuvo que comer pasta sin nada dos semanas enteras. El veinte de abril “Conejito” necesitó dinero para un curso de manicura. Ese mismo día, Víctor le pidió a Irina una suma importante para medicamentos “de su madre”. Justo cuando ella quería ir al dentista por el dolor de muelas. Al final, decidió que el analgésico era más barato. Al mes se le pasó. Otro mes más y Víctor necesitaba dinero para arreglar su viejo coche. Una vez más, apenas contribuyó al presupuesto familiar. Y así, un caso y otro… Con cada mensaje, Irina iba abriendo los ojos. Su marido no era un perdedor, sino un parásito calculador. Mientras ella ahorraba hasta en el gel de baño y se lavaba con jabón de niños, él mantenía a su amante con el dinero de Irina. Volvió al chat de esa misma mañana. “Cariño, están desatados. Han llamado otra vez. Exigen toda la deuda ahora o vendrán a mi trabajo. Son casi trescientos mil. No sé qué hacer… Rezo para que no me despidan si vienen. Igual tengo que buscar un segundo empleo. Quizá no podamos vernos. Te quiero, pero no sé qué hacer.” “Vaya, ahora los Nikoláis han salido muy orejones. Y con labios — también”, pensó Irina mientras leía la respuesta de su marido. Por supuesto, él prometía ayudar a su conejito. ¿Y qué debía hacer ella, su mujer? El mundo se desmoronaba a sus pies. Pero las lágrimas ni siquiera salieron. Ya lloraría después, ahora tenía que salvarse a sí misma y a su dinero. Tenía diez minutos, quince si Víctor decidía afeitarse, practicando su “conversación de negocios” ante el espejo. Corrió al dormitorio, echó lo básico a una bolsa, se cambió a toda prisa y salió por la puerta. No recordaba ni cómo cogió un taxi. Solo cómo sacó, temblando, su tarjeta bancaria del monedero sentada en el coche. Ahí estaba. Un trozo de plástico de color al que había consagrado tres años de su vida. Tres años sin vacaciones, ni comida decente, ni alegría. Miraba la tarjeta y veía no cifras, sino sus botas sin comprar, sus muelas sin tratar, su pelo debilitado. ¿Y todo para que su marido despilfarrara el esfuerzo en una amante que le llamaba “cariño” mientras él le mandaba el dinero? ¡Pues no! Sacó el móvil. La app del banco tardaba una eternidad en cargar. En cuanto el saldo común estuvo disponible, Irina transfirió todo su dinero a su segunda cuenta personal y bloqueó la tarjeta: motivo, extravío. Irrecuperable, como su confianza. Entonces pudo inspirar hondo. Casi al final del trayecto, se dio cuenta de que había dado la dirección de su madre. Normal. Cuando uno está mal, solo quiere ir a donde le van a querer y cuidar, de verdad, sin condiciones ni ‘donativos’ forzados. — ¡Ay, Irina! ¿Pero qué te pasa, hija? ¿Ha pasado algo? — exclamó Valentina al verla. — ¿Y Viti, está bien? — Sí, sí. Muy bien. Se está acicalando para la cita con su querida. Quizás la última. Su madre alzó las cejas, pero no preguntó más. En ese momento sonó el móvil de Irina. En la pantalla, una foto de Víctor abrazándola por los hombros. Hace dos años eran felices… Ahora su marido había encontrado un prado más verde. — ¡Ira! ¿Dónde estás? — preguntó Víctor, molesto pero intentando ocultar el pánico. — He salido y no estaba. Puerta abierta, todo patas arriba, ropa fuera… ¿Dónde te has metido? ¡Que habíamos quedado con Kolya, está esperando! Irina apretó los labios. Él aún fingía. Aún pensaba que podía manejar la situación. — Viti… — respondió con inesperada calma. — Ya sé a qué “importación paralela” te has dedicado en nuestro matrimonio. Tu Kolya tiene orejas y yo tengo cuernos. — ¿Qué…? Irina, dices tonterías. — Eso sí, por lo menos no saco dinero del matrimonio para mandárselo a mis amantes. Silencio al otro lado. Víctor estaría calculando si presionar o disimular, y el cómo. — Viti, cogí tu móvil — confesó Irina. — Vi tu chat. No pienso mantener a tus queridas. — Ira, escucha… — cambió rápido de tono Víctor. — Lo has entendido mal. Es solo una amiga, necesitaba ayuda. No te lo puse porque te iba a sentar mal. Luego te devolvía el dinero. De verdad… Es complicado, hay gente muy chunga. Podrían matarla. — Pues que lo hagan — respondió Irina con frialdad. — Ya he transferido todo el dinero a mi cuenta. La tarjeta está bloqueada. No pienso volver a casa. Suerte con “Conejito”. A ver si cuando sepa que no hay dinero, te da un beso por lástima, aunque lo dudo. Colgó y bloqueó el número, sin ganas de oír insultos. Levantó la vista. Su madre la miraba conteniendo lágrimas. — Mamá, ¿te apetece sushi? — preguntó Irina tan tranquilamente como si nada. — Ya me harté de mi dieta de gafas rosas y castillos en el aire. Toca cuidarse un poco. Las dos semanas siguientes pasaron como en una nube, pero una nube cálida y envolvente. Víctor seguía intentando contactar: llamaba de números desconocidos, la esperaba en el portal de su madre, alternaba mensajes de amenaza y súplica. Irina ni los leía. Solo los borraba como basura. Aquel hombre había dejado de existir para ella en el momento en que leyó “Conejito”. Ahora solo importaba ella. De pie en el supermercado, por primera vez no esquivó la sección de cosmética, ni cogió el jabón más barato. No hoy. Hoy su mano se alargó hacia un caro acondicionador para el cabello en la estantería. Antes se habría escandalizado. “Con eso compro un pollo y un kilo de lentejas”, murmuró la antigua Irina. “¡Que les den a las lentejas!”, respondió la nueva. Hoy echó de todo al carro: exfoliante de café, champú profesional, cremas de bonitas cajitas. Irina no compraba cosmética, compraba trocitos de sí misma. Los que había perdido con Víctor. Una semana después. El avión despegó. Abajo quedaba la ciudad gris y fría. Quizá Víctor estuviese ahora peleando con los cobradores de la deuda de su amante. Quizá no. Pero a Irina le daba igual. Se recostó en el asiento. Su próximo destino: Turquía. No las Maldivas, pero suficiente. Solo quería desconectar y recordarse que era una mujer, no una hucha. Sacó su espejito del bolso. Las arrugas seguían, pero ahora, iban acompañadas de una sonrisa. El pelo, teñido de castaño oscuro, brillaba. Las uñas rojas tamborileaban impacientes en el asiento. Irina entraba en su nueva vida cuidada y fuerte. Aún tendría que luchar por un sitio propio y su felicidad, pero no volvería a traicionarse nunca más por nadie.
— Si discutes, mi hijo te echará a la calle — declaró la suegra, sin recordar de quién era el piso.