No puedo evitar que las lágrimas me inunden los ojos. Han sido tantos años en los que me han tratado como a una simple niñera.
Han pasado ya once años desde que mi hija se casó. Recuerdo que desde el principio me cayó bien su marido: inteligente, culto, de trato agradable. Cuando Lucía se convirtió en su esposa, sentí que mi felicidad no podía ser mayor. Un año después, nacía mi primer nieto y la alegría en mi corazón crecía aún más. Justo entonces, al jubilarme por motivos de salud, mi hija me propuso ir a vivir con ellos; me necesitaba para echarle una mano con los niños. Acepté encantada y me mudé a su casa.
Durante diez años, no he parado de trabajar bajo ese techo, sin descanso. Cocinando, lavando ropa, fregando suelos y limpiando armarios siempre procurando que Lucía y Álvaro se sintieran cómodos, que pudieran centrarse en sus trabajos sin más preocupaciones. Hace poco, me soltaron la noticia que tanto temía.
Van a irse de vacaciones con los niños. Sin mí. Quieren tomarse un respiro de mi presencia. Me han tratado como a la señora que cuida niños durante demasiado tiempo, y no puedo evitar que el corazón se me encoja. Las lágrimas me caen sin remedio.







