Lucía, hija mía, escúchame su madre se agachó a su lado en cuclillas tenemos que quedarnos aquí una temporada, no va a durar siempre, pronto terminará y volveremos a la ciudad.
Lucía la miraba en silencio.
Lucía, ¿me oyes? ¿Me entiendes? Su madre la zarandeó suavemente.
Te oigo, mamá
¿Y por qué no me contestas? Su madre estaba cada vez más nerviosa, Lucía lo percibía.
No estaba callada, mamá, solo estaba pensando.
Pensando, dice Mira cuántos libros hay aquí, Lucía Oh, cuánto me gustaba leer cuando era niña
Mamá ¿vamos a estar aquí mucho tiempo?
No lo sé, amor, de momento hay que quedarse.
Lucía entendía perfectamente lo que les había pasado a ellas, a su familia. Su madre creía que Lucía era pequeña y no entendía nada, pero se equivocaba.
Lucía, tu tía Carmen vendrá a verte, yo tendré que trabajar todo el día, por las mañanas saldré temprano y volveré por la tarde. Y los fines de semana estaremos juntas, iremos al río a darnos un chapuzón
La madre cubrió su rostro con las manos.
Perdóname, perdóname, hija mía
Mamá, no llores Ya sé que papá nos dejó, sé que ahora tenemos que arreglárnoslas y tú creíste que lo mejor era mudarnos a la casa de la abuela y alquilar el piso.
Lo sé todo, mamá Seré buena, te lo prometo, esperaré a que vuelvas y leeré libros, además la tía Carmen me echará un ojo.
Vamos a estar bien, mamá Y en septiembre iré al colegio. Mamá ¿aquí hay colegio?
No, pequeña, antes sí hubo, pero ahora ya no. Pero te prometo que en otoño volveremos a nuestro piso. Esta situación es solo mientras encuentro un buen trabajo.
El piso lo he alquilado hasta agosto, así que nos da tiempo de sobra, después haremos algunas reformas y volveremos. Todo irá bien, hija
Lo sé, mamá
Aquel atardecer madre e hija pasaron mucho tiempo sentadas juntas en el porche de la casita, y la madre le contó cómo fue su infancia y lo mucho que quería a la abuela.
Mamá, ¿y tú tuviste mamá?
Sí, la tuve, suspiró ella todavía vive, pero no me necesita.
¿Cómo que no te necesita?
Así es, pequeña. Yo llegué muy pronto en su vida, ella y mi padre no se llevaron bien, él se fue a otra ciudad y formó otra familia. Mi madre deambuló un poco, pero luego me dejó con la abuela Sofía y se marchó a Madrid a buscar suerte
¿Y la encontró?
La encontró, sí, hija, pero se olvidó de mí. Se casó, tiene dos hijos, y de mí apenas se acuerda solo me felicitaba por el cumpleaños, o en Navidad.
Me acuerdo de que un día vino porque uno de sus hijos estaba enfermo y me llevó allí bueno, al campo, por el aire sano.
Nunca les contó nada de mí, no sabían que era su hermana.
Un día la abuela le dijo que tenía que comprarme un vestido para mi graduación y ella se puso a gritarle, diciéndole que era una insensible, que tenía un hijo enfermo y que solo pensaba en vestidos.
Carmen le dijo la abuela enfadada Sofía también es tu hija, ¿cómo puedes ser así?
Una burra sana, me llamó por lo bajo, que se busque la vida y se compre su vestido.
La abuela se enfadó tanto que la echó de casa.
Mamá, nunca la llamas mamá, siempre la nombras solo.
Lo sé, perdón, hija mía no me sale llamarla mamá. Para mí, mi verdadera madre fue la abuela Sofía.
¿Te pusieron tu nombre por ella, mamá?
Eso creo, sí en honor a la abuela.
¿La querías?
¿A quién?
A la abuela Sofía.
Muchísimo, ¡muchísimo! Cuando se fue, el mundo se me vino abajo Sabes, a Carmen bueno, a mi madre, también la quería, la quería y esperaba que viniese a verme, cada cumpleaños, cada fiesta esperaba verla
Cuando estaba enferma, el primer día de cole, cuando la abuela murió siempre la esperaba.
Pero ella no vino porque la madre de su marido cumplía años Vino luego, lloró un poco y me dijo que recogiera mis cosas porque yo era menor y me tenía que ocupar de mí.
Yo creía que me llevaría con ella, pero no, me puso a estudiar y me metió en una residencia de estudiantes.
Mi primer fin de año sin la abuela creí que me llevaría con ella, pero me dijo:
Lo siento, Sofía, no puedo, tengo la casa llena de gente, vendrán los parientes, como te voy a llevar.
Así que decidí volverme a casa, a casa de la abuela.
Dame las llaves de casa de la abuela le pedí.
¿Para qué? se le movían los ojos nerviosa.
Es mi casa también, si crees que puedes manejar mi herencia, te equivocas.
También es mía protestó, y pensábamos ir a pasar el fin de año allí, en el campo.
Pues si os presentáis, os estropeo la fiesta. Dame las llaves.
No me las dio, pero ¿para qué? Me salté la valla, fui a la ferretería y compré dos cerraduras nuevas. Llamé al vecino, don Ramiro, él quitó los cerrojos viejos y puso los nuevos.
Sobre la casa, todos los vecinos decían que si Carmen intentaba algo, ellos se interpondrían, en recuerdo de la abuela.
Ese fin de año pensaba estar sola, pero vinieron mis amigas y lo pasamos bien.
Y luego cumplí dieciocho.
¿No la ves?
No ¿para qué? Ella no tiene nada que decirme y yo tampoco a ella.
Mamá tú
¿Qué? ¿Te haría yo lo mismo? Jamás, hija. Jamás, ¿me oyes?
Lucía era ya muy madura y nada le asustaba. Su madre se iba a trabajar, tía Carmen la visitaba de vez en cuando.
Comía, recogía, fregaba su plato, daba de comer a su muñeca Clara y se ponía a leer algún libro.
Había aprendido a leer hacía poco y le fascinaba leerle cuentos a Clara y al osito Mateo.
Los días pasaban igual. Al principio lloraba bueno, las lágrimas caían solas y ella intentaba reprimirlas, pero era imposible No lloraba por gusto, eran las lágrimas, esas traicioneras.
Luego venía mamá y se le pasaba todo.
Pero un día mamá no vino, pasaba la hora y nada. Anochecía, Lucía encendió la luz del techo y cerró bien las cortinas.
No os preocupéis, Clara, Mateo, Marisa, Nerea y el payaso Andrés, no os preocupéis consolaba Lucía a sus juguetes.
A lo mejor debía ir a la estación a buscar a mamá, pensó, pero no recordaba bien el camino y no fuese que se cruzaran y no se encontraran.
Lucía apartaba los pensamientos malos, no, su mamá no le haría eso, no, no, no Si ya no tenía a la abuela Sofía, ¿con quién se quedaría entonces?
Imaginó que su madre podría casarse de nuevo, tener otros hijos y olvidarse de ella. Y Lucía se quedaría en la casita, completamente sola.
De la pena rompió a llorar en voz alta, le costaba respirar, los sollozos no cesaban, los ojos le ardían, la garganta enronquecida, Lucía seguía llorando frente a la ventana hasta quedarse dormida en la silla.
Despertó al oír ruido en el zaguán ¿y si eran ratas, o y si era la madre de su madre, esa Carmen que nunca conoció, que venía a echarlas de su casita? Lucía se acurrucó y gimoteó bajito.
De pronto la puerta se abrió y se encendió la luz.
¡Mamá! saltó Lucía de la silla, que cayó al suelo ¡mamá, mamá mía!
Mi niña, Lucía, mi vida perdóname, perdóname perdí el último tren de cercanías y he tenido que ir andando desde la estación de al lado.
¿Tuviste miedo, mamá?
Mucho, Lucía, mucho me moría de miedo por ti. Lloraba y te pedía que no lloraras, y yo también lloraba Espanté a todos los lobos del bosque, su madre reía y lloraba a la vez.
Tenía terror de que pensaras que te había abandonado.
Y entonces entonces Lucía mintió, fue la primera vez en su vida que no le dijo la verdad a su madre.
Mamá, yo nunca pensé eso, sé que no me abandonarías ni me traicionarías nunca.
Sí, mintió, porque por un momento sí lo había pensado, pero no quería que su madre se sintiera peor.
Madre e hija se quedaron en la casita hasta finales de agosto, después Lucía empezó el colegio y su madre encontró un buen trabajo.
El padre quiso demandar a la madre para tener a Lucía los fines de semana. Pero su madre se reía, decía que nunca había mostrado interés en verla.
Yo nunca se lo he negado respondía ella pero él no quería
Ahora Lucía ve a su padre los fines de semana. Al principio iba entusiasmada, pero luego
Mamá, creo que mi padre es como tu Carmen, no me necesita. Solo queda conmigo porque toca. Me lleva a la ludoteca del centro comercial y él se pasa el rato hablando por teléfono y discutiendo.
Me siento en el banco a mirar a los pequeños mamá, no quiero ir más con él Hay que decírselo.
El padre empezó a gritar y culpar a la madre de que le estaba volviendo a la hija contra él.
Soy su padre vociferaba y tú no me dejas verla.
Papá ya soy mayor, ¿para qué me llevas a esa sala de niños? Y no me gustan las patatas fritas ya crecí.
Cuando te fuiste de casa y yo me quedaba sola todo el día Y mamá cuando perdió el tren y tuvo que venir andando desde la otra estación, cruzando el bosque, y la persiguieron los lobos, y yo estaba sola en casa
Lucía volvió a mentir, esta vez a su padre. Lo de los lobos no era cierto. Él se quedó callado y luego se fue.
Pero al mes volvió se disculpó y dijo que lo entendía todo, y salieron al cine solo él y Lucía.
Y desde entonces, Lucía volvía contenta a verle
Sofía ¿de verdad huiste de los lobos esa noche? le preguntó el padre a la madre una vez.
Claro contestó ella sin pestañear.
Después los padres estuvieron charlando y el padre perdió el tren. Fue la madre la que le dijo que ya había salido.
Mamá, si papá ha perdido su tren, ¿cómo volverá a casa? ¿Por qué no le dejamos quedarse aquí?
El padre miraba a la madre. Pero ella era firme.
Que se vuelva andando aquí no hay lobos contestó la madre y lo despidió.
Mamá él quería quedarse, ¿verdad? preguntó Lucía de noche, tumbadas juntas.
Sí
¿No le vas a perdonar?
La madre no respondió.
Mamá, tú sabrás pero yo os quiero a los dos
Lo sé, Lucía, hija.
Pero a ti más, eres mi mamá valiente, la que corría sin miedo hasta ahuyentar a los lobos.
Pasaron los años. Lucía ya se casa.
Mamá tengo que confesarte algo.
Dime, hija.
Mamá aquella vez sí pensé que me ibas a dejar, como Carmen
Ay, mi niña ¿cómo iba a hacerte yo eso?
En aquel momento no lo sabía perdóname, mamá.
Perdóname tú, hija, por lo que tuviste que pasar
Se abrazaron, madre e hija, inseparables. Mamá siempre a su lado.







